Sí se puede cambiar este mundo indecente

¿Por qué una manifestación para salvar un parque de Estambul desata una rebelión ciudadana por toda Turquía? En varias ciudades, ha habido manifestaciones de decenas de miles contra el Gobierno de Erdogan, ferozmente reprimidas. Amnistía Internacional denuncia que podría haber dos mil heridos y al menos dos jóvenes muertos por la brutal represión policial. El motivo original era salvar un parque de Estambul, pero pronto los manifestantes exigieron la dimisión del Gobierno. La revuelta iniciada en la plaza de Taksim es un gran movimiento ciudadano para frenar el autoritarismo del gobierno de Erdogan.

En casi todos los países de Europa ha habido protestas ciudadanas contra el vaciado de la democracia y los recortes de derechos. Las movilizaciones no cesan y la rebelión ciudadana brota en otros lugares. Pero acaso sea tiempo de avanzar. Además de denunciar, protestar y reivindicar, hay que elaborar programas comunes mínimos. Para un cambio profundo. Por eso, es tiempo de coordinación de plataformas, asociaciones y movimientos sociales en un movimiento ciudadano unificado y transformador. Para hacer política. No la política tramposa y con cartas marcadas del sistema. Política de valores republicanos. Y difusión de esos valores contra el individualismo y la hegemonía del beneficio como motor principal.

Hora de propuestas y programas concretos; de ocupación de zonas de poder; de iniciativas económicas y sociales imaginativas regidas por principios de solidaridad, cooperación y respeto a la Tierra. No para volver a la situación anterior a la crisis. Esa socialdemocracia vergonzante ya no sirve. Con este capitalismo de democracia desinflada, la crisis es el pretexto de la minoría rica dominante para perpetrar el mayor ataque del último siglo contra las clases populares y recuperar el estatuto que esa minoría tenía antes de la segunda mitad del siglo XX. Por eso hay que cambiar a fondo, porque pretenden reducir la ciudadanía a casi nada. Los apaños no valen.

Regresar al bienestar de antes de las hipotecas basura es volver al modelo basado en el crecimiento indiscriminado y la posesión ascendente de bienes materiales. Que supone la explotación de parte de población mundial para que otra más reducida disfrute del presunto bienestar. Además de que tal modelo agota recursos naturales y condiciona gravemente a las generaciones venideras.

El objetivo es otro modelo económico, político y social. Justo, equitativo, respetuoso con la naturaleza, no basado en el crecimiento ilimitado y sí en el respeto a los derechos humanos en todas partes y a la Tierra.

Y no digan que no es posible, que es utópico. Utopía es lo que hoy no es, pero puede ser. En mayo de 1886, la clase obrera de Chicago arrancó la jornada laboral de 8 horas tras ser reprimidos, encarcelados y ejecutados. ¿Utópico? Lo lograron.

En el XIX, algunas mujeres norteamericanas reclamaron el derecho de todas a votar. Desde 1917, se concentraron cada día frente a la Casa Blanca exigiendo el voto.

Insultadas, vejadas, reprimidas… y más de 200 activistas, detenidas. Pero en 1919 el Congreso aprobó la ley por la que las mujeres votaban. Vencieron.

En 1930, Gandhi y unas docenas de personas iniciaron una marcha de cuatrocientos kilómetros hasta el mar contra el monopolio británico en el comercio de sal en la India.

Al finalizar, eran miles. Y empezó la desobediencia civil que años después llevó a la independencia. En diciembre de 2010, en Túnez comenzaron las manifestaciones ciudadanas que exigían democracia y derrocaron el gobierno dictatorial de Ben Ali. En Egipto, multitudinarias concentraciones en la plaza de Tahrir derrocaron al dictador Mubarak…

Quienes dicen que no se puede hacer nada desconocen la historia. ¿No se acabó con las monarquías absolutas y se formaron repúblicas? ¿No se eliminaron las condiciones infrahumanas de los trabajadores del siglo XIX? ¿El fin del apartheid en Sudáfrica acaso fue imaginación de Mandela? ¿No estaban solos e ignorados aquellos primeros ecologistas de mediados del XX? ¿No avanza América Latina en eliminar la pobreza?…

Perseguidos, tachados de locos, de subversivos, encarcelados… Persistieron y han conseguido lo que soñaron o abrieron el camino. Aunque fuera utópico.

