Otro mundo es posible porque es necesario

La crisis se extiende como mancha de petróleo. Los gobernantes rescatan el sistema financiero, pero ya “la economía real, no financiera, tiene también una desesperada necesidad de ayuda y para proporcionarla vamos a tener que dejar de lado algunos prejuicios”. Lo dice el último Nobel de economía, Paul Krugman. Ese ‘dejar de lado ciertos prejuicios’, incluye desmantelar ese engaño colectivo de ‘todo es mercado’ y ‘el mercado se auto corrige’. ¡Ya hemos visto cómo!

El diagnóstico de la crisis lo remata otro Nobel de economía, Joseph Stiglitz: “No hay que elegir entre crecimiento y desigualdad”, porque “el crecimiento ha de lograr que se beneficie la mayoría de los ciudadanos”. Pero, además, Stiglitz explica que “un crecimiento basado en la degradación del medio ambiente, en empachos de consumo financiados por la deuda, o en explotación de recursos naturales escasos, sin que haya reinversión de beneficios, no se aguanta”, porque “el crecimiento no es un simple aumento del producto interior bruto”.        

 

Por su parte, Krugman, arremete sin dudar contra dos pilares del neoliberalismo: la rebaja de impuestos y evitar el déficit de las cuentas del Estado: “Es necesario suprimir los bajos impuestos establecidos por Bush porque son inútiles –asegura-. No hay un solo argumento racional para rebajar  impuestos. Hay margen para aumentar las cargas fiscales sobre los más ricos, no para castigarlos, sino para que paguen su parte del financiamiento de las políticas públicas que el resto de la población necesita”.

 

Krugman nos explica que las rebajas de impuestos en EEUU (que luego en parte se copiaron en la Unión Europea) fueron elevadas por Bush a la categoría de dogma para beneficiar a los más ricos, pero dejaron al Estado con menos dinero para políticas sociales dedicadas a la mayoría. Según Krugman, “el 40% de las reducciones de impuestos de Bush han beneficiado a las personas que ganan más de 300.000 dólares anuales (unos 200.000 €), lo que representa una redistribución en beneficio de quienes están en mejores condiciones de pagar impuestos”.
Luego Krugman asegura que “las preocupaciones por el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso”, porque “ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta”. 

 

Stiglitz remata la faena al reconocer que “la izquierda comprende que el Gobierno tiene una función vital en las infraestructuras y la educación, en el desarrollo tecnológico, e incluso como empresario”, con lo que otro premio Nobel de economía se carga otro dogma neoliberal: la impotencia e ineficacia de lo público, y recuerda que gracias al Estado se ha extendido Internet y ha habido avances biotecnológicos que cambiarán el mundo; del mismo modo que a finales del siglo XIX y principios del XX, el gobierno de EEUU financió con dinero público a las universidades para investigar y sentar las bases de los grandes cambios en la agricultura estadounidense.

La sorpresa, sin embargo, la ha proporcionado estos días turbulentos el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quien ha proclamado en el sur de Francia el regreso de la acción política a la economía, porque “la dictadura del mercado y la impotencia pública han muerto con la crisis financiera”, asegurando que “hace falta reinventar el mundo”.
Bienvenido sea Sarkozy al mundo de quienes nos oponemos a la dictadura neoliberal, al necio totalitarismo del ‘consenso de Washington’. Bien venido al movimiento de quienes creemos que otro mundo es posible, porque es necesario.

 Y, para que nuestra felicidad fuera completa, deberían cumplirse los deseos de los interrogantes y cuestionamientos que plantea otro Nobel (éste de Literatura), José Saramago, sobre paraísos fiscales, ingenierías financieras delictivas, inversiones opacas y lavado de dinero negro.
“¿Tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que sacude nuestros hogares, la vida de nuestras familias, y nuestro trabajo?”, nos pregunta.
Que así sea.

 

 

 

 

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Llamar a las cosas por su nombre

El humorista El Roto ha expresado en una ilustración humorística lo que ocurre con la dichosa crisis. Sobre el mar, un gran trasatlántico y la frase de alguien que se supone grita: “El capitalismo se hunde, banqueros y ricos, primero”. Es un excelente resumen de la crisis y de como le hacen frente.

Desde hace veinte años sufrimos la versión neoliberal del capitalismo; es decir, la de los enemigos de la presencia del Estado en la economía, los defensores a ultranza de la privatización de todo y del sacrosanto mercado que (presuntamente) regula la actividad económica; por su fe, los neoliberales son enemigos del Estado del bienestar, de la sanidad y de la enseñanza públicas, entre otras cosas. Pues bien, ellos son responsables del desastre y, para perpetrarlo, han contado con la también neoliberal e irresponsable complicidad de organismos financieros internacionales como el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Pero no se confundan, éste no es un problema de dictadura ideológica (la de los neoliberales, presentes en todos los ámbitos de poder) con consecuencias terribles. Es más soez. Más vulgar.

