Hablamos de rendir cuentas, de justicia

“Bush deja el país hecho trizas. Con tres dígitos más de paro (7,2 %), un millón más de pobres, seis millones más de ciudadanos sin cobertura sanitaria, un déficit presupuestario de un billón de dólares (cuando su antecesor dejó un superávit de 200.000 millones) y una recesión económica de profundidad insondable. No es cuantificable la cuenta ya conocida de los desperfectos en la imagen de EEUU, en el Estado de derecho, en el respeto a los derechos humanos y en la moral de sus conciudadanos”.

 

A este resumen de la presidencia de Bush del periodista Lluís Bassets cabría añadirle dos guerras terribles con muchos muertos civiles (las de Afganistán e Irak), que Bush impulsara un militarismo desatado (el conglomerado armamentístico ha obtenido ganancias obscenas durante la presidencia de Bush); que introdujera el nefasto concepto de ‘guerra preventiva’ contra todo derecho y civilización; que arrasara el derecho internacional y la legislación de regulación de conflictos; que mintiera a mansalva para invadir Irak; que autorizara la tortura, los secuestros y ejecuciones sumarias; que se negara a firmar el protocolo de Kyoto e impidiera cualquier propuesta decente para reducir la contaminación y el calentamiento global…

 

Y, por el contrario, no se halló arma de destrucción masiva alguna; no se ha detenido a Osama bin Laden ni a ningún alto dirigente de Al Qaeda; no hay paz ni democracia en Irak; no hay paz ni apenas democracia en Oriente Medio; no hay más seguridad en Estados Unidos ni tampoco en el resto del mundo… El informe del Pentágono del mes de diciembre sobre terrorismo alerta sobre el crecimiento de Al Qaeda y organizaciones afines en el norte de África, más actividad terrorista en Afganistán, Pakistán y en la frontera de ambos países…

 

Pero no se trata de hacer hoy un balance del que muchos analistas e historiadores consideran el peor presidente de la historia de los Estados Unidos. La cuestión es que en un mundo civilizado y democrático es imperativo rendir cuentas por las decisiones, acciones y omisiones que comportan consecuencias terribles, así como por toda transgresión de la ley. Nacional o internacional. ¿Rendirá cuentas Bush?

Preguntado el presidente Obama sobre las responsabilidades de Bush y una posible investigación sobre violaciones de las leyes en su presidencia, respondió que “no creo que nadie esté por encima de la ley”, pero añadió que “necesitamos ver hacia delante en vez de mirar hacia atrás”.

 

Más allá de que tal respuesta sea simplemente diplomática o pueda ser considerada frase retórica, es más justo lo que ha escrito el Nobel Paul Krugman al conocer esa respuesta de Barack Obama: “Si no averiguamos lo que ocurrió durante los años de Bush, significa que quienes tienen el poder están por encima de la ley, pues no enfrentan consecuencia alguna si abusan de su poder (…). Una investigación seria de los abusos en la era de Bush convertiría Washington en un lugar incómodo para quienes abusaron del poder y para quienes actuaron como sus procuradores o apologistas. (…) Pero si cubrimos superficialmente los abusos de los ocho años pasados, garantizaremos que ocurran de nuevo”.

 

El cambio que encarna el nuevo presidente de Estados Unidos desde que inició su campaña electoral significa muy especialmente recuperar el respeto incondicional a los principios esenciales de la democracia, a los derechos humanos y a la ley, como expresión concreta de esos principios. Y ese respeto supone la imprescindible rendición de cuentas. Rendir cuentas por los actos cometidos o por las omisiones consentidas.

 

En última instancia se trata de rescatar la memoria de lo ocurrido del olvido. La memoria de lo hecho, de lo perpetrado, del sufrimiento causado. Y no es poesía, porque, como ha dicho en alguna ocasión el subcomandante Marcos del Frente Zapatista de Liberación, “la memoria es como acá llamamos a la justicia”. Entonces hablamos de justicia, no de otra cosa. Es la hora de la justicia. O no habrá cambio de verdad.

 

Por más que Estados Unidos no ratificara la Corte Penal Internacional, una nueva era y la sincera voluntad de cambio obligan a restaurar la justicia. Porque, además de otras transgresiones y violaciones de la ley, estamos hablando de posibles crímenes de guerra, de crímenes contra la humanidad. Y esos crímenes no prescriben.

