Una causa profunda de la tragedia de Haití

Catástrofes naturales, lo que se dice catástrofes completamente naturales, no existen al cien por cien. Si rascamos en ellas, hallamos insolidaridad y codicias previas, incompetencia culpable, numerosas injusticias estructurales más dosis industriales de hipocresía.

Tomemos como ejemplo el terremoto de Haití, el hundimiento (materialmente hablando) de Puerto Príncipe, su capital.

En un extraordinario y denso programa informativo elaborado por un equipo de competentes periodistas de TVE (un bien escaso en estos tiempos) sobre el desastre de Haití, averiguamos que en anteriores catástrofes no se distribuyó la ayuda humanitaria por errores logísticos. En este terremoto, la ayuda humanitaria se amontona en el aeropuerto de la capital, pero los haitianos deambulan por las calles sin nada de lo que necesitan, muchos obteniendo lo que pueden de los comercios de alimentos destruidos… Por lo menos así es al escribir estas líneas.

En el programa informativo citado, portavoces de instituciones internacionales, Cruz Roja y otras organizaciones solidarias coinciden que es un problema enorme resolver la “cuestión logística” para hacer llegar la ayuda humanitaria a los haitianos que la necesitan, que son casi todos. Falla pues, como una escopeta de feria, el “conjunto de medios e infraestructuras necesarios” (que eso es la logística) para repartir equipos sanitarios, medicamentos, alimentos, agua…

¿Falló la logística en la reunión y reparto de millones de dólares para salvar a los incompetentes, imprudentes y codiciosos grandes bancos del mundo al inicio de la crisis financiera? ¿Qué problemas concretos hay para repartir la ayuda humanitaria? ¿No hay suficiente personal? ¿No hay medios de transporte? Dicen que en Haití ya no hay Estado y eso complica todo. ¿No puede la ONU sustituir siquiera provisionalmente ese inexistente Estado?

¿Por qué ha ocurrido esa catástrofe? Sólo he oído exponer la causa última de la tragedia de Haití al buen periodista que es el reportero Vicente Romero, enviado a Haití, y a un portavoz de Intermón Oxfam. La tragedia ha sido tan cuantiosa porque en Puerto Príncipe, la capital, se hacinaban miles y miles de personas pobres que huyeron hace años de las zonas rurales y se instalaron allí en viviendas precarias; villas miseria, favelas, bidonvilles o como quieran llamar a esos agujeros de pobreza y marginalidad.

¿Y porqué se desplazaron en masa del campo a la capital? Porqué se quedaron sin trabajo ni posibilidad de tenerlo. ¿Y por qué ese desempleo masivo? Porque los genios del Fondo Monetario Internacional decidieron “liberalizar” el mercado del arroz en aras del “libre comercio”. Es decir, desposeyeron a Haití de la potestad de poner aranceles al arroz extranjero.

El resultado fue que cultivadores y recolectores de arroz de Haití quedaron a merced del sector arrocero estadounidense, subvencionado por el gobierno de los Estados Unidos. Arruinaron el arroz haitiano, vendiendo Estados Unidos el suyo mucho más barato; de hecho por debajo del precio de coste. Ésa es la libertad de comercio que entienden los Estados poderosos, las organizaciones económicas internacionales y las minorías privilegiadas y codiciosas a cuyo leal servicio están.

La película real de los hechos es ésta: el sector arrocero haitiano se hunde, los campesinos haitianos emigran a su capital y se amontonan en viviendas precarias, se produce el terremoto y las endebles viviendas (y otras que parece que no lo son) se hunden. Muchos haitianos mueren, otros muchos quedan heridos y todos sin hogar ni medios ni nada de nada deambulan por las calles de Puerto Príncipe sin futuro ni horizonte.

¿Por qué en Japón (tierra de terremotos) cuando tiembla la tierra no hay muertos o muy pocos? ¿Será porque los edificios están construidos con todos los avances arquitectónicos contra terremotos? ¿Tendrá que ver el grado de pobreza o riqueza de un país con que las catástrofes naturales sean letales o no?

Y ese grado de pobreza o riqueza, de desarrollo, ¿tiene que ver con la justicia y equidad (o no) de un sistema voraz, codicioso y predador como es el capitalista neoliberal?

Llamemos a las cosas por su nombre. Los millones de dólares que el mundo rico destina ahora a Haití no borran la responsabilidad de ese mundo en el origen de la tragedia: imponer unas políticas económicas injustas y perniciosas, además de inútiles. Por no hablar del histórico abandono de Haití por Francia o Estados Unidos, por ejemplo, en aras de sus intereses nacionales.

