El tope de déficit público erosiona y desfigura la democracia

Recordemos que en 2015 el déficit público en España se excedió, según canones de la Comisión Europea, hasta el 5% del PIB y en 2017 ésta exigirá que sea solo 2,5%. Para mantenerlo, el menor de recorte supondría 5.000 millones menos de gasto público. Así las cosas, en julio la Comisión Europea quizás inicie procedimiento por déficit excesivo contra España y Portugal. Francia se opone a sanciones, Italia tampoco quiere multas e incluso Alemania duda. Veremos. Los resultados electorales del 26 J en España serán decisivos para la postura de la Comisión y Consejo europeos. Si gana la izquierda en España, podría darse una traslación de la agresión a Grecia, una nueva versión del machacamiento del gobierno griego.

Pero más o menos déficit público no puede plantearse como lo hace la Comisión Europea. En los últimos años, varios economistas de prestigio, entre ellos premios Nobel de Economía (Stiglitz y Krugman), han denunciado el fracaso de la austeridad emprendida por la Unión Europea. Fracaso demostrado por el hecho incontestable de que la crisis no está superada, el crecimiento es patético y han aumentado hasta límites obscenos la desigualdad y la pobreza. Sin descartar además que estalle otra crisis financiera.

Ese fracaso descalifica la limitación de déficit que la Comisión y Consejo europeos exigen, así como las rebajas y recortes presupuestarios derivados. Pero, además, ahora toca averiguar cuan legítimas o no son las deudas públicas europeas. Deudas contraídas por los dirigentes sin tener prioritariamente en cuenta los intereses de la ciudadanía, pero sí los del poder financiero.

La deuda ilegítima fue definida por Alexander Nahum Sack, jurista y profesor de derecho ruso, y aceptada en el Derecho Internacional. Según Sack, si un gobierno contrae una deuda, para mayor fuerza de su régimen, olvidando a la población, esa deuda es ilegítima y la nación no ha de pagarla. Y son ilegítimas siempre las deudas contraídas sin tener en cuenta las necesidades y derechos de la población.

Las deudas, o parte, de varios países europeos se contrajeron y crecieron por la corta recaudación de las arcas públicas. Si el sistema fiscal no es equitativo y justo, endeudarse el Estado pierde legitimidad. Pues el gasto e inversión pública suficientes son imprescindibles para aliviar la situación de quienes sufren desde hace años los peores efectos de la crisis y corregir las crecientes desigualdades. Además de funcionar de nuevo la economía real.

Con escasez recaudatoria por elusión fiscal complaciente y evasión de impuestos tolerada, el Estado tiene menos recursos para cumplir sus obligaciones con la población. Es cuando el endeudamiento que suple las fuentes de recaudación y financiación habituales deviene ilegítimo. Porque el verdadero beneficiario del endeudamiento es el sector financiero, no el pueblo.

Cuanto más crezca la convicción de que parte de la deuda pública es ilegítima, antes habrá el estado de opinión necesario para presionar y reestructurar la deudas públicas. Reestructuración beneficiosa para la mayoría de población, pues reduciría el agobio del alto pago anual de intereses y permitiría mayor financiación para políticas sociales. En el Reino de España, la deuda pública ya supera el 100% del PIB y supone grandes partidas presupuestarias para pagar los intereses anuales de la deuda pública. En 2014 se pagaron unos 34.000 millones de euros de intereses. Cantidad en aumento desde 2008. El pago de intereses es la única partida presupuestaria que no se recorta.

En definitiva, la exigencia de la Unión Europea de reducir el déficit público es una intransigencia obscena para que algunos grandes bancos más BCE y FMI continúen con el jugoso negocio de la deuda pública para sus tenedores.

Pero la posible respuesta oficial de procedimiento por exceso de déficit público de España y Portugal coloca a la Comisión Europea en situación incómoda. Algunos estados miembros no ven bien que haya sanciones ni multas millonarias, que además nunca ha habido. Sin embargo, la Comisión, en su tozuda mantenella i no enmendalla, no se contenta ya con fijar índices máximos de déficit y estudia limitar el gasto desde Bruselas. La Comisión fijaría qué volumen de gasto público social acepta en los presupuestos generales de tal o cual país, pasándose por el arco del triunfo a parlamentos y gobiernos nacionales.

