Dos años de ley Mordaza en España, el autoritarismo se cierne sobre Europa

La ley de seguridad ciudadana española, motejada ley Mordaza por la ciudadanía, de la que hace unos días se cumplieron dos años de vigencia, es clara muestra del autoritarismo que se cierne sobre la Unión Europea. Un autoritarismo propiciado por la crisis y porque la minoría que detenta el poder económico la necesita para imponer sus políticas de austeridad y desguazar la democracia por medio de tratados bilaterales y bribonadas semejantes para aumentar sus beneficios incesantemente. Un autoritarismo presente en más países de la Unión, no solo España, de modo preocupante en Hungría, Bulgaria y Polonia y con retrocesos democráticos alarmantes en Reino Unido o Francia. La lucha antiterrorista (denominada hoy antiyijadista) ha sido además en los últimos años pretexto para hacer recular los derechos humanos de la ciudadanía.

Un comunicado público de Jueces y Juezas por la Democracia, la Asociación Libre de Abogados y Abogadas, Greenpeace, SOS Racismo y la Federación de Sindicatos de Periodistas ha denunciado las graves consecuencias de esa ley para los derechos humanos de la gente. El comunicado acusa a la ley Mordaza de una buscada ambigüedad que deja a la ciudadanía indefensa ante la policía. Aún peor, al reducir las antaño faltas penales a infracciones administrativas, suprime la figura del juez como garante de derechos de la gente y son los agentes de policía, cual si fueran jueces, quienes tienen la potestad de determinar qué hechos son sancionables y multar por ello. En la práctica cotidiana, esa situación supone cercenar las libertades de expresión, manifestación y reunión.

Lo que en verdad ha sucedido en el Reino de España es que, al aplicarse los enormes grandes sociales exigidos por la Unión Europea para reducir el déficit público, la respuesta ciudadana ha sido movilizarse, organizarse y protestar llenando calles y plazas. El gobierno y las élites económicas se inquietaron y alarmaron ante el volumen e intensidad de esa protesta desde mediados de 2011 y se sacaron de la manga esa ley Mordaza para frenar las movilizaciones.

Con la ley Mordaza se han disparado las cuantiosas multas a ciudadanos pacíficos por cargos tan imprecisos e inconcretos como falta de respeto a la autoridad o desobediencia a la misma. ¿Quién determina si hay falta de respeto o desobediencia a la policía? La misma policía. Esa arbitrariedad propició el año pasado que la policía impusiera casi 20.000 multas por pretendidas faltas de respeto a agentes de los Cuerpos de Seguridad y 12.000 más por desobediencia a la autoridad.

La ley Mordaza sanciona, por vía administrativa (que en realidad no permite defensa) y las multas pueden llegar a ser de 600.000 euros. La Plataforma en Defensa de la Libertad de Información ha denunciado con datos del Ministerio del Interior que se han puesto más de 285.000 multas por las que han recaudado más de 130 millones de euros pagados la ciudadanía multada. Además, Amnistía Internacional ha denunciado documentádamente el uso excesivo de la fuerza por la policía española contra manifestantes pacíficos y que muchos de esos manifestantes han sido acosados, golpeados, detenidos y enfrentados a multas e incluso a cargos penales. Mimbres de un nuevo autoritarismo.

Que la ley Mordaza era innecesaria es convicción de las asociaciones de jueces y de fiscales, además de sindicatos policiales. También catedráticos de derecho Constitucional y de derecho Penal la consideran claramente innecesaria. Que España no necesitaba ninguna nueva ley de seguridad ciudadana lo demuestra que es uno de los países europeos con las tasas de delincuencia más bajas. Además de que en las más de 4.000 manifestaciones que hubo en Madrid en 2014 (el año antes de la ley Mordaza) apenas hubo diez incidentes que no fueron graves, según fuentes de la misma policía.

La llamada ley Mordaza es un ataque sistemático a las libertades políticas ciudadanas y recuerda mucho la nefasta Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuya aplicación supuso años de cárcel para muchos ciudadanos y ciudadanas pacíficos que reivindicaban su derechos.

La crisis económica y la imposición de austeridad más el indecente y manido recurso al terrorismo (real, pero que tiene otras respuestas) impulsan ese autoritarismo que se cierne sobre la Unión Europea y se infiltra solapado en los Estados.

De no frenar ese taimado autoritarismo que se extiende, la democracia puede llegar a ser solo un recuerdo.