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La democracia está en crisis

Veinte días encarcelados en Copenhague y una acusación formal de falsificación de documentos y allanamiento de morada. Les pueden caer dos años de prisión. Pero no son delincuentes ni siquiera alborotadores de manifestaciones callejeras. Son activistas pacíficos de Greenpeace que se colaron en el banquete oficial que el gobierno danés ofrecía a mandatarios del mundo durante la fracasada y vergonzosa Cumbre del Clima de Copenhague.

Es cierto que los activistas de Greenpeace entraron en una celebración a la que no habían sido invitados. Pero no robaron nada, no agredieron a nadie, no amenazaron, no insultaron, no hicieron pintadas en las impolutas paredes, no hicieron daño alguno. Vestidos de riguroso esmoquin, sólo desplegaron dos pequeñas pancartas que decían: “Los políticos hablan, los líderes actúan”.

Incluso el diario El País de España ha editorializado que “resulta sorprendente la dureza de los cargos, así como la prolongación de la prisión durante 20 días y el tratamiento dispensado a los activistas como si se tratara de peligrosos delincuentes”.

Juantxo Uralde, director de Greenpeace España, uno de los encarcelados, lo expresó con claridad:

Si nos dicen que estaríamos tanto tiempo en cárcel preventiva, casi incomunicados, con la amenaza de una condena de varios años por una protesta pacífica, hubiéramos creído que eso sucedía en una dictadura, nunca en la democrática Dinamarca”.

Aunque quizás saber que Dinamarca está gobernada hoy por el “Venstre Danmarks Liberale Parti” (Partido Liberal Danés) con la ayuda parlamentaria de un partido xenófobo de extrema derecha (Danske Folkepartie) explique porque cosas así suceden en Dinamarca.

Quizás también esclarezca los hechos que el Parlamento danés (con mayoría de derecha y extrema derecha) aprobara a toda prisa días antes de la fracasada Cumbre del Clima una ley que permite el arresto preventivo sin prueba alguna (hasta 40 días). La policía sólo ha de alegar que se podría obstruir el ejercicio de sus funciones investigadoras.

El Artículo 9 de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice: “Nadie puede ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado”. Al parecer ese artículo no está vigente hoy en Dinamarca, aunque Dinamarca aprobó, firmó y ratifico la Declaración. Echar a la basura los derechos humanos (la justicia y la libertad, en definitiva) no es raro en estos días de embuste, ruido, y furia.

En Italia ocurre lo contrario. Allí se elaboran leyes a medida para que los poderosos que infringen la ley eviten la cárcel. Leyes que el primer ministro Berlusconi ha promovido para eludir la justicia. En junio de 2003 hizo aprobar la ley Schifani que le otorgaba inmunidad penal con efectos retroactivos en un proceso por soborno a un juez. Y al volver al poder en abril de 2008,  Berlusconi se dio inmunidad penal con la ley Alfano. El Tribunal Constitucional italiano la declaró ilegal, pero Berlusconi había ganado tiempo suficiente. Y ahora hace aprobar otra ley para blindarse. Esa ley ordena que la instrucción de sumarios por delitos de corrupción o fraude fiscal (que Berlusconi tiene pendientes) sólo puede durar dos años desde que el fiscal empieza a investigar y lo notifica al acusado. Puesto que la investigación e instrucción de sumarios por delitos económicos son necesariamente lentos, Berlusconi y otros miles de procesados por esos delitos se librarán de ser juzgados por sus trapacerías, pues la nueva ley obliga a archivar las acusaciones una vez transcurrido ese arbitrario tiempo máximo de instrucción. Para evitar la cárcel, Berlusconi también ha despenalizado parcialmente hechos por los que se le juzgaba (como falsedad en la contabilidad) y decretado amnistías para algunos delitos.

Reflexionando sobre lo que ocurre en Dinamarca e Italia hemos de concluir que democracia es mucho más que votar cada cuatro años, aunque las elecciones libres sean un pilar del sistema democrático. Democracia es división de poderes. Democracia es un sistema de contrapesos y controles de los poderes del Estado para que ningún poder se exceda. Y, por encima de todo, democracia es respeto de los derechos humanos de todos y cada uno de los ciudadanos, nacionales o de donde sean.

