Estados Unidos abandona el Acuerdo de París contra el cambio climético

Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, ha comunicado urbi et orbe que retira a su país del Acuerdo de París contra el cambio climático. Ese Acuerdo es un pacto de 195 Estados, en el marco de Naciones Unidas, con medidas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y frenar al calentamiento global. El objetivo es que, para fin del siglo XXI, la temperatura global de la Tierra no supere los 2º C respecto a la de la época preindustrial.

Aunque ese Acuerdo no es el mejor, ni siquiera bastante bueno, abandonarlo es peor. Sobre todo si lo abandona el segundo país más contaminante del mundo. Porque Estados Unidos es responsable del 15% de emisión de gases de efecto invernadero, aunque su población solo sea un 4% del total.

¿Por qué el de París no es buen Acuerdo? Es muy general, con muchos agujeros. Y propone medidas que tienen demasiado en cuenta a las grandes empresas. Propuestas similares se aplicaron tras la conferencia del clima de Río en 1992 y sabemos que nada resolvieron. Kevin Anderson, especialista del clima de la Universidad de Manchester, nos ha explicado que “tras veinte años de engaños en la lucha contra el cambio climático, no rebasar los 2°C de aumento de temperatura global exige una actuación política decidida y clara”. Que no es el caso. Aún.

Si la seguridad de la gente y la protección del planeta no son prioritarios, el cambio climático no se frenará. Mientras las ganancias de empresas y corporaciones pasen por delante de evitar catástrofes, inundaciones y sequías inacabables, ese acuerdo sirve poco. Pero abandonar el acuerdo, como hace Trump, es peor. Aunque ese abandono no sorprenda cuando Trump ha osado nombrar director de la Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos a Scott Pruitt, un político ultraconservador ignorante en esas cuestiones que tiene la desfachatez de decir que los científicos no se han puesto de acuerdo sobre el cambio climático. Absolutamente falso. Desde los ochenta, la inmensa mayoría de meteorólogos, climatólogos, físicos y otros estudiosos del calentamiento global están de acuerdo en el diagnóstico y gravedad del ya innegable cambio climático.

Mortandad, más problemas de salud, desaparición de medios de sustento en zonas costeras y en pequeños Estados insulares por tempestades, inundaciones y subida del nivel del mar. Sequías severas e incendios muy difíciles de apagar, desbordamientos de ríos e inundaciones. Además, los expertos de la ONU advierten que aumentará el riesgo de muerte y enfermedad en los cada vez más abundantes períodos de calor extremo. Lo sabemos; en verano de 2003, una ola de calor causó en Europa la muerte de veinte mil personas más de las normales en verano. Y los fenómenos meteorológicos extremos destruirán infraestructuras vitales de suministro de agua y electricidad. Otro riesgo grave es la voluminosa reducción de la producción de alimentos. Más la dificultad progresiva de disponer de agua potable y de riego, lo que supondrá menor producción agraria y más campesinos pobres. Todo eso es lo que nos amenaza.

Frenar el cambio climático significa reducir en serio la emisión de gases de efecto invernadero. Los que producen la gasolina, diésel, carbón, gas… Ardua tarea, cierto, pero imprescindible. Y posible.

Los expertos en cambio climático de Naciones Unidas han publicado desde 1988 cinco informes sobre el calentamiento global y como afrontarlo. Los informes demuestran la gravedad del problema. No será como una película de desastres de Hollywood, en la que de repente desaparece una isla en medio de grandes efectos especiales. Los efectos nocivos del aumento de temperatura global serán más lentos, pero no menos implacables. En realidad, muchas islas del Pacífico ya han perdido terreno por elevación del nivel del mar.

Reducir de verdad las emisiones de gases de efecto invernadero exige una actuación política decidida y valiente. No hay otra. Y conseguir una conciencia colectiva de que nos va la vida de no frenar el calentamiento. Con medidas donde no prime el beneficio ni el crecimiento sin límite como motores. Donde lo que interese sea la gente, las personas, su vida, salud y bienestar. Y proteger el planeta. Porque no tenemos otro. Eso o la catástrofe está asegurada. La barbarie. La alternativa es el acuerdo global que en verdad frené el calentamiento. Y, para empezar, convencer al pueblo de EEUU que se incorpore a la batalla. O no lo contamos.

