Breve balance de una lucha de clases que perdemos por ahora

Los resultados de las elecciones generales en España son prueba de la afirmación del tirular. Elecciones sin mayorías absolutas. Izquierda y derecha ocupan el Congreso a partes casi iguales, pero, con la que está cayendo, la izquierda debía haber arrasado. Pero no. Los nuevos partidos llamados emergentes (uno de izquierda moderada y otro de derecha pura aunque se vista de centro) obtienen diputados y los resultados no permiten pactos fáciles. En la izquierda, no, porque el PSOE, por ejemplo, reaviva su lado más españolista. No pactará con Podemos si mantiene su voluntad de convocar un referéndum en Cataluña para que su ciudadanía diga cual quiere sea su encaje con España.

El gran argumento del PSOE es que no aceptan nada contra la unidad de España. Como si una consulta al pueblo no fuera un ejercicio de democracia. Por cierto, eso de ‘unidad de España’, lo utilizó y repitió hasta la saciedad uno de los grandes genocidas europeos: el dictador Franco.

Los resultados electorales muestran también que el régimen del 78 (monarquía restaurada con formas democráticas) es una falacia. Se inventó para que nada cambiara en España. En parte con una ley electoral tramposa, injusta y poco democrática, que da nueve diputados a un partido con 600.000 votos y dos a otro con casi un millón.

Un diseño electoral para que las clases ricas formadas durante la dictadura franquista, que se sumaron a los aristócratas y terratenientes de siempre, controlaran la economía patria. Burguesía terrateniente, inmobiliaria, algo industrial y financiera que hoy se agrupa en el Ibex 35, las mayores empresas y corporaciones del Reino. Bloque capitalista que subió con entusiasmo al carro de la llamada crisis. Crisis que fue insensatez, timo y robo con premeditación y alevosía, y finalmente saqueo del pueblo trabajador. Aquí, en EEUU, resto de Europa y la Conchinchina. Puse lo cierto y comprobado es que el capital no tiene otra patria que sus ganancias, que siempre han de ser más.

Obsesionado por pillar más beneficios (que se resistían por sobre producción y otras cuestiones), en la primera década del siglo XXI el capital decide prestar a todo quisque para comprar viviendas. Beneficio por venta inmobiliaria… y beneficio por especular con las deudas para adquirir casas. Fueron las hipotecas sub prime, auténticas hipotecas basura. Préstamos hipotecarios sin la menor garantía de solvencia. Préstamos que jamás serían devueltos y cuyos intereses dejarían de abonarse al poco tiempo.

Esas hipotecas se ocultaron en títulos con otros productos financieros. Pero, como eran incobrables, los títulos devinieron activos tóxicos. Basura financiera que jamás daría beneficio ni se recuperaría el capital prestado. Los balances financieros se fueron al garete y se desató el pánico. Cundió el terror en las cúpulas bancarias, pero, tras breve tiempo de atrición y propósito de enmienda (hablaron de ‘refundar’ el capitalismo), pensaron que la ocasión la pintaban calva. Además de mendigar ayudas billonarias al Estado (para tapar pérdidas y agujeros y continuar ganando obscenamente), podían utilizar la crisis para que todo volviera a su estado ‘natural’. Fin del capitalismo ‘de rostro humano’ tras la II Guerra Mundial, fin del estado de bienestar y recuperar todo el poder. Además, ya no existía la URSS y nadie contrario al capital daba miedo. Beneficios y más beneficios… Y reducir la democracia a decorado y liturgia, porque, cuando es de verdad, se convierte en incordio.

Hablando de la crisis, lo explicó con nitidez el especulador Warren Buffet (uno de los cinco hombres más ricos del mundo) a The Wall Street Journal: “Sí, es lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que va ganando”. Y, para mostrar como ganan los ricos, Isabel Ortiz y Matthew Cummins investigaron lo que los poderosos han impuesto a la mayoría de población urbi et orbe con la excusa de afrontar la crisis. Austeridad, sí o sí. Que en román paladino es transferencia obscena a la minoría rica de las rentas y costes de satisfacer derechos de las clases trabajadoras. Recuerden a Grecia. O España.

