Acabar ya con los paraísos fiscales

En 2009, tras el hundimiento de la banca Lehman Brothers, entre promesas de control y regulación del mundo financiero, se pretendió que la era del secreto bancario había terminado y el G20 prometió acabar con los paraísos fiscales; esos oscuros estados de cartón-piedra donde se oculta el dinero negro y sucio del mundo. Se elaboraría una lista negra, con consecuencias para quien estuviera en ella, y solo se podría salir de la misma aceptando dar información fiscal, financiera y económica a las autoridades fiscales o judiciales de otros países.

Pero todo quedó en agua de borrajas.

Tax Justice Network, una organización global que investiga la evasión de impuestos y sus nocivos efectos, ha publicado el Indice del Secretismo Financiero que desvela cómo las entonces cacareadas medidas del G-20 para eliminar paraísos fiscales solo fueron humo. Nada. Lo afirman tras un cuidadoso análisis de 72 paraísos fiscales.

La lista negra de paraísos fiscales que no cooperaran se vendió como medida estelar del G-20 de Londres de 2009. Pero nada cambió. Los paraísos fiscales eran y continúan siendo refugio del dinero sucio y negro del planeta, aunque en la famosa lista negra de la OCDE solo haya dos o tres paraísos.  Una tomadura de pelo.

Según Tax Justice Network, hoy hay depositados más de 10 billones de dólares en 72 paraísos fiscales; el equivalente al 70% del PIB de Estados Unidos. Incluso hoy captan más dinero negro que nunca, según datos del Banco de Pagos Internacionales. Y, aunque no figuren en ninguna lista negra o de otro color, Suiza, Luxemburgo, Gibraltar y las Caimán son los paraísos fiscales más oscuros y activos. Y 68 más.

La opacidad y secretismo de los paraísos fiscales permite blanquear dinero del crimen organizado, da alas a la corrupción y facilita la evasión fiscal pura y dura. Y cuando hay blanqueo, evasión fiscal y corrupción hay injusticia y, con injusticia, crece la desigualdad. Como ocurre desde hace tres décadas.

José Vidal Beneyto escribió que “nunca los ricos han sido tan ricos, ni los pobres tan pobres. Más de la mitad de población del mundo sobrevive con menos de dos dólares diarios y más de 1.300 millones de personas con un dólar. Mientras se multiplica vertiginosamente la fortuna de los más ricos”.

Según Merryll-Lynch y Capgemini, que elaboran informes anuales sobre los ricos y sus riquezas (el último con datos de 2009), las 91.300 personas más ricas del mundo poseían en 2009 cada una más de 30 millones de dólares. Entre todas, casi 14 billones de dólares, el PIB de la Unión Europea. Y eso sin incluir en la riqueza el valor de primera residencia, bienes consumibles, bienes coleccionables (obras de arte) o bienes de consumo duradero. O sea, que eran aún más ricos.

No tan ricos, pero ricos (poseen como mínimo un millón de dólares), hay diez millones en el mundo y entre todos suman 39 billones de dólares. El triple del PIB de Estados Unidos. También son ricos sin contar en ese millón de dólares mínimo el valor de primera residencia, bienes consumibles, bienes coleccionables… Entre unos y otros hay en el mundo diez millones cien mil ricos mal contados. Contra siete mil millones de personas que somos la población de la Tierra.

Mientras aumenta la pobreza en el mundo, parte de la clase media descubre la penuria y la estrechez, al tiempo que el paro deviene endémico en muchos países, Merrill Lynch y Capgemini prevén que en 2013 los ricos serán mucho más ricos. Increíble.

Sobre desigualdad rampante, Robert Reich, de la Universidad de California, escribió en The Wall Street Journal que, hace 40 años, un director ejecutivo estadounidense medio ganaba 20 veces más que un empleado medio. Pero hoy ese ejecutivo gana 364 veces más.

Pobreza y desigualdad han aumentado escandalosamente al imponer el dogma neoliberal los gendarmes globales de la minoría de ricos: FMI, Banco Mundial, OMC, Tesoro de Estados Unidos, BCE, Comisión Europea… ese dogma es libertad total para los capitales, desregulación financiera absoluta, menos impuestos a los ricos, reducción drástica de gasto público social, rígido control presupuestario estatal… Aunque todo sería menos dañino sin paraísos fiscales que permiten esconder el dinero. Porque si no hubiera lugares que proporcionan refugio seguro e impunidad absoluta al dinero sucio y criminal, muchos problemas no serían posibles. La evasión de impuestos, por ejemplo, no sería tan abundante y, por tanto, los estados no estarían tan entrampados porque tendrían más ingresos. Además, las organizaciones criminales lo tendrían mucho más crudo para blanquear el fruto de sus delitos.

Sobre pagar impuetos, Sam Pizzigatti recuerda que, en Estados Unidos, en 1961, a los beneficios superiores a 400.000 dólares anuales (tres millones de dólares de hoy) se les aplicaba un tipo impositivo del 91%. Hoy a esos beneficios apenas se les aplica una tercera parte de ese tipo. Y a los ricos aún les parece demasiado. Pero tienen los paraísos fiscales para no pagar impuestos.

Resuminedo, los Gobiernos bajaron impuestos a grandes fortunas y empresas, se endeudaron para rescatar bancos y ahora soportan acreedores que exigen recortes sociales para poder cobrar ellos. Romper el círculo vicioso de endeudamiento público, reducir déficit público y sus negativas consecuencias sociales exige acabar con los paraísos fiscales. Cuanto antes.

 

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