Los paraísos fiscales, tan peligrosos como el yihadismo

El bufete panameño de abogados Mossack Fonseca organizó en paraísos fiscales la oscura transferencia de bienes de 1.200 sociedades. Para evadir impuestos. Lo revelan los  llamados Papeles de Panamá filtrados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Esa masiva y organizada evasión fiscal tiene la misma voluntad e intención que las rebajas de impuestos a los ricos perpetradas a partir de los 80. Ronald Regan y Margaret Thatcher fueron los primeros en cargarse el progresivo sistema de impuestos, que establecieron gobiernos socialdemócratas tras la II Guerra Mundial, en el que pagaba más impuestos quien más tenía y más ganaba.

¿Qué tiene que ver el fraude fiscal revelado en los Papeles de Panamá con las indecentes, pero legales, rebajas de impuestos a los más ricos que iniciaron Reagan y Thatcher? Todo. Quienes recurren al bufete panameño no quieren pagar impuestos, lo mismo que buscan quienes presionan y consiguen fiscalidades complacientes para pagar mucho menos. de lo que les corresponde en justicia.

Certifica la escandalosa rebaja de impuestos a las élites uno de los hombres más ricos del mundo, el estadounidense Warren Buffet. Este milmillonario  ha calculado que sus empleados pagan en impuestos y seguros sociales casi el 33% de sus ingresos, cuando él solo paga un 17,7%. Y dice que nadie en su empresa paga menos que él. Muy esclarecedor.

La indecente rebaja de impuestos a ricos pretende que, al pagar esos menos impuestos, disponen de más capital para invertir, activan la economía, ésta crece y se crea empleo. Falso. Nunca ocurrió. El poder económico paga hoy muchísimos menos impuestos que hace 40 años, pero ese dinero no pagado en impuestos no activa la economía real. Especula en el casino financiero.

Ese emperramiento capitalista en ganar cada vez más lo retrató Cayo Largo de John Huston. En un hotel de Florida coinciden un soldado, que regresa tras la segunda guerra mundial, y el gángster Johnny Rocco. En una tensa discusión, el soldado pregunta retóricamente: “¿qué quiere Rocco?” Y se responde el mismo: “Quiere más”. Y Rocco confirma: “Eso es, quiero más”. El soldado pregunta de nuevo: “¿Alguna vez Rocco tendrá bastante?” Y Rocco contesta: “Nunca tengo bastante”.

Evadiendo impuestos o pagando mucho menos legalmente, además de ganar desposeyendo al pueblo trabajador, los capitalistas son como Rocco. Nunca tienen bastante.

Los paraísos fiscales propician la evasión fiscal masiva, pero gobiernos y entidades internacionales no tienen la menor voluntad política de enfrentarse a ellos más allá de brindis al sol. Mantienen el secreto bancario contra viento y marea, gasolina de la evasión fiscal, y en la misma Europa florecen impunes los paraísos fiscales. Suiza, islas del canal de la Mancha, Luxemburgo, Liechstentain, Gibraltar, Andorra, Austria, Holanda, la City de Londres… No hay voluntad política de los Estados para acabar con el secreto bancario y de esos polvos de hermetismo bancario vienen los lodos del fraude fiscal masivo.

Ante la desfachatez evasora de los ‘Papeles de Panamá’ urge un sistema de impuestos fuerte, justo, progresivo y suficiente. Como mínimo como el que había antes de los 80, antes de la patente de corso a los ricos para no pagar impuestos. O apenas, como Buffet. Y acabar con la trampa del recurso sistemático a la deuda pública para suplir la menor recaudación tributaria.

Ante las revelaciones de los Papeles de Panamá, el movimiento internacional ATTAC exige que el Estado tome medidas contundentes contra la evasión fiscal e impago de cotizaciones. En España, por ahí se pierden 90.000 millones de euros anuales según el sindicato de Técnicos de Hacienda (GHESTA). ¿Cuantos problemas, pobreza y desigualdad no se resolverían de disponer de esos miles de millones de euros más?

