Temen a la ciudadanía

Comento a un colega la infamia de algunos gobiernos europeos (incluidos el español o el catalán) que pretenden confundir a la opinión pública y equiparan torticeramente las masivas movilizaciones ciudadanas contra sus desmanes con violencia.
“Temen a la ciudadanía”, responde como explicación.

Es el caso del gobierno español que pretende encarcelar a ciudadanos no violentos con nuevas normas penales con el pretexto de ir contra los violentos. Por eso el comisario responsable de los antidisturbios de Barcelona declara que resistirse no es pacífico, aunque esa resistencia sea claramente no violenta. Incluso ha tenido la desfachatez de decir que incluso Ghandi hubiera recibido golpes de sus antidisturbios. Según él, lo pacífico es marchar de un lugar público cuando la policía lo ordena. Si te quedas, aunque no hagas nada, no eres pacífico y atentas contra la autoridad. ¡Increíble!
En España, el constitucionalista Pisarello y el abogado Jaume Asens denuncian descalificaciones y ataques del gobierno y medios informativos serviles contra los huelguistas del 29 de marzo. Esos juristas lo acusan también de proponer normas para criminalizar a la ciudadanía pacífica que protesta. Un retorno a prácticas de la dictadura franquista.
Hace unos años, un senador estadounidense dijo que “en tiempos de guerra hay que abordar de otro modo las libertades públicas”. Para echarse a temblar. Lo hemos comprobado con muchas y graves violaciones de derechos y crímenes bajo la cobertura de guerra contra el terrorismo. Pero también los mandatarios de Europa abordan ‘de otro modo’ nuestros derechos. Los ignoran, los vulneran. No sólo los sociales en nombre de la austeridad y el déficit; ahora también los cívicos y políticos.
Criminalizar es una práctica antigua. Se exagera, miente, manipula y deforma lo que ocurre. Se magnifican incidentes violentos minoritarios o disturbios localizados, pero se oculta o minimiza la actuación responsable de quienes protestan en masa pacíficamente. Así preparan el escenario para arremeter contra todo lo que se mueva. No solo en España. Recuerden movilizaciones no violentas de los últimos meses en Francia, Italia, Portugal, Madrid, Barcelona y Valencia en España, en Grecia… Intentan deslegitimar a la ciudadanía, criminalizándola.
En España, el ministro del Interior (del Partido Popular) y su homólogo en Cataluña (nacionalista catalán) coinciden al referirse a la huelga general del 29 de marzo como un “salto cualitativo”. Lo dicen con la peor intención, señalando a un reducido y localizado vandalismo callejero (causado en gran parte por provocadores), olvidando las masivas manifestaciones pacíficas. Los gobiernos parecen decididos a utilizar la fuerza. Como también medidas que criminalicen o desprestigien a la ciudadanía resistente que se moviliza.
Pero no es la ciudadanía la que actúa con violencia, la que agrede. La inaceptable situación de España por la que se quiere convertir ‘legalmente’ en ‘delincuentes’ a ciudadanos pacíficos disconformes parece ser la del matón que dio un puñetazo en el hocico a una persona y luego la denunció porque había atacado su puño con la nariz.
La violencia no la ejerce la ciudadanía. ¿Acaso los desahucios que dejan en la calle a cientos de miles, los recortes salvajes en sanidad y educación, las congelaciones o rebajas salariales y de pensiones, los despidos masivos, en fin las continuas violaciones de derechos no son una agresión en toda regla contra la ciudadanía? Algunos miembros de esa ciudadanía solo utilizan la violencia contra sí mismos, como el jubilado que se suicidó ante el parlamento griego por no estar dispuesto a buscar restos de comida en contenedores de basura para sobrevivir. Esa ciudadanía, que todas las constituciones reconocen depositaria de la soberanía y del poder político, puede acabar en la cárcel por estar contra sus gobiernos y expresarlo en la calle.
Los gobiernos europeos están dispuestos a aplicar a rajatabla una austeridad que significa empeorar la vida de millones de ciudadanos, caiga quien caiga. Y la ciudadanía no está dispuesta a aceptarlo. No aceptará nada contra sus derechos. Una ciudadanía que se moviliza, se organiza, se manifiesta y va a la huelga… Que quiere cambiar las cosas, porque las cosas están mal, porque son injustas.
Crece una gigantesca resistencia civil contra los gobiernos europeos que actúan de modo autoritario y vulneran derechos humanos de la mayoría. Gobiernos cada vez más ilegítimos. Por eso temen a la ciudadanía.

