El caso Lagarde muestra la enorme corrupción de la política profesional

La directora del FMI, Christine Lagarde, ha sido hallada culpable de “negligencia” cuando era ministra de economía del gobierno francés con Sarkozy como Presidente. El dictamen es del Tribunal de Justicia de la República de Francia, corte especial para juzgar delitos de políticos y ex-políticos. Sorprendentemente ese tribunal ha dispensado a Lagarde de cumplir pena alguna. A pesar de que el delito reconocido supone cumplir hasta un año de prisión y 15.000 euros de multa. El delito reconocido de negligencia (en realidad es prevaricación) se perpetró en la demanda del empresario Bernard Tapie (amigo de Sarkozy) al Estado francés por la confiscación gubernamental y venta de la marca Adidas. Lagarde aceptó la multimillonaria indemnización de 400 millones de euros a Tapie que dictaminó una comisión de arbitraje y no apeló. Aunque, como consta en el veredicto, los asesores de Lagarde le aconsejaron recurrir. Si lo hubiera hecho, la indemnización probablemente hubiera sido menor.

¿Qué razones adujo ese Tribunal especial para no imponer condena alguna a Lagarde? La “personalidad” y la “reputación internacional” de la juzgada. ¡Increíble! Para completar el despropósito, el FMI comunicó públicamente que renueva totalmente su confianza en Lagarde, a pesar de su condena (sin castigo) en Francia. Algo huele a podrido.

¿Qué sucedería si algunos famosísimos futbolistas (que han defraudado a Hacienda) recurren las sentencias o multas argumentando que también tienen “reputación internacional”? En serio, esa sentencia deja con el culo al aire no ya un doble rasero de la justicia sino la profunda corrupción de la democracia representativa. ¿Alguien duda de que la ley no sea igual para todos? No descubro América, pero es higiénico ser conscientes de esa innegable verdad, así como del lodazal en el que las minorías de poder, las élites, la clase dominante que diría Marx, han convertido el sistema democrático representativo que, desde hace décadas, ya es una plutocracia. El gobierno de los ricos. Trump ha sido elegido tras gastar una fortuna en la campaña electoral. Como tantos presidentes antes que él. Lagarde, Trump, los presidentes de Estados Unidos y muchos jerarcas de otros países tienen en común que todos tienen muchísimo dinero.

Continuando con el caso Lagarde y la postura del FMI, como en economía y política no hay casualidades, conviene recordar que la ONU, en una de sus conferencias para la prevención del crimen, celebrada en El Cairo, denunció que “la penetración de las mafias en la economía ha sido facilitada por los programas de ajuste estructural (léase recortes sociales y rebajas salariales) que los países endeudados se han visto obligados a aceptar para poder recibir préstamos del Fondo Monetario Internacional”. A la postre, la economía mafiosa criminal está íntimamente ligada a la legal a través de la enorme industria del blanqueo de dinero sucio y negro. Según la ONU, la abundante actividad financiera especulativa del crimen organizado ha contribuido innegablemente a la aparición de crisis financieras y económicas en las últimas décadas.

El mecanismo es conocido. FMI, y Baco Mundial, entre otras entidades internacionales, imponen una austeridad implacable a los países en crisis. Las medidas provocan el cierre de empresas, recortes masivos de plantillas y desempleo en aumento. Y crece la economía sumergida, campo abonado para la economía criminal, cuyos beneficios vuelve a blanquear especulando en bolsas, mercados de capitales y banca en la sombra. Hasta la próxima crisis.

El emperramiento capitalista neoliberal se explica por talantes como los retratados por John Huston en el filme Cayo Largo. En un hotel de Florida coinciden un oficial, que regresa de Europa tras la guerra mundial, y Johnny Rocco, gánster deportado que ha vuelto a Estados Unidos clandestinamente. El soldado pregunta de modo retórico, “¿qué quiere Rocco?” Y él mismo se responde: “Quiere más”. Rocco lo confirma: “Eso es, quiero más”. El oficial pregunta de nuevo: “¿Tendrá Rocco bastante alguna vez?” Y es Rocco quien contesta: “Nunca tengo bastante. Nunca”.

Así es el capitalismo. Nunca tiene bastante. Y se pasan por el forro lo que haga falta en aras de sus ganancias, incluida la justicia. Hay que revertir la situación. Y que los y las Lagarde de este tiempo rindan cuentas y reparen.