Pero no sólo en España. Según explica Gabriel Zucman en La riqueza oculta de las naciones, hay casi seis billones de euros en activos financieros ocultos en paraísos fiscales. Y por eso las haciendas públicas dejan de recaudar anualmente 130.000 millones de euros de impuestos que se evaden.

Secreto bancario, anonimato de grandes fortunas y opacidad de transacciones financieras son la esencia de los paraísos fiscales. Para evadir cientos de miles de millones de impuestos de los que se despoja a la ciudadanía. Hay que empezar a ver a los paraísos fiscales y la evasión de impuestos como una amenaza tan grave como el yihadismo para poder llevar una vida digna y segura. Y actuar en consecuencia.

Plan B alternativo para construir una Europa democrática

El movimiento contra la austeridad presupuestaria cuajó en Europa tras la humillación a Grecia. Una despótica Troika condenó al pueblo griego a la pobreza, incertidumbre y sufrimiento, en tanto seguían los ataques contra el estado social en Europa del Sur con el pretexto de reducir el déficit público. Meses después nacen en Europa propuestas de confluencia de movimientos sociales, organizaciones ciudadanas y políticas contra la austeridad criminal que impone esta Unión Europea (UE).

Muy oportuno, porque, tras el triunfo del No a la austeridad en el referéndum griego, el nada fiable presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, sentenció inapelable que “no puede haber decisiones democráticas contra los tratados europeos”. Y así destapó con una nitidez indiscutible la Europa autoritaria. La de la élite gobernante al servicio de la minoría que detenta el poder económico y financiero. Para el presidente de la Comisión los tratados que conforman esta UE son como Dios. Pero hoy, el resultado comprobado de esta Europa bajo la dictadura neoliberal es que los tratados han logrado que los ricos sean más ricos, crezca la desigualdad y aumenten los pobres que son más pobres. Lo peor es que esta Unión utiliza la crisis  para desposeer sistemáticamente a las clases trabajadoras europeas en beneficio del poder económico y financiero. Por medio de sistemáticas rebajas salariales y empeoramiento de las condiciones laborales más brutales recortes sociales de los presupuestos de los Estados, que significan violaciones permanentes de derechos del pueblo trabajador.

Son tres las iniciativas que busca construir una alternativa contra la criminal austeridad de esta Unión Europea: Por un Plan B en Europa, Austerexit y Democracy in Europe Movement 2025 (Diem25). ¿Se organiza por fin la oposición y resistencia europeas contra esta Unión? Veremos. Sus proyectos buscan en primera instancia eliminar el destructor Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobierno y acabar con el chantaje permanente a los gobiernos nacionales. Sin embargo, no todos quienes están contra la desintegradora austeridad ponen en cuestión el sistema económico que hace posible esta Europa. ¿Es posible cambiar Europa sin cuestionar ni erosionar el capitalismo?

Hay además dos posturas políticas diferentes de esta oposición que parece nacer con ganas de organizarse y crecer. Terminar con el euro y sus estructuras. O democratizar Europa, sin que mantener el euro o no sea prioritario. ¿Será esa diferencia como ocurre en la fábula de Samaniego en la que dos conejos discuten si les perseguían galgos o podencos hasta que los perros los sorprendieron despistados y los devoraron?

Desde luego nada será posible si la ciudadanía no sale a las calles. Cambiar esta Unión Europea no es cuestión de camarillas ni de líderes iluminados. Nada se logrará si organizaciones y movimientos sociales, ciudadanos y políticos no se convierten (metafóricamente) en tropas de asalto por una revolución democrática que construya una nueva Europa. Se podría empezar creando una red de municipios rebeldes y desobedientes y actuar en conjunto, así como trabajar con paciencia y tesón para que los sindicatos europeos se pongan en marcha, abandonen el papel secundario de buen rollito de los últimos años y recuperen la combatividad propia de sindicatos de clase y dejen de ser actores de reparto, extras o figurantes del sistema.

Una primera acción común mostraría la solidez del movimiento de oposición a esta Unión Europea. Por eso, el 28 de mayo, aniversario de la Comuna de París, se ha convocado una gran movilización por otra Europa en más de cien ciudades europeas. El éxito de esta movilización medirá en parte la fuerza del movimiento que nace para romper la actual arquitectura europea.