Podríamos citar más hechos del pelaje descrito. Lo de Copenhague y la impunidad con que actúa Berlusconi indican que la grave crisis que sufrimos no es sólo económica y financiera.



Es tiempo de ciudadanos

Hasta finales del siglo XIX, la esclavitud era normal. En el XIX, muchos niños trabajaban en las minas y era normal. Los obreros trabajaban todas las horas del mundo sin festivos y era normal. Las mujeres eran legalmente seres de segunda hasta hace cincuenta años y era normal. Hasta 1984, la tortura no era ilegal en el mundo. Hasta mediados del XX, se podía destruir la naturaleza en nombre del progreso, contaminar ríos o talar bosques salvajemente y era normal…

Barbaridades, crímenes, injusticias, agresiones y atentados contra la vida y la dignidad. Si se ha puesto algún coto es porque hombres y mujeres se han opuesto. Han luchado por la justicia, la igualdad, la libertad y la vida.

Hoy crece una alianza indecente entre poder económico y político que vacía y caricaturiza la democracia. Una obscena concentración de poder económico ha arrodillado a gobernantes y legisladores, ha viciado y corrompido la democracia en beneficio de la minoría privilegiada que detenta el poder económico.

En Europa, Estados Unidos y otros lugares, una presunta izquierda ha gobernado según los intereses de esa minoría. Un jefe de gobierno que se dice socialista, como Zapatero, dice que respetar la libertad del mercado y la competencia son sus principios económicos. Uno creía que los principios económicos de un socialista eran conseguir un reparto más justo de la riqueza o, en su defecto, que los desfavorecidos sufran lo menos posible.

La izquierda socialdemócrata, antaño favorable a los trabajadores, ha sido pusilánime, temerosa, asustadiza y apocada. No ha cuestionado el brutal capitalismo neoliberal. Lo ha servido y se ha arrugado ante sus falaces medios informativos, incapaz de políticas solidarias, justas y fraternales, cómplice hoy de la malintencionada falsedad de que si los banqueros recuperan sus indecentes beneficios, se recuperará la economía.

Quizás por ello, quienes causaron la crisis por su estulta y voraz codicia siguen en sus trece, convencidos de tener patente de corso para actuar como les venga en gana a mayor honra y gloria de sus obscenos beneficios.

Es hora de que los ciudadanos actuemos como tales. Que dejemos de funcionar como súbditos. Ya no vale ir de fajadores. El fajador es el boxeador que aguanta los golpes; sin tener buena pegada ni buen juego de piernas, el adversario no cae a la lona por mucho que lo zurren. Hemos de pasar ya de fajadores a ciudadanos. Protagonistas de la vida que luchan para lograr los cambios necesarios.

Batallar de nuevo por principios y valores. Llamar a las cosas por su nombre. Un arma de la minoría privilegiada es vaciar las palabras y convertir el lenguaje en herramienta de ocultación, de mentira y no de aproximación a la verdad. La primera batalla es la de la verdad.

Como escribe el periodista Arturo San Agustín, “ninguno de los males que nos aquejan nos hace salir a la calle en masa para protestar. Por eso continúan engañándonos. Somos inofensivos”.

Pues hay que dejar de serlo. Que no significa ser violento. Gandhi logró una India independiente sin violencia. El mismo Gandhi que lamentaba que “lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.

Ni silencio ni indiferencia. Hemos de reaccionar y ejercer de ciudadanos, dueños del poder político soberano. Y huir de la mentirosa estupidez neoliberal de que uno sólo debe dedicarse a sus asuntos. Como si fuéramos islas. Y no lo somos.

Martin Niemüller, un valeroso pastor luterano alemán, tenaz crítico de Hitler que organizó un movimiento alemán contra el nazismo, nos lo recordó en unos versos (erróneamente atribuidos a Bertolt Brecht): “Cuando los nazis apresaron socialistas, no dije nada, pues yo no era socialista/ Cuando detuvieron a sindicalistas, no dije nada, por no ser yo sindicalista/ Y cuando se llevaron a los judíos, tampoco protesté, porque yo no era judío/ Pero vinieron a buscarme, y entonces ya no había nadie que pudiera protestar”.

Todo compete a todos y nadie puede pretender ser ajeno a los problemas de los demás, porque son los de todos. Hay que ponerse en marcha. Y recordar, con el poeta Marcos Ana (el preso político que más tiempo estuvo en la cárcel bajo el franquismo) que los cambios son lentos cuando son cambios de verdad.