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Contra un sistema corrompido

Esperemos hacernos ricos y retirarnos antes de que se derrumbe este castillo de naipes”, decía el email de un ejecutivo de la agencia de calificación de solvencia Standard & Poor’s, que pudieron leer los investigadores del Congreso de Estados Unidos en la indagación sobre causas y responsables de la crisis financiera. “Estamos vendiendo nuestra alma al diablo de los beneficios”, se podía leer en otro correo electrónico de un alto empleado de Moody’s. Ambos correos, muy reveladores.

Las agencias de rating comenzaron a trampear en los ochenta al trabajar para las propias compañías a las que calificaban. Empezaron a ocultar irregularidades de sus clientes y maquillar resultados. Moody’s aceptó otorgar una calificación superior a la empresa financiera Countrywide Financial, tras la protesta airada de sus directivos por una baja calificación.

Es conocido que, en 2007 y 2008, las agencias de rating dieron la calificación de solvencia más alta a productos financieros envenenados. Miles de productos financieros tóxicos (muchos relacionados con hipotecas basura, que no se cobrarán jamás), recibieron la máxima nota de solvencia. A añadir la desfachatez de que las propias agencias de rating habían contribuido a diseñar esos productos en algún caso.

Mala fe, engaño y, sobre todo, codicia obscena en la perversa mutación de las agencias de rating. ¡Todo por la pasta! Las mismas que amenazan a la Unión Europea si reestructura la deuda de Grecia.Pues desde hace semanas, Europa sufre una crisis intensa por ataques especulativos contra las deudas soberanas, está amenazada por otro estallido financiero y con varios países miembros asomándose al abismo. A esa crisis contribuyen las agencias de rating con sus discutibles calificaciones de insolvencia. Los bonos de deuda portuguesa, por ejemplo, han sido reducidos a basura por las agencias sin siquiera considerar el durísimo (e injusto) plan portugués de recortes, incluido un arbitrario impuesto del 50% de la paga extraordinaria navideña. Y España, Italia o Irlanda han de pagar tres, cuatro o cinco mil millones más de intereses por su deuda debido a la desconfianza inducida por las agencias; porque si una deuda soberana aparece como menos fiable, da más intereses a quien la compra.

Europa no puede permitir que tres empresas privadas estadounidenses la destrocen”, declaró la comisaria europea de Justicia, Viviane Reding. Y el gobierno alemán las acusa de ser un oligopolio y todos claman por ponerles coto… Toda Europa arremete contra las agencias de rating. Pero nadie mueve un dedo.

¿Se verá obligada Europa a pactar con las agencias una posible reestructuración de la deuda? Pero ¿quién diablos ha elegido a esas agencias?

Puesto que dirigentes políticos y económicos europeos no mueven ficha, mientras las maquinaciones de las agencias de rating arrojan a la pobreza e inseguridad a millones de europeos, una primera respuesta ciudadana contra esas insaciables agencias ha sido la querella presentada en la Audiencia Nacional de España por dos partidos políticos de izquierda y varias entidades ciudadanas (ATTAC, Observatorio de Derechos Económicos y Sociales…). Los querellantes han aportado ejemplos de la Unión Europea mostrando como las agencias siguen un patrón para hundir la deuda soberana en beneficio de terceros. Terceros como fondos de inversión (Capital Group, BlackRock, Vanguard…), que casualmente son accionistas de las agencias y se benefician del mayor interés que han pagar los gobiernos. También en Portugal se han querellado contra las agencias de rating. Y sería bueno que cundiera el ejemplo.

Agencias de calificación, bancos y aseguradoras de productos financieros constituyen un tridente perverso. Porque a la indecencia de las agencias de rating y la insaciabilidad de la banca (que cada vez presta menos porque especula) cabe sumar la voracidad de los poseedores de seguros de impago (CDS). El negocio de los CDS consiste en que cuando no se paga (deuda en este caso) cobra quien ha contratado un seguro de impago. Pero todo es muy oscuro, tanto que la propia Merkel ha dicho que esos CDS son como si alguien contratara un seguro contra incendios de la casa de su vecino… y luego le prendiera fuego para cobrarlo. Los CDS hoy mueven 61 billones de dólares de la economía; mucho más que toda la economía real.

Este sistema está corrompido. Muy podrido. Como ha escrito el asesor financiero Marco Antonio Moreno, “sólo el colapso total de los bancos centrales y del sistema financiero podrá derrocar a los detentadores de seguros de impago (CDS) de su tiranía, y devolver el mundo a una economía real.