Es tiempo de construir el proyecto de otra Europa, no de reformas cosméticas. No habrá más justicia ni mas democracia en Europa sin desobedecer las reglas de juego de esta UE hasta eliminarlas. No habrá cambio sin desobedecer ni quebrar la política al servicio del poder financiero. No habrá otra Europa sin cuestionar el sistema capitalista, sobre el que se asienta esta Unión, para construir otro sistema.

El Plan B avanzará si se desobedecen tratados y techos de déficit. Y para logralo es preciso que la gente se mueva. Lo sintetiza Alberto San Juan cuando asegura que “sin movilización en las calles ningún partido cambiará nada. Es tiempo de volver a las plazas”. Esta UE no se arregla con reformas. Porque no es reformable. Es imposible gobernar a favor de la ciudadanía con los tratados y normas de esta Unión. Se necesita una revolución que ha de ser no violenta y democrática radical. Vía difícil, costosa y acaso lenta, pero nunca imposible. ¿Acaso no ha habido cambios en la Historia?

Y no nos confundamos. No es un problema de España contra Alemania o al revés. Es el pueblo trabajador europeo de todos los países miembros contra las élites políticas y económicas que lo explotan. Por eso es momento de tejer alianzas y redes contra la austeridad en España, Italia, Grecia, Portugal… Y sumar más y más para que crezca la desobediencia contra la dictadura de las élites.

El capitalismo es un sistema que se auto destruye (y puede destruirnos)

Las bolsas chinas han conmocionado los mercados bursátiles del mundo. Otra vez. Con pérdidas muy superiores a todo lo ganado en 2015. Se desató un temor generalizado y la inestabilidad campa en los mercados financieros del mundo. Wall Street sufrió uno de los peores inicios de año de su historia y en España el Ibex 35 tuvo la peor semana financiera de un año nuevo y sigue.

En las bolsas, el pronóstico es que mayoritariamente tendrán perdidas durante meses. En España, la inseguridad bursátil puede perjudicar a grandes empresas, como Repsol o entidades bancarias como La Caixa y Bankia. Mientras los llamados países emergentes y algunas economías sólidas (Brasil, Alemania, Australia…) ven reducidos sus buenos resultados hasta llegar a situaciones preocupantes en algunos casos. Caen el precio del petróleo y el de las materias primas… ¿Nueva crisis que se cuece a marchas forzadas?

En Europa, el Nobel de economía Stiglitz ya denunció que la eurozona “tenía que unir a la gente, pero divide a los países. Tenía que aportar prosperidad y unión, pero hay recesión y desastre económico”. La persistente y nociva austeridad mantiene el continente en crisis irresoluble, sin olvidar que el pueblo trabajador, los asalariados precarios, los pensionistas empobrecidos, los desempleados que no cesan de aumentar… lo pasan mal. Y cada vez son más quienes se incorporan a la legión precaria de incertidumbre y sufrimiento. La obscena obsesión por preservar los intereses del sector financiero (motivo real de la austeridad impuesta en Europa) crea una situación tan demencial como la de alguien que tuviera una gallina que pusiera huevos de oro y se la comiera. Además, el Banco Mundial rebaja las previsiones de crecimiento mundial y el FMI hace tiempo solo expresa vaticinios pesimistas. Este sistema no tira.

Marx tenía razón. El capitalismo puede destruirse a sí mismo, pues no puede haber constante absorción de rentas del trabajo por el capital sin crear rebaja de demanda. Cabe empezar a pensar, como cuentan algunos thriller, que el capitalismo es como un poderoso ingenio en cuyo interior hay un mecanismo de auto destrucción. Los últimos días de 2015 y primeros de 2016 ¿son anticipo de lo que puede pasar de seguir el caótico rumbo neoliberal?

Habrá que concluir entonces que el capitalismo no tiene remedio. Hay que sustituirlo. El capitalismo tiene un grave conflicto y solo se le ocurre ahondarlo. Porque ha perdido el control. No renuncia al crecimiento como fórmula ‘mágica’ (que no es tal) porque no puede. Es el motor de sus beneficios. Pero el crecimiento tampoco llega, además de no ser buena salida porque se carga la única Tierra que tenemos. Como demuestra la ausencia de acuerdos del COP21 para frenar el cambio climático.