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Imperio de los derechos humanos o barbarie

Guántanamo ha significado y significa la perpetración de una sistemática violación de derechos humanos. Detenciones secretas, encarcelamientos clandestinos, ausencia de acusaciones, desapariciones forzadas, torturas, inexistencia de asistencia jurídica, negación de salvaguardas legales básicas y ausencia de cualquier tipo de protección que la ley democrática asegura.

 

Esta historia de vergüenza empezó en septiembre de 2001 cuando el Congreso de Estados Unidos autorizó al presidente Bush a usar la fuerza contra naciones, organizaciones y personas que a su juicio tuvieran cualquier relación con los ataques terroristas de Nueva York o con futuro terrorismo internacional. Poco más tarde, Bush autorizó a la CIA a establecer centros de detención fuera de Estados Unidos y dos meses después firmó una orden sobre “detención, tratamiento y enjuiciamiento de ciertos extranjeros en la guerra contra el terrorismo”, por la que autorizaba al Pentágono a detener indefinidamente sin cargos a ciudadanos no estadounidenses. Además, talibanes y sospechosos de pertenecer a Al Qaeda no podían ser considerados prisioneros de guerra y, por tanto, quedaban excluidos de la protección de los Convenios de Ginebra, la que prohíbe juicios injustos, tortura, crueldad, atentados contra la dignidad o tratos humillantes y degradantes.

 

Todo este cúmulo de abusos y despropósitos condujo a que el 11 de enero de 2002 fueran trasladados a Guantánamo los primeros detenidos en Afganistán y recluidos en jaulas de malla metálica. Llegó a haber 800. Había empezado una de las más graves, cínicas y desvergonzadas violaciones sistemáticas de derechos humanos.

Esta masiva violación se agrava al saber que el 85% de los detenidos en Afganistán o zonas fronterizas pakistaníes fueron capturados por señores de la guerra de la Alianza del Norte (socios de EEUU) a cambio de jugosas recompensas.

 

Lahcen Ikasrrien, un marroquí que se instaló en Afganistán donde adquirió un pequeño negocio, fue detenido en Kunduz por soldados de Abdul Rashid Dostum y entregado al ejército estadounidense por 75.000 dólares. Sin investigaciones, sin pruebas ni indicios de la menor relación con actos terroristas. Sólo por ser musulmán extranjero en Afganistán en tiempo de guerra.

 

El 2 de diciembre  de 2002, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, aprobó el uso de malos tratos en Guantánamo. Encapuchar y desnudar a los detenidos, privarles de la vista o del oído, someterlos a frío y calor sistemáticamente, mantenerlos en posturas en tensión física, proximidad de perros para causar estrés, desajustar el sueño y simulacros de ahogamiento. El Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de EEUU denunció que altos cargos del gobierno se informaron sobre ‘técnicas agresivas de interrogación’, redefinieron la ley para simular cierta legalidad y autorizaron el uso de torturas contra detenidos en Guantánamo.

 

Empezaron a oírse voces pidiendo el cierre de Guantánamo. Una de las primeras fue la de Amnistía Internacional, a la que se sumaron después peticiones desde la ONU, los ex presidentes Carter y Clinton, jefes de Estado de Europa y organizaciones jurídicas y defensoras de derechos humanos de todo el mundo.

 

Hoy el cierre de Guantánamo está cercano. El presidente Obama ha prometido que será una de sus primeras medidas. Pero también deberá recuperar el respeto de los derechos humanos anterior al 11 de septiembre de 2001, suprimir la detención sin cargos ni asistencia jurídica y prohibir implacablemente la tortura en cualquier circunstancia. Y de inmediato, resolver qué hace con los aún detenidos en Guantánamo.

 

EEUU debe acusar y juzgar ante la justicia ordinaria estadounidense a los más de 250 detenidos que aún permanecen allí o soltarlos. Pero si los acusa, con todas las garantías y salvaguardas que las leyes internacionales y la Constitución estadounidense ordenan.  Si EEUU no los juzga, debe liberarlos y enviarlos a sus países en condiciones de seguridad que excluyan la más remota posibilidad de torturas. Pues sucede que cerca de 50 de los detenidos de Guantánamo no pueden ser enviados a sus países (China, Libia, Rusia, Túnez y Uzbekistán) porque hay riesgo real de que allí sean torturados. La oferta de Portugal y Alemania, aceptando algunos de estos detenidos, está en el buen camino.

 

Bajo la presidencia de Obama, la recuperación del respeto de los derechos humanos es también acabar con la impunidad. Por eso han de investigarse los abusos y violaciones de derechos humanos cometidos por EEUU y sus aliados bajo el paraguas de la guerra contra el terror. Y juzgar a los responsables. Además de garantizar la reparación a todas las víctimas de violaciones de derechos humanos.

