Contra las causas de la pobreza para acabar conb ella

Más de mil millones de personas malviven con menos de un dólar diario; 30.000 niños menores de 5 años mueren cada día por enfermedades curables en países ricos; anualmente muere medio millón de mujeres en el embarazo o el parto por causas por las que ya no se muere en Europa; 1.300 millones de seres humanos no tienen ninguna asistencia médica; más de mil millones de personas no tienen acceso a agua potable; uno de cada cinco niños en el mundo no va nunca a la escuela. Y más.

Eso es la pobreza. Más allá de la frialdad y brevedad del término. Y la sufren miles de millones. Inaceptable porque no es una catástrofe natural inevitable. La pobreza la han creado y mantienen personas que explotan, desprecian o ignoran a otras personas.

Ciento ochenta mandatarios del mundo se han reunido en la ONU para revisar el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM); los que se propusieron los países en 2000 para reducir la pobreza y sus principales consecuencias a la mitad. No era un propósito desmesurado, pero…

¿Como se cumplen esos ODM? Ya os adelanto que mal. En realidad muy mal porque, en 2007, el número de hambrientos se había reducido a 850 millones, pero hoy vuelven a ser 925. En 2000, el 14% del mundo pasaba hambre y los ODM proponen que en 2015 sólo sean un 7%, pero en 10 años sólo se ha conseguido reducir el hambre a un 13,5%. A pesar de que, según Joanna Kerr, Directora General de Action Aid, “luchar contra el hambre ahora sería diez veces más barato que ignorarla”, porque la mala salud de los hambrientos y otras consecuencias cuestan millones a los países empobrecidos. ¿Qué falla?

El Instituto de Investigación de la ONU para el Desarrollo Social (UNRISD) ha señalado que el plan de ODM contra la pobreza es insuficiente. E imposible para 2015 al paso que vamos. Porque los ODM ignoran el papel esencial de reducir la desigualdad y tampoco consideran que crear empleo de calidad es un medio estructural para combatir la pobreza y la hambruna. Pobreza y desigualdad están muy conectadas, asegura el UNRISD, y mientras haya tanta desigualdad, habrá tanta pobreza.

¡Por supuesto que es así!

Desigualdad y pobreza seguirán mientras continúe el sistema de mercado sin freno sin tomar medidas para proteger a los seres humanos más vulnerables y desfavorecidos: desempleados, ancianos, indígenas, niños, embarazadas, enfermos y discapacitados.

Olivier de Schutter, relator especial de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, ha diagnosticado que “los Objetivos del Milenio han sido útiles para movilizar energías, pero ignoran las causas más profundas del subdesarrollo y del hambre”.

Esa es la cuestión. Además, los ODM actúan sin dinero suficiente por la mezquindad de los Estados y gobiernos que no cumplen sus compromisos. Llueve sobre mojado.

Veámoslo con un ejemplo diáfano. Los servicios médicos de urgencias son necesarios, imprescindibles. Pero no son suficientes. Muchos pacientes a los que Urgencias salva la vida en un primer momento han de ser llevados a las salas de los hospitales para su observación más detenida, para su seguimiento, para su tratamiento. O finalmente mueren. De igual modo, los ODM actúan como las Urgencias, y está bien, pero luego hay que ir a las causas y tratarlas a fondo. O de poco servirán todos lo ODM del mundo.

Jean Ziegler, portavoz especial de Naciones Unidas para la Alimentación, ha denunciado en varias ocasiones que la existencia del hambre es un auténtico “crimen contra la humanidad”. Pero al paso que vamos, el crimen continúa. Más ejemplos. Lo más tremendo es que, según cálculos de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo de España, imponer una tasa del 0,1% sobre las transacciones financieras, como se ha propuesto en la reunión de la ONU (pero que no forma parte de ningún acuerdo), sólo en Europa recaudaría 321.000 millones de dólares en un año. Para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio en 2015 se necesitan 135.000 millones de dólares anuales.

Para combatir la desigualdad, la pobreza y sus terribles consecuencias, hay que poner el dinero necesario, ni un duro menos, y muy especialmente ir contra las causas. Empezando por cuestionar las creencias dominantes en la política económica actual, dice el informe de la UNRISD.

O todo este tinglado que se ha montado no servirá para nada.

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Con tanto desempleo no hay recuperación

La crisis ha destruido más de 30 millones de empleos en tres años, aunque la recesión ha finalizado según los índices macroeconómicos.