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Elecciones y cambio político

En el Reino de España habrá en 2015 elecciones municipales, regionales y generales. En las encuestas de intención de voto, la nueva formación política Podemos se afianza como una de las que serían más votadas y, últimamente, la más votada. Si se suma que el partido griego Siryza aparece como vencedor de las próximas elecciones griegas, algunos analistas ya predicen un panorama de cambio en Grecia y España y tal vez en Europa después.

Sin embargo, como afirma el diputado de Izquierda Unida Alberto Garzón, “pretender transformar la sociedad solo por unas elecciones, no es ilusión, es ilusionismo“. Aserto que completa la reflexión de Juan Torres de que “es necesario obtener buenos resultados en las elecciones, que no pueden ser un fin en sí mismo, pues solo estar en las instituciones puede ser ineficaz y frustrante si no hay un poder popular de la gente organizada desde abajo en constante movilización”.

La mayoría ciudadana, especialmente la clase trabajadora, ha de tener muy presente que un cambio real no se logra solo con un buen resultado electoral. Porque cambiar significa acabar con los desmanes e injusticias institucionalizados por la acción gubernamental durante años. Porque esas acciones u omisiones gubernamentales han convertido pobreza, desigualdad y recorte de libertades en elementos centrales de la situación económica, social y política del país.

Cambiar la política, la economía, el país, es ardua tarea que no se resuelve solo con mayoría parlamentaria, aunque ésta sea imprescindible. Porque no se trata de gobernar como siempre, pero mejor que PP y PSOE (que no es tan difícil), sino de terminar con el régimen monárquico bipartidista. Y hay que hacerlo desaparecer porque, como ha reiterado Pérez Royo, ese régimen del 78 no es una restauración de la democracia, como se proclama, sino una restauración de la monarquía con formas democráticas, que no es lo mismo. Hay que conseguir democracia de verdad, no solo formas democráticas. Y para lograrlo, además de mayoría parlamentaria, es imprescindible la movilización masiva de conciencias. Pero esa conciencia crítica colectiva no se logra por ganar elecciones. Se ganan elecciones si ha habido una movilización masiva de conciencias. Gramsci tenía razón al escribir que “la conquista del poder cultural es previa a la del poder político”. Poder cultural que es la hegemonía de la libertad, justicia, solidaridad y cooperación para que los derechos de la inmensa mayoría sean prioritarios. Pero para que primen los derechos de la inmensa mayoría es preciso un cambio profundo, una revolución democrática. Es establecer una democracia de verdad y no autoritarismo maquillado de formas democráticas; libertad de expresión con verdadero derecho a la información y no mayoría silenciada; servicios públicos en vez de salud, educación y pensiones como mercancía; economía productiva al servicio de la mayoría y no especulativa para las élites… y, muy especialmente, participación ciudadana. Porque democracia es más, mucho más, que votar cada cuatro años.

Alexis Charititsis de Syritza concreta por donde ha de caminar una democracia que necesariamente ha de ser participativa para ser democracia real. Es necesario un sistema con derecho de revocación, consultas públicas, referendos, auditorías civicas, consejos de trabajadores, comisiones ciudadanas… Porque hay que cambiar las reglas de juego. Otras reglas que no son reformar y parchear la actual Constitución (como quiere el PSOE, por ejemplo), sino redactar otra Constitución de abajo hacia arriba como reivindican los movimientos ciudadanos, sociales y la izquierda que merece tal nombre. Una Constitución que dé verdadero poder a la ciudadanía, que garantice la justicia social, que recupere libertades y las afiance. Y también que resuelva cuestiones pendientes, como el inaceptable trato de favor a la iglesia católica o investigar los crímenes del franquismo, procesar a los culpables y ofrecer reparación a las víctimas de la dictadura.

Parece difícil, pero se puede y hay esperanza. Como decía Nelson Mandela, siempre parece imposible hasta que se logra. Y él tenía experiencia en lograr lo que parecía inalcanzable.

El filósofo John Locke escribió que “cuando un gobierno usurpa las libertades, se corrompe o conduce la sociedad de modo distinto al que ha prometido, la resistencia y la desobediencia ciudadanas están plenamente justificadas”. Con la ciudadanía resistente, movilizada y organizada, además de ganar las elecciones, se pueden cambiar las cosas.

Claro que podemos

Es frecuente oír con amargura que nos machacan. Que es inútil denunciar injusticias y fútil desvelar el saqueo que nos empobrece. Que es infructuoso manifestarse porque al gobierno y a las instituciones de esta democracia vacía les da igual. Que no nos temen. Pero ese quejío solo demuestra que hay pesimismo, desistimiento. No significa que no haya nada que hacer y menos aún que nada se haga.

