Nada que celebrar y mucho que lamentar

Estos días se ha conmemorado el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Fecha para celebrar, ciertamente. En cambio es para lamentar el mismo aniversario del ‘consenso de Washington’: la peor versión del capitalismo que los siglos han visto (el neoliberalismo) cuyo antecedente fue la atroz involución conservadora perpetrada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los ochenta.

El cineasta Costa Gavras, comprometido siempre con la democracia y la justicia, formula así esa lamentación: “Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que por fin el mundo sería diferente. Pero fue peor. Todo, medio ambiente, economía, paro. No se propuso una vida mejor, sólo ir hacia un mundo más oscuro”.

En la dogmática aplicación del neoliberal ‘consenso de Washington’ están las causas de la crisis que ha colocado el mundo al borde del desastre. Redactado por un oscuro economista del Institute for International Economics en noviembre de 1989, pretendía ser inicialmente un listado de directrices económicas para América Latina. Pero el Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y otras entidades internacionales rápidamente lo canonizaron como único programa económico posible para impulsar el crecimiento mundial. Demasiado tarde la crisis feroz les ha arrancado la venda de los ojos.

En esa dogmática lista de políticas económicas que es el ‘consenso de Washington’, se impone reordenar las prioridades del gasto público (entiéndase recortar el gasto público social). También es inaplazable la reforma fiscal (es decir, quienes tienen más, que paguen menos). Así como imprescindible liberalizar el comercio internacional (los países ricos hacen lo que quieren, pero los pobres y emergentes han de renunciar a sus aranceles). Por supuesto, hay que liberalizar la entrada de capitales extranjeros (descontrol y alfombra roja a la evasión de impuestos y ocultación de capitales). Y es indiscutible la desregulación de lo financiero (ahí está la crisis para demostrar cuan acertada fue tal directriz). Además de privatizar lo público (¿porque impedir que una minoría se enriquezca con lo que es de todos?).

Eso es el ‘consenso de Washington’. Quien pretenda que nada tiene que ver con la crisis demuestra que no hay peor ciego que quien no quiere ver. Hemos hablado y escrito sobre la crisis hasta la saciedad, pero hay que remachar que las causas de la crisis (reconocidas y confesadas con golpes de pecho y presunto arrepentimiento) no son más que la fiel aplicación de las políticas económicas del consenso de Washington. Como Chicago en los años 30, el de Capone, Moran y Frank Nitti; esto quiero, esto cojo.

En la lúcida versión del humorista español El Roto, el desorden neoliberal perpetrado hace veinte años se sintetiza en un humor agudo ilustrado con siniestras figuras de hombres poderosos, bien vestidos y gesto feroz o con abrumadas imágenes de pobres sorprendidos: “Si nada ganábamos cuando se forraban, porque hemos de perder cuando se la pegan. ¿El capitalismo? Una manita de pintura y como nuevo. Todo lo que dé dinero debe ser privado, y lo que arroje pérdidas, público. ¡Así que el desarrollo sólo era delincuencia! ¡La operación ha sido un éxito: hemos conseguido que parezca crisis lo que fue un saqueo!”

Recurrimos de nuevo a Costa Gavras cuando dice que “volvemos a los años anteriores a la Revolución Francesa, en los que una minoría, la nobleza, lo tenía todo. Hoy parece revivir aquello: una mayoría que hace todo el trabajo y consigue que la sociedad funcione, frente a la nueva aristocracia de los capitalistas. Necesitamos otra revolución, sin sangre, pero una revolución. Para cambiar esta situación”.

Hay que enfilar el hilo en la aguja y no estaría mal que fueran  hechos y no palabras. Por ejemplo, volver a pelear por un impuesto a los movimientos especulativos de capital. Lo propuso en 1971 quien fue Nobel de Economía en 1982, James Tobin. La tasa Tobin es un 0,1% sobre el capital que se mueva para especular. Otro Nobel de Economía, Stiglitz, se ha sumado a quienes reclaman la implantación de dicha tasa. Para mostrar que es posible y no delirio de izquierdoso fumado, el gobierno de Lula impondrá un Impuesto de Operaciones Financieras (2%) al capital extranjero de operaciones especulativas con divisas en Brasil.

No es la revolución, pero todo es empezar.