Como explica David Harvey, el capital quizás funcione indefinidamente, pero degrada y degradará más el planeta, empobrece y empobrecerá aún más a la gente con un aumento espectacular de desigualdades sociales que ya sufrimos, mientras una seudodemocracia totalitaria, que empieza, controlará a la ciudadanía. En la Unión Europea, por ejemplo, con mandatarios que se conducen como capos de la mafia. Recuerden el trato dado a Grecia.

Pedro Angosto expresa claramente que “el objetivo del capitalismo, por mucho que lo digan sus turiferarios, no es el bienestar de los individuos en una sociedad equilibrada, sino obtener el máximo beneficio para unos pocos a costa de explotar a la mayoría y destrozar la Naturaleza”.

¿Aceptamos que el sistema se destruya y con él nuestro mundo? No es lamentación estéril, sino alarmada llamada de atención. Reconocer el problema es condición imprescindible para resolverlo. Solo sabiendo qué ocurre y por qué, podremos afrontar la inacabable crisis, ya crónica  en el capitalismo, y sus dolorosas consecuencias.

¿Exgeración? A los hechos me remito. Ahí están para quien quiera verlos. Calentamiento global, cambio climático, desigualdad creciente (hasta la obscenidad), pobreza, hambre, conflictos bélicos extendidos e inacabables…

Sustituir el capitalismo no es tarea fácil, pero tampoco imposible. Un objetivo a tener muy en cuenta es reemplazar los principios y valores que lo sostienen: individualismo, competitividad, beneficio, ostentación, lujo… Y cambiarlos por los de solidaridad, colaboración, cooperación, atender necesidades de todos, respetar derechos… Con principios capitalistas vigentes, no lo eliminaremos. Si conservamos su modelo de consumo (en realidad, consumismo), por ejemplo, exponencial, ostentoso, competitivo, contaminante y en realidad innecesario en gran medida, hay capitalismo para rato. Es necesario ponerse a la tarea, porque lo que no resuelva la gente, nadie lo resolverá.

Esta Unión Europea es irreformable

Ucrania acordó con sus acreedores (Unión Europea, FMI y fondos de inversión) reestructurar 17.200 millones de euros de deuda. Les han perdonado 3.400 millones (una quita del 20%) más una demora de cuatro años en los que Ucrania solo paga intereses; lo que supone retrasar el pago del capital de deuda a 2019 (y hasta 2027, no desde 2015 a 2023 como antes). Y Ucrania solo pagará 43 centésimas de euro más de interés; un tipo de 7.75%.
Ocurre unas semanas después de que la Unión Europea y el Banco Central Europeo, acreedores de Grecia, se nieguen a la menor quita de deuda. Aunque otro acreedor, el FMI, argumentó la necesidad de la quita. En su lugar, la Unión Europea ha acosado y chantajeado a Grecia. O aceptaba sus condiciones, dignas de Al Capone, o salía del euro.
Lo ha descrito con claridad el economista James K. Galbraith, asesor del gobierno de Syriza: “A finales de enero, el Eurogrupo amenazó a Grecia con destruir su sistema bancario. Cuando el gobierno griego convocó un referéndum, Eurogrupo y BCE cerraron los bancos y, cuando el pueblo griego dijo NO, aumentaron las represalias hasta que el gobierno griego tiró la toalla”.
Tras tan obsceno espectáculo, resurge el debate sobre salir del euro o no. Pero la cuestión no es salir del euro o permanecer. Como ha escrito el ex-ministro de finanzas alemán y líder de Die Linke (la Izquierda), Oskar Lafontaine, “mientras el BCE pueda cerrar el grifo del dinero a un gobierno de izquierdas, no puede haber ninguna política verdaderamente democrática y social en Europa”. ¿Para qué sirve esta Europa a la gente común?

