El enemigo principal

En un blog, cuyo nombre no recuerdo, leo este apasionado aserto: “España solucionaría sus problemas si […] abandonara esos vicios políticos y morales que la convierten en una dictadura sucia de partidos políticos y de políticos“. Tremendo. ¿Dictadura de políticos? No exactamente. Una democracia descafeinada, vaciada, de decorado, sí, pero ¿dictadura…?

A quien tal afirma le sugiero que averigüe lo que ocurría en concreto en el período de tiempo que va de 1939 a 1976. Probablemente comprobaría en sus carnes el empleo alegre del término dictadura. Mi reflexión no pretende defender a los políticos profesionales, nada más lejos de mi ánimo, sino centrar quien es el verdadero enemigo de la ciudadanía y sus derechos porque, si no lo sabemos, difícilmente superaremos esta situación que nos oprime. Las palabras han de usarse con rigor o se contribuye a la corrupción general del lenguaje que, mira por donde, es una de las armas preferidas de quienes nos saquean y violan nuestros derechos.

En esta crisis-austeridad-saqueo que oprime a la ciudadanía, los políticos no son el principal y aún menos el único enemigo, como se oye a todas horas por todas partes. Por supuesto tienen una responsabilidad enorme en lo que pasa, porque muchos han traicionado a los ciudadanos que los eligió y en ellos delegó el poder que en democracia solo posee legítimamente la ciudadanía.

El enemigo principal es el poder económico-financiero. La banca, las grandes compañías aseguradoras, los fondos de inversión, los fondos de riesgo y de pensiones, las grandes empresas, corporaciones industriales, petro-químicas, farmacéuticas, grandes fortunas… Ellos son el enemigo principal. Muy pocos, por cierto, respecto al total de la humanidad.

Son los que actúan, presionan, compran conciencias, manipulan, desinforman, estafan, especulan, sobornan, reprimen, provocan guerras y las mantienen… No directamente, claro. Poseen todo el dinero del mundo para corromper, ordenar, impulsar y dirigir a diversos actores a su indiscutible servicio que son quienes ejecutan las felonías citadas. Agentes del poder económico y financiero como gobernantes, diputados, alcaldes de grandes ciudades, directores de medios de comunicación, abogados de campanillas, directivos de entidades internacionales, cúpulas militares…

¿Por qué el poder económico y financiero es el enemigo principal? Porque no solo busca aumentar sus beneficios a costa de los trabajadores, de la ciudadanía, sino que pretende retroceder a la clase trabajadora y a la ciudadanía en general al primer tercio del siglo XX. No como efecto colateral, sino como objetivo. Los políticos, algunos políticos, tal vez muchos políticos, son cómplices necesarios a su servicio, pero no son los máximos responsables del saqueo.

Esta historia empezó en los setenta, cuando la reducida minoría rica (la clase dominante, según Marx), al comprobar la disminución de beneficios tras cuatro décadas de vacas gordas, decidió enterrar el pacto social de ese tiempo y pasar a la acción para que las cosas volvieran al orden que les convenía: la hegemonía indiscutible de la clase rica y el control y subyugamiento de las clases trabajadoras. Una decisión de la minoría rica acelerada, como recuerda Josep Fontana, por el auge espectacular de los movimientos populares, de los sindicatos obreros, por la radicalización de las luchas de los trabajadores (mayo del 68 en Francia, otoño caliente en Italia. “Cordobazo” del 69 en Argentina…), del anti-colonialismo, del anti-imperialismo…

El inicio concreto, previo a la ofensiva, tal vez fue en 1970 o 71, cuando la Cámara de Comercio de EEUU (una de las organizaciones de clase dominante más poderosas) encargó un informe sobre la situación de lo que ellos llaman economía de mercado o de libre empresa y nosotros, sencillamente capitalismo. Les interesaba conocer la aceptación del capitalismo y la adhesión al mismo por parte de la gente común en EEUU. En unas sesenta páginas el informe alertaba sobre el aumento del izquierdismo y de los enemigos de la “libre empresa” (universitarios, profesores, artistas, sindicalistas…) y recomendaba a los líderes del capitalismo pasar al ataque en tres frentes: educación, medios de información y política. Visto lo sucedido desde entonces, está claro que la élite de la “economía de mercado” hizo suyas las recomendaciones del informe.