De momento, recurrir a la vía judicial contra los responsables de la crisis no es mala idea.

Buitres, asesores, Alí Babá y los 40 ladrones

He recordado un cuento de mi infancia. Alí Babá descubría una cueva llena de tesoros, botín de una banda de ladrones. Oculta por una gran piedra, la cueva se abría al pronunciar las palabras mágicas: ¡ábrete sésamo! Alí, tras múltiples peripecias, vence a los ladrones, se queda con el tesoro y lo reparte entre los pobres.

Pero hoy y aquí, mensajeros de Goldman Sachs visitaron la Casa Blanca intentando desactivar la denuncia de la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos por vender títulos de deuda de hipotecas que jamás se cobrarán, asegurarlos y cobrar el seguro cuando todo se va al garete. Quien diseñó tal invento trapacero, un tal John Paulson, ganó la friolera de 15.000 millones de dólares. Pero Goldman no es el único en saltarse la ley a la torera.

Por ejemplo, la poderosa eléctrica Enron aprovechó la crisis energética del año 2000 en el estado de California para manipular precios, vender electricidad cinco veces más cara de lo que correspondía y suspender pagos de forma fraudulenta. La telefónica WorldCom fue otra perla que en 2002 tenía pérdidas de casi cuatro mil millones de dólares, pero las transformó en beneficios por arte de magia para hacer subir el precio de sus acciones. Shell contabilizó irregularmente 7.400 millones de dólares y dio predicciones optimistas sobre el precio de la electricidad para aparentar una rentabilidad superior a la real. Qwest, comunicación por fibra óptica, simuló compras y ventas inexistentes para aumentar el valor de sus acciones. Bristol-Myers, quinta farmacéutica mundial, manipuló información de precios de sus productos para acelerar ventas. Merck anotó ingresos inexistentes de 14.000 millones de dólares… Global Crossing, Adelphia, Tyco, Xerox, Merck, Bristol-Myers, Parmalat… Todos hicieron cosas que no debían. Y hace unos cuantos meses, Madoff arruinó a mucha gente con una estafa de considerables dimensiones. En fin, la lista de quienes se ponen el mundo por montera en negocios y asuntos financieros es tan larga que se aburrirían si la reprodujera. Definitivamente algo huele a podrido en el capitalismo.

Trampa, timo, engaño, fraude, ratería, saqueo y pillaje son una asentada tradición en este capitalismo de nuestras desdichas. ¿Cuánto dinero habrán escamoteado a accionistas, ciudadanos que invierten poco, ciudadanos que invierten mucho, consumidores y contribuyentes en general todos esos que han cruzado la frontera de la decencia y la legalidad sin que les temblara un párpado? ¿Cuánto daño han hecho? ¿Cuanto sufrimiento han causado?

Y, sin embargo, no parece que se tomen las medidas necesarias para frenar ese estado de delincuencia financiera y económica, que, por cierto, no es menos nocivo que robos y atracos por la calle, sino mucho más.

¿Qué hacer inmersos en esta crisis que sufren cientos, miles de millones de personas?

La parte del león de las causas de la crisis y de que no se salga de ella (a pesar de proclamas publicitarias de lo contrario) es lo que ocurre y deja de ocurrir en el mundo financiero. Una jungla sin normas ni control.

No hay normas y, sobre todo, no hay control. Aunque desde hace más de un año (desde que Lehman Brothers estuvo a punto de hundirse) mandatarios y entidades internacionales claman por regular y controlar. Pero nadie hace nada. Nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato.

Pero sí pasa que ministros de finanzas y directores de bancos centrales de los países del G-20 han rechazado la propuesta del Fondo Monetario Internacional de imponer tasas a los bancos. Y Alemania y Francia (seguidos como corderitos por el resto de Unión Europea) han dicho que si Grecia quiere su dinero para salir del bache el gobierno ha de jorobar mucho más a sus ciudadanos; perdón, quería decir poner en marcha un duro programa de reestructuración. El FMI continúa esquizofrénico con el déficit de los Estados, pero no mueve ficha positiva, y los republicanos de Estados Unidos han frenado la reforma financiera. O sea que algo sí se está haciendo.

Regular y controlar, no. Pero ahondar la crisis, sí. Que más gente la sufra y que no se vea una salida.

Lástima que no tengamos palabras mágicas para abrir la cueva de los tesoros como Ali Babá.

¿Quién es más pirata?