¿Por qué no estamos en la calle con lo que pasa? es lamento frecuente. Porque, a pesar de todo, aún hay mucha gente que tiene algo que perder. Y, mientras así sea, no se vence el miedo. Y, sin vencer el miedo, no hay cambio social que valga.

Sin miedo se sale a la calle, se ocupa pacífica y masivamente, se planta la ciudadanía, desobedece y cambia las cosas. Olga Rodríguez ha escrito un excelente libro sobre las revueltas árabes titulado Yo muero hoy. Tremendo título. Porque fue lo que decía mucha gente concentrada en la plaza de Tahir, en El Cairo, los últimos días de la batalla contra la dictadura de Mubarak: Yo muero hoy. Pero aquí aún queda mucho trecho para que mucha gente tenga esa actitud. No morir, sino arriesgar, jugársela.

No salen masas a la calle porque mucha gente parece tener aún los mismos valores y principios del sistema que nos explota, engaña y reprime. Ganar dinero y poseer muchas cosas materiales es fundamental; la competitividad es buena, imprescindible; la clave es el crecimiento, hemos de crecer para crear empleo; ha de aumentar el consumo… Y así hasta completar casi todo el dogma neolibral. Creencias, nunca verdades.

No se pone en cuestión este sistema capitalista ni la injusta y desigual sociedad que ha engendrado. Incluso hay quien cree que la solución sería volver a 2007, antes de que empezara este tormento de crisis. En nuestro país, además, tampoco se cuestiona el régimen monárquico neoliberal, bipartidista, corrompido y cada vez más autoritario que mangonea España.

Que la intención de voto según un sondeo reciente sea 33,5% para el PSOE y 32% para el PP (más allá de las trampas que “cocinan” las cifras), indica con claridad meridiana cuanta gente equivoca la diana. El camino para cambiar esta sociedad, pues, es largo y difícil.

Por eso no sale la gente a la calle. Que solo la mitad de la población cuestione la monarquía a estas alturas indica el aún reducido nivel de conciencia crítica que hay. Y la conciencia crítica no se improvisa. Pero, a pesar de todo, se avanza y la situación es mejor que antes del 15 M, por ejemplo. Porque transformar la sociedad y el país no es una carrera de velocidad, sino una maratón.

Porque los cambios necesitan tiempo, Marzouki (que ha vivido luchando por la democracia en Túnez) nos cuenta lo que aprendió de su abuelo que sembraba en el desierto. “Se siembra en tierra árida y esperas. Si llueve, hay cosecha, porque el desierto, tras la lluvia, es como Asturias. Caminas sobre tierra quemada, pero, cuando llueve, uno se pregunta cómo ha sido posible: flores, vegetación, verdor… Porque las semillas estaban ahí.” Sembrar es aumentar la conciencia crítica, organizarse, construir la unidad, trabajar la vía electoral de abajo a arriba… para transformar esta sociedad a otro mundo posible, más justo y decente.

Se avanza. No es la victoria total, pero se ganan batallas. En Burgos, el ayuntamiento ha renunciado a construir un bulevar y parking subterráneo, tal como reivindicaban los vecinos y vecinas del barrio de Gamonal. Y en Madrid, el gobierno de la región da marcha atrás en la privatización de seis hospitales públicos, tras largo tiempo de lucha intensa y sin desfallecer. La PAH ha logrado numerosas victorias, evitado desahucios, alojando a desahuciados en viviendas ocupadas… y ahora,  Joaquín Colubi Mier, titular del Juzgado de 1ª Instancia 7 de Avilés, ha suspendido en su jurisdicción todos los desahucios hasta que el Tribunal Constitucional resuelva si son o no constitucionales.

Se avanza. Pero hay que quebrar el desistimiento que surge en ocasiones. Como escribe Monedero, “para el régimen es esencial impedir que el pueblo salga del sopor conformista y también que crea que no hay nada que hacer. Porque el poder sabe la potencia de la ciudadanía indignada. Y nos tiene más miedo del que imaginamos. ¿De no ser así, por qué aprueban ahora una ley de seguridad ciudadana que convierte en delito casi cualquier protesta en el país con menos delincuencia de Europa? Porque el régimen borbónico bipartidista del 78 sabe que su situación en España está sujeta con pinzas. Y si empezamos a decir que sí se puede…”

Claro que se puede. Como cuenta El Roto en una de sus agudas ilustraciones: No dejéis que salgan a la calle, no sea que se den cuenta de los muchos que son. Y Gandhi nos enseñó que “siempre ha habido tiranos y, por un tiempo, parecían invencibles. Pero siempre caen. Siempre.