En Revisión del Gasto Público y Medidas de Ajuste ambos investigadores documentan las consecuencias de esa política en 181 países del mundo. Se han rebajado los salarios en 97 países. Se han reducido o eliminado las ayudas a desempleados (y a los más pobres) en 100 países. En 94 estados han aumentado los impuestos indirectos al consumo (pagan igual pobres que ricos). Se han rebajado las pensiones en 86 países y se han recortado servicios y prestaciones de sistemas de salud también en 86. Se ha reducido la protección social en 80 países. El despido es más fácil, barato o gratuito en 40 países… Y sigue.

Más allá del sufrimiento, dolor y angustia que esas medidas han provocado y provocan, no han creado empleo aceptable (como no hicieron nunca) ni han recuperado una actividad económica decente. Y, por supuesto, no han mejorado un ápice la vida de la gente. Todo ha empeorado y crecen desigualdad y pobreza.

Pero el problema no acaba ahí. La guerra de los ricos contra la población sigue y hay que saber qué se cuece, qué nos preparan. Por ejemplo, una Unión Europea al acecho quiere más vueltas de tuerca en reforma laboral, pensiones y recortes presupuestarios. Para reducir el déficit, dicen, pero en verdad a mayor beneficio de las élites.

Son tiempos de desobediencia, son tiempos de resistencia.

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Solo ganando elecciones no se cambian las cosas

En el Reino de España este último trimestre de 2015 será campaña electoral permanente, porque el 20 de diciembre habrá elecciones generales. Cargadas de interrogantes, por cierto. Al respecto he leído en algún lugar de Internet que en este país las encuestas detectan la recuperación del bipartidismo ante nuevas elecciones, luego llegan las elecciones y… el bipartidismo se hunde. Los resultados de las últimas elecciones europeas y los de las recientes municipales y autonómicas parecerían abonar esa convicción. Pero la situación no es tan optimista ni maravillosa como se sueña. El fin del bipartidismo no está tan cerca.

Aún con la máxima desconfianza hacia los sondeos electorales que se suelen hacer, algo hay que tenerlos en cuenta. Personalmente me interesan las tendencias que muestran, más que los porcentajes concretos y, en esa línea, la previsión de que el Partido Popular obtenga de 130 a 140 diputados según las últimas encuetas es muy preocupante. Es cierto que en las pasadas elecciones generales  el PP logró 187 escaños, pero 130 diputados continúan siendo demasiados para un partido que ha destrozado el país, ha mentido, ha faltado el respeto sistematicamente al pueblo trabajador  y ha propiciado el aumento de la precariedad, la desigualdad y la pobreza hasta unos extremos impensables.

Por su parte el PSOE, que empezó las reformas laborales que han provocado un mar de perecariedad y de trabajadores con empleo pero pobres, además de reformar la Constitución en pleno agosto para que fuera prioritario pagar los intereses de la deuda pública a los acreedores en las cuentas públicas españolas, conseguiría de 110 a 120 escaños según los sondeos.

En tanto PP y PSOE no bajen ostensiblemente del centenar de escaños es prematuro hablar del fin del bipartidismo. Otra cosa es que el próximo Congreso de los Diputados sea una cámara políticamente inestable en la que sea difícil armar mayorías absolutas para gobernar. Y eso es bueno para quienes quieren cambiar las cosas en el país, pero no es saludable soñar con la victoria de un bloque de izquierdas de unidad popular que ni siquiera se ha constituido. La primera condición pera cambiar las cosas es ser conscientes de dónde y cómo estamos.

Las elecciones europeas de 2014 sí mostraron el indiscutible inicio de la crisis del régimen monárquico bipartidista del 78. Pero fue el inicio de una crisis, no la liquidación. Hay que ser conscientes de que acabar con el bipartidismo no es tarea fácil. Al sistema capitalista en general y al neoliberal austericida en concreto les va de perlas el bipartidismo y por eso hay bipartidismo en muchos países. Pero el adversario a derrotar no es exactamente el bipartidismo, que ha sido el medio, la herramienta.

