La independencia no parece ser la cuestión

Cataluña ha elegido nuevo parlamento autonómico. Para los líderes de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) tales elecciones en realidad eran un plebiscito para decidir sobre la independencia de Cataluña. Plebiscito es una consulta que los poderes públicos hacen al electorado para que por voto directo apruebe o rechace una propuesta política concreta.

Pues bien, si era un plebiscito, Artur Mas y compañía lo han perdido. Han conseguido  62 escaños, pero la mayoría absoluta parlamentaria en Cataluña es 68. Y no han ganado el plebiscito porque los partidarios de la independencia de Junts pel Sí (CDC y ERC) más las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) que van por su cuenta suman el 48,01% de votantes, mientras quienes no están por la independencia son una ajustada mayoría de 51,99%.

Desde una ética de mera decencia política, Mas, Junqueras, Romeva y compañía han de reconocer que no han ganado, por poco, desde luego, pero en cualquier caso esos resultados no son mandato alguno de la ciudadanía para proclamar unilateralmente que Cataluña sea independiente.

No soy independentista, pero no tengo nada contra los independentistas; incluso tengo buenos amigos y los hay en mi familia, pero sí estoy contra lo que representan algunos independentistas. Me refiero a CDC y ERC. No me fío ni un pelo.

Recuerdo que en las primeras elecciones autonómicas de Catalunya en 1980 hubo empate técnico entre la derecha de Jordi Pujol y sus aliados y la izquierda formada por PSC (entonces bastante más a la izquierda que el de ahora) y PSUC (comunistas). Pero ERC entregó la presidencia de la Generalitat de Catalunya a Jordi Pujol con los votos de sus catorce diputados electos. A pesar de decirse Esquerra (izquierda) y de reivindicarse como tal aupó a la derecha que gobernó, esquilmó y esquilma Cataluña desde hace más de dos décadas.

¿Y que pensar de Artur Mas quien, en una entrevista en 2002, rechazaba la independencia de Cataluña de España, porque “el concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado”?

¿De dónde el entusiasmo actual de Mas por la independencia? ¿Cayó del caballo camino de Damasco? ¿ O quedó obnubilado porque el 11 de septiembre de 2011 se manifestaron por la independencia de Cataluña más de un millón de ciudadanos, sorprendiendo incluso a las organizaciones de la sociedad civil convocantes? ¿Pensó entonces Artur Mas que la ocasión la pintaban calva?

Lo cierto es que se subió al carro del independentismo y dijo ponerse al frente. Sin embargo, como han escrito Raventós, Búster y Domènech, “auparse a la ola popular independentista que irrumpió con fuerza en septiembre de 2011 no le permitió a Mas contener el desgaste político por sus políticas de austeridad y recortes y perdió muchos escaños en las elecciones autonómicas catalanas catorce meses después”. ¿Busca Mas conservar el sillón presidencial con su reciente identidad independentista? Reciente porque trece años, como dice el tango, no son nada.
Siempre ha habido independentistas en Cataluña, pero nunca tantos. Ni de lejos. Pero desde 2011, el nacionalismo catalán moviliza en Barcelona en la Diada (día nacional de Cataluña), a cientos de miles de manifestantes (en realidad, millones). Sin duda la llamada crisis que la gente común ha pagado con recortes, rebajas de salario, y violaciones de sus derechos tiene mucho que ver con este auge del independentismo.

Por cierto, la fiesta nacional catalana sorprendentemente conmemora una derrota: la ocupación de Barcelona por las tropas de Felipe V y, con la ocupación, el fin de la monarquía confederal de los Austria en España en 1714 para dar paso al absolutismo centralista de los Borbones.

Según los sondeos más fiables, casi el 80% de población catalana es partidaria del derecho a decidir, de la autodeterminación, y estas elecciones catalanas han mostrado además que el 48% es partidario de independizarse de España. Sin embargo, quienes muestran no ser partidarios de la independencia suman el 52%. Dos cifras a tener en cuenta por todas las partes en el conflicto catalán. No parece sensato y eficiente que se pretenda declarar la independencia con 48% de votos. Pero aún menos no tener en cuenta que el 48% quiere independizarse. Puede haber otras vías de solución y hay que explorarlas. Y hablar. Hablar hasta quedarse afónicos.

Otrosí conviene recordar que hay ahí una poderosa burguesía catalana que casi nunca aparece en los medios, pero están ahí y con mucho poder. Y, aunque unos pocos integrantes de esa élite se han pronunciado contra la independencia, se subirían al carro si ésta arrancara.