Si eso es democracia…

Sin resultados, sin razones, sin argumentos

María vivía muy bien, llegó la crisis y todo se hundió; ahora por lo menos trabaja como asistenta, gana quinientos euros mensuales, vive en una habitación por trescientos y hace cola para recibir una bolsa gratuita de alimentos. Juan, licenciado universitario bien colocado, perdió el trabajo, se le acabó el subsidio y también espera para que le den alimentos gratis. Rosa y Manuel tenían una pequeña empresa de construcción que funcionaba hasta que quebró; ella consiguió trabajo en una cafetería y gana 800 euros, él continúa en paro, el alquiler de la vivienda se traga el único sueldo y han de hacer cola para poder comer… Periódicamente se reparten gratis alimentos a cientos de familias de clase media con problemas en un municipio cercano a Madrid de chalés adosados, edificios con piscina y pisos de más de cien metros.

En esta crisis que es estafa, las víctimas ya no son solo trabajadores y excluidos: también la clase media se ha empobrecido. En Madrid, Lisboa, Atenas, Dublín, Roma y otras ciudades; incluso en Alemania, donde más gente de la que uno imagina malvive con cuatrocientos euros en empleos de pocas horas (minijobs), como explican las crónicas desde Berlín de Rafael Poch. Pobreza, sufrimiento e incertidumbre aumentan en Europa.

Según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza, en Madrid hay 1.400.000 personas en riesgo de exclusión (42%) y 1.000.000 (33%) por debajo del umbral de pobreza. ¿Problema local? Según la propia Unión Europea, en 2010 ya había 115 millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social en su territorio (más del 23% de la población), cuando en 2007 los europeos en tal situación sumaban 85 millones (17%). Encontramos antiguos y nuevos pobres en Grecia, España e Irlanda… pero también en Francia, Alemania y Austria.

En Madrid, Atenas, Lisboa y otras ciudades se perpetran brutales recortes en educación, sanidad y servicios sociales. Verdaderas violaciones de derechos humanos de millones de personas. Recortes salvajes que condenan a la incultura, al atraso, a mayor sufrimiento, al dolor, enfermedad e incluso a la muerte, cuando, según el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, “ninguna crisis económica y financiera mundial disminuye la responsabilidad de los gobiernos de respetar los derechos humanos de todos”.

Y, mientras parte de la clase media en Europa se precipita en la pobreza, la banca Barclays manipulaba en su beneficio tipos de interés del mercado bancario londinense (libor) y del interbancario del euro (euríbor). Según The Financial Times, nada sospechoso de izquierdismo, conocer tales chanchullos “ha expuesto con luz implacable el corazón podrido del sistema financiero”. ¿Cuando se enterarán de una vez de que los “mercados” (inversores-especuladores) no se autorregulan jamás? Sólo les interesa ganar. Los hechos delictivos referidos han sido acreditados por la FSA, autoridad financiera británica, mientras la prensa económica anglosajona ha señalado que no son hechos aislados, porque los mangoneos con tipos de interés solo son la punta de iceberg de un sistema problemático.

¿Sinvergüenzas aislados? ¡Por favor, son operaciones de billones de dólares! Lo que explica que grupos y empresas financieras de la City londinense hayan gastado más de 116 millones de euros en 2011 para presionar y sobornar a políticos y reguladores financieros, como han desvelado los periodistas Nick Mathiason y Maeve McClenaghan.

La manipulación a gran escala del mercado financiero le hace reconocer a The Financial Times que la podredumbre desvelada demuestra “cómo se comporta esa gente cuando nadie la vigila”. Es una lógica consecuencia de la desregulación. Cuanta mayor desregulación, más latrocinio.

Y, mientras la minoría rica sigue estafando, se impone indiscutible otra realidad: austeridad y recortes impuestos a Europa no han mejorado nada la economía real ni han calmado a los “mercados”. Paul Krugman y Joseph Stiglitz están de acuerdo en que, de insistir en la austeridad, el euro y Europa se irán al garete y las consecuencias de esa política suicida serán prolongadas y severas. Hay crisis para rato si se anteponen los intereses de la banca y sector financiero a los de la ciudadanía. Mientras voceros, defensores y ejecutores del capitalismo predador, suicida e injusto se empecinan en que, aunque todo lo que han hecho y hacen logre resultados contrarios a los que dijeron, tenían que hacerlo porque es lo profesional. Son profesionales, sí, pero de la mentira, del engaño y de la codicia. Sin razones ni argumentos. Ninguno. Pero es que el capitalismo es así.