En el Reino de España lo que hay que sustituir de abajo a arriba es el régimen monárquico del 78 que, con larga cambiada, nos enjaretó el tocomocho de la transición modélica a la democracia. Y treinta y pico años después comprobamos que buena parte es espejismo, truco de ilusionista o mañas de prestidigitador. Como explica el constitucionalista Pérez Royo, “lo que se restauró en 1978 no fue la democracia con forma monárquica  parlamentaria. Lo que se restauró fue la monarquía con formas parlamentarias”. Que no es lo mismo. Por eso esta democracia cojea. Y mucho.

Dice también Pérez Royo que, puesto que el objetivo real era la restauración monárquica, se diseñó a su servicio y mayor gloria una democracia blanda sin riesgos. Lo que se comprueba en la “continuidad en las constituciones de 1845, 1876 y 1978, vigentes durante casi toda la historia constitucional de España, presididas las tres por la desconfianza hacia el protagonismo de la ciudadanía”.

Los hechos muestran que centrarse solo en la política electoral no basta, como parecen hacer algunos adanistas recién llegados a la acción política. Por importantes que sean las elecciones, no habrá verdadera victoria política que permita cambiar las cosas y construir una democracia de verdad en tanto no se logre la victoria cultural que indica Gramsci.

Porque no estamos cerca de esa victoria cultural, porque no hay convicción democrática mayoritaria en todas las mentes ni mayoría absoluta de los valores democráticos y republicanos en la conciencia de la gente, los protagonistas del bipartidismo se recuperan electoralmente. Lentamente, pero se recuperan hasta ser preocupante. Y la gran esperanza que parecía Podemos parece haberse estancado en un techo del 14% de votos. Y con el 14% de votos no se cambia un país. Un país con tres cuartas partes de clase trabajadora en el que una nutrida mayoría de esa clase se considera clase media tiene los valores de quienes los explotan y saquean. Y así hay bipartidismo para rato.

Pero, ¿acaso no indica el fin del bipartidismo el triunfo de la candidaturas municipales unitarias en capitales de provincias e incluso en alguna autonomía? No ha sido el fin del bipartidismo sino la apertura de una crisis. Aparte de que hay que ahondar mucho más en la unidad popular que no puede ser sólo electoral. En Madrid, por ejemplo, la victoria de la candidatura Ahora Madrid fue posible en gran medida por un trabajo tenaz de aterrizaje en los barrios de trabajadores para explicarse y escuchar a los vecinos, a la gente. Para reducir la habitual abstención de los barrios obreros, porque la abstención en los distritos de clase trabajadora ha propiciado no pocos triunfos de la derecha.

Hace unos años se extendió la expresión “paso de política” que concretaba lo que los analistas cursis y editorialistas poco rigurosos denominan ‘desafección de la política’.  Y abundó la gente que decía pasar de la política, ingenuos y desconocedores de que la política nunca pasa de ellos.

La cruda realidad es que para cambiar las cosas no basta con ganar elecciones. Disculpen la obviedad, pero para cambiar las cosas hay que construir poder popular y organizar la movilización ciudadana para, en el caso del Reino de España, oponerse al régimen monárquico neoliberal y ofrecer una alternativa sólida. Pues sólo con poder social un gobierno de unidad popular podrá poner a las personas y sus derechos por encima de todo.

El camino del cambio verdadero es largo y la primera condición para trabajar por el cambio es saber que ese camino es prolongado y lento.

Elecciones y cambio político

En el Reino de España habrá en 2015 elecciones municipales, regionales y generales. En las encuestas de intención de voto, la nueva formación política Podemos se afianza como una de las que serían más votadas y, últimamente, la más votada. Si se suma que el partido griego Siryza aparece como vencedor de las próximas elecciones griegas, algunos analistas ya predicen un panorama de cambio en Grecia y España y tal vez en Europa después.

Sin embargo, como afirma el diputado de Izquierda Unida Alberto Garzón, “pretender transformar la sociedad solo por unas elecciones, no es ilusión, es ilusionismo“. Aserto que completa la reflexión de Juan Torres de que “es necesario obtener buenos resultados en las elecciones, que no pueden ser un fin en sí mismo, pues solo estar en las instituciones puede ser ineficaz y frustrante si no hay un poder popular de la gente organizada desde abajo en constante movilización”.

