Wikileaks, una necesidad democrática

Julian Assange debería ser asesinado, según un tal Flanagan, asesor del primer ministro de Canadá. El asesinable Assange es el fundador y director de Wikileaks, organización que ha dejado con las vergüenzas al aire a la clase política de Estados Unidos y de otros países al difundir miles de documentos del Departamento de Defensa y de las embajadas al Departamento de Estado. Documentos “clasificados”, muy secretos. Lo de hacer secretos documentos oficiales es una práctica nada democrática de gobiernos que presumen de democráticos; una práctica que, como recuerda el sociólogo Manuel Castells, es la “capacidad de silenciar en la que se ha fundado siempre la dominación y las tiranías”. Como escribe el constitucionalista Bill Quigley de la universidad de Nueva Orleans, “desde el 11-S, los políticos creen que no deben compartir sus ‘secretos de estado’ con los ciudadanos”. Inaceptable.

Afortunadamente existe Wikileaks. La difusión de documentos “clasificados” ha destapado corrupciones, abusos y violaciones de derechos humanos, juego sucio, trampas para impedir hacer justicia, torturas y matanzas en todo el mundo. También actuaciones autoritarias o delictivas de mandatarios, lavado de dinero que salpica a gentes “honorables”, atrocidades perpetradas por fuerzas armadas de Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak… Una larga lista de ilegalidades, delitos e incluso crímenes. Que tal labor de destapar e informar es importante lo prueba que Wikileaks haya recibido por su tarea premios de entidades tan dispares como el conservador The Economist o Amnistía Internacional.

Como era previsible, Wikileaks está ahora en el punto de mira. Pero quienes atacan a Wikileaks no cuestionan la veracidad de lo difundido; critican la difusión de documentos con la despreciable falacia de que pone en peligro a tropas americanas o de sus aliados. Políticos estadounidenses han farfullado la inefable majadería de que las filtraciones de Wikileaks son terrorismo porque arriesgan vidas. Pero oficiales estadounidenses han reconocido que “la publicación de esos documentos no ha producido muerte alguna”. Por cierto, son los mismos políticos que aprobaron bombardeos de saturación de Bagdad y otras ciudades iraquíes que costaron miles de vidas.

Hillary Clinton, Secretaria de Estado de Estados Unidos, ha reaccionado en falso al decir que “esta revelación es un ataque a la comunidad internacional”. ¿Qué ataque? ¿De qué comunidad habla? Y miembros de la Cámara de Representantes de EEUU han pedido a la Secretaría de Estado que añada Wikileaks a la lista de organizaciones terroristas. Sería cómico, si no fuera tan lamentable.

Por si fuera poco, algunos medios de comunicación (no al servicio de los ciudadanos, por cierto) colaboran con los ataques de servicios de inteligencia contra Assange y Wikileaks. Fox News, portavoz de la extrema derecha estadounidense, ha propuesto incluso que Assange sea asesinado. Algo viejo como el mundo, porque ya en la Grecia clásica los tiranos mandaban asesinar al mensajero. Pero el mensajero no es responsable de lo canallesco de los mensajes.

Lo ofensivo es que los diversos mandatarios afectados no se avergüenzan ni se arrepienten por lo que han perpetrado y Wikileaks ha desvelado, pero se rasgan las vestiduras porque ahora se conocen sus fechorías.

Conviene recordar el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo 62º aniversario se ha celebrado el 10 de diciembre: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

El presidente saliente de Brasil, Lula da Silva, ha expresado su total solidaridad con Julian Assange y se ha mostrado “espantado ante la falta de manifestaciones” en el mundo contra la prisión de Assange. “Quiero manifestar mi protesta contra ese atentado contra la libertad de expresión. En vez de culpar a quien ha divulgado esos documentos, deben ser culpados quienes los escribieron”.

Wikileaks contribuye a garantizar nuestro derecho ciudadano a saber la verdad. La información es la savia de la democracia, decía Thomas Jefferson, y quien impida ese derecho a la información ataca la democracia.

A fin de cuentas, como ironizaba una ilustración humorística, “¡qué horror, el mundo es tal como nos temíamos!”. Por eso, porque lo intuíamos y ahora sabemos, hay que continuar luchando por el derecho a la información. Contra cualquier autoritarismo.

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