La tan traída y llevada corrupción es parte del sistema capitalista

Corrupción es soborno. Que funcionarios y políticos profesionales se apropien de fondos públicos. Que se manipulen o distorsionen datos e informaciones en concursos o negocios públicos en beneficio de corruptores y corrompidos. Que se oculten y manipulen datos para no pagar impuestos. Que se oculten fortunas. Que empresas e individuos tengan ventajas y privilegios en la obtención de contratos y recursos públicos… Hace unos días, en el Reino de España fueron detenidos más de cincuenta políticos, funcionarios y empresarios por prácticas corruptas organizadas. La mayoría, políticos del gobernante Partido Popular. La investigación intenta concretar quienes cobraron comisiones hasta 250 millones de euros en total por conceder contratos públicos. Es la operación Púnica… pero ya hay otra en marcha, Enredadera.

En España hay unas 1700 causas por corrupción con cientos de imputados. Nombres ‘ilustres’ de la política, la empresa, las administraciones públicas, la burocracia sindical y las instituciones del Estado aparecen en la larga lista de cientos y cientos ya imputados o que lo serán. Como Acebes (que fue ministro de Interior), Rato (ex-vicepresidente económico), Bárcenas (que fue tesorero del Partido Popular), Urdangarín, (cuñado del rey Felipe VI), Cristina de Borbón (hermana del rey), Blesa (que fue presidente de Bankia), Pujol (presidente del gobierno autónomo de Cataluña más de veinte años)… La corrupción ocupa portadas un día tras otro.

Pero la corrupción no es solo problema español. En absoluto. Como muestra de enorme escándalo de corrupción, en julio de 2003 se destapó una de las mayores tramas corruptas de Europa. Eurostat, el servicio de estadística de la Unión Europea, había actuado durante años como una empresa mafiosa. Doble contabilidad, contratos falsos, contratos inexplicables, aumento contable de costes, ofertas ficticias, fondos secretos, oscuros movimientos de docenas de millones de euros… Y hace unos días, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación desveló que se firmaron 548 acuerdos secretos entre el paraíso fiscal Luxemburgo (miembro de la Unión Europea) y 340 grandes empresas… para evadir impuestos. Ocurrió cuando era primer ministro de ese pequeño país el actual presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker y cuando el ministro español de economía, de Guindos, era responsable financiero de la consultora PwC, una de las cuatro empresas que organizaron las trampas fiscales de cientos de multinacionales para no pagar impuestos o apenas pagar.

¿Cómo no ha de haber corrupción si el Fondo Monetario Internacional contribuyó a grandes corrupciones, tal vez ignorante pero sin duda imprudente e irresponsable? En los noventa, el FMI prestó a Rusia más de 20.000 millones de dólares sin controlar el destino de ese capital y altos funcionarios del gobierno de Yeltsin desviaron 500 millones de dólares, mientras respetables bancos estadounidenses aceptaban abrir depósitos con cantidades obscenas de ignorado origen, abiertos por políticos corruptos y delincuentes similares. Según el Congreso de EEUU, el origen de esas fortunas se ocultó por sistema. El Citibank abrió 350 cuentas secretas con dinero de origen inexplicable y la mafia rusa utilizó el Bank of New York para blanquear 10.000 millones de dólares. Bancos estadounidenses y europeos contribuyeron a blanquear más de 200.000 millones de dólares e total, fruto del saqueo del patrimonio público ruso tras ser privatizado. Rosa Jansen, ex-vicepresidenta del Tribunal de Utrecht, fue profeta al afirmar entonces que “estamos ante el nacimiento de la corrupción supranacional”. Y muy organizada, cabría añadir.

Contra la errónea idea de que la corrupción es propia de países poco desarrollados, además de recordar que en toda corrupción hay dos: corruptor y corrompido, es evidente que la corrupción está instalada muy a gusto en los países ricos. Así lo demuestran los numerosos escándalos que han estallado desde los años noventa de Eurostat, Enron, World Com, Parmalat… y otras grandes empresas. O que el presidente Bush y el vicepresidente Cheney estuvieran bajo sospecha antes de ocupar la Casa Blanca. Y también que la mayoría de grandes empresas alemanas se hayan sentado en el banquillo de los acusados en los últimos años. Que en los últimos años de gobierno de Felipe González la corrupción se llevara gran cantidad de titulares. Que en Francia el presidente Sarkozy se viera salpicado por asuntos de corrupción. O que Silvio Berlusconi utilizara en Italia su mayoría parlamentaria para aprobar leyes de inmunidad que le permitieran escapar de condenas seguras por corrupción…