La ofensiva empezó en serio con Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thacher en Gran Bretaña. Una acometida que se inició con el ataque sistemático a los sindicatos hasta debilitarlos o incluso dejarlos en estado vegetativo, al tiempo que gobernaban con descaro a favor de los ricos, reduciendo sus impuestos escandalosamente, por ejemplo. Esa política se extendió como mancha de aceite en los años sucesivos por Europa y países anglosajones. El resto de países, el entonces llamado Tercer Mundo, sufría las agresiones sistemáticas del FMI y Banco Mundial en forma de privatizaciones y otras “reformas estructurales” exigidas sine qua non para poder recibir préstamos internacionales con tales condiciones que ponían a los países deudores a los pies de los caballos de los países acreedores.

La guinda la puso Bill Clintón al otorgar patente de corso a la banca al legislar que los bancos de inversión pudieran actuar como bancos comerciales y otros regalos y mercedes. El capital se movía ya con absoluta libertad, eliminada cualquier norma, regla o control.

En ese amenazador escenario para la ciudadanía, los políticos profesionales jugaron un papel muy importante, porque perpetraron leyes de “liberalización”, privatización y otras bribonadas que han instaurado la actual crisis, estafa y saqueo. Pero esos políticos han actuado por encargo, no son los autores principales. Tal vez excepto parcialmente en EEUU donde las famosas puertas giratorias entre política y economía-negocios-empresas generan que miembros de la minoría rica devengan políticos. Porque la estructura de poder en EEUU (con un coste prohibitivo de las campañas electorales) convierte los cargos públicos elegibles en misión imposible de no poseer sólidas fortunas. Pero, en general, no es el caso de España ni de Europa, donde las puertas giratorias son una indecente y privilegiada vía para enriquecerse políticos desleales que hasta serlo nunca habían comido caliente, como decía sarcástica mi abuela Flora.

La cuestión no es ya si los políticos son así o asá (los dioses me libren de defenderlos). La cuestión esencial es que este sistema apenas democrático está contra la ciudadanía en aras de los intereses de una reducida minoría. Esa minoría que constituye el poder económico y financiero ha reducido la democracia a un vacuo ritual electoral y ha logrado que los parlamentos tengan escaso poder real. Quien decide son FMI, Comisión Europea, Banco Central Europeo, OMC… claramente a su servicio. Y contra esa minoría  hay que luchar prioritariamente.

Esa es la cuestión y no despotricar sin cesar contra los políticos, eficaz maniobra de distracción por otra parte para que los verdaderos responsables del saqueo permanezcan en el anonimato y no sean objetivo de la ciudadanía. Y, como objetivo político, ya dijo hace años Julio Anguita que los mercados (es decir, el poder financiero) tienen nombre y apellidos. Battiston, Glattfelder y Vitali han elaborado un riguroso informe sobre las relaciones de poder y cruces de miles de empresas y consejos de adminsitración de todo el mundo y han concluido que la economía está en manos de 737 grandes bancos, compañías aseguradoras, fondos de inversión, fondos de riesgo, fondos de pensiones, grandes empresas y corporaciones industriales y otras que controlan el 80% de las empresas transnacionales más poderosas. En el Reino de España, por ejemplo, 1.400 personas gestionan el 80% del PIB nacional. Y en Cataluña se dice desde siempre que la economía de ese país está dominada por 400 familias.

Quienes constituyen el poder económico y financiero son el enemigo principal, incluso quienes hacen generosas donaciones para las causas que sean. No lo olvidemos. Y son el enemigo porque así lo  quieren. Luego podemos fijarnos en los cómplices necesarios, cómplices sin más, encubridores y otros contribuyentes a la estafa y saqueo que nos deja sin presente ni futuro, que algunos se empeñan en llamar crisis.

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Poder financiero, principal enemigo de la ciudadanía

Solo cien personas ganaron en 2012 más de 240.000 millones de dólares. Tanto dinero como España dedicó ese mismo año a prestaciones sociales, desempleo, sanidad y pensiones. Cien en la cima de las 1.426 personas que poseen mil millones de dólares o más y que suman entre todos 5,4 billones de dólares de riqueza. Súper-ricos que no han perdido con la crisis sino que han ganado más. A costa de la ciudadanía. Decía Balzac que tras toda gran fortuna hay un gran crimen y, sin entrar en cuanta verdad tenga el aserto, lo cierto es que el 0,01% de súper-ricos de la Tierra, (quienes poseen 30 millones de dólares o más) no consiguió su fortuna por ser geniales empresarios ni más inteligentes que el resto de la humanidad. Trampas, especulación, presión sistemática, chantaje, soborno y compra de conciencias lograron establecer un sistema privilegiado para los intereses de la minoría rica.