Sí se pueden cambiar las cosas. No me digan que no es posible frenar a la dictadura financiera y construir otro mundo decente y justo. Porque sí se puede.

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Sembrar en el desierto

Stephane Hessel escribió el manifiesto “¡Indignaos!” a finales de 2010 y, en 2011, la indignación se concretó en acampadas en las plazas de más de setenta capitales españolas, que se extendieron a Europa y otras regiones. Nacía el movimiento de “indignados”, el 15 M. Porque, como ha escrito Ovejero Lucas, “los ciudadanos hemos visto violados acuerdos fundamentales; empresas y hogares se han encontrado con fuentes de financiación cerradas; los trabajadores con peores condiciones laborales, y el Estado de derechos sociales, desmantelado”. ¿Qué hacer? Josep Ramoneda recuerda un graffiti que decía: “Indignarse no es suficiente” y una pancarta que aseguraba que “la indiferencia es un arma de destrucción masiva”. La indiferencia no va a ninguna parte, continúa Ramoneda, y la indignación cambiará las cosas si se hace política, cabe añadir. Hacer política que nada tiene que ver con la partitocracia de formaciones que gobiernan o esperan hacerlo; ellos han roto la baraja y vaciado la democracia. Nosotros hemos de hacer política para recuperar al democracia

Hacer política no es entrar en el juego de esos partidos. Hacer política también es poner en la picota el actual sistema formal, opaco, distorsionado, cada vez menos democrático. Pero hacer política. Otra política. Sin “buenismos” ni ingenuidad.

Como propone José Luis Sampedro, hacer política empezando por tomar conciencia del desastre actual, no tolerarlo y esgrimir siempre nuestros derechos. Sin ira, organizados, por todos los medios. Y proclamar que ciudadanas y ciudadanos somos los depositarios del poder político, que la soberanía reside en el pueblo y de el surgen los poderes del Estado. No al revés.

Además, dudar de toda explicación que venga del poder político y económico actuales, porque mienten cuanto respiran. Y, por tanto, es necesario informarse en diversos medios, recurrir a la Red, contrastar y comprobar la fiabilidad de fuentes y medios. Las web de grandes ONG (Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras, Greenpeace, Oxfam, Solidarios para el Desarrollo…), por ejemplo, son fuentes fiables y buenas referencias para establecer la credibilidad de otros medios. Webs y blogs de asociaciones vecinales, entidades ciudadanas, de trabajadores y solidarias suelen aportar información fiable.

Difundir información veraz sobre lo que nos afecta, explicar las causas de los problemas y señalar responsables. Y enfrentarnos a la falsedad, la manipulación y el engaño, proclamando las cosas como son. No discutir, sólo explicar lo que es verdad: que no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que no tiene que haber recortes para remontar la economía (más bien lo contrario), que es un embuste que lo privado sea mejor que lo público, que es falso que una reforma laboral que viola derechos cree empleo… Siempre contra la mentira, en cualquier escenario.

Conseguir buena información y difundirla es un primer paso para hacer política. Organizarse, movilizar con talento, y a renglón seguido, elaborar y proponer otras salidas, otras medidas para hacer posible otro país, otra sociedad. Y empezar a conseguir algún poder, desde los barrios… hasta donde se pueda.

¿Utopía? Moncef Marzouki, médico y opositor tunecino, dice a ese respecto: “Vengo del desierto y vi a mi abuelo sembrar en él. Siembras en tierra árida y esperas. No sé si has visto el desierto tras la lluvia: es un vergel. Un día, marchas sobre tierra quemada, pero luego llueve y te preguntas cómo ha ocurrido para que nazcan tantas flores, tanto verdor. Porque las semillas estaban ahí. Hay que sembrar incluso en el desierto. Siembro y, si mañana llueve, bien, y, si no, los granos están ahí. Para cuando llueva”.

No es poesía, aunque lo parezca. No es ingenuidad. Es un camino. Y a menudo la poesía es lo mas real.