La corrupción parece el cuento de no acabar, pero, cuidado, no caigamos en la trampa de considerar la corrupción como algo excepcional, con la misma excepcionalidad del asesinato en la vida cotidiana de la gente común. Porque lo cierto es que la corrupción no solo son graves infracciones del Código Penal, sino que ya es otro modo de acumulación de capital del neoliberalismo. Como lo son la especulación financiera desatada, la austeridad fiscal y la deuda como medio de dominio. Pues podemos afirmar con seguridad que la corrupción se ha instalado en todo el mundo para quedarse. Mientras haya capitalismo, claro. Porque es parte esencial del sistema.

El enemigo principal

En un blog, cuyo nombre no recuerdo, leo este apasionado aserto: “España solucionaría sus problemas si […] abandonara esos vicios políticos y morales que la convierten en una dictadura sucia de partidos políticos y de políticos“. Tremendo. ¿Dictadura de políticos? No exactamente. Una democracia descafeinada, vaciada, de decorado, sí, pero ¿dictadura…?

A quien tal afirma le sugiero que averigüe lo que ocurría en concreto en el período de tiempo que va de 1939 a 1976. Probablemente comprobaría en sus carnes el empleo alegre del término dictadura. Mi reflexión no pretende defender a los políticos profesionales, nada más lejos de mi ánimo, sino centrar quien es el verdadero enemigo de la ciudadanía y sus derechos porque, si no lo sabemos, difícilmente superaremos esta situación que nos oprime. Las palabras han de usarse con rigor o se contribuye a la corrupción general del lenguaje que, mira por donde, es una de las armas preferidas de quienes nos saquean y violan nuestros derechos.

En esta crisis-austeridad-saqueo que oprime a la ciudadanía, los políticos no son el principal y aún menos el único enemigo, como se oye a todas horas por todas partes. Por supuesto tienen una responsabilidad enorme en lo que pasa, porque muchos han traicionado a los ciudadanos que los eligió y en ellos delegó el poder que en democracia solo posee legítimamente la ciudadanía.

El enemigo principal es el poder económico-financiero. La banca, las grandes compañías aseguradoras, los fondos de inversión, los fondos de riesgo y de pensiones, las grandes empresas, corporaciones industriales, petro-químicas, farmacéuticas, grandes fortunas… Ellos son el enemigo principal. Muy pocos, por cierto, respecto al total de la humanidad.

Son los que actúan, presionan, compran conciencias, manipulan, desinforman, estafan, especulan, sobornan, reprimen, provocan guerras y las mantienen… No directamente, claro. Poseen todo el dinero del mundo para corromper, ordenar, impulsar y dirigir a diversos actores a su indiscutible servicio que son quienes ejecutan las felonías citadas. Agentes del poder económico y financiero como gobernantes, diputados, alcaldes de grandes ciudades, directores de medios de comunicación, abogados de campanillas, directivos de entidades internacionales, cúpulas militares…

¿Por qué el poder económico y financiero es el enemigo principal? Porque no solo busca aumentar sus beneficios a costa de los trabajadores, de la ciudadanía, sino que pretende retroceder a la clase trabajadora y a la ciudadanía en general al primer tercio del siglo XX. No como efecto colateral, sino como objetivo. Los políticos, algunos políticos, tal vez muchos políticos, son cómplices necesarios a su servicio, pero no son los máximos responsables del saqueo.

Esta historia empezó en los setenta, cuando la reducida minoría rica (la clase dominante, según Marx), al comprobar la disminución de beneficios tras cuatro décadas de vacas gordas, decidió enterrar el pacto social de ese tiempo y pasar a la acción para que las cosas volvieran al orden que les convenía: la hegemonía indiscutible de la clase rica y el control y subyugamiento de las clases trabajadoras. Una decisión de la minoría rica acelerada, como recuerda Josep Fontana, por el auge espectacular de los movimientos populares, de los sindicatos obreros, por la radicalización de las luchas de los trabajadores (mayo del 68 en Francia, otoño caliente en Italia. “Cordobazo” del 69 en Argentina…), del anti-colonialismo, del anti-imperialismo…

