Unión Europea y Turquía: un acuerdo obsceno y vergonzoso

La Unión Europea (UE) y Turquía han cerrado un acuerdo para expulsar refugiados. Turquía expulsará expatriados y además cerrará la vía por la que llegan a Grecia. Se vaciarán los campos de refugiados de las islas de Lesbos, Quíos, Kos, Samos y Leros, que serán devueltos a Turquía.

¿Qué consigue Turquía? Algunas ventajas políticas (no muchas) y el compromiso europeo de financiar proyectos de sanidad, infraestructuras, educación y alimentación por 6.000 millones de euros hasta 2018. El régimen turco en absoluto es modélico en derechos y libertades, pero ahora además se ha vendido por un plato de lentejas.

Que un país externo a la UE haga el trabajo sucio y expulse a ciudadanos extranjeros del sacrosanto suelo europeo no es nuevo. Lo perpetra desde hace meses Marruecos para España. Por un acuerdo opaco que no se ha dado a conocer, España y la Unión Europea ofrecen a Marruecos algunos beneficios y apoyo político. A cambio, Marruecos evita como sea que inmigrantes y refugiados que llegan a ese país crucen las fronteras de Ceuta, Melilla o el estrecho de Gibraltar. Informativos y noticiarios televisivos han explicado cómo actúa Marruecos y no tiene nada que ver con el respeto de los derechos humanos de migrantes y refugiados. Por cierto, el Gobierno en funciones del Partido Popular perpetró hace unos días devoluciones colectivas de refugiados y migrantes en Melilla, prohibidas por el derecho internacional.

Amnistía Internacional ha calificado el pacto de la UE con Turquía como una “violación histórica de derechos humanos”. Pero a los voceros de la Unión les da igual. Pretenden que lo que buscan es acabar con el negocio de las mafias que trafican con inmigrantes. ¿Qué mafias? Hay que ser cínico. Acabar con mafias sería trabajo de investigación policial, pero expulsar a la gente que busca refugio no tiene nada que ver con esa tarea ni así se acabará con presuntas mafias.

Los mandatarios de esta hipócrita Europa pretenden que el plan de expulsiones (‘deportaciones’ dicen) será “temporal y extraordinario”, colaborando con el alto comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados. Pero resulta que ACNUR, la Agencia de la ONU para refugiados, ha negado que vaya a colaborar con esos planes de la Unión Europea. Además, embusteros.

Una situación tan inaudita que cuesta encontrar adjetivos para calificarla. Situación intolerable porque, además, Europa tiene mucho que ver con la violencia sistemática y la guerra en Oriente Medio, causa del desplazamiento forzado de cientos de miles de personas.

Ahora, el objetivo real de la UE es expulsar cuantos más refugiados e inmigrantes irregulares sea posible. Por la vía rápida. Y le pasan el muerto a Turquía y Grecia que tendrán que tomar medidas inaceptables para aplicar el acuerdo. Según la Comisión Europea, esa aplicación del acuerdo exigirá 4.000 personas entre policía de fronteras, expertos, intérpretes, abogados y jueces con un coste de 280 a 300 millones de euros en seis meses del que se hará cargo la UE. España aportará funcionarios para esas expulsiones que vulneran no sé cuantos pactos de derecho internacional.

Turquía por su parte se compromete además a abortar nuevas rutas de desplazados a Europa. La acobardada Europa teme un aumento de refugiados de Libia, Siria… por otros caminos. Y quiere atajarlos. Pero es pésimo enfoque. Como tratar un tumor cerebral con aspirinas. Refugiados y migrantes continuarán llegando por miles y el inaceptable acuerdo con Turquía, Marruecos (o quien sea) no resolverá nada porque no va al origen: que esos miles huyen de la violencia, la muerte y la incertidumbre. Mientras sigan violencia y guerra, habrá refugiados.

En el colmo del cinismo, la UE se ha comprometido a acoger a un sirio en territorio turco por cada sirio expulsado de las islas griegas. Pero esas acogidas de refugiados serán pacatas. Inicialmente, 18.000 y, como máximo, 72.000 refugiados. Calderilla si tenemos en cuenta que el año pasado llegaron a Grecia y sus islas un millón de personas expatriadas. Y que no es solución.

Afrontar de verdad el problema de los refugiados es una exigencia ética de verdadero respeto de los derechos humanos; eso de lo que tanto presume Europa de boquilla.

Esta Unión Europea marea la perdiz con acuerdos y tratados para decir que su actuación es legal. Pero la legalidad de por sí no significa demasiado. Como recordaba Martin Luther King, Hitler actuaba legalmente. Más importante que la legalidad es la legitimidad. Y esta Unión Europea la pierde por momentos.

