la ciudadanía y l Unión Europea

Treinta mil tunecinos y libios llegaron a Lampedusa. Francia e Italia se enzarzaron sobre quién cargaba con ellos, pero enseguida resolvieron su enfrentamiento proponiendo restablecer controles fronterizos en Europa y al diablo la libre circulación de personas. Todo para cerrar el paso a los inmigrantes. A Alemania le faltó tiempo para apoyar la propuesta franco-italiana, mientras Dinamarca aprovechaba la ocasión y decidía reinstaurar controles fronterizos con Alemania y Suecia por acuerdo del gobierno conservador y el xenófobo Partido Popular Danés para evitar que se cuelen por la frontera alemana ciudadanos de Bulgaria y Rumanía, aunque formen parte de la Unión Europea.

Esos 30.000 africanos del norte, que huían de la guerra civil libia, han sido pretexto para zanjar la libre circulación de personas en la Unión Europea. Aunque no es la primera vez que Europa se enfrenta a una crisis similar. En 1995, 600.000 refugiados de la guerra de Yugoslavia fueron acogidos sin problemas por la Unión Europea, como ha recordado recientemente el profesor Ignacio Torreblanca. En década y media, la Europa solidaria se ha convertido en un carcamal egoísta y cobarde. Y es que la maldita crisis ha desatado el ‘sálvese quien pueda’ en todos los terrenos. La crisis estalló y la solidaridad europea se fue a hacer gárgaras. Veamos también lo de Grecia, por ejemplo.

El primer rescate griego fracasa y ahora se propone un segundo rescate; Grecia estaría negociando con la Unión y el FMI un préstamo adicional de 50.000 a 60.000 millones de euros. Porque las feroces condiciones impuestas a Grecia por sus “socios” europeos han ahogado la economía griega. Pero este segundo presunto rescate también costará a los griegos un ojo de la cara. Y, entre tanto, la Unión Europea aprovecha y presiona a Grecia para que, además de perpetrar más medidas de austeridad presupuestaria y social hasta 2015, privatice totalmente las empresas de servicios públicos. Entre ellas dos compañías de agua potable y tres de energía, y que lo haga antes del próximo abono de ayuda financiera. Un buen bocado para unas pocas y pecadoras manos privadas.

¿Quién pagará el desaguisado griego? ¿La banca que compra deuda griega con interés desmesurado para hacer un negocio redondo o los ciudadanos? En una de las últimas emisiones de deuda griega había casi más inversores-especuladores que bonos a la venta, a pesar de que las tramposas agencias de rating insinúan que son “basura”. Y es que el dictatorial poder financiero sabe que hará un enorme negocio con la ruina social y económica de la ciudadanía griega. Porque, a la postre, parte del dinero de los rescates irá a parar a sus bolsillos de un modo u otro.

Hace ocho años, el canciller alemán Schröeder, refiriéndose al Tratado constitucional europeo que entonces se aprobaba, aseguró ser necesarios dolorosos sacrificios para obtener buenos resultados a medio y largo plazo en la nueva Europa. La manida tesis de que el pastel ha de crecer para repartirlo. Y es cierto que se han hecho grandes sacrificios, pero siempre por parte de los mismos. Asalariados, funcionarios, empleados públicos, trabajadores autónomos, pequeños empresarios, campesinos, pequeños comerciantes, desempleados, inmigrantes, jóvenes, siempre las mujeres y los pobres sin más apelativos. Porque en Europa hay 80 millones de pobres. Pero el pastel nunca llega a repartirse y quienes sacan tajada de que el pastel crezca siempre son los mismos. Y en época de crisis, ni te cuento. Pocos, privilegiados y amorales. Obscenos, como escribe la socióloga Eulàlia Solé.

Hace ocho años, en medio del entusiasmo de la clase política europea por aprobar la neoliberal constitución de la Unión, Oskar Lafontaine acusó a los mandatarios europeos de desmantelar el Estado social y de hacer retroceder a Europa al siglo XIX. Con la crisis, los recortes de logros y derechos sociales y económicos que se han perpetrado y perpetran para salir de la crisis y recortar déficits públicos devienen sello de esta nueva y penosa Europa. Triunfo descarado de un neoliberalismo que supone más pobreza, más corrupción, más desigualdad y más sufrimiento. Además de la disolución de la solidaridad y el entierro de la vocación de defender los derechos humanos.

Esta es la provecta y codiciosa Europa. Perdón, la provecta y codiciosa minoría privilegiada que controla una Unión Europea que no interesa a la ciudadanía en absoluto. Porque esa Unión se ha convertido en la enemiga de sus intereses, de sus derechos.