 

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Un fascismo camuflado se extiende por Europa

El filósofo alemán Jürgen Habermas ha escrito y repite siempre que puede que en Europa se está desmantelando la democracia. Veamos. En España, por ejemplo, el gobierno reforma el Código Penal. Para sancionar a los violentos en manifestaciones. Pero es también es un pretexto. Porque lo que buscan de verdad es amedrentar a la ciudadanía pacífica que se opone en masa a la violación de sus derechos. Buscan que la gente tenga más miedo al sistema. Así lo reconoció Felip Puig, consejero de Interior del gobierno nacionalista de Cataluña, aliado del Partido Popular. Tal para cual.

Por eso crean nuevos delitos como “atentado a la autoridad por resistencia pasiva o activa grande”. ¿Qué es esa resistencia pasiva grande? No notificar a la delegación del gobierno que un colectivo de ciudadanos se manifestará. El incumplimiento de un formalismo administrativo puede convertir en detenidos y encarcelados a manifestantes pacíficos.

La reforma crea también otro delito, el de integración en organización criminal para quienes difundan a través de Internet convocatorias de movilización violenta. O (y eso es lo que les interesa más) simplemente que esas movilizaciones no hayan sido notificadas a la delegación del gobierno; también ese delito será el de los que no abandonen un lugar tras indicarlo la Policía, aunque permanezcan en el lugar pacíficamente.

Fascismo es toda doctrina o práctica política que se pase por sistema o por ley los derechos humanos por el forro. Y eso ocurre ahora en toda Europa y ocurrirá más si la ciudadanía no lo impide. Un fascismo sin brazos alzados, esvásticas ni águilas imperiales. El fascismo que utiliza el miedo y la fobia al extraño, al diferente. Pero no renuncia a la violencia callejera; tal vez la de provocadores. Porque la utilización de provocadores es vieja como la Historia. Y esa violenciade provocación genera otra indiscriminada por parte de las fuerzas de seguridad contra la ciudadanía resistente pacífica. Como la que hubo en Valencia, Madrid y Barcelona en las últimas semanas.

Por esos hechos, Amnistía Internacional denunció el uso de fuerza excesiva por fuerzas policiales contra manifestantes pacíficos. Sus informes indican que la policía cargó de modo indiscriminado; las imágenes pudieron verse en le Red y son muy claras.

¿Es casualidad, por otra parte, que el gobierno del Partido Popular haya indultado recientemente a cinco mossos d’esquadra (agentes de policía autonómica de Cataluña) condenados por el Tribunal Supremo por torturas, lesiones, maltrato y detención ilegal de un ciudadano falsamente acusado de robo?

El fascismo de hoy en Europa ha sustituido los uniformes pardos o negros y las liturgias delirantes por el control férreo de los medios de comunicación que utilizan para desinformar, engañar, ocultar, hipnotizar colectivamente, manipular y mantener desorientada y adormecida a la ciudadanía.

Amedrentar y fobia, dos caras de la misma política del miedo propia del fascismo. Fobia contra los inmigrantes, por ejemplo (antaño fueron los judíos), convertidos en chivo expiatorio. Y amedrentar a toda una Europa con el espantajo del déficit y la austeridad obligatoria como única (falsa) salida. Porque el miedo genera pasividad y fatalismo, inmoviliza. Y eso busca el poder financiero, autentico dueño de Europa.
El regreso del inicio del fascismo, maquillado de ritual democrático, se inició en los noventa: Berlusconi en Italia. Hasta The Economist lo consideraba una nueva forma de fascismo, una amenaza al Estado de derecho. Y el actual primer ministro, Mario Monti (designado a dedo por el poder financiero), no ha cambiado esa fascistoide situación italiana ni un ápice. Su objtivo es otro: que el poder financiero no se cabree.
Porque lo que de verdad molesta al poder financiero es la democracia; la de verdad, por supuesto. Irrita a los integrantes de la minoría que se sientan en los consejos de administración de bancos, corporaciones globales y grandes empresas; porque pone coto a su codicia y reconoce los derechos de la mayoría. Son ellos quienes sustituyen gobiernos elegidos democráticamente por tecnócratas designados en opacos cónclaves.

Pero hay más síntomas de ese desmantelamiento de la democracia. Estonia rehabilita a sus nazis, Lituania olvida el holocausto y Hungría deviene autoritaria. Y “en muchos países europeos del antiguo bloque oriental se abre paso una versión fascista de la historia“, denuncia el periodista alemán William Totok. Además, Dinamarca recuperó viejas restricciones a la libre circulación de personas; una norma comunitaria europea autoriza el internamiento sin juicio hasta año y medio de inmigrantes sin papeles y la expulsión de menores. En Francia e Italia deportaron en masa extranjeros gitanos… Huele a años treinta del siglo XX.
Y cuando Viktor Orban, primer ministro de Hungría, tomó medidas autoritarias (purgar la administración y los medios informativos de voces críticas) e inició proyectos contra la libertad de prensa o la división de poderes… no pasó nada. Pero cuando Orban pretendió que el parlamento húngaro pudiera vetar las directivas europeas o someter el Banco Central de Hungría al control directo del gobierno de ese país, entonces la Comisión Europea clamó que ”los valores europeos” peligraban en Hungría.
¿Ven la farsa? Habermas tiene razón: en Europa se está desmantelando la democracia.

