Disculpen la insistencia, pero necesitamos otra Unión Europea

La dimisión del primer ministro italiano Matteo Renzi, tras la victoria del No en el referéndum en Italia, más el inesperado Brexit de hace unas semanas, ha generado que medios, voceros y portavoces del sistema teman una inestabilidad institucional en la Unión Europea. Pero tal vez lo que preocupa a los de arriba, sea bueno para quienes están abajo. Veamos.

Hace once años, el canciller alemán Schröeder aseguraba que eran necesarios dolorosos sacrificios para obtener buenos resultados económicos y sociales en la nueva Europa unida. Se cumplió, porque sí se han hecho grandes sacrificios. Pero siempre, los mismos. Funcionarios, trabajadores, empleados públicos, autónomos, pequeños empresarios, campesinos, pequeños comerciantes, desempleados, inmigrantes, jóvenes, los pobres y siempre las mujeres. Y los resultados no tienen nada de buenos para la mayor parte de la ciudadanía.

Unos años después, embarcada a la fuerza la mayoría ciudadana en la crisis, Oskar Lafontaine denunciaba que los mandatarios europeos desmantelaban el Estado social y hacían retroceder a Europa al siglo XIX. Se recortaban logros, derechos sociales y económicos, que tanto había costado conseguir, con la excusa barata de rebajar los déficits públicos. Empezaba la tiranía de la austeridad, convertida en señal de identidad de esta Unión Europea.

Ante la pasión de esta Unión Europea por limitar el déficit público, el economista Juan Torres nos ha recordado que el techo del déficit público del 3% del PIB no responde a criterio científico alguno. El 3% de PIB como máximo déficit público actual se lo sacó de la manga Guy Abelle, un funcionario francés, atendiendo una exigencia del presidente de la República de Francia, François Mitterrand, que quería  algo, una aparente norma fiscal, con la que frenar las demandas de más presupuesto de sus ministros. Solo eso.

Desde hace muchos años, esta Unión Europea no ha dejado pasar ocasión alguna para dejar muy claro al servicio de quien está, que no es precisamente el pueblo trabajador. Y, para hacerlo con comodidad, no ceja de vaciar de contenido y razón de ser la democracia que se supone es la materia prima con la que está construida la UE. ¿En serio?

Una prueba indiscutible de lo dicho es que en 2005 las ciudadanías de Francia, Holanda e Irlanda rechazaron una construcción europea poco democrática: dijeron NO a la Constitución Europea. Pero los neoliberales constructores de su Europa, distrajeron como magos de feria a la ciudadanía con trucos, amagos y palabrería; olvidaron con alevosía la voluntad ciudadana que dijo NO y dieron el cambiazo. No habría Constitución Europea, pero sí Tratado de Lisboa, que es lo mismo para el caso y para los intereses de la minoría dominante, porque afianza y remacha el Tratado de Maästricth, claramente al servicio del poder económico, especialmente el financiero, como se comprueba desde hace años.

Esta Unión Europea (que de modo alguno es la de la ciudadanía) ha castigado a la gente con una austeridad infame mientras inyectaba millones y millones de euros para salvar a una banca responsable de la llamada crisis. Como actuó la UE en la crisis de Grecia fue el expositor más claro de esa deriva. Sobre esa grave crisis, el Nobel de economía Stiglitz acusó a la Unión Europea de haber impuesto una estrategia económica catastrófica a Grecia para obligar a arrodillarse al Gobierno progresista de Syriza. Y añadió el Nobel no recordar depresión económica alguna tan deliberada y desastrosa como la de Grecia, evidentemente por culpa de la Unión Europea.

Sirva el aserto de base, con los hechos antes expuestos, para evaluar si esta UE conviene o no a la gente común. Pues, por si no fuera suficiente, esta UE ha levantado una fortaleza carísima contra inmigrantes y refugiados y ha enviado al infierno los derechos y garantías sociales de la gente. Sin olvidar que el Tratado de Lisboa, que sustituyó a la negada Constitución europea, se coció en comités oscuros y secretos. Ni Parlamentos nacionales ni Parlamento Europeo intervinieron. Porque para la minoría dominante en esta UE, la ciudadanía es un decorado o, cuanto más, una masa de extras y figurantes.

Y, mientras no cesa la austeridad, se reducen los ingresos públicos y la elusión y evasión fiscales campan a sus anchas. ¿Es casual que en esta UE sigan impunes Andorra, Gibraltar, islas británicas del Canal de la Mancha, Irlanda, Holanda, Malta, Chipre, Austria o la City de Londres? Paraísos fiscales comprobados, donde con cabriolas, atajos y trampas financieras consiguen que los ricos paguen muchos menos impuestos.