Desde 1947 hasta los 70, parte de los beneficios de la economía se distribuían también entre las clases populares. En Occidente, claro. No era socialismo, pues había una desigualdad insultante y los ricos se quedaban con la parte del león, pero había cierta justicia en esa distribución. A través de los impuestos el estado podía ofrecer servicios y prestaciones, que no son otra cosa que cumplimiento de derechos.

Pero en los 70 empezaron a disminuir beneficios. Y los ricos se aprestaron a recuperar su volumen de ganancias e incluso aumentarlo. Consiguieron escandalosas rebajas de impuestos, leyes laborales que abandonaban al trabajador, privatización de servicios públicos, ahora jugosos negocios; supresión de reglas y control del sector financiero, más una escasa voluntad de perseguir el fraude fiscal con los paraísos fiscales como óptimos aliados. Fraude fiscal que cuesta anualmente 3 billones de dólares a 145 países. Los ricos lograron así establecer un sistema amañado a su favor.

En Europa, la crisis-estafa cobró forma de deuda pública difícil de pagar, y objeto de especulación. Además de austeridad fiscal como presunta política para afrontarla. Hans-Werner Sinn, preclaro asesor de Ángela Merkel y presidente del IFO (Instituto para la investigación económica) desvela sin rubor el por qué de tal política. Asegura que los países del sur con problemas de endeudamiento (Portugal, Grecia, España e Italia) deberán tener diez años más de austeridad para lograr la imprescindible “devaluación interna de un 30%” para salir de la crisis. ¿’Devaluación interna’?

Sí. Los ricos, para continuar siéndolo, necesitan que las clases populares pierdan un 30% de su renta en forma de salarios más bajos, pensiones más bajas, menos prestaciones sociales y menos servicios públicos. Rebaja de rentas de la mayoría en clara transferencia hacia los bolsillos de quienes más tienen. Más migas y migajas para secuaces, cómplices y encubridores que les han servido y sirven para engañar, someter y esquilmar a la ciudadanía. Gobiernos, políticos profesionales, medios de comunicación, “expertos”… Pues es diáfano que la mayoría de estados gobiernan para los ricos (mercados financieros, si prefieren) y no para la ciudadanía.

Juan Torres nos recuerda como, tras el cierre de urnas en las últimas elecciones italianas, le faltó tiempo a Angela Merkel para ordenar lo que tenía que hacer Italia, fuera cual fuera el gobierno que se formara. Aplicar la política de austeridad y lucha contra el déficit que pretenden las contra-reformas del derrotado estrepitosamente en las elecciones primer ministro Monti. Es evidente que lo que quiere y expresa la ciudadanía con el voto les importa un rábano. Una dictadura de hecho.

Y, para incrementar el riesgo como explica Susan George, es posible un batacazo como el de Lehman Brothers en 2008. Porque nadie siquiera ha intentado controlar el sistema financiero y porque las 50 mayores empresas del mundo, de las que 48 son grandes bancos o otras entidades financieras, están muy interconectadas. Y, si algo va mal en una, pueden caer muchas. Con nefastas consecuencias para la ciudadanía.

Si el 0,01%, poseedor de la mayor parte de riqueza, controla el poder económico y ha corrompido el político, el adversario principal de la ciudadanía son los ricos. No nos engañemos. Y contra ellos hay que levantar un gran movimiento ciudadano que recupere la democracia y cambie la situación en beneficio de la inmensa mayoría.

La gestión no es neutral, es ideología e intereses

El capitalismo neoliberal es una gigantesca estafa mundial. Según el profesor James Crotty, la crisis es además la última fase del esfuerzo de décadas de la minoría rica (de la reducida, pero poderosa clase dominante) para destruir la modesta socialdemocracia y el capitalismo algo regulado y controlado que empezó en Estados Unidos en los años treinta y cuarenta y luego continuó en Europa. Hasta los ochenta, cuando personajes tan nefastos como Margaret Thatcher se sacaron de la manga la suprema falacia neoliberal: There is no alternative; no hay alternativa. Y empezó el saqueo o, más académicamente, la transferencia de rentas del trabajo al capital. Rebajas salvajes de impuestos a los ricos y muy ricos, eliminación de reglas y controles del capital, secreto y opacidad financieros como dogmas, desprotección de la clase trabajadora, privatización de lo estatal…

Pero no tienen bastante, porque, además, delinquen. Un pilar del poder financiero mundial, Deutsche Bank, es investigado por fraude fiscal y una estafadora apropiación de impuestos. Compraban certificados de emisión de dióxido de carbono fuera de Alemania sin pagar IVA; los vendían en el país y cobraban ese impuesto, pero no lo transferían a la Hacienda alemana.  Certificados que se vendían y compraban una y otra vez en Alemania, finalmente salían del país y se vendían de nuevo. Sin pagar impuestos. Un delito conocido como el fraude carrusel del IVA.

