Lo que no se ve tras el conflicto entre gobierno PP e independentistas

Llevamos todo un trimestre con una agitación política y mediática que no cesa a propósito del conato (que en realidad no fue) de proclamar el señor Puigdemont, la independencia de Cataluña. Y ahí cabe alguna precisión que otra sobre la verdadera entidad del conflicto (que haberlo, haylo).

La crisis en Cataluña se ha utilizado también para que muchas noticias relevantes que tenían que haber alterado ánimos ciudadanos hayan pasado como si no hubieran sido. Por ejemplo, el final del juicio del caso Gürtel, en el que, según concluyó la fiscal anti-corrupción, Concepción Sabadell, “ha quedado abrumadora y plenamente acreditada la existencia de la caja B del PP” que financió al partido. Una caja B que acumulaba el importe de las comisiones ilícitas al Partido Popular por adjudicar obra pública y contratos también públicos

También caso Gürtel, poco ha destacado que el inspector-jefe, Manuel Morocho, de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) que dirigió la investigación de la trama Gürtel , haya declarado que hubo presiones y querellas contra la UDEF para frenar la investigación, que la financiación irregular del PP es “corrupción en estado puro” y que dirigentes como Mariano Rajoy cobraron sobresueldos en negro.

Sorprendentemente (o no) esa noticia no ha salido en las portadas del País, ni de ABC, ni de El Mundo, ni de La Razón ni, por supuesto, en los sumarios de los telediarios de TVE. Los titulares han sido mayoritariamente sobre y contra los independentistas catalanes.

Tampoco ha destacado la prensa que la Audiencia Provincial de Madrid ha ordenado reabrir las investigaciones contra el ex-vicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato por presunto blanqueo de dinero, por haber creado “sociedades en el extranjero para defraudar a la Hacienda Pública“.

Y no se ha visto bastante que Alberto Ruiz Gallardón está imputado por prevaricación y falsedad documental en el supuesto y delictivo “desvío de fondos” para comprar una filial latinoamericana del Canal Isabel II.

Entre otras cosas tampoco ha destacado de modo suficiente (que debiera) que el Gobierno Rajoy reduce por tercer año consecutivo la inversión en Sanidad, Educación y Protección Social, mientras la deuda pública alcanza el billón de euros. Tampoco se ha destacado que el gobierno Rajoy ha tirado a un cajón la muy necesaria ley de reforma hipotecaria que había de acabar con el aumento de desahucios injustos sin alternativa para la gente desahuciada.

Pero tal vez lo peor sea que ministros de Rajoy admitan que se podrían devolver competencias autonómicas al gobierno central en la comisión de reforma constitucional del Congreso. Esos ministros han propuesto una regresión autonómica como opción aceptable. Que por ahí van los tiros lo demuestra la declaración del ministro de Justicia, Catalá, al decir que “algunas políticas, que tuvieron sentido quizás en un momento inicial de consolidación del Estado de las autonomías, ahora manifiestan disfunciones disonantes“. Mientras la ministra de Defensa, Dolores de Cospedal, defiende que “se puede reformar en un sentido o en otro“. Lo que suena fatal y apesta a despótico.

Al final resultará que la derecha rancia, corrupta y autoritaria, directa heredera del franquismo, podría salirse con la suya: volver de facto a un repugnante escenario franquista.

Pero solo será si se lo permitimos.

En tal situación, ante las cercanas elecciones catalanas, hay que empezar por pedir a los independentistas de ERC que, tras haber fastidiado tantas cosas con su ausencia de realismo político, precipitación y pésimo cálculo, olviden la DUI y fantasías semejantes. El objetivo del 21 de diciembre ha de ser una mayoría parlamentaria en Cataluña, pero no independentista sino radicalmente democrática. Para vencer a los que se autodenominan ‘constitucionalistas‘ que no son más que la derecha de siempre que solo acepta el sistema democrático si mandan ellos.

Ese es el objetivo porque, entre otras razones , el enemigo de la ciudadanía y de la clase trabajadora catalana y de todo el Estado no es España sino la clase dominante española que, por cierto, todos estos años se ha dado el pico con la clase dominante catalana hasta noviembre de 2014.

¿En qué cabeza cabe un proceso político en el que van de la mano los muy neoliberales y austericidas recortadores de presupuestos sociales del PdeCAT (antes CiU) con los que dicen ser anticapitalistas de la CUP?