De qué hablo cuando escribo que éste es un sistema perverso, desigual y tramposo

Ajustes, recortes sociales, reducción de gasto público y reformas “estructurales”. ¡Qué peligro! Única receta del FMI, OCDE, Banco Central Europeo, Comisión Europea y Bancos centrales nacionales para afrontar los graves problemas que la crisis trae a Europa. Medidas que perjudican a la mayoría de ciudadanos. Pero de verdadera reforma del sector financiero, ni hablamos. Y a quienes más tienen, ni tocarlos.

El catedrático de economía Juan Torres escribe que ahora hay que aumentar los impuestos de las rentas del capital y de la actividad bancaria, especialmente las procedentes de la especulación. Por ejemplo, suprimiendo desgravaciones fiscales injustas que benefician a las rentas más elevadas. Mejor que los recortes.

¿Cuánto ahorra, por ejemplo, el gobierno español con recortes que perjudican a millones de ciudadanos? 15.000 millones de euros. ¿Cuánto aportarían quienes más tienen si pagaran impuestos sin privilegios, atajos ni favores?  40.000 millones de euros. Por ejemplo, restaurar el suprimido impuesto español sobre patrimonio recaudaría más de 2.200 millones de euros; congelar las pensiones españolas sólo ahorra 1.500 millones. Y en el resto de Europa, por el estilo.

Pero ningún gobierno europeo se propone establecer un sistema de impuestos más justo. A los ricos no se les molesta y, si llegan a pagar algo de más, poco y por poco tiempo. Y tampoco nadie propone recortes legítimos y necesarios como reducir gastos superfluos, ostentosos y protocolarios, recorte del gasto militar, supresión de subvenciones por amiguismo o sintonía ideológica, supresión de asesores de dudosa necesidad, recortar (en España, por ejemplo) lo mucho que el Estado dona graciosamente a la Iglesia Católica…

Las medidas propuestas por el gobierno (español, pero también otros) son más de lo mismo: mantener los privilegios de quienes provocaron la crisis”, según Juan Torres.

Y, como remate, el Fondo Monetario Internacional exige más: abaratar el despido de los trabajadores, “flexibilidad” salarial y una “fuerte y rápida reforma del sistema de pensiones”. ¡Que paguen los que menos tienen!

¿Qué significan esos recortes y propuestas del FMI, bancos centrales, Comisión Europea, OCDE y demás leales gendarmes de los intereses de la minoría privilegiada? Cientos de millones de ciudadanos lo van a pasar mal, muy mal. Eso significa.

Pero ellos erre que erre, aunque las recetas neoliberales del FMI causaran el hundimiento de Argentina (sin clase media en meses), provocaran la ruina de países centroamericanos e incrementaran el empobrecimiento de países africanos. Ellos a lo suyo y que el mundo reviente.

Pero, qué curioso, quienes imponen recortes y ajustes como “única” salida no se aplican la receta. Los funcionarios del FMI no pagan impuestos por sus sueldos, un contable de esa equívoca entidad cobra 90.000 dólares anuales y un jefe de departamento cobra entre 150.000 y 300.000 dólares anuales limpios más ayuda a la vivienda. Y pueden jubilarse a los 50 años con una reducida disminución de la pensión.

En la OCDE, el salario de un director es de 132.000 euros anuales. El presidente del Banco Central de Alemania, el pasado año, cobró 350.000 euros y, el vicepresidente, 300.000 euros. El gobernador del Banco Central de Bélgica cobra más de medio millón de euros anuales, el gobernador del Banco Central de España, unos 200.000 euros y el sueldo anual de Trichet, presidente del Banco Central Europeo, es de 350.000 euros más prestaciones sociales y aportaciones al seguro médico, además de vivir en una casa propiedad del banco que no le cuesta un euro. Los fieles servidores de la minoría privilegiada están por encima de los mandamientos neoliberales que imponen.

Con los recortes y ajustes propuestos por FMI, Comisión Europea y demás contubernio neoliberal, retrocedemos a principio del siglo XX. ¡Se tiran por la borda logros y avances sociales conseguidos con sangre, sudor y lágrimas! Logros que proporcionaron a los ciudadanos europeos cierto estado de justicia. Y olvidémonos ya del engañador equívoco del “estado del bienestar” por inexacto y tramposo. Las palabras nunca son gratuitas ni inocentes. El bienestar puede reducirse y no pasa nada. Pero la justicia siempre es exigible. Pasemos del falaz ‘estado de bienestar’ a un legítimo estado de justicia.

¿Entienden por qué cuando escribo, escribo que éste es un sistema perverso, desigual y tramposo?