El periodista Ramón Muñoz nos ha ofrecido una implacable visión de muchos de esos sujetos causantes de la crisis. Nos recuerda en un espléndido artículo (que se puede leer en http://www.attacmadrid.org) que en este capitalismo neoliberal, directivos y consejeros de grandes corporaciones tienen privilegios faraónicos (sueldazos enormes, opción a acciones, vacaciones lujosísimas pagadas, aviones jet de empresa…) y escasas responsabilidades. Si las acciones suben, ganan fortunas; si bajan o incluso la empresa quiebra, ganan también. Y, además, tienen indemnizaciones de escándalo cuando son despedidos.

“Las mayores empresas financieras de Wall Street (Merrill Lynch, JP Morgan, Lehman Brothers, Bear Stearns y Citigroup, ¿os suenan?) – ilustra Muñoz- pagaron más de 3.000 millones de dólares en cinco años a sus máximos ejecutivos, precisamente cuando inflaban las cuentas, ocultando préstamos incobrables en paquetes de fondos y activos oscuros (para maquillar los balances y que no aparecieran las pifias), que han provocado la mayor crisis financiera de la historia”. Lehman Brothers aprobó millones de dólares para los directivos que salieran de la empresa mientras negociaba el rescate de la quiebra con dinero federal. El consejero delegado de la aseguradora AIG, rescatada con fondos públicos, gastó 322.000 dólares en 2007 en viajes privados en el reactor de la empresa ya en plena crisis. Para celebrar que el gobierno había salvado de la quiebra a AIG con dinero público (o sea, de los ciudadanos y ciudadanas), sus directivos pasaron un fin de semana a pan y cuchillo en un lujosísimo hotel californiano de 800 euros la habitación: gastaron más de 440.000 dólares en sólo dos días. Stanley O’Neal, presidente de Merrill Lynch, en 2007 gastó 357.000 dólares en avión y coche para uso privado. Se fue hace un año, con las mayores pérdidas de la historia de Merrill Lynch , pero se llevó 160 millones de dólares.

Hace treinta años, los ingresos medios de los máximos directivos de corporaciones estadounidenses eran 36 veces superiores al sueldo medio de un trabajador; en 1989, 71 veces, y el año pasado, 275 veces más que el salario de sus trabajadores, según “The Institute for Policy Studies and United for a Fair Economy”. Bonos, gratuitas opciones a acciones, sueldazos, cuentas ilimitadas de gastos… configuran el millonario escenario de la reducida clase de directivos del capitalismo neoliberal. ¿Cuándo se hará un estudio a fondo sobre qué han hecho y hacen esos sujetos para ganar tales cantidades?

Y para que el panorama sea completo, esas poderosísimas empresas que se iban o se han ido al traste en la dichosa crisis, en medio de los excesos de sus directivos, tienen que ver con las masas de dinero oscuro depositadas en paraísos fiscales. Sin embargo, en el mar de propuestas ante la crisis, no se ha oído ninguna sobre medidas para aflorar dinero negro y acabar con la impunidad de los paraísos fiscales ni tampoco con el secreto bancario ni con la negrura de tanto dinero global refugiado en esos paraísos.

Esta crisis no hubiera sido posible con control y vigilancia reales de los movimientos financieros, pero es imposible ese control y esa vigilancia con una cincuentena de paraísos fiscales en activo.

Algunos próceres y dirigentes políticos vislumbran ahora que control y vigilancia no son malos. Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, propone tomar medidas urgentes contra ciertos sospechosos fondos de inversión para regular mejor el sistema financiero. “Propongo un sistema muy simple, que ninguna institución financiera escape a la supervisión ni a la regulación”, ha dicho. Y el primer ministro británico, Brown, plantea “un plan de reformas para corregir la debilidad de la arquitectura de supervisión de las finanzas”. En plata sería hablar de la inexistencia de vigilancia y control de bancos y movimientos financieros.

Quizás los políticos profesionales europeos han comprendido por fin lo que el presidente Lula de Brasil proclamó hace poco: “Se acabó eso de que el mercado lo puede todo”.

Que gran verdad, entre tanto, ¿por qué no llevar ante la justicia a los responsables de esta crisis que tanto dolor, sufrimiento e incluso muerte causa y causará?