Ni siquiera es preciso recordar que puestos clave de decisión financiera de la UE están y han estado en manos de sujetos que han sido altos directivos de un banco tan predador y digno de sospecha como Goldman Sachs, entre cuyas hazañas está haber falseado las cuentas de Grecia durante los gobiernos conservador y socialdemócrata, para poder ingresar en la eurozona.

Y así, se llega a la triste pero indiscutible conclusión de que esta Unión Europea no admite reformas que merezcan tal nombre. Pues reformar significa ‘modificar algo con la intención de mejorarlo’, y mejorar (para la gente, por supuesto) no es intención ni voluntad de los totalitarios euroburocráticos que gobiernan esta Unión.
¿Qué hacer? ¿Otra construcción europea? ¿Una alianza de países del sur? Imposible. Tal vez. Lo parece.
Imposible pareció a muchos cuando, en 1917 un grupo de sufragistas, que exigían el voto para las mujeres, decidieron concentrarse cada día frente a la Casa Blanca. Al principio fueron ignoradas y su protesta apenas tuvo repercusión, pero se mantuvieron tenaces, convencieron a la opinión pública y dos años después las mujeres podían votar en EEUU. Y a continución en otros países.
En marzo de 1930, Gandhi empezó una marcha de 400 kilómetros para protestar contra el monopolio de la sal del Imperio Británico en la India por ser predador e injusto. Empezaban 17 años de lucha por la independencia. Y la consiguieron.
En el siglo XIX, al inicio de la industrialización, en Europa y EEUU los obreros trabajaban de lunes a domingo en jornadas de hasta quince horas por salarios de miseria. Tras duros y prolongados años de lucha, la clase trabajadora ha conseguido niveles de emancipación notables, lo que no significa que se hayan logrado todos los objetivos deseados y necesarios.
La actual Unión Europea nació inicialmente para que nunca más hubiera enfrentamientos bélicos entre Alemania y Francia, como ocurrió en los siglos XIX y XX. Pero de la búsqueda de paz y respeto de derechos humanos de todos se ha pasado a una especie de Chicago años 30 al servicio del poder financiero y las corporaciones transnacionales.
Como ha escrito Frédéric Viale de ATTAC Francia, “la Unión Europea es un mecanismo conservador antidemocrático para impedir cualquier avance progresista, sea cual sea la voluntad de los pueblos”. Y remacha Galbraith que “las esperanzas de negociar un cambio en la eurozona se han puesto a prueba con resultados brutales y que en la Eurozona hay una dictadura burocrática es un hecho”.
La democracia ya no existe, insiste Viale, hay que fundarla de nuevo, porque esta Unión Europea no es democrática. Es el problema, no la solución y así no hay avance alguno. Por eso esta Unión Europea no es reformable.
Si a eso añadimos la enorme vergüenza de estos días de unos gobiernos europeos incapaces de ponerse de acuerdo en distribuir a los refugiados por países (y algunos incluso negándose a aceptar refugiados), no hay la menor duda de que esta Europa no es la de la gente común, porque solo sirve a los banqueros, grandes empresarios y altos burócratas.
Habrá que rebelarse para cambiar las cosas.

La crisis de refugiados, una vergüenza europea

Fallecen asfixiados 71 refugiados hacinados en el interior de un camión refrigerador. Mueren ahogados once refugiados cerca de Grecia. Italia socorre en un día a 1.200 personas a la deriva. Por Serbia han pasado 115.000 refugiados desde principio de 2015. Unas 3.000 personas acampan cerca de la estación de tren de Budapest para viajar a Alemania.  Muere ahogado Aylan Kurdi, el niño kurdo de tres años de Siria…

Guerra, detenciones arbitrarias, torturas, abusos sexuales y asesinatos han sido realidad cotidiana de seis de cada diez personas que llegan en masa a Europa este 2015. Porque no son inmigrantes: son refugiados. Según la Convención de Naciones Unidas de 1951, refugiado es quien abandona forzado su país y no puede regresar por temor fundado a ser perseguido, encarcelado, maltratado o asesinado. Hasta hoy han solicitado asilo en países europeos más de 400.000 personas. No huyen de la pobreza, sino de la guerra de Siria, de conflictos armados en Kosovo, Albania, Afganistán e Irak o de la violación sistemática de sus derechos humanos en Eritrea, Somalia, Nigeria o Pakistán. Y siempre de la violencia armada. Es la peor crisis de refugiados en Europa desde el final de la II Guerra Mundial.