Todo cambio parece imposible hasta que se logra, decía Mandela. Pasó 27 años en la cárcel, pero logró una Sudáfrica libre de apartheid. Cuestión de esperanza.

Claro que podemos.

Austeridad, deuda, estupidez económica y saqueo

En París, 180.000 personas salieron a la calle contra la austeridad que lleva a los pueblos de Europa a la ruina. En Irlanda, decenas de miles marcharon por Dublin contra esa misma política nefasta que los condena a pagar más impuestos, tener menos sueldo y cobrar pensiones más reducidas; a ser más pobres. En Portugal, el gobierno, tras rebajar salarios, despedirá a 30.000 funcionarios por “austeridad”. En el reino de España, esa austeridad ha generado seis millones de parados y disminuido el PIB 2,6 puntos… Suma y sigue.

En Europa, la crisis-estafa se ceba en las clases trabajadoras, pero crecen robustos los beneficios empresariales y, más aún, los financieros. Con diversos volúmenes e intensidades, a diario hay titulares en todos los países europeos sobre pérdida de derechos, recortes sociales, aumento de pobreza y de desigualdad. Y recesión. No obstante, la Unión Europea elige más austeridad. Ahí está Merkel, empecinada e implacable, para recordar que no se cede ni un palmo en esa política.

Y así, la Europa neoliberal impone endurecer las reformas laborales, aumentar el IVA y retrasar la edad de jubilación, además de rebajar las pensiones. La OCDE, por su parte, pide más flexibilidad laboral (despedir con mayor facilidad), dificultar la concesión de subsidios de desempleo (además de adelgazarlos) y moderar (rebajar) los salarios de la gente común. Son insaciables.

Todo es consecuencia directa de la política de consolidación fiscal y estabilidad presupuestaria; eufemismos de una austeridad que significa recortes presupuestarios sociales y ataques sistemáticos contra los derechos de la mayoría ciudadana.

Europa retrocede por culpa de la austeridad. Va a peor. Incluso según las previsiones económicas de la propia Comisión Europea. La eurozona no crecerá. En 2013 retrocederá 0,4% de PIB. Incluso la modélica Alemania tiene un crecimiento ridículo del 0,1%. Chipre se desploma, Grecia perderá 4,2% de PIB, Portugal bajará 2,3%, Eslovenia 2%… La recesión campa a sus anchas.

Da igual que buenos conocedores de las entrañas de la economía, como los Nobel Stiglitz, Krugman y Diamond, argumenten una y otra vez contra la austeridad y el control talibán del déficit público. Ni caso. Porque quienes detentan realmente el poder (y sus servidores) van a lo suyo: defender sus intereses de minoría rica. Caiga quien caiga.

Sería más decente que los perpetradores de la austeridad y la especulación con deudas soberanas actuaran sin disimulos como los codiciosos sin freno que son. Sin recurrir a tapaderas de consolidación fiscal. Sin tapujos, como hacían los gangsters de Chicago en los años veinte y treinta del siglo pasado, que no ocultaban su avidez. Ellos iban a lo suyo y hacían lo que fuera preciso por sus intereses, para hacer crecer sus beneficios. Los gangsters de antaño, como los de hogaño, nunca tienen bastante.

Y como la austeridad está intrínsecamente ligada a la deuda, y deuda y rebaja del déficit nos llevan a la ruina, la ciudadanía ha de dar otro paso. ¿Para qué necesitaba Grecia, por ejemplo, tanques, submarinos y helicópteros de combate en plena crisis? Esas partidas no se recortaron y aumentó la deuda griega. En España, las ayudas gubernamentales para salvar una banca inútil e incompetente (cuando no delictiva) han incrementado la deuda pública en más de 40.000 millones de euros. Y, en Europa, el rescate del sistema financiero ha supuesto 1,42 billones en ayudas públicas. Pero a pesar de esa derrama indecente, el sistema financiero no deja de coquetear con la insolvencia.

Hay crisis para tiempo. Día tras día saquean a la ciudadanía. La minoría rica y sus cómplices no cejan en su pillaje y la deuda pública deviene una herramienta para sojuzgar a los pses, a sus ciudadanías. Entonces, ya no se trata de hacer auditorías ciudadanas para determinar la parte ilegítima de la deuda. Hay indicios más que suficientes de que gran parte de las deudas públicas son ilegítimas. El objetivo, por tanto, debería ser no pagar las deudas públicas. Cuando los países se recuperen (las ciudadanías) y se prespeten de nuevo los derechos de la gente (como ordenan todas las constituciones), ya veremos cómo y cuánto son esas deudas. Y qué hacer con ellas. Como hicieron Argentina , Ecuador y algún otro país. Porque no es aceptable en absoluto que los pueblos se hundan en la pobreza mientras la minoría rica afana beneficios obscenos.

