Hay que enhebrar de una vez el hilo en la aguja

Por un lado, la minoría privilegiada impone austeridades y reducciones del déficit a cualquier precio, más impunidad del mundo financiero, reformas laborales para debilitar a los trabajadores y servilismo de los gobiernos.

Por otro, la inmensa mayoría de ciudadanos que necesita que se cree empleo, que no nos carguemos la Tierra, que disminuya la desigualdad, que se reparta la riqueza, por lo menos una parte…

Hay un claro enfrentamiento entre la minoría privilegiada y la inmensa mayoría ciudadana. La minoría defendiendo sus obscenos e ilegítimos intereses. Y la mayoría, su indiscutible justo derecho a una vida digna. Por eso, al encarar la crisis y sus consecuencias es preciso determinar si las personas y sus derechos son referente de las propuestas que pretenden resolver la maldita crisis. Quizás suene ingenuo, pero ¿acaso la Declaración Universal de Derechos Humanos es sólo un adorno? Por supuesto que no. Y no nos engañemos, no es el  objetivo: es el camino. Por eso la crisis y cómo resolverla es cuestión de derechos humanos. O no hay solución.

Así, Bill Mitchell, profesor de Teoría Económica de la universidad de Newcastle (Australia), denuncia que “los gobiernos del mundo, azuzados por financieros, FMI, OCDE y G20 van en estampida para ejecutar programas de austeridad y controlar déficits. Pero en toda la propaganda huera sobre austeridad se pierde de vista el verdadero problema. Porque miles de niños morirán como resultado de las necias políticas de austeridad fiscal, únicamente pensadas para satisfacer a las élites sociales ricas”.

O, como denuncia Intermón Oxfam, podríamos añadir también que diariamente uno de cada seis habitantes del mundo no sabrá si ese día comerá. O que en los países del euro ya hay más de 15 millones de desempleados. También que una de cada cuatro jubiladas españolas está condenada a la pobreza. Que… Suma y sigue. La crisis sin resolver es pisotear derechos humanos de millones de personas.

Pero, además de insolidaria e injusta, la minoría privilegiada es necia (del latín nescio, nescire, nescivi, nescitum: no saber, ignorar) y su codicia es estúpida (necia, falta de inteligencia), porque no se percatan de que sus recortes y austeridad de hoy es apostar por el desastre enseguida. Incluso el New York Times dice en un reciente editorial que “a ese súbito entusiasmo por la austeridad fiscal, especialmente en economías fuertes, le saldrá el tiro por la culata, condenando a Europa a muchos años de estancamiento o algo peor. Y Estados Unidos corre el mismo riesgo enorme. Los Demócratas han abandonado el estímulo económico y la creación de empleo por la verborrea contra el déficit”.

Costas Lapavitsas, investigador del Research on Money and Finance de Londres, ha diagnosticado que “todo conduce al viejo error de reducir el gasto público antes de que la economía se recupere. Ese resurgir conservador está directamente relacionado con los intereses financieros, los mismos que nos metieron en la crisis. Callaban cuando fueron rescatados por los estados, pero ahora dictan la política en Europa. Ese calvinismo tan alemán de la austeridad es muy peligroso y puede arrastrar a Europa a un estancamiento muy prolongado”.

Para acabar de rematar ese pésimo envite, resulta que el problema no es el déficit de los Estados; un déficit que, por cierto, los Gobiernos contrajeron para salvar a los bancos. Esos mismos bancos rescatados que, cómplices con los “mercados”, ahora mienten, siembran rumores, chantajean y especulan sin piedad. No permitáis que os engañen: el verdadero problema es la deuda de bancos de unos países con bancos de otros. Los bancos no se prestan entre sí, porque se deben mucho unos a otros y no se fían ni un pelo unos de otros. ¿Y que han hecho con ese dinero prestado que se deben unos a otros? Casi siempre especular. Y, como ahora no tienen liquidez, no hay crédito. Y sin crédito la economía real no funciona.

Por tanto, si además de explotadora, codiciosa e injusta, la minoría privilegiada es necia, no esperemos que los de arriba resuelvan la crisis. “Los de arriba” son gobiernos, instituciones económicas nacionales e internacionales más bancos y “mercados”, fundidos en un totum revolutum impresentable.

Somos nosotros (ciudadanos, asalariados, capas populares: la inmensa mayoría) quienes hemos de poner el hilo en la aguja. De momento, resistir, informarse, saber y debatir. Para no perder pie, para saber dónde estamos.

Y, cuanto antes, mejor que más tarde, volver al trabajo ciudadano colectivo, pasar de la resistencia a la acción. Sin dejar de ayudar a quienes estén peor que nosotros. Con imaginación, con decisión, con tenacidad y sin ira. Sin ninguna ira. Sin dejarnos llevar por emociones encontradas, que suelen ser pésimas consejeras.

O tomamos la iniciativa o no salimos de ésta.

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