Poder financiero, principal enemigo de la ciudadanía

Solo cien personas ganaron en 2012 más de 240.000 millones de dólares. Tanto dinero como España dedicó ese mismo año a prestaciones sociales, desempleo, sanidad y pensiones. Cien en la cima de las 1.426 personas que poseen mil millones de dólares o más y que suman entre todos 5,4 billones de dólares de riqueza. Súper-ricos que no han perdido con la crisis sino que han ganado más. A costa de la ciudadanía. Decía Balzac que tras toda gran fortuna hay un gran crimen y, sin entrar en cuanta verdad tenga el aserto, lo cierto es que el 0,01% de súper-ricos de la Tierra, (quienes poseen 30 millones de dólares o más) no consiguió su fortuna por ser geniales empresarios ni más inteligentes que el resto de la humanidad. Trampas, especulación, presión sistemática, chantaje, soborno y compra de conciencias lograron establecer un sistema privilegiado para los intereses de la minoría rica.

Desde 1947 hasta los 70, parte de los beneficios de la economía se distribuían también entre las clases populares. En Occidente, claro. No era socialismo, pues había una desigualdad insultante y los ricos se quedaban con la parte del león, pero había cierta justicia en esa distribución. A través de los impuestos el estado podía ofrecer servicios y prestaciones, que no son otra cosa que cumplimiento de derechos.

Pero en los 70 empezaron a disminuir beneficios. Y los ricos se aprestaron a recuperar su volumen de ganancias e incluso aumentarlo. Consiguieron escandalosas rebajas de impuestos, leyes laborales que abandonaban al trabajador, privatización de servicios públicos, ahora jugosos negocios; supresión de reglas y control del sector financiero, más una escasa voluntad de perseguir el fraude fiscal con los paraísos fiscales como óptimos aliados. Fraude fiscal que cuesta anualmente 3 billones de dólares a 145 países. Los ricos lograron así establecer un sistema amañado a su favor.

En Europa, la crisis-estafa cobró forma de deuda pública difícil de pagar, y objeto de especulación. Además de austeridad fiscal como presunta política para afrontarla. Hans-Werner Sinn, preclaro asesor de Ángela Merkel y presidente del IFO (Instituto para la investigación económica) desvela sin rubor el por qué de tal política. Asegura que los países del sur con problemas de endeudamiento (Portugal, Grecia, España e Italia) deberán tener diez años más de austeridad para lograr la imprescindible “devaluación interna de un 30%” para salir de la crisis. ¿’Devaluación interna’?

Sí. Los ricos, para continuar siéndolo, necesitan que las clases populares pierdan un 30% de su renta en forma de salarios más bajos, pensiones más bajas, menos prestaciones sociales y menos servicios públicos. Rebaja de rentas de la mayoría en clara transferencia hacia los bolsillos de quienes más tienen. Más migas y migajas para secuaces, cómplices y encubridores que les han servido y sirven para engañar, someter y esquilmar a la ciudadanía. Gobiernos, políticos profesionales, medios de comunicación, “expertos”… Pues es diáfano que la mayoría de estados gobiernan para los ricos (mercados financieros, si prefieren) y no para la ciudadanía.

Juan Torres nos recuerda como, tras el cierre de urnas en las últimas elecciones italianas, le faltó tiempo a Angela Merkel para ordenar lo que tenía que hacer Italia, fuera cual fuera el gobierno que se formara. Aplicar la política de austeridad y lucha contra el déficit que pretenden las contra-reformas del derrotado estrepitosamente en las elecciones primer ministro Monti. Es evidente que lo que quiere y expresa la ciudadanía con el voto les importa un rábano. Una dictadura de hecho.

Y, para incrementar el riesgo como explica Susan George, es posible un batacazo como el de Lehman Brothers en 2008. Porque nadie siquiera ha intentado controlar el sistema financiero y porque las 50 mayores empresas del mundo, de las que 48 son grandes bancos o otras entidades financieras, están muy interconectadas. Y, si algo va mal en una, pueden caer muchas. Con nefastas consecuencias para la ciudadanía.

Si el 0,01%, poseedor de la mayor parte de riqueza, controla el poder económico y ha corrompido el político, el adversario principal de la ciudadanía son los ricos. No nos engañemos. Y contra ellos hay que levantar un gran movimiento ciudadano que recupere la democracia y cambie la situación en beneficio de la inmensa mayoría.