De otro modo, permanecemos en la barbarie.

Llamar a las cosas por su nombre

Gaza. Bombardeo aéreo y artillero. Invasión de tropas terrestres. Los soldados israelíes telefonean a casas palestinas y exigen que las abandonen porque serán destruidas por los tanques. Los civiles palestinos huyen a cientos, a miles. Las tropas han detenido a centenares de hombres de 12 a 60 años, sólo por ser varones. Han sido bombardeados edificios civiles (el parlamento, periódicos, TV de Hamas, instalaciones médicas…) y tanques israelíes han disparado contra tres escuelas de la ONU, matando a docenas de personas. Un misil destruyó una casa enterrando a 25 personas. Amnistía Internacional denuncia que la ofensiva israelí provoca ya más de 550 muertos en diez días, la mayoría civiles. Con el ataque israelí, los palestinos muertos por soldados israelíes ascienden el último año a casi 800, de los que más de la tercera parte son civiles desarmados, incluidos casi cien niños. En el mismo tempo, los grupos armados palestinos y los cohetes artesanales han matado a 25 israelíes, 16 de ellos civiles, incluidos 4 niños.

 

Los civiles palestinos pueden morir, ser heridos o quedarse sin vivienda, además de carecer de atención médica, alimentos, electricidad, agua… “Lo más escandaloso de lo que pasa en Gaza es que puede pasar sin que pase nada. La impunidad de Israel no se cuestiona. La violación continuada de la legalidad internacional, de la Convención de Ginebra y de las mínimas normas de humanidad, no tiene consecuencias” han denunciado José Saramago y ocho intelectuales más.

 

En el ilegítimo e ilegal ataque contra Gaza, casi tan grave como el ataque es la actitud y conducta de los dirigentes de la ‘comunidad internacional’. Bush considera que la culpa de la situación es sólo de Hamás. Su Departamento de Estado asegura estar “profundamente preocupado por la situación humanitaria” en Gaza, pero impidió que el Consejo de Seguridad de la ONU acordara un alto el fuego. Los mandatarios europeos aceptan la invasión de Gaza sin la menor oposición o crítica en medio de lloriqueos por un alto el fuego y el inefable Toni Blair pide que se corte el suministro de gas a Gaza. La Presidencia de la Unión Europea, que corresponde a la República Checa, ha comunicado oficialmente que la actuación del Ejército israelí en Gaza es “defensiva, no ofensiva“. Lo máximo dicho por muchos medios informativos europeos es que la acción de Israel es “desproporcionada”. Bienvenidos al reino del eufemismo y de la cobardía.

 

Blandura, falta de coraje, lamento estéril, doble rasero y aceptación de los crímenes que comete el gobierno de Israel por medio de sus fuerzas armadas son la respuesta de la comunidad internacional.

Y en Israel, los ciudadanos premian al Gobierno que masacra. Tzipi Livni, ministra de Exteriores, candidata a primera ministra en las cercanas elecciones, remonta frente al derechista Netanyahu del Likud, en tanto que los laboristas (cartera de Defensa en el gobierno) suben de 10 a 16 escaños. Según el diario Maariv, sólo un 4% de israelíes se opone a la destrucción y masacre de Gaza.

 

Como denuncian Saramago y otros ocho intelectuales, el ataque contra Gaza “no es una guerra, no hay ejércitos enfrentados. Es una matanza. No es una represalia, no son los cohetes artesanales que han vuelto a caer sobre territorio israelí sino la proximidad de la campaña electoral lo que ha desencadenado el ataque”.

Razón miserable. Como miserables son actitudes, intereses y acciones de los dirigentes de los países occidentales y árabes.

Llamemos a las cosas por su nombre porque, como dice el escrito de Saramago y los otros intelectuales, “el lenguaje no es inocente. Las palabras no matan, pero ayudan a justificar el crimen”.

P.S. ‘Miserables’, no como insulto, sino como descripción, intento de verdad. Miserable en su cuarta acepción según el Diccionario de la Academia de la Lengua Española. La que indica que miserable es perverso (quien corrompe el equilibrio habitual de las cosas), despreciable (digno de falta de estimación) y vil en extremo (quien falta a la confianza depositada en él). ¿Acaso quienes tienen poder e intervienen en el conflicto, más observadores y algunos espectadores interesados del mismo, no son acreedores de tales adjetivos?