Los economistas calculan siete años de desempleo severo y Strauss-Kahn, director gerente del FMI, reconoce que “no hay recuperación real si no se crea empleo”. Ya era hora, porque lo que sucede es que los de siempre, los de arriba, la minoría, ganan dinero, pero no se crea trabajo, se destruye.

¿Por qué no hay más empleo? Porque el nuevo ídolo a adorar es la austeridad. La austeridad hoy supone que no hay estímulos, poca o ninguna ayuda pública, menos demanda interna y la banca (que campa a sus anchas) reduce o corta el crédito. Y las empresas no invierten, retroceden, se acoquinan. No crean empleo. Salvo en Brasil, India y China, la actividad empresarial se ha reducido en todas partes. Y eso es destrucción de empleo.

Austeridad o estímulos, esa es la cuestión. G-20 y FMI optaron por la austeridad, al tiempo que concedían patente de corso a la banca y dejaban tranquilos a los especuladores. En Europa, la apuesta por austeridad y reducción del déficit público roza la neurosis. Caiga quien caiga. Por supuesto, caen las clases asalariadas y medias. Y parece que nadie se propone en serio aplicar políticas directas que creen empleo de verdad.

La recuperación económica es más lenta y difícil de lo previsto. Eso ha concluido la OCDE, entidad que agrupa los treinta países más ricos del mundo. La economía de las siete mayores potencias mundiales (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá) crecerá este año dos décimas menos de las calculadas, rozando el 1,5%. El frenazo se explica por la supresión de medidas de estímulo y por los recortes públicos para reducir el déficit. Una economía frenada y débil noquea la demanda privada, la reduce. La pescadilla se muerde la cola.

Algunos países se proponen volver a las medidas de estímulo, aparcando los propósitos de austeridad del G-20 de junio para mejor ocasión. Obama, por ejemplo, quiere prorrogar rebajas de impuestos a las clases medias, y establecer un nuevo plan de incentivos a empresas desgravando el 100% de inversiones en nuevos equipos; también ampliará el crédito fiscal para I+D (en diez años 100.000 millones de dólares), más  50.000 millones en obras públicas, así como no renovar las rebajas fiscales para los más ricos (2% de población) que caducan este año, aprobadas por Bush. Y ha pedido al Congreso que apruebe una ley para facilitar créditos a las pequeñas empresas. Nada que ver con la neurótica austeridad de Europa, empeñada en anteponer la reducción del déficit a reducir el desempleo.

Para relanzar la economía, afrontando el déficit, no hay que gastar menos sino recaudar más y mejor. Con una reforma fiscal decente. El economista Juan Torres recuerda que “es inmoral y muy rechazable que una crisis provocada por bancos, grandes fortunas y especuladores se financie con recortes de derechos laborales, de pensiones y de gasto social, pero bajando los impuestos a los más ricos (con banqueros y grandes fortunas que en España apenas pagan impuestos), y sin ser prioritaria la lucha contra el fraude”.

Comprobado el frenazo a la recuperación, Estados Unidos y Japón apuestan por la inversión pública contra la crisis. Pensar que se convencerá a los mercados de la buena intención de sanear las finanzas públicas con recortes (y no crear empleo) es ignorar lo que enseña la historia. No funciona. Las deudas públicas de Japón y Estados Unidos son considerables, pero nadie duda de la solvencia de ambos países. Sin crecimiento de las rentas de la mayoría no se pueden pagar deudas. El neoliberalismo no crea empleo.

David Michael Green, profesor de ciencias políticas de Hoftsa University de Nueva York aporta la clave final: “Lo que está fuera de control es una avaricia monstruosa, sin fondo; la de una minoría de personas enormemente ricas, empeñadas en serlo más todavía”.

Han empezado las huelgas: Grecia, Reino Unido, Italia y pronto España, incluso en China ha habido paros, y en Francia, más de 2.500.000 de trabajadores se han manifestado en docenas de ciudades contra la política neoliberal de Sarkozy.

Tal vez la protesta consiga que los neoliberales fundamentalistas de la austeridad bajen del burro y se percaten de que la prioridad indiscutible es crear empleo.

La desinformación, una violación de derechos

Hay “leyendas urbanas”. La muchacha de blanco que hace autoestop junto a una curva peligrosa; el hombre que creyó conquistar una hermosa mujer, fue anestesiado y despertó con un riñón menos o que la coca cola desatasca tuberías. Falsedades que circulan por ahí como ciertas sin la menor prueba de veracidad.