Los piratas están de moda. Países ricos y asociaciones de derechos de autor han lanzado una intensa campaña contra el pirateo de películas y canciones; filmes y éxitos musicales que se copian bajo mano y se venden ilegalmente con pingües beneficios. También otros piratas, éstos somalíes y armados con Kalashnikov, atacan, abordan y secuestran barcos en el océano Índico para exigir cuantiosos rescates. Los gobiernos han enviado sus buques de guerra para hacer frente a los piratas y evitar sus abordajes. Lejos del ánimo la menor simpatía por estos piratas, como por nadie que recurra a la violencia para lograr sus fines y ponga en peligro la vida, libertad e integridad de las personas. Ni por aquéllos. Pero tal vez deberíamos prestar atención a otros piratas más letales.

Desde hace años, empresas farmacéuticas transnacionales envían personal explorador a países empobrecidos con la saqueadora y depredadora misión de descubrir plantas, semillas, microorganismos, tratamientos y conocimientos populares y tradicionales de esos países, en Latinoamérica y Asia, así como técnicas curativas y terapias indígenas, para rapiñarlos y registrarlos sin encomendarse ni a dios ni al diablo, con la sacrosanta protección de la patente. Cees Hamelinck, profesor de la Universidad de Ámsterdam, denunció hace tiempo esta nueva piratería: “En muchos países pobres [el sector farmacéutico] saca partido de los conocimientos locales para fabricar medicamentos muy rentables, sin el consentimiento ni beneficio de los habitantes del lugar”. Y así, expertos del Gobierno de India descubrieron que más de 5.000 “medicinas y tratamientos tradicionales” indios se estaban registrando en oficinas de patentes de todo el mundo por empresas o testaferros que nada tenían que ver con la India, su cultura, sus conocimientos o sus intereses.

Ahora, India se ha convertido en el primer país que se enfrenta a la bio-piratería de grandes empresas farmacéuticas occidentales: ha elaborado una inmensa base de datos (La Biblioteca Digital del Conocimiento Tradicional) y declarado “propiedad pública” más de 200.000 tratamientos médicos de la cultura india para impedir que la industria farmacéutica robe esos conocimientos tradicionales con el viejo truco de patentarlos. Las grandes transnacionales farmacéuticas han dejado maltrechos a los países empobrecidos por el elevado precio de sus medicamentos patentados y su beligerante actitud contra el esfuerzo de países emergentes para elaborar principios activos, medicamentos genéricos sin marca, mucho más baratos.

Las organizaciones solidarias defensoras del derecho a la salud han denunciado que anualmente llegan a morir diecisiete millones de personas por no poder conseguir medicamentos contra infecciones respiratorias, malaria, sida, tuberculosis o enfermedades sexuales, debido a su alto precio. La codiciosa belicosidad de las empresas farmacéuticas se traduce en una implacable presentación de demandas judiciales contra gobiernos de los países emergentes que intentan elaborar o importar medicamentos genéricos a precios razonables y asequibles para curar a sus ciudadanos.

La presión internacional, fruto de protestas ciudadanas y de la acción de organizaciones como Oxfam y Médicos sin Fronteras, han conseguido que las empresas farmacéuticas retiren o pierdan demandas contra gobiernos como el de India, Filipinas y otros; demandas en las que realmente buscaban patentes de corso para vender sus caros fármacos y que se prohibieran los medicamentos genéricos baratos. Pero la beligerancia farmacéutica no acaba ahí.

Germán Velázquez, director del Programa Mundial de Medicamentos de la OMS, recomendó producir medicamentos genéricos y eliminar las patentes en el sector farmacéutico. Tal vez fuera casualidad, pero desde que el doctor Velázquez publicó su estudio ha recibido amenazas de muerte, ha sido agredido físicamente y acosado telefónicamente. Ahora se mueve con protección policial.

Casper Gutman, un gangster de modales exquisitos y palabra culta, personaje de El halcón maltés, de Dashiell Hammet, es capaz de incitar al asesinato para conseguir una valiosa figura de oro y piedras preciosas. Cuando se le pregunta qué derecho tiene sobre esa joya responde: “Un objeto de tal valor pertenece sin duda a quien lo consiga”. Ésa parece ser la filosofía del sector farmacéutico, blindado tras un injusto sistema de patentes: el conocimiento para quien se apropie de él. Según Noam Chomsky, “los derechos de propiedad intelectual no son más que protección del control que garantiza a las grandes corporaciones el derecho a cobrar precios de monopolio”. Y visto todo esto, ¿quién es más pirata?