Nada que celebrar y mucho que lamentar

Estos días se ha conmemorado el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Fecha para celebrar, ciertamente. En cambio es para lamentar el mismo aniversario del ‘consenso de Washington’: la peor versión del capitalismo que los siglos han visto (el neoliberalismo) cuyo antecedente fue la atroz involución conservadora perpetrada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los ochenta.

El cineasta Costa Gavras, comprometido siempre con la democracia y la justicia, formula así esa lamentación: “Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que por fin el mundo sería diferente. Pero fue peor. Todo, medio ambiente, economía, paro. No se propuso una vida mejor, sólo ir hacia un mundo más oscuro”.

En la dogmática aplicación del neoliberal ‘consenso de Washington’ están las causas de la crisis que ha colocado el mundo al borde del desastre. Redactado por un oscuro economista del Institute for International Economics en noviembre de 1989, pretendía ser inicialmente un listado de directrices económicas para América Latina. Pero el Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y otras entidades internacionales rápidamente lo canonizaron como único programa económico posible para impulsar el crecimiento mundial. Demasiado tarde la crisis feroz les ha arrancado la venda de los ojos.

En esa dogmática lista de políticas económicas que es el ‘consenso de Washington’, se impone reordenar las prioridades del gasto público (entiéndase recortar el gasto público social). También es inaplazable la reforma fiscal (es decir, quienes tienen más, que paguen menos). Así como imprescindible liberalizar el comercio internacional (los países ricos hacen lo que quieren, pero los pobres y emergentes han de renunciar a sus aranceles). Por supuesto, hay que liberalizar la entrada de capitales extranjeros (descontrol y alfombra roja a la evasión de impuestos y ocultación de capitales). Y es indiscutible la desregulación de lo financiero (ahí está la crisis para demostrar cuan acertada fue tal directriz). Además de privatizar lo público (¿porque impedir que una minoría se enriquezca con lo que es de todos?).

Eso es el ‘consenso de Washington’. Quien pretenda que nada tiene que ver con la crisis demuestra que no hay peor ciego que quien no quiere ver. Hemos hablado y escrito sobre la crisis hasta la saciedad, pero hay que remachar que las causas de la crisis (reconocidas y confesadas con golpes de pecho y presunto arrepentimiento) no son más que la fiel aplicación de las políticas económicas del consenso de Washington. Como Chicago en los años 30, el de Capone, Moran y Frank Nitti; esto quiero, esto cojo.

En la lúcida versión del humorista español El Roto, el desorden neoliberal perpetrado hace veinte años se sintetiza en un humor agudo ilustrado con siniestras figuras de hombres poderosos, bien vestidos y gesto feroz o con abrumadas imágenes de pobres sorprendidos: “Si nada ganábamos cuando se forraban, porque hemos de perder cuando se la pegan. ¿El capitalismo? Una manita de pintura y como nuevo. Todo lo que dé dinero debe ser privado, y lo que arroje pérdidas, público. ¡Así que el desarrollo sólo era delincuencia! ¡La operación ha sido un éxito: hemos conseguido que parezca crisis lo que fue un saqueo!”

Recurrimos de nuevo a Costa Gavras cuando dice que “volvemos a los años anteriores a la Revolución Francesa, en los que una minoría, la nobleza, lo tenía todo. Hoy parece revivir aquello: una mayoría que hace todo el trabajo y consigue que la sociedad funcione, frente a la nueva aristocracia de los capitalistas. Necesitamos otra revolución, sin sangre, pero una revolución. Para cambiar esta situación”.

Hay que enfilar el hilo en la aguja y no estaría mal que fueran  hechos y no palabras. Por ejemplo, volver a pelear por un impuesto a los movimientos especulativos de capital. Lo propuso en 1971 quien fue Nobel de Economía en 1982, James Tobin. La tasa Tobin es un 0,1% sobre el capital que se mueva para especular. Otro Nobel de Economía, Stiglitz, se ha sumado a quienes reclaman la implantación de dicha tasa. Para mostrar que es posible y no delirio de izquierdoso fumado, el gobierno de Lula impondrá un Impuesto de Operaciones Financieras (2%) al capital extranjero de operaciones especulativas con divisas en Brasil.

No es la revolución, pero todo es empezar.