Como real es que el Banco Central Europeo, por ejemplo, desde diciembre haya dado un billón de euros a interés de risa a la banca europea para que especule con la deuda de los estados, mientras crecen paro y pobreza pero no cede la austeridad. Nazaret Castro diagnostica que “en España, en Europa, nos la jugamos ahora. Es el asalto final del neoliberalismo. Nosotros decidimos si vale la pena luchar”. Y, como ha escrito Daniel Ellsberg, “si miras la Historia, hubo momentos en los que parecía imposible que se aboliera la esclavitud o se reconocieran derechos a las mujeres. Pero las cosas cambian. Cambian si la gente las cambia. Nunca cambian solas”.

A los diez meses de que surgiera, el 15 M es el principio de una ardua y larga lucha para acabar con la degradación de la democracia y con la tiranía financiera y sus devastadoras consecuencias. Haciendo política. Es lo que toca.

Somos mayoría absoluta y los dueños de la soberanía

Al mismo tiempo que las revueltas árabes, en el estado de Wisconsin, Estados Unidos, crece un movimiento sindical y ciudadano de protesta. El gobernador republicano, Scott Walker, pretendía eliminar el derecho de negociación colectiva de los trabajadores públicos: sólo mejoras salariales y encima con el límite de la inflación estatal. Los trabajadores públicos ocuparon el Congreso de Wisconsin para evitar la aprobación de la ley y los sindicatos convocaron a manifestaciones solidarias en varias ciudades, que congregaron a decenas de miles de ciudadanos. Un sondeo de The New York Times indica que el 60% de la población del país apoya a los trabajadores públicos. Algo se mueve.

El veterano progresista Ralph Nader cree que la próxima rebelión ciudadana podría ser en Estados Unidos. La protesta de Wisconsin es mucho más que una reclamación sindical. Es defender la libertad y justicia logradas por los trabajadores contra la reaccionaria pretensión de desmontar el estado de derecho y bienestar. Da igual que aduzcan combatir el déficit. Es un pretexto soez. Lo de Wisconsin es un ataque en toda regla contra los derechos de los trabajadores y los ciudadanos por parte del conglomerado financiero y corporativo empresarial, que tiene en el partido Republicano estadounidense al mejor defensor de sus intereses. Ataque que intentarán propagar por todos los Estados Unidos, mutilando gravemente el sistema democrático.

Jeffrey Sommers, profesor de Stockholm School of Economics, cree que “este movimiento es diferente, no tiene portavoces; la gente se organizó, tomó decisiones, actuó y sus acciones dieron resultado. A estudiantes, profesores y otros empleados públicos se unieron policías y bomberos. Los policías ofrecieron café a los manifestantes encerrados en el Capitolio”. Acaso esta vez sea diferente; sí.

¿Y la vieja Europa? Bien, gracias. Como si no pasara nada, salvo…

Conocemos la respuesta ciudadana de Islandia. El gobierno neoliberal dimitió acorralado por las protestas ciudadanas, que forzaron un referéndum sobre el pago de la deuda de los bancos, y más del 90% de ciudadanos decidió que no habría dinero público para la banca. Ignacio Escolar ha escrito al respecto que “los islandeses se negaron a socializar pérdidas y dejaron que la banca quebrase. Islandia ahora crece y el año que viene su presupuesto público tendrá superávit: su situación económica es bastante mejor que la de países como Grecia o Irlanda”.

En Grecia, muchos ciudadanos se niegan a pagar peajes, tasas hospitalarias y billetes de transporte público que, por cierto, han aumentado un 40%. Cunde la desobediencia civil económica.

En Francia, la creciente desigualdad propicia una irritación social que aumenta. Una desigualdad que ocasiona que un tercio de franceses vivan peor que el año pasado y no puedan pagar la calefacción este invierno. Una encuesta de L’Humanité Dimanche indicó que más de la mitad de franceses desea una revuelta popular, aunque el mismo porcentaje cree que hoy no son capaces de hacerla. Pero Rafael Poch ha señalado con lucidez que “la actual aparente indiferencia y quietud europeas pueden transformarse en grandes turbulencias, si no se cambia la actual política. La política de austeridad, los recortes sociales, el aumento del paro y la subida de la factura de la luz aumentan la sensación de estafa”. Y el Nobel de economía Stiglitz recuerda que “el neoliberalismo es una doctrina política, nunca respaldada por la teoría económica ni por la experiencia histórica, que sirve a determinados intereses”.