Pero hay que luchar por ellos.

Otra vara de medir y otros principios para la economía

Antes de comprobar que millones de hipotecas estadounidenses no se cobrarían nunca (convertidas en basura) y de que se tambaleara el sistema financiero mundial hasta casi hundirse, en 2007 se calculó que el Producto Interior Bruto mundial (PIB: todos los bienes y servicios producidos) era de 63 millones de millones de dólares. Un valor tangible. Sin embargo…

Bajo la presidencia de Bush, por ejemplo, los 400 estadounidenses más ricos cuadruplicaron sus fortunas. Pero, según la Oficina Federal del Censo de Estados Unidos, en ese tiempo los pobres aumentaron en 1.700.000, hasta 35 millones de pobres. Y hoy ya son 46.

En 2003, la FAO contabilizó 18 millones de hambrientos más en el mundo que ocho años antes. 842 millones. Hoy son casi 1000. Como también son mil millones quienes malviven en favelas, villas miseria o bidonvilles. Más medio millón de mujeres que mueren anualmente por complicaciones del embarazo o parto que no ocurren en países ricos. Más…

Antes de la crisis, hubo bonanza económica, incremento del PIB. Pero la mayoría de ciudadanos del mundo ni se enteró.

Ahí está la cruda realidad. Además de sufrir pobreza, hambre y otras calamidades, miles de millones de seres humanos aguantan como pueden. Y no por casualidad o mala suerte. El crecimiento económico que indica el PIB no garantiza nada en un sistema voraz, desigual, injusto, insostenible, suicida, depredador y antidemocrático.

Las cifras verdaderas sobre la situación y vida de las personas explican cómo son las cosas realmente. Y este sistema, con su PIB como estrella polar, sólo asegura un beneficio descomunal para la minoría de los que más tienen, más generosas migajas para auxiliares, sirvientes, siervos, asesores, encubridores y cómplices.

Una economía no funciona (por mucho que el PIB saque pecho) si no satisface las necesidades sociales básicas de la inmensa mayoría de los ciudadanos: alimentación suficiente, vestido adecuado, vivienda digna, atención sanitaria, educación, desarrollo personal (no sólo profesional o laboral)…

No es así. Por eso esta economía neoliberal es un espejismo. O algo peor.

Tenemos la imperiosa necesidad de cambiar los valores directores de la economía. Como sustituir el necio principio de competividad por la cooperación y la solidaridad. O recuperar la progresividad y equidad de los ingresos del Estado. Es decir, que pague más quién más tiene. Y no lo dijo Marx, sino Adam Smith.

Una pista de por dónde ir tal vez la ofrezca el Reino de Bután, un pequeño país al norte de Bangladesh. Y no es el principio de un cuento de reyes y princesas.

El joven rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, tras convertir el reino de 47.000 kilómetros cuadrados y unos 700.000 habitantes en la democracia más joven del mundo, ha renegado del PIB como vara de medir la bondad de la economía. Y ha establecido un índice nuevo para conocer el estado real del país y de las gentes que lo habitan: la Felicidad Interior Bruta (FIB).

La FIB tiene cuatro pilares: Desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, preservación y promoción de la cultura, conservación del medio ambiente y buen gobierno. Para averiguar la FIB de Bután, en 2008 se crearon una comisión nacional y varios comités locales, encargados de investigar y averiguar el grado de FIB del país.

Para ello, los butaneses responden a 180 preguntas sobre bienestar psicológico, uso del tiempo, disfrute de la cultura, vitalidad de lo comunitario, disfrute de salud, acceso a la educación, diversidad medioambiental…

Las preguntas pueden ser: Su vida es: a) muy estresante, b) algo estresante, c) nada estresante. ¿Ha perdido el sueño por sus preocupaciones? ¿Cuenta usted cuentos a sus hijos? En el último mes, ¿con qué frecuencia se relacionó con sus vecinos e hicieron cosas conjuntamente? ¿Cuán independientes considera usted son nuestros jueces para impartir justicia?…

No es broma. Es, de una vez por todas, llamar las cosas por su nombre. Porque lo que ya tenemos claro es que el PIB (y lo que significa) no explica cómo vive y puede vivir la gente.

Visto lo que da de sí este sistema neoliberal (como la crisis ha demostrado diáfanamente), lo que no ayuda a mejorar la vida de las personas es agua de borrajas. O humo. Necesitamos otras varas de medir.