Un mundo organizado a beneficio de unos pocos

La actual crisis económica demuestra el fracaso estrepitoso de la sociedad de “libre” mercado, forma elegante de denominar al centenario capitalismo. Como ha escrito Eduardo Galeano, “el mercado tendrá que pedir perdón de rodillas al mundo porque ha sido un dios implacable que nos ha conducido a la catástrofe”. Ese mercado se apoya en la calvinista cultura del éxito y en la producción del lujo como objetivo legítimo, inyecta cientos de miles de millones de dólares en los bolsillos de los zorros que esquilmaron el gallinero, pero permite que mueran de hambre o sida millones de seres humanos. Y profesa la fe de carbonero en mitos como la famosa ‘mano invisible’ que todo lo regula y controla.

 

La inamovible fe de los adoradores del mercado “libre” en el crecimiento económico constante (además de la fe en la ‘mano invisible’) como único camino de salvación va de la mano de la promoción de la opulencia y de la práctica del derroche, pues el objetivo del mercado no es satisfacer las necesidades de todos ni el crecimiento del ser humano sino crear necesidades, inventarlas si es preciso, para no parar de vender y asegurar ese crecimiento constante que arroje cada vez cuentas de resultados más abultadas, pues el mercado “libre” se inventó a partir de la codicia. No de virtudes humanas.

 

Así las cosas, la perversión llega al extremo de que, además de establecer y consagrar una economía de humo y especulación (que huele a delito), presionando hacia abajo el ‘libre’ mercado consigue que la gente viva para trabajar (cuando puede) en lugar de trabajar para vivir. Y, a pequeña escala, el capitalismo invita y empuja a las partes bajas de la pirámide (clases asalariadas y medias sin patrimonio notable) a participar en el estéril festín del consumo incesante por el consumo. No del crecimiento humano ni del bienestar interior.

 

Al final consumimos demasiado, dilapidamos, nos cargamos poco a poco el planeta y muchos se preguntan ya, ahora que le vemos las orejas al lobo, si realmente alguien se cree que esto puede crecer hasta el infinito y va hacia algún lado que merezca la pena. Por otra parte, ese mito del mercado se formula siempre como libre, pero, como se pregunta el escritor Rafael Argullol: “¿Puede ser libre una sociedad en la que la codicia, la desmedida ambición y la mentira campan a sus anchas?” Por supuesto que no.

 

Y a todo esto, un informe reciente de la OCDE (la asociación de los 30 países más desarrollados del mundo) nos desvela que 1.800 millones de trabajadores del mundo (un 60% del total) no tienen contrato laboral alguno. Y en cuanto a disponer de protección social, los trabajadores de los países empobrecidos (oficialmente ‘en desarrollo’) van desde los que sólo son la mitad del total hasta los que apenas son la cuarta parte de todos.

 

¿Quieren recordar las cifras de la desigualdad y la insultante pobreza de este mundo? Apenas 130 millones de personas poseen el 90% de las riquezas del mundo, el resto a repartir entre más de 6.300 millones. Casi 450 millones de niños y niñas sufren desnutrición y en África subsahariana una persona de cada tres sufre hambre crónica. Un niño de cada cinco no tiene acceso a la educación primaria y cerca de  novecientos millones de adultos son analfabetos, de los que dos tercios son mujeres. Diariamente mueren 30.000 niños menores de 5 años por enfermedades evitables. Más de 1.000 millones de personas no tienen acceso a agua potable y 2.400 millones de personas están privadas de instalaciones sanitarias satisfactorias.

 

¿Aún hay quien crea que la sociedad capitalista, la sociedad de mercado “libre”, es el mejor sistema posible, consustancial con el progreso y el bienestar? ¡Venga, hombre!

El domínico brasileño, teólogo de la liberación, Frei Betto, nos radiografía con lucidez esta tramposa sociedad de mercado: “Allí donde el mercado pone su mano deja marca. La mano puede ser invisible, pero sus marcas no. Sobre todo cuando deja en el desamparo a millones de desempleados. La ‘mano invisible’ manipula descaradamente nuestra vida, privilegia a unos pocos y asfixia a la mayoría”

Y entonces ingenuos e inocentes decimos que lo que pasa es que este mundo está mal organizado, pero no es cierto. Como nos recuerda el analista Javier Ortiz, “el mundo está bien organizado… pero en beneficio de unos pocos”.

 

Que la crisis nos sirva para empezar a cambiarlo todo de una puñetera vez.