Porque la política neoliberal (hoy enarbolada contra el déficit) no es más que “una verdadera revolución de los ricos contra los pobres, de los mercados contra la soberanía cívica”, como ha escrito Luis García Montero. Sin olvidar, como desvela Daniel Raventòs, que “los ‘mercados’ son falaz eufemismo para designar a las grandes empresas transnacionales, los grandes grupos bancarios y los grandes especuladores”. Es decir, grandes delincuentes de guante blanco, si no se hubieran derogado las normas económicas y penales anteriores a la contra reforma neoliberal iniciada a finales de los ochenta.

En última instancia, tanto en Estados Unidos como en Europa, es urgente interiorizar la propuesta del Nobel de la Paz, Sam Daley-Harris: “Dejar de pensar que no hay soluciones, que no importa lo que hagamos o que la solución no depende de nosotros. Y dejar de actuar en solitario”. En África del Norte lo han tenido en cuenta y les va bien.

A fin de cuentas, trabajadores y trabajadoras, ciudadanos y ciudadanas, somos mayoría absoluta en el mundo. Y dueños del poder político y de la soberanía.

La corrupción de la democracia

Ignacio Ramonet denuncia que Eric Woerth, ministro de trabajo de Sarkozy sospechoso de corrupción, es quien pilota la reforma francesa de las pensiones que empobrecerá a millones de asalariados. Actuación neoliberal y posible corrupción. No es casual.

En España no cesa la corrupción, sobre todo urbanística. Los presuntos corruptos son militantes destacados y dirigentes del Partido Popular (los neoliberales españoles), no exclusivamente pero sí mayoritariamente. En Italia, según su Tribunal de Cuentas, las actividades corruptas en el Estado crecieron un 150% en 2009. Y su muy neoliberal primer ministro no está en prisión porque su mayoría parlamentaria hizo aprobar leyes que le han dado inmunidad e impunidad. Y en el mundo, aumentan la manipulación de contratos públicos, malversación de fondos, fraude fiscal, blanqueo de dinero criminal… Los neoliberales propugnan que no haya reglas para el capital (en aras del crecimiento, dicen), pero sin reglas ni control florecen corrupción y fraude. Hoy ya sabemos que la corrupción es un pilar del capitalismo neoliberal.

En los últimos veinticinco años, la producción de bienes y servicios ha sido sustituida por una economía especulativa. Este capitalismo de casino ha enriquecido obscenamente a una minoría, creando al mismo tiempo cotas de pobreza y desigualdad nunca vistas. Capitalismo financiero, especulativo y corrompido, no lejano de la economía criminal organizada, que crea un mundo corrupto donde proliferan negocios sucios, recalificaciones urbanísticas delictivas e implacable especulación financiera con demoledoras consecuencias para millones de personas…

El neoliberalismo ha enquistado la corrupción y secuestrado la democracia. Una corrupción que prostituye la acción política, como ya ha pervertido la economía, y contamina los valores democráticos.

José Vidal-Beneyto en su libro póstumo sobre la corrupción de la democracia asegura que si “la principales fuerzas políticas se ponen de acuerdo para timar a los ciudadanos se desacredita la democracia”. Que es lo que ocurre en nuestros días.Y cuando la democracia se desacredita, los ciudadanos dan la espalda a la política, crece la abstención electoral y crece electoralmente la derecha más peligrosa. Está sucediendo y no es broma. No olvidemos que Hitler fue el más votado en las elecciones de Alemania en 1932 con un 37% de sufragios.Y luego pasó lo que pasó.

La corrupción no atajada es la muerte de la democracia.

Por otra parte, la imposición del dogma económico neoliberal con sus fusiones empresariales, desregulaciones financieras, privatizaciones y deslocalizaciones de empresas ha generado la crisis e instalado un desempleo incesante e insoluble. La fusión de Iberia y British Airways, por ejemplo, supone miles de despidos, mientras directivos y ejecutivos de ambas empresas se aumentan el sueldo un 56%.