¿Qué tiene que ver ese delito perpetrado por altos directivos financieros alemanes con la crisis y el ataque a los derechos de la ciudadanía? Todo, porque demuestra que nada los frena para ganar más. Mientras pretenden que se trata de gestionar bien la economía, de buena gerencia. Pero la codicia desatada que los lleva a delinquir muestra lo que en realidad busca la minoría rica. Beneficios y más beneficios.

Como explica Eric Calcagno, una de las trampas del neoliberalismo ha sido camuflar la política y las decisiones económicas como una cuestión de gerencia, de gestión. ¿Cuántas veces no habremos oído o leído que la ciudadanía solo necesita una buena gestión del país? Incluso han inventado un estúpido neologismo, gobernanza, para sustituir gobierno y gobernar, y así alejarlo del territorio de la política. Según los neoliberales y sus siervos, solo se trata de administrar y administrar no es cuestionable.

Como si no hubiera diferentes proyectos de país; como si no existieran objetivos como mayor equidad, eliminar la pobreza o qué y cómo producir para respetar la Tierra. Pretenden que solo hay gestión, cifras macro-económicas, equilibrio fiscal, apertura comercial y poco más. Ya no hay ideas, proyectos ni ideología. ¿Cómo no ha de haberlos? ¿Gestión sin contenido? ¿Qué se gestiona? Les pasa como al burgués gentilhombre de Molière, quien en su inefable necedad ignoraba que hablaba en prosa. ¿Cómo no va a haber ideología si pensamos?

Y, como escribe Carlos Martínez de la organización ATTAC, “si no nos lanzamos a la lucha de las ideas, caeremos en un simple debate económico técnico, pero no iremos a la raíz del problema para resolverlo”.

Pues ahora, urge en Europa una refundación ciudadana, precisamente en Europa porque la Unión Europea se ha deconstruido como vía rápida para la mundialización neoliberal, como analiza Rafael Poch. Hay que reconquistar lo que los dirigentes políticos europeos han entregado al poder financiero en los últimos treinta años. Hay que combatir esa mundialización neoliberal con una desmundialización ciudadana que devuelva todo lo arrebatado a la política, a la ciudadanía, como propone Bernard Cassen.

¿Cómo? Con una gran alianza ciudadana, remacha Poch; un gran encuentro de trabajadores, empleados, subproletarios, emigrantes, desempleados, jóvenes sin futuro, jubilados estafados, artistas e intelectuales, más grupos religiosos y asociaciones cívicas para quienes la crisis y sus consecuencias son intolerables ética y moralmente.

La razón del empecinamiento suicida neoliberal que es la crisis se explica de modo diáfano en el filme Cayo Largo de John Huston. En un hotel de los cayos de Florida coinciden un soldado, que regresa de Europa tras la guerra mundial, y Johny Rocco, un gánster deportado que ha vuelto clandestinamente a Estados Unidos para un negocio sucio. El soldado pregunta “¿qué quiere Rocco?” Y responde él mismo: “Quiere más”. Rocco remacha: “Eso es, quiero más”. Y el soldado pregunta de nuevo: “¿Alguna vez Rocco tendrá bastante?” Y Rocco contesta: “Nunca, nunca tengo bastante”.

Es lo que pasa con el capitalismo neoliberal: nunca tiene bastante. Caiga quien caiga. Ha de haber desmundialización y refundación ciudadana, porque es necesaria. Y no seamos pesimistas. Como cuenta El Roto: “Oscurece, por lo tanto amanecerá”.

En manos de codiciosos inmorales

En España, el muy conservador Partido Popular ha obtenido mayoría absoluta en las elecciones; bien es cierto que ha sido absoluta por una ley electoral injusta. Semanas antes, periodistas, editorialistas y opinadores profesionales al servicio de la derecha proclamaban que, desaparecido en combate Zapatero, el triunfo del Partido Popular generaría la confianza automática de los “mercados”. Pero los “mercados” han recibido el triunfo de los conservadores españoles con una prima de riesgo más alta y caídas en las Bolsas.