El inicio concreto, previo a la ofensiva, tal vez fue en 1970 o 71, cuando la Cámara de Comercio de EEUU (una de las organizaciones de clase dominante más poderosas) encargó un informe sobre la situación de lo que ellos llaman economía de mercado o de libre empresa y nosotros, sencillamente capitalismo. Les interesaba conocer la aceptación del capitalismo y la adhesión al mismo por parte de la gente común en EEUU. En unas sesenta páginas el informe alertaba sobre el aumento del izquierdismo y de los enemigos de la “libre empresa” (universitarios, profesores, artistas, sindicalistas…) y recomendaba a los líderes del capitalismo pasar al ataque en tres frentes: educación, medios de información y política. Visto lo sucedido desde entonces, está claro que la élite de la “economía de mercado” hizo suyas las recomendaciones del informe.

La ofensiva empezó en serio con Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thacher en Gran Bretaña. Una acometida que se inició con el ataque sistemático a los sindicatos hasta debilitarlos o incluso dejarlos en estado vegetativo, al tiempo que gobernaban con descaro a favor de los ricos, reduciendo sus impuestos escandalosamente, por ejemplo. Esa política se extendió como mancha de aceite en los años sucesivos por Europa y países anglosajones. El resto de países, el entonces llamado Tercer Mundo, sufría las agresiones sistemáticas del FMI y Banco Mundial en forma de privatizaciones y otras “reformas estructurales” exigidas sine qua non para poder recibir préstamos internacionales con tales condiciones que ponían a los países deudores a los pies de los caballos de los países acreedores.

La guinda la puso Bill Clintón al otorgar patente de corso a la banca al legislar que los bancos de inversión pudieran actuar como bancos comerciales y otros regalos y mercedes. El capital se movía ya con absoluta libertad, eliminada cualquier norma, regla o control.

En ese amenazador escenario para la ciudadanía, los políticos profesionales jugaron un papel muy importante, porque perpetraron leyes de “liberalización”, privatización y otras bribonadas que han instaurado la actual crisis, estafa y saqueo. Pero esos políticos han actuado por encargo, no son los autores principales. Tal vez excepto parcialmente en EEUU donde las famosas puertas giratorias entre política y economía-negocios-empresas generan que miembros de la minoría rica devengan políticos. Porque la estructura de poder en EEUU (con un coste prohibitivo de las campañas electorales) convierte los cargos públicos elegibles en misión imposible de no poseer sólidas fortunas. Pero, en general, no es el caso de España ni de Europa, donde las puertas giratorias son una indecente y privilegiada vía para enriquecerse políticos desleales que hasta serlo nunca habían comido caliente, como decía sarcástica mi abuela Flora.

La cuestión no es ya si los políticos son así o asá (los dioses me libren de defenderlos). La cuestión esencial es que este sistema apenas democrático está contra la ciudadanía en aras de los intereses de una reducida minoría. Esa minoría que constituye el poder económico y financiero ha reducido la democracia a un vacuo ritual electoral y ha logrado que los parlamentos tengan escaso poder real. Quien decide son FMI, Comisión Europea, Banco Central Europeo, OMC… claramente a su servicio. Y contra esa minoría  hay que luchar prioritariamente.

Esa es la cuestión y no despotricar sin cesar contra los políticos, eficaz maniobra de distracción por otra parte para que los verdaderos responsables del saqueo permanezcan en el anonimato y no sean objetivo de la ciudadanía. Y, como objetivo político, ya dijo hace años Julio Anguita que los mercados (es decir, el poder financiero) tienen nombre y apellidos. Battiston, Glattfelder y Vitali han elaborado un riguroso informe sobre las relaciones de poder y cruces de miles de empresas y consejos de adminsitración de todo el mundo y han concluido que la economía está en manos de 737 grandes bancos, compañías aseguradoras, fondos de inversión, fondos de riesgo, fondos de pensiones, grandes empresas y corporaciones industriales y otras que controlan el 80% de las empresas transnacionales más poderosas. En el Reino de España, por ejemplo, 1.400 personas gestionan el 80% del PIB nacional. Y en Cataluña se dice desde siempre que la economía de ese país está dominada por 400 familias.

Quienes constituyen el poder económico y financiero son el enemigo principal, incluso quienes hacen generosas donaciones para las causas que sean. No lo olvidemos. Y son el enemigo porque así lo  quieren. Luego podemos fijarnos en los cómplices necesarios, cómplices sin más, encubridores y otros contribuyentes a la estafa y saqueo que nos deja sin presente ni futuro, que algunos se empeñan en llamar crisis.