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La crisis de refugiados, una vergüenza europea

Fallecen asfixiados 71 refugiados hacinados en el interior de un camión refrigerador. Mueren ahogados once refugiados cerca de Grecia. Italia socorre en un día a 1.200 personas a la deriva. Por Serbia han pasado 115.000 refugiados desde principio de 2015. Unas 3.000 personas acampan cerca de la estación de tren de Budapest para viajar a Alemania.  Muere ahogado Aylan Kurdi, el niño kurdo de tres años de Siria…

Guerra, detenciones arbitrarias, torturas, abusos sexuales y asesinatos han sido realidad cotidiana de seis de cada diez personas que llegan en masa a Europa este 2015. Porque no son inmigrantes: son refugiados. Según la Convención de Naciones Unidas de 1951, refugiado es quien abandona forzado su país y no puede regresar por temor fundado a ser perseguido, encarcelado, maltratado o asesinado. Hasta hoy han solicitado asilo en países europeos más de 400.000 personas. No huyen de la pobreza, sino de la guerra de Siria, de conflictos armados en Kosovo, Albania, Afganistán e Irak o de la violación sistemática de sus derechos humanos en Eritrea, Somalia, Nigeria o Pakistán. Y siempre de la violencia armada. Es la peor crisis de refugiados en Europa desde el final de la II Guerra Mundial.

La mayor crisis migratoria en Europa desde hace setenta años amenaza la libre circulación de personas, pilar de la Unión Europea que garantiza (hasta ahora) el tratado de Schengen. Amenaza real por la actitud insolidaria de los mandatarios europeos, porque la llegada de miles de refugiados a Europa pone a prueba el pretendido espíritu democrático de la Unión. Esta crisis no es problema griego, alemán, italiano, español o húngaro sino europeo. En realidad, internacional, pues la oleada de refugiados tiene su origen en la actuación de Arabia Saudita, Quatar, otros emiratos, Israel, EEUU y la OTAN (de la que forma parte la Unión Europea). Tiene su origen en los bombardeos e invasión de Afganistán, Irak y Libia. En el genocidio intermitente de Gaza y en haber alentado la guerra civil en Siria, armar a las facciones enfrentadas y financiar a fundamentalistas. Por eso los refugiados pueden decir justamente, como ilustra el humorista El Roto: Huimos hoy de nuestras guerras que en su origen fueron vuestras guerras.

Hasta ahora la Unión Europea apenas ha respondido salvo con una reunión extraordinaria nada eficaz tras los naufragios en el Mediterráneo de la primavera pasada que costaron la vida a un millar de personas. A pesar de la gravedad de la situación, los pacatos estados miembros de la Unión no acuerdan nada. ¿Es posible tanta cobardía, tanta miseria? Tras dos meses de discusiones, los líderes europeos pactaron acoger a 32.256 refugiados procedentes de Italia y Grecia, aunque ahora hablan de que sean 120.000 y Alemania, Francia y España dicen que acogerán al 60% de los refugiados. Habrá que verlo, porque nada deciden en concreto, negro sobre blanco y Europa olvida que en los últimos cien años inundó el mundo de refugiados que huían de sus guerras y conflictos.

España es paradigma de esa actitud miserable ante los refugiados. En 2009 aprobó una Ley de Asilo… que no se aplica porque seis años después no se ha elaborado el reglamento. Y día tras día varían de pensamiento al respecto. Que la Unión Europea no afronta en serio el problema de los refugiados lo demuestra que de 2007 a 2013 ha dedicado casi 2.000 millones de euros a proteger sus fronteras, pero sólo 700 para atender a refugiados. Obras son amores.

En esta crisis masiva, fracasará cualquier propuesta que no ponga por delante a las personas y sus derechos. Y cuestionará la legitimidad de la Unión Europea y de sus mandatarios. Urge una política europea de asilo basada en la solidaridad y el respeto de los derechos humanos y no en el control de fronteras. Sin olvidar que acoger refugiados no es cuestión de compadecerse de quienes huyen del dolor y la muerte, porque el asilo es un derecho indiscutible.

Pero, a pesar de la miseria moral y política de los mandatarios europeos, hay esperanza porque, mientras los gobiernos marean la perdiz, los municipios gobernados por equipos de unidad popular vencedores en las pasadas elecciones municipales en España, por ejemplo, organizan una red de ciudades-refugio para desplazados. El Ayuntamiento de Barcelona ha creado un registro con personas y familias que ofrecen sus domicilios para acoger a refugiados y el de Madrid ha aprobado un plan de urgencia de 10 millones de euros para atenderlos. También se suman los ayuntamientos de Las Palmas, Vitoria, Valencia, Zaragoza, Pamplona, Málaga, A Coruña y otras muchas ciudades. Y en Alemania, la ciudadanía rescata a los refugiados de la dejadez institucional del gobierno; familias alemanas los acogen y grupos de voluntarios reparten alimentos, agua y mantas en los asentamientos, mientras pancartas en los estadios de fútbol y portadas de periódicos locales dan la bienvenida a los refugiados. Y la buena noticia de que finalmente Ángela Merkel reacciona y reclama una solución real al problema de los refugiados en Europa.

Tal vez no esté todo perdido.