Pero lo que no están dispuestos a cambiar es el sistema mismo, por supuesto. Un sistema que nos saquea. Ni tampoco quieren prescindir de las políticas austeras ni de la llamada devaluación interna que, en plata, es la rebaja salarial. Con Cataluña independiente o no. Entonces, ¿para qué sirve una independencia con CDC y ERC al frente que aseguraría el poder de esa burguesía?

Felix Millet, destacado miembro de esa burguesía catalana e ilustre imputado por varios delitos económicos, sostiene que “en Cataluña somos unas 400 familias, no muchas más, que nos encontramos en todas partes. Núcleos familiares y mismas empresas familiares“. Porque ellos controlan la economía de Cataluña… y buena parte de la de España.

Una independencia liderada por Mas consolidaría definitivamente la hegemonía de esa élite. Pues la única independencia deseable es la del pueblo trabajador respecto a esa gente. Que dejen de meter mano en nuestras vidas y en nuestros bolsillos. Porque, como recuerda Esther Vivas, “Convergència ha privatizado el servicio de empleo catalán, se ha opuesto a remunicipalizar la mayor empresa de aguas de Cataluña, ha recortado millones de euros en sanidad y educación e impuso que la gente pagara un euro por receta, antes que Rajoy. Ese es el verdadero Mas”. Y otras innúmeras tropelías austericidas en lo que Mas y Rajoy están plenamente de acuerdo, porque ambos son fervientes partidarios de las políticas de austeridad y de los recortes. A  los hechos de los últimos años me remito.
Por esas razones, la CUP ha insistido en que no investirá a Artur Mas presidente de la Generalitat y descarta, además, una declaración unilateral de independencia “porque no se ha ganado el plebiscito“, según ha declarado su cabeza de lista, Antoni Baños.

La izquierda independentista ha asegurado que no ha cambiado nada desde la campaña electoral porque no han dicho nada para pactar votos. “Esto no va de proyectos nominales, va de plantear desobediencia concreta a legislación concreta que va contra los intereses sociales y económicos de Cataluña”, ha dicho Anna Gabriel, quien matiza que no investirán a una persona, sea del partido que sea, vinculada a la corrupción, los recortes y las privatizaciones.

Por un lado está la gente común, que quiere decidir y casi la mitad de esos quiere la independencia. Y por otro, la élite económica catalana, cuyos intereses representan Mas y Convergencia desde hace muchos años. ¿Independencia con Mas al frente? No, gracias. ¿Independencia en una Europa controlada con mano de hierro por el totalitario Eurogrupo y amenazada por el TTIP (tratado de libre inversión entre EEUU y la UE) que vaciará de contenido las constituciones y leyes europeas? Suena a chiste?

La cuestión no es independencia o no, aunque para un catalán progresista sea grande la tentación de independizarse del neofranquismo, nacional-catolicista españolista del Partido Popular que contamina España. Lo necesario es que el pueblo trabajador recupere la justicia y sus derechos, tan violados. Y eso significa otro sistema. Con independencia o no. Cueste lo que cueste. Que costará.

Esta Unión Europea es irreformable

Ucrania acordó con sus acreedores (Unión Europea, FMI y fondos de inversión) reestructurar 17.200 millones de euros de deuda. Les han perdonado 3.400 millones (una quita del 20%) más una demora de cuatro años en los que Ucrania solo paga intereses; lo que supone retrasar el pago del capital de deuda a 2019 (y hasta 2027, no desde 2015 a 2023 como antes). Y Ucrania solo pagará 43 centésimas de euro más de interés; un tipo de 7.75%.
Ocurre unas semanas después de que la Unión Europea y el Banco Central Europeo, acreedores de Grecia, se nieguen a la menor quita de deuda. Aunque otro acreedor, el FMI, argumentó la necesidad de la quita. En su lugar, la Unión Europea ha acosado y chantajeado a Grecia. O aceptaba sus condiciones, dignas de Al Capone, o salía del euro.
Lo ha descrito con claridad el economista James K. Galbraith, asesor del gobierno de Syriza: “A finales de enero, el Eurogrupo amenazó a Grecia con destruir su sistema bancario. Cuando el gobierno griego convocó un referéndum, Eurogrupo y BCE cerraron los bancos y, cuando el pueblo griego dijo NO, aumentaron las represalias hasta que el gobierno griego tiró la toalla”.
Tras tan obsceno espectáculo, resurge el debate sobre salir del euro o no. Pero la cuestión no es salir del euro o permanecer. Como ha escrito el ex-ministro de finanzas alemán y líder de Die Linke (la Izquierda), Oskar Lafontaine, “mientras el BCE pueda cerrar el grifo del dinero a un gobierno de izquierdas, no puede haber ninguna política verdaderamente democrática y social en Europa”. ¿Para qué sirve esta Europa a la gente común?