Neoliberales, gangsters y políticos

Los culpables principales de que miles de millones de personas del mundo lo pasen mal o muy mal por la crisis que no cesa, y vean sus derechos humanos pisoteados, no son en primer lugar “los políticos”. Los principales enemigos de la ciudadanía, responsables de atropellar sus derechos, son banca, corporaciones empresariales, empresas transnacionales y especuladores financieros. La minoría privilegiada. Apenas unos pocos millones contra miles de millones. Aquellos cuya única patria es ganar dinero. Aunque también “los políticos” (nuestros representantes políticos) son responsables de lo que ocurre. Lo son por omisión, dejación o complicidad evidentes. Son culpables por haber optado por defender los intereses de la reducida minoría rica y no los de la mayoría ciudadana. Son la voz de su amo en la agresión que no cesa contra la justicia, los derechos humanos y las libertades.

Y son los representantes que hemos elegido nosotros, ciudadanos y ciudadanas.

¿Por qué Berlusconi continúa al frente del más impresentable gobierno que ha tenido Italia? ¿Por qué el criptofranquista y neoliberal Partido Popular vencería en unas elecciones en España y no otras opciones progresistas (no el PSOE, precisamente)? ¿Por qué en Reino Unido gobiernan los conservadores que están desmontando lo que quedaba del estado de bienestar británico? ¿Por qué avanzan electoralmente la derecha y extrema derecha en Europa?

Porque los votan.

Ciudadanos y ciudadanas de países desarrollados también somos responsables de los males que nos aquejan. Y, además, no reaccionamos ante la violación y atropello de nuestros derechos. Les contaré una historia para que veamos con quien nos la jugamos.

En 1919, en Estados Unidos la Ley Seca prohibía elaborar y vender bebidas alcohólicas. Paradójicamente significó la aparición y fortalecimiento del crimen organizado, el mundo gangsteril concebido como empresa criminal. Décadas después, la delincuencia organizada se denominó “economía criminal global”.

Gangsters como Genovese Vito, Albert Anastasia, Alphonse Capone, los hermanos Genna, Meyer Kansky, Lucky Luciano, Joe Masseria o Maranzano eran muy conservadores, aparte de inductores o responsables directos de numerosos asesinatos y de transgredir numerosas leyes sin el menor escrúpulo. Eran partidarios fervientes del enriquecimiento sobre cualquier otro objetivo, feroces adversarios de cualquier control o regulación y enemigos frontales de pagar impuestos. Así eran y son. Un gangster famoso, Al Capone, fue a la cárcel por no pagar impuestos, no por los asesinatos que perpetró. Los gangsters también eran enemigos de todo lo que oliera a izquierda. Capone llegó a decir que “tenemos que permanecer unidos y proteger a los obreros de la perfidia roja”. Además, eran partidarios de los medios que fueran para lograr los beneficios que codiciaban.

Unos perfectos neoliberales.

Que eran unos buenos neoliberales lo muestran estas declaraciones de Capone: Sólo soy un hombre de negocios. Gané dinero satisfaciendo las necesidades de la nación. Si así infringí la ley, mis clientes son tan culpables como yo. Yo sólo sirvo a los intereses de la comunidad”. Un discurso muy oído hoy a gentes importantes que pasan por respetables. Pero, por si las dudas, recuerdo lo afirmado por el magistrado francés Jean de Maillard en su lucha contra el blanqueo de dinero: “El sistema financiero actual y la criminalidad organizada se refuerzan mutuamente”.

Ferviente partidaria de la desregulación a ultranza, así como de la completa ausencia del Estado en la actividad económica, la economía criminal global es el capitalismo llevado hasta el final. Sin olvidar que el aumento incesante y fortalecimiento de la economía criminal global ha sido posible por la aplicación fiel del más puro neoliberalismo. Desregulación, secreto bancario, existencia de paraísos fiscales, ningún control de los movimientos de capital, especulación sin freno…

Gobiernos, organizaciones económicas y financieras internacionales, banca, corporaciones y grandes empresas transnacionales alimentan de hecho la economía criminal global. Los mafiosos son la imagen invertida que da en el espejo el sistema económico neoliberal que consentimos. Quizás por ello, prestigiosos economistas como James Galbraith y William Black o premios Nobel de economía como Geoge Akerlof y Joseph Stiglitz creen que no saldremos de la crisis si no enviamos a la cárcel a los respetables responsables de la misma. Responsables por sus engaños, especulaciones y otros delitos económicos y financieros. Y porque no tienen la menor intención de cambiar, caiga quien caiga.