La patente de corso de la minoría rica

Alexandre ya no cobra su beca de investigador y se cambia a un piso que comparte con ocho. Paula quedó en paro sin subsidio; a veces logra un trabajo mal pagado. João sobrevive gracias a su familia…

En Portugal, además de parados hay quinientos-euristas (multitud que solo cobra 500 euros mensuales), subcontratados, precarios, trabajadores en prácticas y becarios. Un ejército asalariado de reserva. Desempleo del 14% y una oleada de portugueses que emigran. Parejas de 35 a 50 años con hijos, sin trabajo asegurado, sin hablar el idioma. Y jóvenes diplomados que prueban suerte en Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Suiza… En Suiza, muchos portugueses duermen en la calle y otros recurren a ONG para comer. En 2011, emigraron de 100.000 a 120.000 portugueses de un país de apenas once millones. Y, aunque Portugal aplica feroces recortes sociales, Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI exigen más.

En España, los Presupuestos Generales de 2012, muy celebrados por los dirigentes europeos, suponen congelar el sueldo de los funcionarios, recortar el 17% del gasto de ministerios, aumentar el precio de luz y gas, suprimir mucha Ayuda al Desarrollo, rebajar ayudas a la vivienda e incluso menos dinero para promover creación de empleo. Más un presunto plan de lucha contra el fraude que es una amnistía fiscal: los evasores de impuestos quedarán en paz con Hacienda pagando solo un 10% de beneficios y rentas no declaradas. Incluso Financial Times y The Wall Street Journal lo han criticado.

En Grecia, desde que fue “rescatada” la primera vez, el paro se ha duplicado, los sueldos han bajado del 20% al 30% y una de cada siete familias carece de ingresos. Los funcionarios ganan un 15% menos y los empleados de empresas públicas, 30% menos; habrá 150.000 empleos públicos menos y se cerrarán 1.976 colegios, además de más recortes en sanidad. La Seguridad Social dispone de 5.000 millones de euros menos y se venden muchas empresas públicas. Pero el presupuesto militar, ni tocarlo. En 2012, Grecia ha presupuestado 7.000 millones de euros más que en 2011 para comprar 243 tanques Leopard y dos submarinos U31 a Alemania, más 15 helicópteros y seis fragatas a Francia.

En 2010, el PIB griego descendió 3,5% y en 2011 disminuyó un 5,5% más. Y este año 2012 es el cuarto de recesión, mientras, según la prensa alemana, se han evadido a Suiza 200.000 millones de euros.

¿Y Alemania, adalid de la austeridad? Según Fabian Lindner, economista de la Hans-Böckler, “la buena trayectoria de Alemania en la crisis no es por apretarse el cinturón sino por el gran paquete fiscal de estímulos y los generosos subsidios a las empresas para salvaguardar el empleo”. Pero no es oro todo lo que reluce Alemania, donde el 22% de asalariados tiene empleos precarios y los datos alemanes de empleo no son tan buenos como se pretende. Porque no incluyen desempleados mayores de 58 años, ni trabajadores parados en cursos de formación ni tampoco parados que recurren a agencias privadas para buscar empleo.

Es la Europa empecinada en la austeridad. Austeridad que no lo es, sino lucha contra el gasto público social. Contra el gasto público y lo público para convertirlos en negocio privado, claro. Por eso la política de austeridad jamás propone reducir subvenciones a grandes empresas ni tocar la industria militar.

La política de austeridad es una estafa porque no garantiza que la banca financie a empresas y consumidores; porque no frena a los especuladores y porque no hace nada contra los paraísos fiscales en territorio europeo. Esta Europa de la austeridad es la de las desigualdades crecientes, la de la destrucción de empleos y el cierre de millones de pequeñas y medianas empresas. Donde sólo crece el beneficio del gran capital.

Austeridad que es patente de corso. La patente de corso era un documento de reyes que autorizaba a quien lo poseía a saquear barcos mercantes y poblaciones de otros países. Muy utilizadas en la Edad Media, se abolieron en 1856. Pero existe la sospecha de que aún se usan. ¿Qué es sino patente de corso la desfachatez de la minoría rica global para saquear los bienes públicos de la ciudadanía con la maldita complicidad de los gobiernos?