Crisis, antiterrorismo y violencia armada

Junto al saqueo de rentas de la clase trabajadora y de la ciudadanía, más el vaciado de la democracia, el antiterrorismo y la violencia armada organizada son la otra gran amenaza contra los pueblos. Buena muestra es lo ocurrido en Iguala (México). En octubre pasado, en el estado de Guerrero, desaparecieron 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. En México, las escuelas Normales son muy cercanas al campesinado, a la clase trabajadora y a sus reivindicaciones. Se dijo que un grupo narcotraficante era el responsable de la desaparición forzada y sí, pero no solo. Como tantas veces desde 1968, fue una acción conjunta de agentes de fuerzas de seguridad y escuadrón de la muerte.

Como ha escrito Raúl Zibechi, sirva este caso para dejar ya de hablar del narcotráfico como algo distinto a otros negocios de las élites, pues hay alianza real entre éstas y violencia armada organizada. Recordemos los precedentes históricos, recuerda Zibechi; piratas y corsarios actuaron en el enfrentamiento de los imperios español, inglés y francés en el siglo XVII, sin olvidar los pactos de Estados Unidos con la Mafia en la conquista de Sicilia durante la II Guerra Mundial entre otros.

Hoy, recuerda Zibechi, Colombia ha sido tierra experimental de utilización de criminales organizados contra la izquierda y los movimientos populares. Un informe de 1990 de Americas Watch, sección de Human Rights Watch, demostró que el cártel de Medellín de Pablo Escobar asesinó sistemáticamente a sindicalistas, políticos de izquierda, defensores de derechos humanos, periodistas y profesores. Luego, los paramilitares cogieron el testigo de esa alianza de élites, terroristas y cloacas del Estado. La experiencia colombiana se aplica hoy en México y Guatemala, disponible para ser utilizada cuando y donde los intereses de las élites lo precisen. Pues no hay diferencia de objetivos entre crimen organizado y élite económica.

En línea semejante, Jeremy Keenan denunció que la ultraderecha estadounidense creó en 1997 un programa para la dominación mundial de Estados Unidos por medio del proyecto Estrategia, Fuerzas y Recursos para un Nuevo Siglo. Ahí se reconocía que “el proceso para el dominio de Estados Unidos será largo, salvo que ocurra algún evento catastrófico como un nuevo Pearl Harbor”. El ataque japonés a Pearl Harbor fue el hecho que hizo entrar en guerra a Estados Unidos y no cabe duda de que los atentados del 11-S en Nueva York fueron ese nuevo Pearl Harbor esperado. A partir del 11-S, la guerra contra el terrorismo ha sido el casus belli, el pretexto, para militarizar regiones según los intereses de las élites.

Por ejemplo, en 2001 el presidente Bush definió el petróleo africano como recurso nacional estratégico que Estados Unidos debía controlar militarmente. Keenan ha explicado que Estados Unidos usó la guerra contra el terrorismo para militarizar África, pero como ahí no había terrorismo, lo fabricaron. En 2002, se creó el grupo P2OG de operaciones encubiertas para estimular reacciones terroristas. Keenan recuerda que en 2003 la primera operación conocida provocó el secuestro de 32 turistas europeos por un grupo hasta entonces desconocido, dirigido por un oficial de inteligencia argelino al servicio de Estados Unidos. El Pentágono calificó entonces el Sahara-Sahel como zona terrorista y, tras diez años de política antiterrorista donde no había terrorismo, Mali, Niger y Chad si son ya zona de guerra. Un vistazo al mapa de conflictos armados (Afganistán, Somalia, Libia, Sudán del Sur, República Centroafricana, Este del Congo, Níger, Ucrania…) y a los recursos de esos países o su importancia geoestratégica permiten ver el mundo de otro modo.

¿Qué decir de Irak, donde se ha gestado la mayor parte de grupos terroristas del siglo XXI tras la invasión y ocupación angloamericana? O en Siria surge de repente un implacable Estado Islámico que asesina a mansalva. El historiador Robert Freeman afirma que el Estado Islámico fue creado por Estados Unidos al convencer a Arabia Saudita de que financiara a los rebeldes sunitas de Siria, precedentes del Estado Islámico. Ya ocurrió en Afganistán. Estados Unidos financió y entrenó a guerrilleros musulmanes que expulsaron a los soviéticos y derrocaron el gobierno para sustituirlo por la dictadura talibán. Los pueblos han de tomar buena nota de que las élites recurren a la violencia armada, oficial y descarada, encubierta o disfrazada, para continuar el saqueo que llaman crisis.

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