La mayoría ciudadana, especialmente la clase trabajadora, ha de tener muy presente que un cambio real no se logra solo con un buen resultado electoral. Porque cambiar significa acabar con los desmanes e injusticias institucionalizados por la acción gubernamental durante años. Porque esas acciones u omisiones gubernamentales han convertido pobreza, desigualdad y recorte de libertades en elementos centrales de la situación económica, social y política del país.

Cambiar la política, la economía, el país, es ardua tarea que no se resuelve solo con mayoría parlamentaria, aunque ésta sea imprescindible. Porque no se trata de gobernar como siempre, pero mejor que PP y PSOE (que no es tan difícil), sino de terminar con el régimen monárquico bipartidista. Y hay que hacerlo desaparecer porque, como ha reiterado Pérez Royo, ese régimen del 78 no es una restauración de la democracia, como se proclama, sino una restauración de la monarquía con formas democráticas, que no es lo mismo. Hay que conseguir democracia de verdad, no solo formas democráticas. Y para lograrlo, además de mayoría parlamentaria, es imprescindible la movilización masiva de conciencias. Pero esa conciencia crítica colectiva no se logra por ganar elecciones. Se ganan elecciones si ha habido una movilización masiva de conciencias. Gramsci tenía razón al escribir que “la conquista del poder cultural es previa a la del poder político”. Poder cultural que es la hegemonía de la libertad, justicia, solidaridad y cooperación para que los derechos de la inmensa mayoría sean prioritarios. Pero para que primen los derechos de la inmensa mayoría es preciso un cambio profundo, una revolución democrática. Es establecer una democracia de verdad y no autoritarismo maquillado de formas democráticas; libertad de expresión con verdadero derecho a la información y no mayoría silenciada; servicios públicos en vez de salud, educación y pensiones como mercancía; economía productiva al servicio de la mayoría y no especulativa para las élites… y, muy especialmente, participación ciudadana. Porque democracia es más, mucho más, que votar cada cuatro años.

Alexis Charititsis de Syritza concreta por donde ha de caminar una democracia que necesariamente ha de ser participativa para ser democracia real. Es necesario un sistema con derecho de revocación, consultas públicas, referendos, auditorías civicas, consejos de trabajadores, comisiones ciudadanas… Porque hay que cambiar las reglas de juego. Otras reglas que no son reformar y parchear la actual Constitución (como quiere el PSOE, por ejemplo), sino redactar otra Constitución de abajo hacia arriba como reivindican los movimientos ciudadanos, sociales y la izquierda que merece tal nombre. Una Constitución que dé verdadero poder a la ciudadanía, que garantice la justicia social, que recupere libertades y las afiance. Y también que resuelva cuestiones pendientes, como el inaceptable trato de favor a la iglesia católica o investigar los crímenes del franquismo, procesar a los culpables y ofrecer reparación a las víctimas de la dictadura.

Parece difícil, pero se puede y hay esperanza. Como decía Nelson Mandela, siempre parece imposible hasta que se logra. Y él tenía experiencia en lograr lo que parecía inalcanzable.

El filósofo John Locke escribió que “cuando un gobierno usurpa las libertades, se corrompe o conduce la sociedad de modo distinto al que ha prometido, la resistencia y la desobediencia ciudadanas están plenamente justificadas”. Con la ciudadanía resistente, movilizada y organizada, además de ganar las elecciones, se pueden cambiar las cosas.

La abdicación de Juan Carlos I, una renuncia para intentar salvar los muebles.

El presidente del gobierno y el rey anunciaron sucesivamente, el martes 2 de junio por la mañana, que Juan Carlos I abdica en su hijo Felipe.

Decisión sin duda parte de un plan para intentar recuperar la lozanía del régimen monárquico bipartidista del 78. Pero también síntoma del inicio del fin del mismo. Si la ciudadanía se pone las pilas, se organiza mejor y va en la misma dirección, claro.