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Contra un plan perverso, una ciudadanía unida

Bancos que despiden a miles; miles de millones para salvar esos bancos que, además, no dan créditos; cientos de miles de despidos en todos los sectores; desprotección creciente de desempleados; pensionistas en el punto de mira; menor salario para funcionarios públicos; 6% del PIB de evasión fiscal, amnistía fiscal para evasores de impuestos; disolución de una organización estatal contra la corrupción; seis millones de parados; la deuda pública crece considerablemente el primer año de gobierno del Partido Popular; sanidad pública privatizada, sanidad privatizada encarecida y gravemente dañada; más de 500 desahucios diarios de viviendas; cierre de escuelas, masificación de aulas escolares; cierre de centros de urgencias médicas, reducción de camas hospitalarias; cientos de miles de inmigrantes irregulares y jóvenes en paro expulsados de la sanidad pública; aumento de represión contra quienes protestan; reformas legales (Código Penal, tasas judiciales) que huelen a fascismo; aumenta la infancia y adolescencia en riesgo de pobreza y exclusión (27%); empresas medianas y pequeñas más trabajadores autónomos ahogados y sin salida; una clase media que se precipita a la pobreza… Y mentiras; mentiras, ocultaciones y manipulaciones a todas horas con la ilusa esperanza de engañar a la ciudadanía. ¡La lista de injusticias, atropellos, desmanes e iniquidades de la involución neoliberal es larga, muy larga!

Ocurre en España. Pero también en la vieja Europa con mayores o menores coincidencias. Aunque al mismo tiempo, convocadas por organizaciones sociales, plataformas, asociaciones y entidades ciudadanas, miles y miles de personas han marchado por las calles desde hace un par de años para denunciar tanta canallada. Y el 23 de febrero pasado más de un millón de personas volvieron a ocupar calles y plazas en cien ciudades españolas para enfrentarse a esta crisis-estafa, al vaciado de la democracia y a los ataques un día tras otro del gobierno y del poder económico contra los derechos de la ciudadanía.

Como desvela con documentada lucidez Susan George en “Informe Lugano II”, la minoría que controla la economía quiere liquidar la democracia para continuar obteniendo beneficios obscenos. Para eternizar el capitalismo. Pero una incontenible marea ciudadana ha ocupado ciudades contra el golpe de estado financiero; contra los ataques de las grandes fortunas y las agresiones de la minoría explotadora, culpable de tanta ruina, injusticia, indignidad, desigualdad, sufrimiento y pobreza… Una marea ciudadana contra la democracia de fachada y el autoritarismo encubierto (cada vez menos camuflado). Como millones de voces pregonan, la democracia sin participación ciudadana es una estafa y un escarnio cuando no se respetan los derechos de todos sin excepción.

Como decía Stephane Hessel (que nos dejó hace unos días), pasó el tiempo de diagnosticar lo que ocurre. Es tiempo de actuar, de que el miedo cambie de bando, de construir algo nuevo, de otra política. Sin contar con los partidos políticos de siempre, porque sería más de lo mismo. Pues con la actual arquitectura política, corrompida y al servicio de la minoría; con esos partidos, con esas leyes, con esos políticos privilegiados, es imposible alcanzar la justicia necesaria y lograr la democracia de verdad. Solo vale un cambio profundo, una transformación radical de la sociedad que vivimos y sufrimos; un proceso trabajoso, exigente y prolongado. Desde y por los movimientos sociales.

No es “populismo” ni antipolítica. Es política de verdad. Política de la inmensa mayoría. Política desde abajo, con masiva e intensa participación de la ciudadanía. Para dar ya un salto hacia adelante, para que la ciudadanía empiece a conseguir algún poder.

Arturo González escribe que las masivas mareas ciudadanas del 23 de febrero fueron las mayores concentraciones de revolucionarios de la historia. Revolucionarios porque saben que solo sirve una transformación profunda. Y eso es revolución. Pero acaso sea tiempo de ir más allá que manifestarse. No abandonar la ocupación de calles y plazas, sino avanzar. Desatar la lucha por las ideas y valores de la democracia de verdad. Y que obreros, sanitarios, profesores, estudiantes, funcionarios, empleados, feministas, ecologistas, creyentes que eligen la justicia, asambleas populares… y todos los grupos y gentes que exigen sus derechos en sectores y escenarios diferentes, se unan en una única marea cívica; un solo movimiento ciudadano. Sin jerarquía ni privilegio alguno.

Una tarea ardua, pero imprescindible. O no se avanzará.