La mayor crisis migratoria en Europa desde hace setenta años amenaza la libre circulación de personas, pilar de la Unión Europea que garantiza (hasta ahora) el tratado de Schengen. Amenaza real por la actitud insolidaria de los mandatarios europeos, porque la llegada de miles de refugiados a Europa pone a prueba el pretendido espíritu democrático de la Unión. Esta crisis no es problema griego, alemán, italiano, español o húngaro sino europeo. En realidad, internacional, pues la oleada de refugiados tiene su origen en la actuación de Arabia Saudita, Quatar, otros emiratos, Israel, EEUU y la OTAN (de la que forma parte la Unión Europea). Tiene su origen en los bombardeos e invasión de Afganistán, Irak y Libia. En el genocidio intermitente de Gaza y en haber alentado la guerra civil en Siria, armar a las facciones enfrentadas y financiar a fundamentalistas. Por eso los refugiados pueden decir justamente, como ilustra el humorista El Roto: Huimos hoy de nuestras guerras que en su origen fueron vuestras guerras.

Hasta ahora la Unión Europea apenas ha respondido salvo con una reunión extraordinaria nada eficaz tras los naufragios en el Mediterráneo de la primavera pasada que costaron la vida a un millar de personas. A pesar de la gravedad de la situación, los pacatos estados miembros de la Unión no acuerdan nada. ¿Es posible tanta cobardía, tanta miseria? Tras dos meses de discusiones, los líderes europeos pactaron acoger a 32.256 refugiados procedentes de Italia y Grecia, aunque ahora hablan de que sean 120.000 y Alemania, Francia y España dicen que acogerán al 60% de los refugiados. Habrá que verlo, porque nada deciden en concreto, negro sobre blanco y Europa olvida que en los últimos cien años inundó el mundo de refugiados que huían de sus guerras y conflictos.

España es paradigma de esa actitud miserable ante los refugiados. En 2009 aprobó una Ley de Asilo… que no se aplica porque seis años después no se ha elaborado el reglamento. Y día tras día varían de pensamiento al respecto. Que la Unión Europea no afronta en serio el problema de los refugiados lo demuestra que de 2007 a 2013 ha dedicado casi 2.000 millones de euros a proteger sus fronteras, pero sólo 700 para atender a refugiados. Obras son amores.

En esta crisis masiva, fracasará cualquier propuesta que no ponga por delante a las personas y sus derechos. Y cuestionará la legitimidad de la Unión Europea y de sus mandatarios. Urge una política europea de asilo basada en la solidaridad y el respeto de los derechos humanos y no en el control de fronteras. Sin olvidar que acoger refugiados no es cuestión de compadecerse de quienes huyen del dolor y la muerte, porque el asilo es un derecho indiscutible.

Pero, a pesar de la miseria moral y política de los mandatarios europeos, hay esperanza porque, mientras los gobiernos marean la perdiz, los municipios gobernados por equipos de unidad popular vencedores en las pasadas elecciones municipales en España, por ejemplo, organizan una red de ciudades-refugio para desplazados. El Ayuntamiento de Barcelona ha creado un registro con personas y familias que ofrecen sus domicilios para acoger a refugiados y el de Madrid ha aprobado un plan de urgencia de 10 millones de euros para atenderlos. También se suman los ayuntamientos de Las Palmas, Vitoria, Valencia, Zaragoza, Pamplona, Málaga, A Coruña y otras muchas ciudades. Y en Alemania, la ciudadanía rescata a los refugiados de la dejadez institucional del gobierno; familias alemanas los acogen y grupos de voluntarios reparten alimentos, agua y mantas en los asentamientos, mientras pancartas en los estadios de fútbol y portadas de periódicos locales dan la bienvenida a los refugiados. Y la buena noticia de que finalmente Ángela Merkel reacciona y reclama una solución real al problema de los refugiados en Europa.

Tal vez no esté todo perdido.