Y es que los “mercados”, que han tomado descaradamente el poder (que la Unión Europea les ha entregado), actúan a su beneficio y antojo. Aunque en vez de “mercados” podemos escribir los nombres de seres de carne y hueso, así como de entidades financieras concretas. Porque -convenzámonos de una vez- los “mercados” son solo unos cientos de grandes grupos industriales, aseguradoras y bancos, entre los que destacan con luz propia Barclays, JP Morgan, Merrill Lynch, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Citibank, Bank of America, Axa, Natixis, Société Générale, Banque Populaire-Caisse d’Épargne, BNP-Paribas, Deutsche Bank, UBS, Capital Group, BlackRock, Vanguard… más las dignas de toda sospecha agencias de rating que actúan como sicarios económicos.

Tras la desregulación y el descontrol financieros, y con el secreto bancario elevado a sacramento, la privatización por sistema y la reducción (o desaparición) de impuestos a quienes más tienen y atesoran hemos llegado a la “crisis de la deuda”. Crisis que, como denuncia Susan George, “permite a los acreedores ejercer una especie de colonialismo sin necesidad de recurrir a un ejército ni a una administración imperial; antes en países en desarrollo y ahora en Europa”.

Con el chantaje de la deuda, los “mercados” han llegado a la fase del expolio descarado de lo público. No se trata solo de que las deudas financieras privadas de bancos, aseguradoras u otras entidades financieras devengan públicas, porque se afrontan con dinero público; ahora quieren reducir al mínimo inversiones y gastos sociales para hacer desaparecer el modelo mínimamente social de cierto reparto de riqueza desarrollado desde los años cincuenta. Y puesto que lo privado es lo que priva, educación, salud, distribución de agua, transportes y energía (que antes parecían intocables) han de dejar de estar al servicio de la mayoría para convertirse en fuente de obscenos beneficios de unos pocos.

La austeridad fiscal es ahora el medio para dar el tiro de gracia a lo que resta de estado social en Europa. Pues, como denuncia Susan George, ningún país ha mejorado con la política de austeridad. Por tanto, no es la mejora económica lo que buscan, sino el cambio de modelo social. Por eso, Europa debería mirar a América Latina, que sufrió su crisis de deuda en los ochenta y noventa, pero reaccionó bien.

Brasil, Argentina o Ecuador dijeron no al FMI, a sus pagos de deuda y a sus austeridades. Y hoy, según Michael Reid (editor de The Economist para las Américas), “el buen momento económico de Latinoamérica es una gran oportunidad”. No por una austeridad, sino a menudo lo contrario. Y así la CEPAL testifica que “la pobreza y la indigencia descendieron en América Latina en 2010 gracias a la vigorosa recuperación económica de la mayoría de países de la región”.

En Europa, no cesa la crisis de la deuda y cinco gobiernos han sido descabalgados en elecciones desde 2010. Normal. Lo malo y preocupante es que los presidentes de Grecia e Italia han sido sustituidos sin convocar elecciones. Por decisión del poder financiero.


Si la deuda pública española, por ejemplo, es menor que otras, ¿por qué los “mercados” quieren más ajustes y recortes sociales? La deuda peligrosa de España no es la pública (algo más del 60% del PIB, mientras la alemana es el 83%). La deuda preocupante española es la de sus bancos, que en 2012 deberán pagar 200.000 millones de euros a otros bancos europeos.

Esa parece la razón de tanto ajuste y recorte. ¿Para que el Estado disponga de liquidez y pague su deuda?, con la que, por cierto, los “mercados” especulan y obtienen grandes beneficios. ¿O para ayudar a los bancos a pagar la suya? Quizás para que la señora Merkel duerma tranquila porque sus bancos alemanes cobrarán lo que les deben los bancos españoles.

Parece que la ciudadanía europea está en manos de granujas. Los “mercados”, sus cómplices y sus sicarios.

Denunciar los crímenes económicos contra la humanidad

Paul Krugman ha escrito recientemente que la acusación de los ocupantes de Wall Street de que el poder financiero es una fuerza destructiva es totalmente acertada. Como muestran los hechos de estos últimos años. Los gobiernos rescataron a los bancos para que fluyera el crédito a empresas y ciudadanos. Pero no ha sido así. El sector financiero obtiene indecentes beneficios, pero no hay crédito. La economía se estanca, porque en verdad no hay voluntad real de superar la crisis. Porque la crisis es un negocio para la minoría privilegiada, para los mercados cuyos nombres conocemos. Y millones de personas sufren.