En la retorcida urdimbre que mantiene vigente y despiadada esta neoliberal crisis tienen un papel muy importante las ocultaciones y manipulaciones de la realidad. Leyendas urbanas neoliberales. Las pensiones públicas se hundirán; mejor ceder ante los mercados o iremos peor; no es prudente molestar a la banca; son imprescindibles las reformas laborales y de pensiones para superar la crisis; el déficit, lo peor… Leyendas urbanas neoliberales y ocultaciones de lo que pasa de verdad consiguen un perfecto estado de desinformación.

En los años sesenta del siglo XX, cuando la minoría privilegiada quería impedir que los ciudadanos avanzaran hacia la justicia, recurría a los militares que se alzaban en sangrientos golpes de Estado contra el comunismo en nombre de la patria. América Latina es buen ejemplo. Hoy, la minoría privilegiada no suele recurrir directamente a las zafias dictaduras militares, salvo en Myanmar, Guinea Ecuatorial y algún otro lugar semejante. Esa minoría, que mangonea el mundo en su muy personal beneficio, utiliza la desinformación y la ocultación como herramientas para mantener a los ciudadanos en estado catatónico, inermes y desmovilizados, engañados e incapaces de reaccionar ante lo que se les viene encima.

En nuestros neoliberales días, la censura clásica se considera zafia. Directivos, ejecutivos y grandes accionistas de banca, de corporaciones y grandes empresas más los comités directivos de bancos centrales y de entidades económicas internacionales… (o sea, minoría privilegiada) prefieren desinformar. No informar de lo importante para la ciudadanía es rentable, porque la anestesia. Lo pueden hacer porque, de un modo u otro, son los dueños de los medios. Les parece más divertido manipular, falsear la verdad y proclamar el derecho a la libertad de expresión, olvidándose del derecho a la información.

En España y otros países europeos, por ejemplo, se ocultan datos objetivos que confirman la solidez del sistema público de pensiones y presentan su reforma (a la baja, claro) como condición para la supervivencia de las pensiones. La minoría busca con esa ocultación-falsedad (repetida por los medios cíclicamente) que las pensiones públicas disminuyan con la reforma para que la gente necesite contratar pensiones privadas.

Federico Mayor Zaragoza, presidente de Cultura de Paz y ex Director General de UNESCO, recuerda que la manipulación de la información es una grave violación de derechos humanos. Y que la Declaración Universal de Derechos Humanos establece, junto al derecho a la libre expresión, el derecho a la información veraz. Un derecho violado, porque “la concentración del poder mediático audiovisual y escrito es tal que no sólo influye mundialmente para justificar acciones inaceptables, sino que desencadena movimientos especulativos de la economía”.

Lev Gudkov, director del Centro de Análisis Levada de Moscú, denuncia la desinformación en Rusia para que no se hable de la responsabilidad de las autoridades rusas en la prolongación de los incendios de agosto. Una desinformación “dirigida a suscitar la indiferencia de los ciudadanos ante las cuestiones sociales y los problemas”.

Ocultación y desinformación buscan además la impunidad de la minoría privilegiada para eludir sus responsabilidades en la crisis y sus causas, en el incremento de pobreza y de la desigualdad. Y por eso no pasa nada aunque el G20 y los gobiernos no hayan movido un dedo para que la banca pague por la catástrofe provocada; tampoco por no avanzar un milímetro en el control de los paraísos fiscales, cuestión clave para afrontar la crisis financiera; ni por no haber acordado norma alguna para regular los libérrimos movimientos de capital por el mundo. Como tampoco pasa nada por recortar gastos sociales y rebajar derechos de trabajadores, inmigrantes y pensionistas, con el agravante de que los gobiernos que los perpetran tienen la desvergüenza de presentarse como responsables y valientes.

El estado de desinformación vigente consigue que la ciudadanía crea que no hay nada qué hacer, que esta insultante situación de injusticia y desigualdad, de obscena impunidad de sus responsables, es inevitable. Es falso, siempre se puede hacer algo; no hay más que echar una mirada a la Historia.