Anuncios

No aprenden y por eso pierden las elecciones

Ángela Merkel ganó las recientes elecciones alemanas, los liberales aumentaron sus escaños, pero los socialdemócratas consiguieron sus peores resultados. En Francia el conservador Sarkozy puso contra las cuerdas al Partido Socialista. En Italia el parafascista Berlusconi ha noqueado a un incapaz Partido de la Izquierda. En España, las últimas encuestas colocan al conservador Partido Popular cuatro puntos por encima del Partido Socialista. Y en Gran Bretaña, las encuestas señalan que gobernarán los conservadores.

¿Qué hace entonces la izquierda moderada? Vira a la derecha. Adopta políticas económicas neoliberales al servicio de esa entelequia denominada mercado, ignorantes de que el mercado de Adam Smith (que presuntamente regula todo como deus exmachina justo), es tan utópico como el paraíso comunista. En realidad el mercado tiene nombres, apellidos e intereses que no son los de la mayoría.

Si la socialdemocracia defiende intereses de la minoría privilegiada, ¿por qué votarlos quienes forman el mundo del trabajo? Y tampoco es ajeno al fracaso de la izquierda socialdemócrata haber colaborado en travestir ese mundo del trabajo, la clase asalariada, en nebulosas e inexistentes clases medias.

Los grandes medios de persuasión (ya es incorrecto denominarlos medios de información o de comunicación) venden hasta la saciedad tres clases: alta , media y baja. Sin matices, convirtiéndolas en castas. Y repiten que un país va bien con clases medias satisfechas. Falsa y útil cortina de humo de mundo consumista e insostenible para ocultar que la minoría privilegiada haga de su capa un sayo y vaya a lo suyo impunemente: ganar más y más a costa de lo que sea.

¿Clases medias? No me haga reír que tengo el labio partido. En España (que aún con crisis ocupa el puesto 10 o 11 como potencia económica), el 63% de los trabajadores ganan menos de 1.100 euros mensuales, cuando el alquiler de una vivienda modesta en Madrid o Barcelona cuesta de 550 a 900 euros al mes y una habitación en piso compartido 300 o 400. Pero sólo 148.000 españoles (0,32% de la población) poseen más un  millón de dólares o más. El año pasado había en el mundo algo menos de 9 millones de personas con más de 1 millón de dólares de patrimonio (0,13% de la población mundial pues somos 6.500 millones), pero 230 millones de trabajadores parados más 1.400 millones que ganan menos de 2 dólares diarios. ¿Cómo que no hay clases?

Si aún así la socialdemocracia perpetra con entusiasmo de neófito “reformas” que la dogmática política económica neoliberal ordena (“reformas” que son recortes o  retrocesos en política social), ¿por qué votarla?

En el Reino Unido, ante el dato de retroceso laborista en intención de voto, ¿qué hace el primer ministro Gordon Brown? Propone privatizar bienes públicos por 20.000 millones  de dólares. Una propuesta muy neoliberal. Y los dirigentes socialdemócratas, empeñados en errar sin descanso, escuchan a voceros y gurús neoliberales que arremeten contra el déficit de los Estados para frenar la crisis, mientras grandes medios de persuasión orquestados asustan con reducir el déficit público o vamos a la ruina. Y la Comisión Europea, con buen número de comisarios socialdemócratas, para no ser menos pide profundas reformas de la sanidad pública y del sistema público de pensiones. Y ya sabemos qué son esas “reformas profundas”.

No aprenden. Esta crisis enseña lecciones magistrales sobre la codicia como causa del desastre, sobre conductas impropias de directivos, dirigentes y ejecutivos rozando el delito o cayendo en él, sobre la necesidad de que lo social (los intereses de la mayoría sobre los de la minoría privilegiada). Pero los socialdemócratas no aprenden.

Deberían escuchar al Nobel de Economía Krugman cuando escribe que “algunos creen que [la cifra calculada del déficit] es una cifra aterradora que requiere medidas drásticas, cómo cancelar las iniciativas para reanimar la economía y suspender la reforma sanitaria [de Estados Unidos]. Lo cierto es que ahora los déficits ayudan a la economía. Los déficits de Estados Unidos y otras economías importantes han salvado al mundo de una recesión mucho más profunda. La perspectiva a largo plazo no es catastrófica (…). Lo que necesitamos ahora mismo es que la deuda federal aumente hasta que la economía esté en vía sólida de recuperación”.

Pero es que no aprenden. Y por eso pierden las elecciones.