Entonces ¿para qué quiere el pueblo trabajador esta Unión Europea?

Crisis de la deuda, tecnócratas, bomberos y priómanos

Se han quitado la careta del todo y ya sacan y ponen gobiernos a su antojo. Como ha denunciado el profesor Alberto Garzón, el FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, han impuesto gobiernos títeres a Grecia e Italia. Pero son gobiernos técnicos, tecnócratas, han jaleado y aplaudido casi todos los medios europeos. Veamos cuan “técnicos” son.

El nuevo primer ministro “tecnócrata” de Grecia, Lukas Papademos, fue vicepresidente del Banco Central Europeo. Y también gobernador del Banco de Grecia entre 1994 y 2002: precisamente cuando se falsificaron las cuentas públicas con la imprescindible ayuda de la banca Goldman Sachs. Por cierto, en ese tiempo de falsificación, Petros Christodoulos era director del National Bank of Greece (que algo tuvo que saber), también directivo de Goldman Sachs. Hoy dirige el organismo que gestiona la deuda griega.

El otro primer ministro (que tampoco ha votado ningún ciudadano) es el “tecnócrata” Mario Monti. Fue comisario de Mercado Interior y Competencia de la Comisión Europea y, cómo no, consultor internacional de Goldman Sachs.

Sin entrar en detalles, que Mario Monti y Papademos sean quienes han de resolver los problemas de Italia y Grecia es como contratar pirómanos para tareas de bomberos.

Un tercer nuevo dirigente en liza para que Grecia e Italia se ajusten aún más en aras de la banca europea, es el recién designado (nunca elegido) presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, quien igualmente fue vicepresidente de Goldman Sachs de Europa así como responsable de la venta de los productos financieros con los que en algún momento se ocultó parte de la deuda soberana griega.

Sobre la catadura moral y la fiabilidad de la americana banca Goldan Sacchs, pero tan presente en el escenario de la deuda europea, cabe recordar que la SEC, órgano supervisor de los mercados financieros de Estados Unidos, ha demandado a Goldman Sachs por presunto fraude en la venta de bonos hipotecarios.

A la vista de este panorama de tecnócratas como gran solución (en realidad son zorros para vigilar el gallinero), Marcello Musto, profesor de la York University de Toronto, denuncia que la economía no sólo domina a la política, sino que le ha arrebatado las competencias y anulado el control democrático. Por eso cualquier cambio de gobierno no altera ni un ápice la implacable aplicación de políticas neoliberales de austeridad fiscal y recorte social, presentadas además como la única salida posible.

Ese sometimiento de la política democrática al poder económico se perpetra bajo el camuflaje de lo “apolítico”, porque lo “técnico” es lo “apolítico” por excelencia. Pero tras la falacia de los gobiernos de tecnócratas están la ideología y política más neoliberales y conservadoras que uno se imagine, así como la eliminación de la política democrática, porque, cuando de finanzas, deuda y beneficios para la banca se trata, quedan excluidos referendos, elecciones y otras veleidades democráticas.

Lo cierto es que esta Unión Europea (con especial protagonismo de la Comisión Europea y del BCE) siempre ha tenido problemas con la democracia, porque la democracia de verdad interfiere en los grandes enjuagues de la minoría rica y privilegiada a cuyo servicio están. Cuando Irlanda votó “no” al Tratado de Niza, por ejemplo, rápidamente se pidió al gobierno irlandés que organizara otra votación que aprobara el Tratado de Niza. Como la trampa de lanzar una moneda al aire para resolver un dilema tantas veces como sea preciso hasta que sale lo que uno quiere que salga.

Y es que las decisiones de calado en la UE no las toman los parlamentos, ni siquiera la Comisión Europea, sino un contubernio (que no aparece como órgano institucional en ningún tratado constitucional europeo), integrado por ocho personas que no han sido elegidas para esa tarea ni para ninguna otra (salvo Merkel y Sarkozy). Son, además de los citados (pero ningún otro primer ministro o presidente de país europeo), Lagarde (presidenta del FMI), Mario Draghi (presidente del BCE), Barroso (presidente de la Comisión Europea), Jean-Claude Juncker (presidente del Eurogrupo), van Rompuy (presidente del Consejo Europeo) y Olli Rehn (comisario europeo de asuntos económicos).

Así las cosas, hacemos nuestras las palabras de Douglas Fraser, presidente de la poderosa federación de trabajadores de la industria del automóvil (UAW) de Estados Unidos, quien en 1978 denunció a la clase empresarial “por haber escogido la guerra contra los trabajadores, los desempleados, los pobres, las minorías, los jóvenes y los ancianos, e incluso contra sectores de las clases medias”.