Los asalariados, trabajadores autónomos y pequeñas empresas se han vuelto más vulnerables. La inseguridad presente y la incertidumbre ante el futuro generan miedo y, como recuerda Vidal-Beneyto, empuja a la ciudadanía a olvidarse de la acción colectiva y a refugiarse en contravalores perversos o que pueden serlo como la seguridad ante todo o la identidad patriótica, religiosa o de grupo.

La corrupción ha alcanzado también a los medios de comunicación. Propiedad de los nuevos amos del mundo, en ajustado término de Ramonet, ocultan o maquillan los problemas y a sus responsables, falsean la realidad y entierran la opinión pública con la colaboración imprescindible de periodistas serviles, políticos arrodillados y pensadores mercenarios muy bien remunerados, por cierto. La información, a la que la ciudadanía tiene derecho, ha sido sustituida por la banalidad, la manipulación y la persuasión. Y periodistas y analistas críticos son ignorados y marginados por los grandes medios.

El resultado es una demagogia instalada, la ciudadanía de espaldas a la política, la disolución de la ética democrática y el aumento de la abstención. Uno puede querer pasar de la política, pero la política nunca pasa de uno; sobre todo cuando está en manos de servidores del dogma neoliberal.

Hemos de recuperar la democracia que la minoría privilegiada neoliberal y sus sirvientes han secuestrado. Y hay que hacerlo defendiendo los valores democráticos. Contra el individualismo feroz, contra la negación de lo público, contra el enriquecimiento como objetivo prioritario. Contra toda esa basura hay que recuperar la decencia ética, la solidaridad, la acción colectiva y el altruismo.

No hay democracia por votar cada varios años. La democracia es, ante todo, un proyecto ético de valores sociales y morales que hacen legítimo el ejercicio del poder por los representantes de la ciudadanía.

Es preciso recuperar la democracia antes de que la minoría rica la corrompa del todo.

Ética y política

Un viejo dicho latino, probablemente apócrifo, sentencia que ‘la mujer del César no sólo tiene que ser honrada sino que ha de aparecer como honrada’. Viene a cuento de la exigencia de ética en la política.

Personas que han estado en la política activa, como Eduardo Zaplana (Partido Popular) o David Tanguas (PSOE) se pasan con armas y bagajes a la empresa privada. Hasta aquí, nada qué decir. El tufo empieza cuando se sabe que al señor Zaplana lo ha contratado Telefónica como delegado suyo en Europa por unos honorarios anuales que rondan el millón de euros. No sabemos cuanto paga al señor Tanguas, hasta hace cuatro días jefe de la oficina económica del presidente del gobierno, la más poderosa asociación de empresas constructoras e inmobiliarias que lo ha contratado, pero nos tememos sea de ese estilo.

¿Qué espera Telefónica de Zaplana que ni siquiera habla ingles ni francés con suficiente soltura? A quien esto escribe tal contrato le parece sorprendente. En cuanto a lo que aspira el grupo de presión inmobiliario que ha contratado los servicios de Tanguas, podemos imaginar que sacar tajada de la influencia que ese caballerete ha acumulado en departamentos y entresijos gubernamentales desde la oficina económica presidencial que dirigía.

No se confundan, estos dos casos son la muestra, pero hay más.

Ya es como nueva tradición que quienes han ganado un sueldo como representantes políticos de los ciudadanos (o contratados por esos representantes) pasen a la empresa privada con una calificación profesional que casi nunca han tenido antes y con unos sueldos que ni hubieran soñado antes de su paso por la política. Algo que genera sospechas y nos permite parafrasear a Hamlet recordando que algo huele podrido, no precisamente en Dinamarca, sino en este país. Un caso ejemplar de retirada de la política, de los trabajos como representante de los ciudadanos, fue el de Gerardo Iglesias que, cuando abandonó su escaño de diputado de Izquierda Unida, volvió a la mina, aunque se retiró por una lesión de espalda y hoy creo es administrador de una modesta ong. Y que conste que no me caía demasiado bien.

El paso por la política profesional genera ventajas y privilegios y es admisible que, hasta cierto punto, beneficie a quien ha trabajado como político profesional, pues ha adquirido capacidades y conocimientos nuevos. Pero no hasta ese extremo.

