Nada por encima de los derechos humanos

Más de 70.000 personas han muerto violentamente en Colombia en los últimos cuarenta años, la mayoría civiles, en un inacabable conflicto que enfrenta a ejército, policía, guerrilla y paramilitares; unas veinte mil personas han ‘desaparecido’ y más de tres millones se han visto obligadas a desplazarse, convertidos en refugiados en su propio país, y además hay unos diez mil niños y niñas soldado. Las víctimas del conflicto son casi siempre civiles, campesinos, indígenas, mujeres, descendientes de los esclavos negros…

No sólo mueren o son forzados a desplazarse, son torturados y les roban las tierras (millones de hectáreas). Amnistía Internacional ha documentado detalladamente cientos de casos de violaciones graves de derechos humanos de los colombianos y colombianas y nos facilita las terribles cifras del inicio de este escrito en su reciente informe “Déjennos en paz”. Sin embargo el gobierno colombiano, entonces presidido por Uribe, tiene una visión optimista del respeto de los derechos humanos en el país, negando que los paramilitares sigan actuando, torturando… Y miran hacia otro lado…

En el Congo, en la región de los grandes lagos de África Central, prosigue un conflicto feroz. Tropas han irrumpido desde Ruanda en la región congolesa de Kivu, donde hay ricas reservas de oro, diamantes, cobalto y coltán (los dos minerales esenciales en la fabricación de móviles y ordenadores). El señor de la guerra Laurent Nkunda dice que defiende a los tutsis de los hutus. Falso. Detrás están las transnacionales occidentales (estadounidenses, belgas, canadienses sobre todo) que atizan el conflicto desde hace añps para mantener el control remoto de la zona y de sus riquezas minerales. Un informe de la comedida ONU acusó hace unos pocos años a 29 compañías de haber saqueado la República Democrática de Congo y a otras 85 de haber violado las normas de comportamiento empresarial establecidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo. Empresas occidentales en su mayoría, por cierto.

La codicia de los países blancos y ricos mantiene un conflicto que ha dejado más de cuatro millones de muertos en quince años y un millón y medio de desplazados. Además hoy hay unos siete mil niños soldado y niñas prostitutas forzados (30.000 en todo el tiempo) y en la región fronteriza de Kivu, los trabajadores que extraen los preciados minerales han sido convertidos en auténticos esclavos, según informan organizaciones humanitarias entre ellas el ‘Forum Internacional por la Verdad y la Justicia en la región de los Grandes Lagos’.

En Irán, a pesar de que el Fiscal general de ese país anunció hace unas semanas que no ejecutarían a más menores de edad, ciento cincuenta mil menores esperan en el corredor de la muerte, porque las autoridades iraníes permiten que siga vigente la qisas, la ley del talión, que autoriza a los familiares de una víctima a vengarse del agresor hasta matarlo.

Esa es una de las miserables falacias del gobierno iraní: permitir la venganza privada; la otra es retrasar el momento de la ejecución hasta que el condenado ha cumplido los dieciocho años, cuando el principio de no ejecutar menores se refiere al momento en que cometieron el delito.

Mohsen Gabrai fue acusado de sodomía a los 15 años, delito terrible en un país islámico como Irán, y será ejecutado si no media algún milagro, a pesar de que su víctima, otro chico de edad similar, le ha perdonado. Además, Moshe fue torturado brutalmente.

Todos hablan de la crisis económica que azota el mundo. Parte de esa crisis ha sido la más feroz especulación del precio de alimentos básicos. Hace un cierto tiempo se podía leer en una web del Deutsche Bank la recomendación de invertir en alimentos, porque el precio iba a subir y los beneficios podían ser jugosos, sin que les temblara un párpado. Para ser justos, hay más así, no sólo el Deutsche Bank, dispuestos a las mayores tropelías en aras de sus sagrados beneficios.

El aumento del precio de alimentos básicos, como arroz, cereales y otros, conseguirá que 16 millones de niños y niñas más pasen a engrosar la legión de los hambrientos en los próximos años. Lo dice un estudio del Instituto para la Investigación de las Políticas Alimenticias presentado recientemente en Maputo (Mozambique). Según el mismo estudio, en sólo cuatro años (de 2003 a 2007) los hambrientos en el mundo han pasado de ser 850 millones a 925. Hacia atrás, como los cangrejos.

En Bangladesh, por ejemplo, el aumento del precio de alimentos en un 50% provoca que aumente en un 25% el número de mujeres y niños con déficit de hierro, lo que se traduce en mayores riesgos en el embarazo y el parto, y menor desarrollo de la capacidad de conocimiento en los niños.

Son cuatro muestras de violaciones masivas de derechos humanos. Cuatro muestras de cómo sin respetar todos los derechos humanos de todos no hay futuro ni presente. No hay vida digna. No hay vida.

Es bueno recordarlo cuando se cumplieron y sobrepasaron los 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hay que ser muy conscientes de que los derechos humanos no son una opción, sino una exigencia ineludible.

Y no vale pensar en el fondo de nuestro corazoncito que esas cosas tan dramáticas no nos pueden pasar no nos pueden pasar a nosotros (que vivimos en el llamado primer mundo). Algunas ya ocurren. Como el aumento dela pobreza, el hambre… Por eso que se empeñan en llamar crisis cuando fue una estafa en primera instancia que ha devenido saqueo global.

Conviene recordar quizás un poema escrito por un pastor protestante en la Alemania nazi, Martin Niemüller, aunque se atribuye erróneamente al dramaturgo Bertol Bercht:

Cuando los nazis apresaron socialistas,
no dije nada,
pues yo no era socialista.
Cuando detuvieron a los de sindicatos,
no dije nada,
por no ser yo sindicalista.
Y cuando se llevaron a los judíos,
tampoco protesté,
porque yo no era judío.
Cuando vinieron a buscarme,
ya no había nadie
que pudiera protestar.

 Ya no podemos sostener la pueril fantasía de que las violaciones de derechos ocurren en lugares lejanos y no nos afectan. Porque sí nos afectan ya en la vieja Europa, en la desarrollada España. Y es urgente recordar que las víctimas de violaciones de derechos humanos siempre sufren, siempre padecen dolor, angustia e incluso muerte. Solo se podrá decir con justicia que se ha salido de la crisis cuando imperen los derechos humanos de todos y todas en todas partes. Échenle un vistazo a la Declaración Universal de Derechos Humanos, a sus treinta artículos, y comprobarán que es así. Porque los derechos humanos no solo conciernen a la libertad de expresión, el voto universal o la libertad religiosa sino a la vida digna, a la vida sin discriminació y sin pobreza. Cuando se tiene una visión completa de los derechos humanos, de todos los derechos humanos, es cuando se comprende de verdad que son la base de todas nuestras legitimidades.

Por eso, el principio indiscutible es que nada puede haber por encima de los derechos humanos. Nada. O nos vamos al garete.

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