Para salir de la crisis, además, habría que expulsar a los políticos cómplices como han hecho en Islandia.

Un plan para rebajar derechos

Estos días circula por la Red la revelación de los abundantes privilegios de que gozan los políticos profesionales españoles. Escandaloso.

Y, si indagamos los ingresos de la mayoría de políticos profesionales (y también de cargos institucionales como el gobernador del banco central español), comprobaremos que los ingresos de quienes tienen mayor capacidad de decisión en los asuntos de todos son realmente jugosos. ¿Quién decía que Roma no paga a los traidores?

Quizás eso explique el tremendo servilismo de la mayoría de la clase política española, arrodillada ante la minoría privilegiada (la clase dominante), a la que sirven con una lealtad digna de mejor causa. Aunque para ser justos hay que añadirle la fervorosa colaboración de los responsables de la mayoría de medios informativos y otros especímenes similares para convencer a la población de la falacia de que las medidas que les arruinan la vida no solo son las mejores, sino las únicas. España es hoy arquetipo y paradigma de cómo la minoría privilegiada se enfrenta a la crisis controlando el Estado  en su exclusivo beneficio.

Son conocidos los recortes sociales que el gobierno de Zapatero ha perpetrado: reducción del salario de funcionarios, congelación de pensiones, reducir partidas sociales en los presupuestos del estado… Y hay agresiones que amenazan a la mayoría con reformas presuntamente necesarias para reducir el déficit y aumentar la competitividad. Una reforma laboral cuyo desarrollo supondrá que los convenios colectivos por sectores económicos harán tabla rasa de los derechos laborales conseguidos en medio siglo, obligando a negociar todo desde cero. Lo que significará perder muchos derechos. Y la reforma de las pensiones públicas impondrá más edad para jubilarse y un cálculo injusto que reducirá la cuantía de las pensiones de la mayoría.

La OCDE aplaude los planes neoliberales de Zapatero. Pero como la minoría privilegiada es inaciable, ésta propone a Zapatero que aumente el Impuesto de Valor añadido (IVA) e impuestos especiales: subir los impuestos que pagan todos y no distinguen entre pobres y ricos. Y, para que no haya dudas sobre a quien se sirve, la OCDE pide al gobierno español que rebaje las cotizaciones sociales que pagan los empresarios (las que nutren la Seguridad Social), y reduzca el impuesto sobre sociedades.

En mi ya larga vida no recuerdo tanta cara dura ni tanta desfachatez como la de estos días. Como en una película del Far West o de gángsters de Chicago años 30, todo para los que ya tienen mucho y casi nada para los demás.

En España, la economía la controlan unas 1.400 personas, según documentado estudio de los consejos de administración de bancos y grandes empresas del catedrático de economía Iago Santos. Y recordemos que, en el mundo, la minoría privilegiada, según Merrill Lynch y Capgemini, son 93.100 personas que poseen más de 30 millones de dólares (sin contar valor de primera vivienda, bienes consumibles y bienes coleccionables, entre otras excepciones). La suma de toda esa riqueza es tanta como el PIB de toda la Unión Europea. Merrill Lynch y Capgemini, además, prevén que, en 2013, los ricos serán mucho más ricos. Han convertido la crisis en un negocio beneficioso a costa de la ciudadanía.

En el otro extremo del arco (el más numeroso por otra parte), gran parte de la clase trabajadora y de las mal llamadas clases medias sufren y sufrirán más paro, precariedad y pobreza.  En España, por ejemplo, a día de hoy, una quinta parte de la población está bajo el umbral de la pobreza. Y en Estados Unidos, según datos de la Oficina Federal del Censo, casi 44 millones de estadounidenses vivían en 2009 bajo el umbral de la pobreza; uno de cada siete. El profesor de economía Juan Torres nos explica que el 1% de los estadounidenses más ricos obtuvo el 23,5% de los ingresos brutos del país en 2007, cuando en 1976 solo conseguía el 9% (La desigualdad de ingreso, Robert H. Frank). Y durante el gobierno de Bush, el 1% más rico de la población se apropió del 75% de la riqueza generada (David DeGraw, “The Economic Elite vs. People of the USA).

El plan para reducir e incluso eliminar los derechos de la ciudadanía y convertir economía y política en una jungla controlada por muy pocos está en marcha. Si lo permitimos los ciudadanos, claro.