Pero sabemos qué hay que hacer. Se sale de la crisis con una profunda reforma del sector financiero, sólidos programas de gasto público (que activen la economía y ayuden a reestructurarla), ahorro energético y reducción de la desigualdad, recuerda Stiglitz. Pero mientras el poder financiero ponga palos en la rueda e impida afrontar la crisis de verdad, ¿cuánto sufrimiento más tendrá que soportar la ciudadanía?

Incertidumbre, angustia, pobreza, negación de vida digna, hambre, sufrimiento en suma, son consecuencias de una crisis que no cesa. Sobre esas consecuencias que sufren las gentes, Lourdes Benería y Carmen Sarasúa recuerdan que, según la Corte Penal Internacional, crimen contra la humanidad es “cualquier acto inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien lo sufre, cometido en un ataque generalizado o sistemático contra una población civil”. Datos en mano, si consideramos los graves sufrimientos, los atentados constantes contra millones de ciudadanas y ciudadanos, si consideramos la sistemática violación de sus derechos, hay que hablar de crímenes económicos contra la humanidad.

Actualmente le ha tocado a las poblaciones de Estados Unidos y Europa sufrir las consecuencias de una crisis culpable, pero las violadoras agresiones neoliberales empezaron en los ochenta. Paro, pobreza, pérdida de vivienda, educación inexistente o inalcanzable, menor o nula atención a la salud… son consecuencia de la aplicación inmisericorde de los planes de ajuste y austeridad perpetrados. Millones de familias ven peligrar su supervivencia y millones de hogares caen bajo el umbral de la pobreza. Una masiva violación de derechos humanos. Pero al poder financiero le da igual.

La Asamblea General de Nueva York, que ocupa Wall Street (los indignados estadounidenses), ha señalado una relación de ataques a los derechos humanos de los que son responsables los “mercados” con gobiernos cómplices. Las corporaciones se han quedado con las casas de millones de ciudadanos con procesos ilegales; se han apropiado indebidamente del dinero de los contribuyentes con los rescates; se han otorgado a sí mismos salarios e indemnizaciones desorbitantes; han recortado la asistencia sanitaria; han reducido el sueldo de los trabajadores; han empeorado sus condiciones laborales; han condenado al hambre a millones; han bloqueado las energías alternativas para continuar dependiendo del petróleo; han boicoteado los medicamentos genéricos para tener enormes beneficios… La lista es larga.

Parafraseando a Mandela, las perversas consecuencias de la crisis, que sufren millones de seres humanos, no son algo natural; las causan seres humanos. Una minoría, por cierto. Y de la crisis y sus consecuencias nefastas, incluido el impedir abordarla eficazmente, son responsables los “mercados”. Lo sabemos. Pero los “mercados” no son inconcretos ni anónimos. Tienen nombre y apellidos.

Un informe reciente de Stefano Battiston, James Glattfelder y Stefania Vitali ha demostrado que en realidad los “mercados” son 737 bancos, compañías aseguradoras y corporaciones industriales que controlan 43.000 empresas multinacionales. Casi toda la economía. Y que JP Morgan, Citibank, Bank of America y Goldman Sachs controlan el 94,4% de los derivados financieros. Es decir, el sistema financiero internacional está en sus manos. Esos son los malditos mercados. Con la complicidad del FMI, Banco Mundial, OCDE, OMC, Reserva Federal, Banco Central Europeo y bancos centrales de países.

Así las cosas, y puesto que se debe responder por las violaciones de derechos y dar reparación a sus víctimas, es necesaria la propuesta de Benería y Sarasua: “Igual que se crearon instituciones y procedimientos para perseguir los crímenes políticos contra la humanidad, hay que hacer ahora lo mismo con los crímenes económicos. Es buen momento, pues la existencia de esos crímenes es difícil de refutar. Urge que el concepto de ‘crimen económico’ se incorpore al discurso ciudadano y se entienda la importancia de denunciarlo y combatirlo para construir la democracia económica y política”.

Iniciemos pues el proceso de denuncia y juicio por crímenes económicos perpetrados por los “mercados”. Porque tienen nombre y apellidos.