Solo que hoy es el sector financiero el que protagoniza esa guerra y se carga la democracia.

Están contra los pobres, no contra la pobreza

Silvio Berlusconi ha afirmado que “reducir los inmigrantes clandestinos significa que habrá menos criminalidad”, equiparando inmigración y delincuencia. Su gobierno ha decretado que ser inmigrante sin permiso de residencia en Italia es un delito y los inmigrantes irregulares pueden ser retenidos hasta un año y medio. O condenados a penas de seis meses a cuatro años de cárcel.

El Berlusconi que equipara inmigración sin permiso de residencia con crimen es el mismo con varios procesos judiciales por diversos delitos en marcha en los últimos años. Procesos de los que se ha escapado y escapa reformando las leyes italianas con su mayoría absoluta para conseguir retrasos, prescripción, inmunidad, archivo precipitado de causas que deviene impunidad…

Es el mismo Berlusconi públicamente acusado de relaciones con la Mafia por el arrepentido Spatuzza. El mismo del que Massimo Ciancimino (hijo del ex-alcalde mafioso de Palermo, Vino Ciancimino) ha revelado ante los jueces cómo se benefició de que su padre y otros capos de la Mafia invirtieran dinero en su macro proyecto inmobiliario Milano 2, negocio con el que Berlusconi empezó a enriquecerse.

Ese Berlusconi que convierte en delincuentes a inmigrantes irregulares ignora los datos del Istat (instituto nacional italiano de estadística). Esos inmigrantes nunca han delinquido más que los nacionales, pero si hoy se les puede atribuir más delitos es porque no tener permiso de residencia se ha convertido en delito para el gobierno de Berlusconi, no porque esos inmigrantes cometan más robos, agresiones, homicidios, estafas u otros delitos contra las personas, contra la propiedad o el patrimonio.

En España, uno de los países de la Unión Europea que más inmigración ha recibido (hasta un 10% del total de población), ha cambiado la actitud sobre la inmigración de buena parte de ciudadanos. De un 8% que desconfiaba de los inmigrantes o sentía  algún rechazo se ha pasado a un 32%. Por miedo. Miedo que la crisis favorece. Miedo atizado por políticos irresponsables y miserables.

Un estudio de 2008 de la Confederación de Cajas de Ahorro de España desmonta la falsedad sobre inmigración del incremento de delincuencia por aumento de inmigrantes. Entre 2002 y 2006, el número de delitos cometidos en España se redujo un 22%, pero en ese mismo período la población inmigrante creció un 85%. Por tanto es falso relacionar inmigración y delincuencia. Ahora, los poderosos irresponsables y codiciosos nos han precipitado en una grave crisis. Y las crisis aumentan la desigualdad, el desempleo y la pobreza. Empujan a la desesperación. Pero la indeseable situación de pobreza y desesperación, que puede generar delincuencia, no la sufren sólo los inmigrantes.

Josep Oliver, director del departamento de economía aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona, nos recuerda que tenemos que estar agradecidos a los inmigrantes, porque cuando un país no pare hijos suficientes necesita inmigrantes. O se consume. El profesor Oliver también nos recuerda que la balanza fiscal de la inmigración ha beneficiado a España, porque muchos inmigrantes son jóvenes, trabajan, cotizan y recurren poco al Estado. No tienen edad para cobrar pensiones y, por no ser ancianos, no suelen recurrir a la sanidad pública. Datos contra tópicos y lugares comunes falsos. La realidad.

Y no vale esa actitud xenófoba disimulada de quienes dicen que inmigrantes sí, pero con papeles, porque los ‘sin papeles’ son los ‘malos’. Los españoles (que han emigrado por millones durante todo el siglo XX hasta prácticamente los ochenta) dicen que ellos emigraban con papeles. Es falso. Los españoles emigraban a Suiza, Alemania u otros países europeos prósperos sin papeles ni contrato de trabajo, como turistas. Y, una vez allí, se buscaban la vida. Igual que tantos latinoamericanos, marroquíes, paquistaníes, chinos o africanos subsaharianos hoy. Porque la mayoría no ha llegado en pateras.

Un dato esclarecedor. Según el PNUD (departamento de desarrollo de Naciones Unidas) la envejecida Unión Europea necesita multiplicar por dos el número de inmigrantes que se calculaba hasta 2050. Muchos millones de inmigrantes. ¿Por qué ponerle entonces puertas al campo?

Los políticos como Berlusconi, que estigmatizan la inmigración y atizan miedos y bajos instintos, en el grado que sea, son dignos representantes de un sistema egoísta, miope y miserable que, como escribe Eduardo Galeano, está en guerra contra los pobres y no contra la pobreza.