¿Utópico? ¿De qué sirve si no tenemos el poder de un gobierno? Tal vez. Pero, cuanto menos, empezamos a extender la conciencia crítica entre la ciudadanía de la legitimidad de no pagar una deuda pública que nos ahoga y se utiliza para derribar los Estados que respetaban derechos sociales; eso que tan inadecuadamente se llama ‘estado de bienestar’.

Pateticamente inofensivos

“La pobreza no es natural. La crean los seres humanos. Vencer la pobreza no es caridad; es justicia, es proteger un derecho fundamental: el derecho a la dignidad, a una vida digna”. Nos lo dijo Nelson Mandela. Y el profesor Juan Torres sostiene que “la pobreza no es una desgracia. El hambre no es un desastre. La pobreza y el hambre son una infamia, un verdadero crimen organizado”.

Estamos en crisis. Ya teníamos muy graves problemas. Pero la crisis ha aumentado en varias docenas de millones el número de pobres y hambrientos. Casi sesenta millones más. Pero además de la mitad de población mundial que apenas sobrevive con uno o dos dólares diarios, que no sabe si comerá, que no tiene agua potable…, la crisis ha incrementado en casi todos los países el paro, precariedad laboral, desahucios por impago de hipotecas, inseguridad social y económica…

La crisis no parece perdonar a nadie.

Cojamos el caso de España, miembro de la OCDE, el club de los treinta países más desarrollados del planeta. La crisis la ha castigado con un desempleo del 14%, casi cuatro millones de parados.

Sin embargo, lo grave de la situación española (como de otros países, por cierto) es que los problemas vienen de más lejos, incluso de cuando creían atar los perros con longanizas, porque el país crecía año tras año.

Según la Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística de España, en 2006 el sueldo medio en el país era de 19.680 € brutos al año. Pero en 2002, cuatro años antes, era algo mayor: 19.802 €.

Con un crecimiento económico incesante en España los sueldos fueron a menos. En realidad bajaron mucho más, si tenemos en cuenta el impacto real de la inflación en la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Y si hablamos de salarios reales y no medios, la mitad de los españoles ganaba menos de 15.760 € al año .

Antes de la crisis, los sueldos caían aún con prosperidad económica. ¿Cómo es posible? Porque la riqueza de esos años fue sobre todo para el capital, los capitalistas, los empresarios.

Pobreza en aumento, desigualdad insultante, más hambre, rebajas salariales, mayor inseguridad de los trabajadores… Pero casi nadie protesta. Nada  parece capaz de hacer salir a la calle a la gente en masa para exigir que se respeten sus derechos.

Antes de la crisis, el precio de las viviendas se puso por las nubes. En Madrid, la inmensa mayoría de personas jóvenes se veían obligadas a compartir piso por el elevado precio de ventas y alquileres de los pisos, así como por los reducidos salarios de los jóvenes, aunque fueran licenciados universitarios. Un grupo de jóvenes inició un movimiento reivindicando viviendas dignas a precios asequibles y convocó a los jóvenes a protestar, a exigir viviendas a su alcance. En Madrid cuando concentraron más jóvenes en una protesta apenas pasaron del millar. Pero cuando el alcalde de Madrid prohibió el llamado “botellón” (comprar bebidas alcohólicas en supermercados y consumirlas en grupo en plazas y calles), hubo auténticas batallas campales con la policía hasta altas horas de la madrugada.

¡Para sonrojarse!

Lo he escrito recientemente y me temo que tengo que volver a escribirlo. Mahatma Gandhi nos decía que “lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. Y Luther King afinaba que “no me duelen los actos de la gente mala; me duele la indiferencia de la gente buena”.

El atleta discapacitado Oscar Pistorius, joven corredor sin piernas, pero sí con una especie de flejes que las sustituyen, arremete contra esa necedad de que en competición solo hay un vencedor y todos los demás son perdedores: “Perdedor no es el que corre y queda segundo, sino el que ni siquiera se atreve a correr”.

Siempre se puede hacer algo mejor que quedarse en casa viendo la tele.

Pero da la impresión de que ante esta crisis, ante el aumento de la pobreza y la desigualdad, ante la impunidad de los responsables de la misma, que además reciben multimillonarias ayudas, la mayoría de las gentes no quiere correr. No se defiende.

Eso nos convierte en inofensivos. Y el pronóstico es que así no saldremos de la crisis ni resolveremos los problemas que nos aquejan. No si cedemos.