Ni siquiera es preciso recordar que puestos clave de decisión financiera de la UE están y han estado en manos de sujetos que han sido altos directivos de un banco tan predador y digno de sospecha como Goldman Sachs, entre cuyas hazañas está haber falseado las cuentas de Grecia durante los gobiernos conservador y socialdemócrata, para poder ingresar en la eurozona.

Y así, se llega a la triste pero indiscutible conclusión de que esta Unión Europea no admite reformas que merezcan tal nombre. Pues reformar significa ‘modificar algo con la intención de mejorarlo’, y mejorar (para la gente, por supuesto) no es intención ni voluntad de los totalitarios euroburocráticos que gobiernan esta Unión.
¿Qué hacer? ¿Otra construcción europea? ¿Una alianza de países del sur? Imposible. Tal vez. Lo parece.
Imposible pareció a muchos cuando, en 1917 un grupo de sufragistas, que exigían el voto para las mujeres, decidieron concentrarse cada día frente a la Casa Blanca. Al principio fueron ignoradas y su protesta apenas tuvo repercusión, pero se mantuvieron tenaces, convencieron a la opinión pública y dos años después las mujeres podían votar en EEUU. Y a continución en otros países.
En marzo de 1930, Gandhi empezó una marcha de 400 kilómetros para protestar contra el monopolio de la sal del Imperio Británico en la India por ser predador e injusto. Empezaban 17 años de lucha por la independencia. Y la consiguieron.
En el siglo XIX, al inicio de la industrialización, en Europa y EEUU los obreros trabajaban de lunes a domingo en jornadas de hasta quince horas por salarios de miseria. Tras duros y prolongados años de lucha, la clase trabajadora ha conseguido niveles de emancipación notables, lo que no significa que se hayan logrado todos los objetivos deseados y necesarios.
La actual Unión Europea nació inicialmente para que nunca más hubiera enfrentamientos bélicos entre Alemania y Francia, como ocurrió en los siglos XIX y XX. Pero de la búsqueda de paz y respeto de derechos humanos de todos se ha pasado a una especie de Chicago años 30 al servicio del poder financiero y las corporaciones transnacionales.
Como ha escrito Frédéric Viale de ATTAC Francia, “la Unión Europea es un mecanismo conservador antidemocrático para impedir cualquier avance progresista, sea cual sea la voluntad de los pueblos”. Y remacha Galbraith que “las esperanzas de negociar un cambio en la eurozona se han puesto a prueba con resultados brutales y que en la Eurozona hay una dictadura burocrática es un hecho”.
La democracia ya no existe, insiste Viale, hay que fundarla de nuevo, porque esta Unión Europea no es democrática. Es el problema, no la solución y así no hay avance alguno. Por eso esta Unión Europea no es reformable.
Si a eso añadimos la enorme vergüenza de estos días de unos gobiernos europeos incapaces de ponerse de acuerdo en distribuir a los refugiados por países (y algunos incluso negándose a aceptar refugiados), no hay la menor duda de que esta Europa no es la de la gente común, porque solo sirve a los banqueros, grandes empresarios y altos burócratas.
Habrá que rebelarse para cambiar las cosas.

La crisis de refugiados, una vergüenza europea

Fallecen asfixiados 71 refugiados hacinados en el interior de un camión refrigerador. Mueren ahogados once refugiados cerca de Grecia. Italia socorre en un día a 1.200 personas a la deriva. Por Serbia han pasado 115.000 refugiados desde principio de 2015. Unas 3.000 personas acampan cerca de la estación de tren de Budapest para viajar a Alemania.  Muere ahogado Aylan Kurdi, el niño kurdo de tres años de Siria…

Guerra, detenciones arbitrarias, torturas, abusos sexuales y asesinatos han sido realidad cotidiana de seis de cada diez personas que llegan en masa a Europa este 2015. Porque no son inmigrantes: son refugiados. Según la Convención de Naciones Unidas de 1951, refugiado es quien abandona forzado su país y no puede regresar por temor fundado a ser perseguido, encarcelado, maltratado o asesinado. Hasta hoy han solicitado asilo en países europeos más de 400.000 personas. No huyen de la pobreza, sino de la guerra de Siria, de conflictos armados en Kosovo, Albania, Afganistán e Irak o de la violación sistemática de sus derechos humanos en Eritrea, Somalia, Nigeria o Pakistán. Y siempre de la violencia armada. Es la peor crisis de refugiados en Europa desde el final de la II Guerra Mundial.