Hay que cambiar principios para salir del desastre

El financiero francés Thierry de Villehuchet fue encontrado muerto en su oficina neoyorquina. Tenía cortes en los brazos y había pastillas diseminadas a su alrededor. Había perdido mil millones de dólares en la estafa perpetrada por el estadounidense Madoff e hizo perder otros 50.000 a sus clientes europeos. La policía concluyó que se había suicidado.

Es la noticia trágica de la crisis más aireada por los medios de países desarrollados. Menos lo han sido los millones de dramas de aquellos a quienes la crisis ha destrozado y destroza la vida de muchas y diversas maneras.

 

Crímenes financieros y económicos se destapan en las crisis que sacuden este capitalismo de nuestras pesadillas. El Nobel Paul Krugman cree que aún se conocerán más escándalos: “Cuando se cae la casa, aparecen esqueletos en los armarios”. Y así, desde los noventa, en medio de las diversas crisis que se sucedieron en varias regiones del mundo, estallaron abundantes escandalazos económico-financieros.

En Estados Unidos, la distribuidora de gas Enron que falseó beneficios y dejó un inmenso agujero; luego, WorldCom, AOL Time Warner, Adelphia, Global Crossing… Varios fiscales investigaron cuánto olían a podrido los fondos de inversión, sobre todo en Wall Street, zona sagrada del capitalismo financiero. Encontraron tantos indicios de porquería que Eliot Spitzer, fiscal general de Nueva York, dijo que Wall Street  “era un agujero nauseabundo”. 

 

Después los delitos económicos explotaron también en la vieja Europa. Elf, Crédit Lyonnais, Parmalat, Societé General… Y en España, Mario Conde en Banesto y Gescartera fueron clásicas estafas de siempre, más los delitos de Ibercop, Forum y Afinsa, KIO, AVA…

A ambos lados del Atlántico emergió un hermoso panorama de extorsión, falsedad documental, prácticas fraudulentas, estafas varias, blanqueo de dinero y apropiaciones indebidas diversas. Se mezclaban en alegre compañía grandes bancos, intermediarios financieros, sociedades gestoras, distinguidos directivos más presidentes y miembros de consejos de administración. Puro capitalismo gangsteril.

Pero ¿acaso este capitalismo no es gangsteril en esencia?

 

Toda esta economía criminal (que Al Capone y sus alegres compañeros de Chicago, Nueva York o Las Vegas de los años 30, 40, 50 y 60 hubieran envidiado sanamente) utilizaba recursos de ingeniería financiera, contabilidad ‘imaginativa’, el sacrosanto secreto bancario y los muy oscuros paraísos fiscales.

Pero nos asalta una duda. Tal floreciente criminalidad económico-financiera de los últimos veinte años, ¿ha sido posible sólo por la falta de regulación, ocultaciones contables, asimetrías informativas entre agentes del sector financiero e indefinición en las relaciones entre esos agentes, como sostienen muchos analistas? Dicho de otro modo, ¿el desastre financiero fruto del latrocinio más o menos maquillado puede arreglarse con cambios estructurales que metan mano a tan graves sinvergonzonerías?

Probablemente algo. Pero no del todo.

 

The Economist editorializó, no hace mucho, que los mayores enemigos del capitalismo son los capitalistas que abusan del poder ilimitado adquirido. Tal vez, aunque nos da igual, porque la cuestión –visto lo visto- no es qué le va bien al capitalismo o no, sino qué conviene o no a los seres humanos, a las personas. Todas. Porque el capitalismo (especialmente éste neoliberal que sufrimos) alberga el tumor del desastre que no arregla ni una legión de cambios estructurales. Ese tumor nace del principio de que el beneficio individual es el motor máximo de desarrollo, y un crecimiento incesante y progresivo, su marco incomparable.

Al final, este capitalismo de nuestras desdichas es como cuenta el humorista El Roto en una de sus impagables ironías gráficas. Un caballero barbado con aspecto de sabio lee un periódico y dice en voz alta: “Así que el desarrollo sólo era delincuencia”.

 

Cuando se ahonda en los problemas y dramas del sistema que soportamos, se concluye que hay que cambiar principios. Un sistema cuyo principio básico es el lucro individual (el lujo como objetivo personal, llegó a escribir un majadero del siglo XVIII, defensor del naciente capitalismo) no puede ser bueno, y la propia historia del capitalismo así lo demuestra. Que la alternativa para sustituir el capitalismo fracasara sólo indica que hay que continuar buscando y probando. 

Y sobre todo, pelear por un nuevo fundamento: las personas, primero. O, como proclama Amnistía Internacional: Nada por encima de los derechos humanos. Que viene a ser lo mismo.