Llamar a las cosas por su nombre

El humorista El Roto ha expresado en una ilustración humorística lo que ocurre con la dichosa crisis. Sobre el mar, un gran trasatlántico y la frase de alguien que se supone grita: “El capitalismo se hunde, banqueros y ricos, primero”. Es un excelente resumen de la crisis y de como le hacen frente.

Desde hace veinte años sufrimos la versión neoliberal del capitalismo; es decir, la de los enemigos de la presencia del Estado en la economía, los defensores a ultranza de la privatización de todo y del sacrosanto mercado que (presuntamente) regula la actividad económica; por su fe, los neoliberales son enemigos del Estado del bienestar, de la sanidad y de la enseñanza públicas, entre otras cosas. Pues bien, ellos son responsables del desastre y, para perpetrarlo, han contado con la también neoliberal e irresponsable complicidad de organismos financieros internacionales como el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Pero no se confundan, éste no es un problema de dictadura ideológica (la de los neoliberales, presentes en todos los ámbitos de poder) con consecuencias terribles. Es más soez. Más vulgar.

El periodista Ramón Muñoz nos ha ofrecido una implacable visión de muchos de esos sujetos causantes de la crisis. Nos recuerda en un espléndido artículo (que se puede leer en http://www.attacmadrid.org) que en este capitalismo neoliberal, directivos y consejeros de grandes corporaciones tienen privilegios faraónicos (sueldazos enormes, opción a acciones, vacaciones lujosísimas pagadas, aviones jet de empresa…) y escasas responsabilidades. Si las acciones suben, ganan fortunas; si bajan o incluso la empresa quiebra, ganan también. Y, además, tienen indemnizaciones de escándalo cuando son despedidos.

“Las mayores empresas financieras de Wall Street (Merrill Lynch, JP Morgan, Lehman Brothers, Bear Stearns y Citigroup, ¿os suenan?) – ilustra Muñoz- pagaron más de 3.000 millones de dólares en cinco años a sus máximos ejecutivos, precisamente cuando inflaban las cuentas, ocultando préstamos incobrables en paquetes de fondos y activos oscuros (para maquillar los balances y que no aparecieran las pifias), que han provocado la mayor crisis financiera de la historia”. Lehman Brothers aprobó millones de dólares para los directivos que salieran de la empresa mientras negociaba el rescate de la quiebra con dinero federal. El consejero delegado de la aseguradora AIG, rescatada con fondos públicos, gastó 322.000 dólares en 2007 en viajes privados en el reactor de la empresa ya en plena crisis. Para celebrar que el gobierno había salvado de la quiebra a AIG con dinero público (o sea, de los ciudadanos y ciudadanas), sus directivos pasaron un fin de semana a pan y cuchillo en un lujosísimo hotel californiano de 800 euros la habitación: gastaron más de 440.000 dólares en sólo dos días. Stanley O’Neal, presidente de Merrill Lynch, en 2007 gastó 357.000 dólares en avión y coche para uso privado. Se fue hace un año, con las mayores pérdidas de la historia de Merrill Lynch , pero se llevó 160 millones de dólares.

Hace treinta años, los ingresos medios de los máximos directivos de corporaciones estadounidenses eran 36 veces superiores al sueldo medio de un trabajador; en 1989, 71 veces, y el año pasado, 275 veces más que el salario de sus trabajadores, según “The Institute for Policy Studies and United for a Fair Economy”. Bonos, gratuitas opciones a acciones, sueldazos, cuentas ilimitadas de gastos… configuran el millonario escenario de la reducida clase de directivos del capitalismo neoliberal. ¿Cuándo se hará un estudio a fondo sobre qué han hecho y hacen esos sujetos para ganar tales cantidades?

Y para que el panorama sea completo, esas poderosísimas empresas que se iban o se han ido al traste en la dichosa crisis, en medio de los excesos de sus directivos, tienen que ver con las masas de dinero oscuro depositadas en paraísos fiscales. Sin embargo, en el mar de propuestas ante la crisis, no se ha oído ninguna sobre medidas para aflorar dinero negro y acabar con la impunidad de los paraísos fiscales ni tampoco con el secreto bancario ni con la negrura de tanto dinero global refugiado en esos paraísos.

Esta crisis no hubiera sido posible con control y vigilancia reales de los movimientos financieros, pero es imposible ese control y esa vigilancia con una cincuentena de paraísos fiscales en activo.

Algunos próceres y dirigentes políticos vislumbran ahora que control y vigilancia no son malos. Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, propone tomar medidas urgentes contra ciertos sospechosos fondos de inversión para regular mejor el sistema financiero. “Propongo un sistema muy simple, que ninguna institución financiera escape a la supervisión ni a la regulación”, ha dicho. Y el primer ministro británico, Brown, plantea “un plan de reformas para corregir la debilidad de la arquitectura de supervisión de las finanzas”. En plata sería hablar de la inexistencia de vigilancia y control de bancos y movimientos financieros.

Quizás los políticos profesionales europeos han comprendido por fin lo que el presidente Lula de Brasil proclamó hace poco: “Se acabó eso de que el mercado lo puede todo”.

Que gran verdad, entre tanto, ¿por qué no llevar ante la justicia a los responsables de esta crisis que tanto dolor, sufrimiento e incluso muerte causa y causará?

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One thought on “Llamar a las cosas por su nombre

  1. De acuerdo al 100 por 100 y sobre todo con la pregunta “¿Cuándo se hará un estudio a fondo sobre qué han hecho y hacen esos sujetos para ganar tales cantidades?”… Pero este estudio no sólo se debería hacer con las personas que están en esas empresas privadas del capitalismo neoliberal con sueldazos enormes y escasas responsabilidades, sino también con las personas que están en las diferentes administraciones públicas con muchos complementos y escamoteadas responsabilidades que cobran de mis, tus, sus, nuestros y vuestros impuestos. Bsos. Vicky.

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