Desarrollo, paz y derechos humanos en Colombia

El bombardeo de un campamento de las FARC en Ríoblanco y Planadas, en el departamento de Tolima al sur de Bogotá, mató a ocho guerrilleros. Los medios informaron también de que Colombia ocupa el lugar 34 en Índice de Desarrollo Humano (IDH) de los más de 130 países estudiados.

El IDH es una medición país por país, elaborada por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que toma en consideración duración de la vida y buena salud, alfabetización de adultos, matriculación en educación primaria, secundaria y superior, así como duración de la enseñanza obligatoria y el índice del nivel de vida. Según el IDH, la esperanza de vida en Colombia es de 72 años, pero eso contrasta con miles de jóvenes muertos en el conflicto armado, la mayoría civiles, según los informes de Amnistía Internacional.

Contradiciendo el puesto elevado en el  IDH, el desempleo ha aumentado en Colombia 5 puntos hasta el 11,7%. La crisis, por supuesto, pero como explica el catedrático Alfredo Sarmiento, asesor del PNUD, “Colombia es un país cuya gran riqueza está muy mal distribuida con alguna gente con un nivel de vida muy alto”. ¿Y el resto?

A las causas de pobreza, ocasionadas por la codicia y un sistema global injusto, cabe añadir que Colombia es, tras Sudán, el país con más desplazados internos del mundo. En 2008, 380.000 personas huyeron de sus hogares: un incremento de más del 24% respecto a 2007. Hoy hay entre tres y cuatro millones de personas desplazadas. Huyen del conflicto armado interno y porque han sido hostigados por la guerrilla, paramilitares y fuerzas de seguridad que expulsan a comunidades enteras de territorios de importancia estratégica, a menudo más económica que militar.

Indígenas, descendientes de esclavos africanos y campesinos son los más afectados. Como pasó a cien  familias de San José de la Turbia, en Nariño, departamento fronterizo con Ecuador, que abandonaron su hogar porque temían por su vida. Días antes, paramilitares sacaron con violencia a Francisco Hurtado y nunca más se supo de él. El resto fue amenazado.

Se calcula que se han robado entre cinco y seis millones de hectáreas de tierras de millares de campesinos, indígenas y ciudadanos de color descendientes de esclavos, sobre todo por paramilitares; los que según el gobierno están desmovilizados. Amnistía Internacional ha documentado centenares de casos de hostigamiento, amenazas y crímenes de civiles con datos, lugares, nombres, apellidos y responsables de violaciones de derechos humanos.

Quienes denuncian esos crímenes y reclaman justicia, los defensores de derechos humanos, corren serio peligro en Colombia, según afirmó el pasado 18 de septiembre la Relatora Especial de Naciones Unidas, Margaret Sekaggya, que ha investigado la situación de los defensores colombianos.

Ese riesgo se convierte en muerte demasiadas veces, como le ocurrió a Jesús Heberto Caballero, dirigente del Sindicato de Empleados Públicos, que había denunciado la corrupción en el estatal Servicio Nacional de Aprendizaje. Su cadáver fue descubierto un amanecer de abril con señales de tortura en  Sabanalarga, municipio de la región caribeña de Colombia. Días antes, Caballero había recibido una amenaza de muerte firmada por los paramilitares Águilas Negras.

A un lado, los colombianos y las organizaciones de derechos humanos que trabajan en el país saben que más allá de los datos mejorados del IDH y de las victorias militares contra la guerrilla, gran parte de la población civil sufre las consecuencias de un conflicto prolongado y cruel. En otro, el gobierno y la clase dirigente colombianos (con la impagable complicidad o encubrimiento de muchos medios informativos occidentales) esconden las graves violaciones de derechos humanos contra civiles perpetradas por todas las partes en el marco del conflicto.

Hay una especie de desdoblamiento nacional: fiscales y jueces, que se pliegan a los ilegítimos deseos de la clase dirigente, acosan judicialmente en falso a defensores de derechos humanos; pero por otra parte, otros jueces y fiscales están en el punto de mira de los paramilitares y son asesinados por investigar violaciones graves de derechos humanos y masacres de civiles.

El presidente Uribe y su gobierno deberían comprender de una vez que para acabar con el conflicto colombiano no puede haber nada por encima de los derechos humanos. Entonces los éxitos militares logrados se convertirán en auténtica paz.