Empezar a cambiar las cosas

(He vuelto, tras un mes de retraso por traslado de comunidad autónoma, de vivienda y todo eso, que es un lío, pero aquí estoy, a un cuarto de hora escaso del mar, en uno de los barrios más estupendos de Barcelona, el Poble Nou, para continuar dando guerra.  Y ustedes que lo vean. Cuando hay crisis agudas, como la que sufrimos y se inició hace un año, es cuando hay que crecerse y decir las cosas por su nombre. Y en esas estamos. Gracias por visitar este blog. Xavier)

El origen de esta crisis está en un modelo de crecimiento descontrolado de bancos y entidades financieras, agravado por basarse tal crecimiento en hipotecas dudosas, así como en oscuros y turbios productos de inversión. Más el hecho fundamental de que las autoridades de EEUU hayan permitido un brutal crecimiento de la pirámide de deudas, ignorando los riesgos.

Permitieron que los bancos crearan títulos de deuda de hipotecas basura, contratos de seguros de esos títulos tóxicos y otras deudas. Todo mezclado. Cuando la gente empezó a dejar de pagar sus hipotecas en California y Florida, el mercado financiero se envenenó, porque había por el mundo millones de títulos de deuda conteniendo esas hipotecas morosas e incobrables, pero bancos y entidades financieras ya habían obtenido beneficios extraordinarios. Al final, se desplomó parte del sistema financiero estadounidense, de rebote, bancos y empresas hipotecarias de la Unión Europea, y salpicó a Asia. Y suma y sigue.

A esta crisis global no se ha llegado por maldición divina sino por la obscena codicia de una minoría rica, que quería ser mucho más rica. Esa minoría ‘raptó’ parte del Estado, para que le facilitara las condiciones para su veloz enriquecimiento, para que el Estado mirara hacia otro lado y se olvidará de normas y controles. Pura corrupción, una señal distintiva de este capitalismo de casino y ruleta. La economía de humo sobre la economía real.

Para evitar el hundimiento total, la Administración Bush (probablemente el peor presidente en la historia de EEUU), utilizará 700.000 millones de dólares (el 5% del PNB nacional) para salvar lo que pueda de la quema. ¿De dónde saldrá ese dinero?

Nos lo recuerda el profesor de economía Juan Torres: Un mayor endeudamiento exterior de la economía estadounidense (colocando bonos y otros títulos de deuda en todo el mundo). Mayor impresión de dólares (a la chita callando), y dinero de los propios ciudadanos; directamente con impuestos o indirectamente por recortes del gobierno en gastos sociales como sanidad, educación o pensiones. De ahí saldrá el dinero para que los ricos, que han provocado la crisis sin que les temblara el pulso, se salven de ella sin que se les arrugue la raya del pantalón. Dinero público para tapar la estupidez, irresponsabilidad y codicia privadas.

Éste es el capitalismo de los neoliberales, de los neocon: patente de corso para una minoritaria clase de poderosos y su pequeña legión de fieles cómplices, más desregulación y mercado presuntamente libre (para hacer lo que les dé la gana) en época de vacas gordas. Si llegan las vacas flacas, entonces a lloriquear la intervención del gobierno y el dinero público para salvarse. En aras de su desmedido afán de lucro.

Como recordaba en carta al director  a un diario el ciudadano español Ulpiano Pérez Cervantes, “este capitalismo lleva ya muchas muertes y desgracias por culpa de la avaricia desbocada, los artificios financieros, la especulación sin límites, la intermediación inútil y los sujetos corruptos, tramposos y egoístas que no ven más allá de sus intereses”. Pura verdad. Yo no lo hubiera escrito mejor.

Ante la magnitud del dinero en juego, hay otra forma de ver la maldita crisis. Según Naciones Unidas, cada día mueren unos 5.000 niños ¡de sed! Para dar agua potable a todo el mundo sólo se necesitan 32.000 millones de dólares. Y en el mundo hay 925 millones de personas que pasan hambre (sesenta millones más que hace medio año). Según la ONU con 30.000 millones de dólares se acabaría con ese drama indigno. ¿Cómo es posible que el hambre y la sed letales de 1.000 millones de personas no se vean como una gravísima crisis y sí que unos cuantos grandes bancos tengan serios problemas por su incompetencia y su codicia depredadora? Si se puede abordar una, se puede abordar la otra. Como ha escrito el analista Javier Ortiz, “no es que el mundo esté mal organizado. Está bien organizado, pero a beneficio de unos pocos”.  Que siempre son los mismos, por cierto.

Lo que esta crisis ha dejado claro, como ha escrito el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, es que “la mala gestión del riesgo por parte de los bancos de EEUU fue de proporciones colosales y consecuencias mundiales, pero los que gestionaban esas entidades se han ido a casa con miles de millones de dólares de indemnización en el bolsillo”.

Tal vez haya llegado el momento de poner la proa a los grandes sinvergüenzas globales y empezar a  cambiar las cosas de una puñetera vez.