Liberar a las víctimas del crimen de la pobreza

Einstein nos enseñó que la energía no se crea ni se destruye, simplemente se transforma. En la vida colectiva ocurre algo parecido. Si unos pocos acumulan mucho, muchos tendrán muy poco. La pobreza se explica mejor cuando se ve desde el análisis de la desigualdad.

Más allá de la obscenidad de que un ejecutivo estadounidense gane 232 veces el salario medio de un trabajador, la desigualdad en el mundo es lo más visible de una pobreza insultante.

En América Latina, África y Asia hay unos 200.000 asentamientos precarios. Auténticas conurbaciones masificadas de pobreza. Tienen distintos nombres: favela, villa miseria o bidonville, y en ellos viven (¡es un decir!) más de 1.000 millones de personas; la sexta parte de la población mundial.

Los millones de habitantes de esas villas miseria son pobres indiscutibles, no disponen de servicios de agua potable, saneamiento, salud ni educación; se les trata como a criminales y se enfrentan a la violencia policial y de las mafias locales. Porque esos asentamientos precarios son el mejor escenario para el delito y la violencia.

Con frecuencia, un barrio de tales masificaciones de pobreza es desalojado por la fuerza. Luego lo derriban. En Luanda (Angola) y Pnom Pen (Camboya), por ejemplo, saben mucho de eso. Razón de peso para tan depredador proceder es que el suelo sobre el que se asientan chabolas y barracas será dinero para quienes especulan. Y los pobres serán más pobres, mientras una minoría se enriquece aún más, construyendo edificios de lujo, por ejemplo.

En Perú, conocemos el caso de Griselda, mujer indígena de Ccarhuacc, una zona muy pobre. Embarazada se puso de parto, pero no había comadrona porque la de su área tenía vacaciones. Los familiares hicieron lo que pudieron y el bebé nació bien, pero la placenta no salía. No supieron qué hacer. Griselda murió.

No es algo aislado. Según Naciones Unidas, por cada 100.000 nacimientos en Perú, mueren 240 mujeres. La mayoría son campesinas, indígenas y pobres. Mueren por hemorragia, por pre-eclampsia o eclampsia, por infección, por parto obstruido… Por causas impensables en Estados Unidos o Europa. Mueren por falta de centros de urgencia, mueren por falta de información, mueren por escasez de personal sanitario. Mueren por pobreza.

Y en África, al final del río Níger, encontramos lo que Amnistía Internacional llama “tragedia de derechos humanos”. Porque la población del delta del Níger sufre pobreza por las empresas petroleras que ahí extraen crudo.

Vertidos de petróleo, derrame de materiales de desecho, explosiones de gas y otros impactos de la industria petrolífera causan graves problemas. Los habitantes de la región beben, cocinan y se lavan con agua contaminada por petróleo y otros contaminantes. Respiran aire que huele a petróleo y gas, sufren problemas respiratorios y lesiones de piel.

En el delta del Níger se viola el derecho de las personas a una alimentación segura, al agua limpia, a la salud y a una vida digna. Condenados a una pobreza segura. Pero a cambio, la Shell y otras compañías petroleras se enriquecen.

No todo son desgracias, claro. Las consultoras Merryl Lynch y Capgemini publican un Informe de Riqueza Mundial que explica quienes son los más ricos y cuanto tienen.

Hay ricos y ricos. Ricos de un millón de dólares. Y ricos muy ricos que poseían cada uno en 2008 una media de 32,8 billones de dólares, y eso sin sumar el valor de sus mansiones, ni el arte colgado en sus paredes ni las joyas ocultas en sus cajas fuertes.

Hay 80.000 ricos muy ricos en el mundo, pero en la Tierra somos 6.500 millones de ciudadanos. Los muy ricos son un 0,001 % de población, una ridícula milésima de unidad. Pero poseen el 10 %  de la riqueza del planeta. Mientras la ONU denuncia que el número de personas que sufren hambre ha aumentado hasta 1.020 millones. Hace un año y medio eran 850. Tanta desigualdad y pobreza son insoportables. Obscenas.

Tal vez, como dice Esteban Beltrán, Director de Amnistía Internacional España, “debemos conseguir que las víctimas del crimen de la pobreza reclamen ante los tribunales de justicia, y que los responsables de la pobreza comparezcan como acusados. Encontrar, procesar y juzgar a los perpetradores de la pobreza es el mayor reto al que nos enfrentamos. Porque hay que liberar a las víctimas de la pobreza”.

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