Ahora toca poner en apuros al régimen dinástico bipartidista del 78, que aún respira y puede hacer mucho daño. Y las elecciones al Parlament de Catalunya es un buen modo de hacerlo.

Otro país y otro futuro empiezan ahora

Grecia nos precedió y el pueblo trabajador eligió a Syriza para gobernar y construir otro país, justo, libre y democrático, contra todas las trampas, golpes bajos y chantajes de una Europa vieja, egoísta y caduca. Y el 24 de mayo de 2015 también empezó un cambio en España. Una transformación cuyo origen probablemente se inició hace cuatro años con la sacudida de la conciencia colectiva que fue el 15M. Poco se imaginaba el delegado del gobierno de Madrid (responsable político de las fuerzas policiales) que la orden que dio a los guardias de desalojar de la Puerta del Sol a una cuarentena de jóvenes que allí habían acampado desataría un movimiento de indignación social ciudadana que se extendió a Europa e incluso a EEUU. De aquella indignación surgió que grandes sectores de una población adormecida hasta entonces se organizaran en movimientos sociales y entidades cívicas. Y también que, a medida que el movimiento de los indignados progresaba y reflexionaba, se considerara de nuevo la necesidad de hacer política para cambiar las cosas, conscientes de que pasar de política, como se había hecho en los últimos años, no era una solución, porque la política nunca pasa de nosotros.  Pero el 15M también significó demostrar que los modos y maneras de hacer política habituales ya no servían y era palmario cuanto se había desnaturalizado y corrompido la democracia parlamentaria representativa, concretado en el grito de millones de voces de ¡No nos representan!

Cuatro años después, la izquierda en amplias coaliciones y plataformas de unidad popular ha arrebatado al PP (y en Barcelona a la también corrupta CiU) el poder municipal de casi todas las grandes ciudades y de las poblaciones más nutridas, así como el gobierno de varias comunidades autónomas. En realidad, el PP solo podrá gobernar en tres regiones: Castilla y León, La Rioja y Murcia.

Es el principio del fin de esta gente, de esta derecha cavernícola y neofranquista que lleva más de dos décadas saqueando y arruinando el país y que, con toda probabilidad, se hundirá en las próximas elecciones generales de noviembre. Pero el triunfo no nos ha de permitir dormirnos en los laureles, porque ahora empieza de verdad el trabajo difícil. Y para ese trabajo hay que fajarse y apuntalarse porque estará plagado de obstáculos, asechanzas, obstrucciones y dificultades.

Empieza una época en la que la derecha mentirá más que nunca, pondrá trampas diversas y lanzara ataques de todo tipo… para que los gobiernos de la unidad popular fracasen. Pero antes emponzoñarán hasta el aire para que no se formen esos gobiernos  de izquierda. Pues bien, ante todas esas amenazas, el pueblo trabajador se ha de organizar aún más si cabe, más allá de las siglas (que no han de desaparecer ni mucho menos), en estructuras de poder popular fuertes, sólidas. Porque frente a las falacias estúpidas de la derecha sobre la “fragmentación” de tantos partidos y grupos de izquierda, nosotros proclamamos que lo que ellos llaman fragmentación es la expresión de la pluralidad y de la libertad del pueblo trabajador.

Esas organizaciones de poder popular han de asegurar que la democracia sea cada vez más participativa y han de recordar y exigir a los gobiernos municipales y autonómicos de izquierda lo que han de hacer y que han de cumplir lo prometido. Porque un programa electoral es un contrato con la ciudadanía. Además, las organizaciones populares han de apoyar con determinación y sin fisuras a los gobiernos de izquierda, cuando arrecien los ataques de la derecha, con tanta movilización como sea necesaria. Todas las acciones colectivas necesarias contra esos ataques que sin duda vendrán de la minoría rica privilegiada dominante, de la clase política rancia, casposa y corrupta y de una prensa y unos medios vendidos a los intereses y trampantojos de esa minoría.

No va a ser fácil, pero es cierto, y ya no es solo un sueño, que se puede empezar a cambiar este país si aceptamos el reto y estamos dispuestos a luchar desde ahora por unas regiones y por unas ciudades más justas, democráticas y solidarias. Básicamente depende de nosotros, del pueblo trabajador.