Tener empleo no garantiza dejar de ser pobre en Europa

Nadie está a salvo de la pobreza en Europa. Porque crece el trabajo precario, disminuye el salario y se suprimen derechos laborales mientras el paro se hace crónico en buena parte de países. Entonces se cuenta hasta el céntimo, se va a vivir con los padres o, los más afortunados, alquilan una habitación en piso compartido. Pero no se pueden afrontar gastos imprevistos ni pagar la calefacción en invierno. A duras penas, alimentarse y con frecuencia se recurre a Cáritas o a un banco de alimentos para poder comer los últimos días del mes. Se viste la misma ropa aunque esté deteriorada y se calzan los mismos zapatos con un agujero en la suela. Y ni un euro para ocio: tomar un café en un bar es un lujo…
Tal vez no sea la pobreza de Oliver Twist, de Charles Dickens, pero es pobreza.

Al inicio de la crisis, una licenciada universitaria inventó el término ‘mileurista’: jóvenes como ella que, con formación universitaria, solo encontraban trabajos con insuficientes e injustos sueldos de 1.000 euros mensuales. Hoy, la legión de trabajadores pobres europeos se daría con un canto en los dientes por tal salario.

En España y Europa aumentan las trabajadoras y trabajadores con empleo, pero con sueldos de pobreza. Desapareció la creencia de que tener un empleo en países desarrollados supone bienestar. Por el contrario, tener un trabajo ya no evita la pobreza en el capitalismo.

En España, el gobierno del Partido Popular alardea de reducir el número de parados, pero no explica que el paro baja por empleos de salarios miserables. Casi una cuarta parte de personas en riesgo de pobreza de este país tiene un empleo. Que no la libra de ser pobre. Porque el modelo de crecimiento se basa precisamente en la precariedad laboral y los salarios de penuria. Los fuertes recortes sociales son la otra base del escaso crecimiento.

Pero no sólo hay trabajadores pobres en España. En Francia, tres millones y medio de asalariados necesitan ayuda alimenticia para sobrevivir, porque la pobreza del país ha crecido y ya es superior a la de hace veinte años. En Alemania más de ocho millones de trabajadores ganan menos de 450 euros mensuales. En 1995 el sector precario con sueldos muy bajos era un 15%, hoy es 25%. Una cuarta parte. Rafael Poch nos explicó que “el ‘milagro del empleo’ alemán ha sido por la expansión de trabajos precarios y mal pagados; el mismo trabajo se ha repartido entre más personas al convertir empleos a tiempo completo en varios a tiempo parcial. Hoy en Alemania se trabaja los mismos millones de horas que hace trece años, pero ocupan a tres millones de trabajadores más”. Que cobran menos, claro.

Y todo tiene que ver con la distribución de la riqueza en el mundo. Según un estudio de la banca Crédit Suisse, nada sospechosa de ser roja ni antisistema, la décima parte de la población mundial (unos 700 millones de personas) se reparten el 85% de la riqueza, mientras la mitad de habitantes (3.600 millones) solo posee el 2%. Y un 1% de la población mundial (72 millones) posee casi la mitad del capital de la Tierra, mientras la otra mitad de recursos y riqueza se reparte entre el 99% restante, unos 7.000 millones. Y también de modo desigual.

Esta obscena desigualdad creciente es fruto de la agresión neoliberal sistemática. Esa agresión consiste en rescatar el sector financiero con los impuestos que paga la ciudadanía; imponer austeridad presupuestaria a los estados y entronizar la reducción del déficit como nuevo becerro de oro. También defender a ultranza los intereses de bancos, fondos de inversión y multinacionales y recortar el gasto público para reducir derechos sociales y laborales. Y, por supuesto, salarios más bajos, cada vez más bajos. Además de menos reglas de control del sector bancario y más privatización de lo público. Y, como la ciudadanía se cabrea y reacciona, se limitan las libertades civiles y políticas. Más represión.

Harvey lo llama acumulación (de capital) por desposesión (de la mayoría). Y el humorista El Roto lo expone con su clarividente acidez cuando uno de sus personajes grita: “Si no se puede devaluar la moneda, devaluemos a la gente”.

O se reacciona o el desastre está asegurado.