La lucha contra la pobreza es una cuestión de derechos humanos

Según el llamado ‘efecto mariposa’, si ese lepidóptero aletea en Brasil, puede haber un terremoto en China. No es que ocurra tal cosa; se refiere a que todo está interconectado. No sólo en ciencias físicas sino en la vida y entre los seres humanos. No caben Robinsones Crusoe, salvo en literatura, e incluso el Crusoe de ficción necesito a Viernes porque no soportaba el aislamiento. Más allá de la ficción, las situaciones y hechos humanos están interconectados. Einstein diría que la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Que todo tiene relación. Y en lo socio económico, más. Nada se da o desaparece porque sí. Veamos algunos casos.

Hay una destrucción incesante de empleo hasta el punto de que la buena noticia es que la velocidad de destrucción de puestos de trabajo es algo menor. Y en dos años de crisis, los hambrientos han aumentado de menos de novecientos millones de personas a mil cien.

En las Islas Caimán hay un edificio que alberga a 12.000 empresas. Obama denunció que es el mayor edificio del mundo o una estafa fiscal colosal. Naturalmente lo cierto es lo segundo. Y, sin embargo, Adam Smith, uno de los padres del capitalismo escribió en el siglo XVIII que “todo los ciudadanos deben contribuir al sostenimiento del Estado en proporción a sus ingresos”.

Parece que esta regla se convirtió en el siglo XX en esta otra: “Todo el mundo debe contribuir al sostenimiento del Estado en proporción a sus ingresos… salvo que puedan esconder su dinero en un paraíso fiscal”.

¿Alguien cree en serio que la existencia de los paraísos fiscales no tiene nada que ver con la pobreza y la desigualdad?

Ahora dicen que los paraísos fiscales dejarán de serlo. Que EEUU y estados de la Unión Europea han firmado cien acuerdos de intercambio de información fiscal con paraísos fiscales. Que algunos estados potentes preparan acciones contra los paraísos fiscales que se resistan.

Los paraísos fiscales son una lacra, un cáncer. Pero no son el único problema grave. Un estafador tan buen conocedor de trampas y juego sucio como Madoff (quien, por cierto, se pasará un montón de años en la cárcel) asegura que los mayores secretos bancarios y casos de lavado de dinero sucio y fraude fiscal no se dan en las islas tropicales (donde están la mayoría de paraísos fiscales) sino en Wall Street, la City de Londres, Frankfurt y Tokio.

Para convencernos de que no es maquillaje ni camuflaje, y que nos creamos de verdad que los Estados y la minoría rica privilegiada quieren acabar con el secreto bancario y sus consecuencias, tenemos que ver que se firman miles de acuerdos de transparencia financiera y fiscal. Que el secreto bancario desaparezca.

En otra orilla, el Institute for Policy Srtudies (IPS), entidad radicada en Washington que investiga y publica los ingresos de ejecutivos y directivos, ha informado recientemente que los altos ejecutivos de EEUU ganan 319 veces más que el salario medio del trabajador estadounidense. Treinta años atrás, esos altos ejecutivos ganaban treinta veces el salario medio del empleado estadounidense. Si esto no es desigualdad que baje dios y lo vea. Según el IPS, esos desorbitados sueldos y gratificaciones de los altos ejecutivos y directivos propiciaron su “imprudencia”, porque lo único que les interesaba era ganar mucho dinero en poco tiempo. Y esa “imprudencia” llevó a EEUU y al mundo al borde del abismo, del cataclismo económico.

En otro lugar, veinte estados han firmado el Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos económicos, sociales y culturales de Naciones Unidas. Ahora es ley internacional y se podrá reivindicar ante la justicia el respeto de esos derechos que significan vida digna, ingresos suficientes, poder mantener a la familia, vivienda digna, cuidado de la salud, educación… Porque de justicia se trata: Dar a cada uno lo que le corresponde, lo que se le debe como persona. ¿Y qué le corresponde?Libertad, justicia y paz. Porque todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos

En los últimos años, hemos presenciado una pobreza y desigualdad obscenas, en crecimiento imparable. Y la única forma eficaz de luchar contra esa pobreza, contra esa indecente desigualdad, es una implacable reivindicación de los derechos humanos de todos. Se trata de afrontar la lucha contra la pobreza como exigencia de indiscutible respeto de los derechos humanos de todos en todas partes. Los derechos humanos otorgan libertad de elección y de acción, protegen contra las arbitrariedades de los poderosos e imponen responder ante la justicia.

Y si alguien cree que lo escrito es literatura poética o delirio, o que los derechos humanos son sólo un muestrario de buenas intenciones, mejor haría en darse de baja el género humano.