Ese plan existe, impulsado especialmente por los poderes económicos y financieros del país (el verdadero poder) para revivir y fortalecer el régimen. De ese plan forma parte un gobierno de coalición de PP y PSOE del que se habla mucho en los mentideros de Madrid y que Felipe González pidió explícitamente hace unos días. ¿Por qué ahora? Porque están asustados o, cuanto menos, muy preocupados porque se les acumulan los problemas.

A la cuestión de Cataluña se suma que los vascos ahora también harán una cadena humana a lo largo de su país para reivindicar el derecho a decidir y, por los indicios, tiene pinta de que será tan masiva como lo fue la catalana. Y eso unos centralistas, demócratas a la violeta, como quienes sostienen este régimen, no lo pueden aceptar. Por no hablar de que la Comisión Europea y el FMI insisten en reclamar ‘más ‘reformas’. Y, sabido es, que las dichas ‘reformas’ significan violar derechos, perjudicar a la ciudadanía, que bastante perjudicada está. Y al gobierno no le apetece enfrentarse a una ciudadanía cada vez más cabreada, más resistente.

Pero lo que les ha alarmado más es que se han pegado un morrón electoral considerable, tanto PSOE como PP, en las europeas. Y la izquierda, que está contra este régimen, ha aumentado notablemente sus votos. Más la aparición de un fenómeno social y político que preocupa mucho a la clase política y a la clase dominante: Podemos. Un jovencísimo partido que en solo cuatro meses y sin apenas dinero ha logrado 1.250.000 votos.

Tal vez por eso, voceros oficiosos de grandes empresas y grandes fortunas han aceptado aparecer en la arena mediática para intervenir sin antifaz. En principio sobre la cuestión catalana, pidiendo diálogo entre los partidos del régimen bipartidista y los apoyos nacionalistas periféricos del mismo (CiU y PNV). Pero ¿ocho días después de las europeas Juan Carlos de Borbón abdica? ¿De verdad alguien cree que es coincidencia o casualidad? Hasta un monárquico confeso y militante, como el ex-director de ABC, José A. Zarzalejos, reconoce que la abdicación es ““un instrumento de saneamiento y continuidad de la institución monárquica”. Por supuesto que cabildeaban hace tiempo sobre la abdicación con el sueño de una segunda transición, pero los resultados electorales europeos han abierto la caja de los truenos.

Que todo es un decorado, una apariencia, una farsa, lo muestra el hecho (que publica El Confidencial) de que, en ese escenario, solo faltaba que Rajoy telefoneara a Rubalcaba, tras conocerse los resultados de las europeas, para pedirle que continuara al frente del PSOE. Según El Confidencial Digital, le dijo “te necesito, eres imprescindible para la estabilidad de España“. Sin comentarios.

Sin duda, durante las próximas semanas, los medios que apoyan el régimen bibartidista monárquico (que son los más potentes y la mayoría de los tradicionales, con especial entusiasmo de las televisiones) intentarán llenarnos  la cabeza con la bondad de la monarquía, monarquía o caos…  Disponen de hitos informativos que aprovecharán a fondo para endilgarnos la biografía edulcorada y teñida de aires épicos de Juan Carlos I, su (presunto) papel en salvar la democracia, la vida de Felipe…  Y luego, el trámite parlamentario para aprobar la ley orgánica que permita la coronación de Felipe VI. La ceremonia de asunción de la Jefatura del Estado… Todo para intentar recuperar la popularidad perdida.

La segunda parte de esta historia es que, ocho o nueve horas después del anuncio de la abdicación, se atestaron de ciudadanía la mayoría de plazas del país, exigiendo el fin de la monarquía y un referéndum por la III República. Convocados por Izquierda Unida, Podemos, Equo, Esquerra Republicana y múltiples colectivos sociales, Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao,Valencia, Zaragoza, Alicante, Burgos, Salamanca, Tarragona, Palma de Mallorca, Badajoz, Vigo, Granada, Girona, Santander, Murcia… pintaron sus plazas de rojo, amarillo y morado por una nueva República.

Tal vez estemos en el principio del fin del régimen bipartidista monárquico. No será fácil pero, como se proclamaba en las plazas del 15 M, podemos conseguirlo.