Una respuesta global y radical contra el narcotráfico

Maniatadas, torturadas, quemadas, tiroteadas, degolladas… Éste agosto, los narcotraficantes asesinaron docenas de personas en México. En Ciudad Juárez, ocho asesinatos. En Sinaloa, cinco; en Jalisco, tres más; otros dos, en Durango; otro más, en Nayarit; uno, en Nuevo León; ocho, en Cancún… Antonio Leal, alcalde de Hidalgo, asesinado a tiros desde un coche; también murió tiroteado Rodolfo Torre, candidato a gobernador de Tamaulipas; Cesáreo Rocha, ex alcalde de Hidalgo, fue asesinado; y también Edelmiro Cavazos, alcalde de Santiago; unos pistoleros arrojaron granadas en Reynosa; explotaron dos coches-bomba en Ciudad Victoria; los soldados encontraron una fosa con 72 cuerpos de inmigrantes asesinados…

Desde que el presidente Calderón enviara al ejército contra los narcotraficantes hace tres años, han muerto más de 28.000 personas en México; trece mil, en los últimos nueve meses. Y un incremento tremendo de la corrupción. Por ejemplo, las autoridades se han visto obligadas a expulsar un 10% de efectivos de la Policía Federal por corruptos, cómplices del narcotráfico. El narcotráfico ha contaminado espacios del poder estatal. Escenario del feroz conflicto que enfrenta al Estado con los cárteles y a éstos entre sí, México no es el único país sacudido por  las drogas y la cruzada en su contra.

Ya en 1933, el Senado de los EEUU denunció en el preámbulo de la derogación de la Ley Seca (que prohibía el alcohol) que nunca una norma de un estado democrático había causado tanto daño; y documentaba que no había reducido un gramo el consumo de alcohol, había contribuido a corromper la política municipal y las organizaciones de delincuentes se habían hecho más fuertes.

La cruzada contra las drogas no sirve para nada, salvo producir terribles efectos secundarios muy indeseables. Pero los mandatarios persisten, aunque esté históricamente demostrado que esas cruzadas son inútiles.

Fernando Cardoso, ex presidente de Brasil, reclama despenalizar el consumo de drogas en América Latina, como ya hicieron los ex presidentes de México, Zedillo, y Colombia, Gaviria. Pero despenalizar el consumo (como en Europa y EEUU) no resuelve el problema. Un número creciente de líderes sociales y culturales, policías, juristas, catedráticos, jueces, médicos… reivindican  despenalizar totalmente las drogas. Que el Estado eduque e informe exhaustivamente sobre drogas a la ciudadanía, y atienda y rehabilite a los adictos. Pero basta de prohibición y cruzada.

Hace unos meses, Vargas Llosa hacía esa petición, tras reflexionar sobre la terrible situación de México. Concluía Vargas Llosa que la actual cruzada represiva contra las drogas no podía vencer. Para ganar, sólo cabe eliminar el beneficio de las drogas. Pero ese beneficio se eliminará si las drogas son legales y el Estado interviene. ¿Habrá entonces una epidemia de drogadictos? Experiencias de despenalización de drogas (Holanda y Suiza) no han significado un aumento relevante de consumidores y han disminuido las muertes por sobredosis.

Si tantas personas fiables ven claro el camino (que no significa sea fácil), ¿por qué no empezar ya? Según Vargas Llosa, “el mayor obstáculo son los organismos y personas que viven de la represión de las drogas, que, como es natural, defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo. No son razones éticas, religiosas o políticas, sino el crudo interés el mayor obstáculo para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico

Antonio Escohotado, buen conocedor de la historia de las drogas, recuerda que la prohibición hace atractiva la droga y causa algunas de sus nefastas consecuencias: “El opio -y derivados- fue usado como bendición de Dios por los médicos desde 4.000 años atrás hasta hace casi ochenta. Sus derivados son, desde luego, drogas de delicado manejo. Pero mientras fueron legales no produjeron un sólo caso de sobredosis accidental, mientras ahora matan involuntariamente a muchos jóvenes cada año. Mientras esas drogas fueron cosas decentes, sus consumidores eran gente mayor. Lanzada por la farmacéutica Bayer, la heroína se recomendaba incluso para calmar los nervios y tos de los niños pequeños. Si esa sustancia resulta hoy diabólica es porque algunos por lucro venden infiernos a los demás, pero también porque en alguna medida nosotros mismos la declaramos diabólica”.

La lucha contra el crimen asociado al narcotráfico exige ésa respuesta radical y global.