Sobre sacrificios dolorosos y quienes cargan siempre con ellos

Con la exigencia de recortes sociales para reducir los déficits, un mensaje recurrente intoxica Europa: los ciudadanos han vivido por encima de sus posibilidades y esto ha de acabar. Jerzy Buzek, presidente del Parlamento Europeo, remata este infundio sin que le tiemble un párpado: Los ciudadanos deben asumir “reformas y sacrificios dolorosos” para salir de la crisis.

Un argumento redondo, ¿no? Nos hemos excedido y ahora toca sacrificarse. ¿Cuánta verdad hay ahí? Ninguna. Lo que sí es cierto, por ejemplo, es que en la Unión Europea ya hay más de 80 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. Y creciendo.

¿Cuántos “sacrificios dolorosos” más ha de asumir la mayoría ciudadana para que las élites ricas, la minoría privilegiada, continúen logrando sus obscenos beneficios? Esa minoría de unos 10 millones de personas en el mundo que poseen un millón de dólares o más. ¿Han de prevalecer los intereses (ilegítimos, por cierto) de 10 millones sobre los de 6.500 millones?

En Estados Unidos, según Daniel Raventós, el precio de los salarios ha descendido al nivel de 1948. En España, el 63% de los asalariados cobra un salario bruto de 1.100 euros mensuales; netos, poco más de 900. Si un alquiler de vivienda barato son 500 euros, ¿cuánto le queda a la mayoría trabajadora para vivir?

El resultado de esa aritmética perversa es una considerable reducción de la capacidad adquisitiva de la clase asalariada y, por tanto, una reducción de la demanda. Los salarios eran en 1977 un 55% del PIB, pero hoy apenas son un 45%. Los salarios van hacia atrás, como los cangrejos. ¡Y eso ha ocurrido en los años de crecimiento económico!

No se pueden pedir sacrificios a quienes ya viven sacrificados.

En Madrid capital (más de tres millones de habitantes), Cáritas atendió el año pasado a casi 110.000 personas: una cantidad de necesitados doble que hace dos años. Proporcionando ayudas imprescindibles para pagar alquileres, evitar desahucios, pagar facturas de luz, agua y gas, comprar alimentos, pañales, leche infantil, medicinas, ropa… Lo esencial; nada de excesos ni caprichos. En el mismo período, Cruz Roja asistió a casi un millón y medio de personas en toda España, de las que medio millón necesitaba ayuda simplemente para comer cada día.

Ante esos datos implacables, pretenden que los “sacrificios dolorosos” reducirán el desempleo. Falso. El profesor Vicenç Navarro nos deja claro que “el origen del paro no está en el mercado de trabajo, sino en la escasa demanda. Y la escasa demanda se debe sobre todo a la excesiva polarización de las rentas en España y Europa. Los salarios han disminuido en la Unión Europea de modo espectacular, mientras las rentas del capital se han incrementado enormemente. Por ejemplo, los costes laborales de 1995 a 2005 aumentaron en España sólo un 3,7%, mientras los beneficios empresariales crecieron en el mismo periodo un 73%”. Casi veinte veces más. Y hablando de recortes y sacrificios, la CEOE, la organización de los empresarios españoles, en 2009 no recortó ni un céntimo de gastos fijos y además duplicó su deuda.

Si sólo unos pocos ganan mucho, la demanda de esos pocos nunca alcanzará el volumen de lo que gastaría la mayoría. La reducción o congelación salarial o de pensiones reducen la demanda. Los “sacrificios dolorosos” reducen la demanda.

¿Qué “sacrificios dolorosos” personales asumirán Buzek, Trichet, los gobernadores de los bancos centrales de Europa, los directivos del FMI, los primeros ministros de países con recortes sociales, y los otros mandatarios europeos y dirigentes internacionales (todos excelentemente remunerados) para salir de la crisis? Me gustaría saberlo.

No se pueden pedir más sacrificios a los sacrificados, sobre todo cuando quien pide sacrificios vive rodeado de privilegios.

El artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos indica que “toda persona tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana, que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social”.

Es un derecho humano, no vivir por encima de las posibilidades.

Con esos “dolorosos sacrificios” que piden los mandatarios políticos y económicos se cumple la ácida pero lúcida agudeza irónica ilustrada del humorista El Roto: “¡La economía hace agua! ¡Arrojad a la población al mar!”.