La mayor crisis migratoria en Europa desde hace setenta años amenaza la libre circulación de personas, pilar de la Unión Europea que garantiza (hasta ahora) el tratado de Schengen. Amenaza real por la actitud insolidaria de los mandatarios europeos, porque la llegada de miles de refugiados a Europa pone a prueba el pretendido espíritu democrático de la Unión. Esta crisis no es problema griego, alemán, italiano, español o húngaro sino europeo. En realidad, internacional, pues la oleada de refugiados tiene su origen en la actuación de Arabia Saudita, Quatar, otros emiratos, Israel, EEUU y la OTAN (de la que forma parte la Unión Europea). Tiene su origen en los bombardeos e invasión de Afganistán, Irak y Libia. En el genocidio intermitente de Gaza y en haber alentado la guerra civil en Siria, armar a las facciones enfrentadas y financiar a fundamentalistas. Por eso los refugiados pueden decir justamente, como ilustra el humorista El Roto: Huimos hoy de nuestras guerras que en su origen fueron vuestras guerras.

Hasta ahora la Unión Europea apenas ha respondido salvo con una reunión extraordinaria nada eficaz tras los naufragios en el Mediterráneo de la primavera pasada que costaron la vida a un millar de personas. A pesar de la gravedad de la situación, los pacatos estados miembros de la Unión no acuerdan nada. ¿Es posible tanta cobardía, tanta miseria? Tras dos meses de discusiones, los líderes europeos pactaron acoger a 32.256 refugiados procedentes de Italia y Grecia, aunque ahora hablan de que sean 120.000 y Alemania, Francia y España dicen que acogerán al 60% de los refugiados. Habrá que verlo, porque nada deciden en concreto, negro sobre blanco y Europa olvida que en los últimos cien años inundó el mundo de refugiados que huían de sus guerras y conflictos.

España es paradigma de esa actitud miserable ante los refugiados. En 2009 aprobó una Ley de Asilo… que no se aplica porque seis años después no se ha elaborado el reglamento. Y día tras día varían de pensamiento al respecto. Que la Unión Europea no afronta en serio el problema de los refugiados lo demuestra que de 2007 a 2013 ha dedicado casi 2.000 millones de euros a proteger sus fronteras, pero sólo 700 para atender a refugiados. Obras son amores.

En esta crisis masiva, fracasará cualquier propuesta que no ponga por delante a las personas y sus derechos. Y cuestionará la legitimidad de la Unión Europea y de sus mandatarios. Urge una política europea de asilo basada en la solidaridad y el respeto de los derechos humanos y no en el control de fronteras. Sin olvidar que acoger refugiados no es cuestión de compadecerse de quienes huyen del dolor y la muerte, porque el asilo es un derecho indiscutible.

Pero, a pesar de la miseria moral y política de los mandatarios europeos, hay esperanza porque, mientras los gobiernos marean la perdiz, los municipios gobernados por equipos de unidad popular vencedores en las pasadas elecciones municipales en España, por ejemplo, organizan una red de ciudades-refugio para desplazados. El Ayuntamiento de Barcelona ha creado un registro con personas y familias que ofrecen sus domicilios para acoger a refugiados y el de Madrid ha aprobado un plan de urgencia de 10 millones de euros para atenderlos. También se suman los ayuntamientos de Las Palmas, Vitoria, Valencia, Zaragoza, Pamplona, Málaga, A Coruña y otras muchas ciudades. Y en Alemania, la ciudadanía rescata a los refugiados de la dejadez institucional del gobierno; familias alemanas los acogen y grupos de voluntarios reparten alimentos, agua y mantas en los asentamientos, mientras pancartas en los estadios de fútbol y portadas de periódicos locales dan la bienvenida a los refugiados. Y la buena noticia de que finalmente Ángela Merkel reacciona y reclama una solución real al problema de los refugiados en Europa.

Tal vez no esté todo perdido.