Seamos sinceros: nadie hace nada que le haga merecer un millón de euros anuales, sobre todo en un país en el que un tercio o más de la población asalariada apenas llega a los 12.000 euros anuales. Salvo que no sea trabajo sino otra cosa. Cuando se pagan esos sueldos más abultados gastos de representación (bonito eufemismo), no se paga por un trabajo o una capacidad profesional sino por la influencia y capacidad de condicionar o determinar decisiones políticas. Y eso huele mal. De hecho es antidemocrático e incluso puede llegar a ser delito.

Entonces, ¿por qué la inmensa mayoría de ciudadanos han de aceptar que unos cuantos se lucren hasta la indecencia no por sus méritos sino por las ventajas y provechos del mandato que ellos delegaron en esos tipos?

Este país necesita una ley férrea de incompatibilidades para evitar cualquier tipo de corrupción. Y ante la falsa cuestión de que si no hay beneficio personal material no habrá nadie que se dedique a la cosa pública, les recordaré que este es uno de los países con más voluntarios en organizaciones sociales, solidarias y defensoras de derechos. Y voluntario es quien hace algo por convicción, por solidaridad con la gente o motivos parecidos, pero no dinero. Lo que significa que hay mucha gente en este país con espíritu decente y generoso. Ergo, falta un ley de acero de incompatibilidades.

¡Pobre Italia!

La democracia no es un sistema perfecto, por supuesto. No lo es, porque no asegura que los ciudadanos decidan lo mejor, lo más justo ni lo más necesario. Como ha sucedido en Italia.

Berlusconi, el segundo hombre más rico del país, quien controla gran parte de medios informativos de ahí, ha sido elegido para presidir el gobierno, aliado con los fascistizantes de la Liga Norte y los sucesores o herederos del fascismo mussoliniano (convenientemente maquillados y puestos al día).

Berlusconi (que ha caído en el ridículo de hacerse numerosos retoques quirúrgicos cual si de una decadente estrella de Hollywood a la que horroriza envejecer se tratara) ha comentado sobre el nuevo gobierno de España, nada más saber que él deberá formar gobierno también, que “Zapatero ha hecho un Gobierno demasiado rosa que nosotros no podemos hacer, porque en Italia hay prevalencia de hombres”. Tanta estupidez me ha recordado el chiste de aquel mexicano y otro que discuten sobre sus respetivos países. El mexicano dice. ¡En mi país todos somos muy, pero que muy machos! Y el otro contesta, en el mío somos mitad y mitad y lo pasamos la mar de bien.

No sé que es peor, el torpe y elemental machismo del nuevo primer ministro italiano o que cuando gobernó entre 2001 y 2006 se dedicó sobre todo a legislar para evitar ir a la cárcel (por sus oscuros manejos financieros y otras maniobras sospechosas), a modificar la ley en provecho propio y de sus amigos o a intentar fabricar una legislación electoral que le permitiera eternizarse en el poder.

Ahora que vuelve a ser primer ministro, el siempre sospechoso Berlusconi ha confesado de inmediato que una de las primeras cosas que hará será “cerrar las fronteras y establecer campos para identificar a los ciudadanos extranjeros que no tengan empleo”. Y más policías, muchos más policías.

¡Qué mal huele! ¡Qué miedo!

Nada que objetar al resultado electoral, por supuesto; sólo lamentar que tantos millones de italianos asalariados, gentes que poco tienen (para empezar escaso horizonte o futuro), hayan votado una opción política tan peligrosa y claramente contraria a sus intereses.

Ahora nos aburrirán en radios televisiones y diarios los gurús, voceros, ‘expertos’ y tertulianos, estómagos agradecidos bien remunerados, demostrando la cuadratura del círculo. Como si la política fuera una liga de fútbol en la que es indiferente a quien se vote, porque es cuestión de emociones (como en el fútbol) o, como dicen los necios y desinformados, “todos son iguales”. Tal vez. Pero recuerdo un aforismo de un humorista catalán ya fallecido, Jaume Perich: “todos los hombres son iguales, pero unos son más iguales que otros”. Si nos referimos a representantes políticos (que es lo que son en democracia los ‘políticos’ y no los dueños del cortijo), Veltroni, quien ha perdido claramente frente a Berlusconi, no es una perita en dulce, desde luego pero como nos insinuaba el humorista, hay malos, hay peores y también existe el mal menor.

¡Pobre Italia!