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Contra la dictadura del sector financiero

agosto 4, 2010 Deja un comentario

Vendieron productos basura e hicieron estallar el sistema financiero internacional. Obligaron a los gobiernos a gastar billones de dólares y euros para salvarlos y ahora convierten en negocio especulativo la enorme deuda pública contraída para rescatarlos. Cortaron el crédito y paralizaron las economías. Son los bancos. Quienes provocaron la crisis quieren que la paguen trabajadores asalariados, pensionistas, trabajadores autónomos, pequeños empresarios… Y, como forzaron eliminar la banca pública, y sólo ellos prestan cuando quieren, ahora chantajean a los Estados: reformad los mercados de trabajo, privatizad las pensiones, reducid gasto social… o no compramos vuestra deuda pública. Éste es un lúcido resumen de lo que ha ocurrido y ocurre, según el economista Juan Torres.

Esta situación es pura y simplemente una dictadura. Una dictadura gangsteril perpetrada por el sector financiero. Dictadura solapada, maliciosa, disimulada, encubierta, camuflada, escondida, marrullera e hipócrita. Pero dictadura. Una dictadura que se pasa por el forro la voluntad ciudadana, extorsionando a quienes han sido elegidos por los ciudadanos y que gobiernan en beneficio del sector financiero, de la minoría privilegiada.

Esta dictadura sólo es posible con la complicidad necesaria de los políticos que elegimos y en los que delegamos el poder de la ciudadanía soberana. Por supuesto. Pero también por la deserción de los ciudadanos de su papel de ciudadanos.

La dictadura del sector financiero persiste porque los ciudadanos no les plantamos cara. Parece haber sólo quejas e ira. Y mucha confusión. Pero hay que reaccionar y practicar el consejo de Confucio: Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.

Hacer algo.

Y, como recomienda Federico Mayor Zaragoza, releer la Declaración Universal de los Derechos Humanos para convencernos de que vale la pena luchar por los grandes valores éticos que son los derechos humanos. Derechos humanos significan justicia, dignidad y libertad. Que es lo que ahora necesitamos por encima de todo.

En Amnistía Internacional dicen que ellos son como el agua sobre la piedra: referencia al antiquísimo cuento en el que un maestro muestra a su discípulo cómo la gota de agua que cae constante desde el brocal de un pozo sobre la base de piedra llega a horadarla. Cuestión de tiempo.

En 1961, Peter Benenson, sobrecogido por la noticia de que dos estudiantes portugueses fueran condenados a siete años de prisión por brindar por la libertad durante la dictadura de Salazar, escribió el artículo Los presos olvidados, en el que pedía a los lectores que escribiesen cartas a las autoridades portuguesas expresando su apoyo a esos estudiantes para conseguir su liberación. Así nació Amnistía Internacional, que, enviando cartas corteses a las autoridades, en medio siglo ha liberado a casi 60.000 presos de conciencia o encarcelados sin garantías judiciales. Y también que se conmuten muchas penas de muerte.

En Euskadi, la banda terrorista ETA asesinaba a mansalva en los años 80 y había una densa complicidad colectiva por puro miedo. Un grupo reducido, Gesto por la Paz, decidió que cada vez que una persona fuera asesinada, ellos se concentrarían en la calle, silenciosos y sin pancartas. Este movimiento cada vez tuvo más seguidores y contribuyó a cambiar la actitud ciudadana frente a los asesinatos, enfrentándose a la violencia sin violencia, condición necesaria para empezar a abordar la falta de paz en la región. Algo así hicieron las madres y abuelas de mayo en Argentina contra la dictadura militar y hoy muchos “milicos” están en la cárcel.

Los ciudadanos debemos enfrentarnos a la dictadura financiera y a los gobiernos que la sirven. Sin ira, sin violencia; incesantemente, con inteligencia, tenacidad y, si es posible, con humor e imaginación. Llamando a las cosas por su nombre (que no es insultar). Mostrando que somos más que ellos, que la soberanía es nuestra. Y reivindicando.

¿Por qué no exigir que los bancos cumplan su función de conceder créditos? ¿Por qué no reivindicar que vuelva a haber banca pública? ¿Porque no exigir que se investigue, juzgue y castigue a los especuladores? ¿Por qué no reclamar que se recorten gastos superfluos, suntuarios o militares, pero nunca el gasto social ni el que mueve la economía real? ¿Por qué no recordar un día sí y otro también a los gobernantes que son lo que son gracias a nosotros?

Que los ciudadanos se enfrenten a la dictadura financiera no es fácil, pero es absolutamente necesario. O tenemos crisis para rato; es decir: injusticia y sufrimiento.

Entre saqueadores y acoquinados anda el juego

diciembre 13, 2009 Deja un comentario

El rescate del sistema financiero ha costado muchos billones de dólares. Según Nomi Prins, ex directora de Bear Stearns y Goldman Sachs, autora de It Takes a Pillage, 1,7 billones hubiesen evitado la crisis. Con ese dinero, el gobierno de Estados Unidos hubiera comprado o subvencionado todas y cada de las casas cuya cuota mensual no podían pagar sus propietarios, impago que inició este desastre más trampas del sistema bancario.

Pero cubrir las hipotecas hubiera sido mucho más barato. Aunque hubiera significado dar dinero a los ciudadanos. Imposible según el sacrosanto dogma de la mano invisible que regula todo y el Estado no interviene. Sólo se puede dilapidar si son bancos los que reciben dinero. Prins nos recuerda también que el New Deal de Roosvelt (tan citado) ayudó con mucho dinero, sí, pero reformó la economía. Hoy no se ven las reformas.

¿Por qué? En Estados Unidos, altos ejecutivos de Wall Street son quienes obtienen cargos en el Ministerio de Finanzas, pero ocupan de nuevo cargos bancarios cuando dejan el gobierno. Y, claro, entre bomberos no se van a pisar la manguera. Por eso no se reforma nada.

Ángela Merkel, canciller de Alemania, denuncia que los bancos especulan de nuevo y que la situación económica es incierta porque no se han establecido medidas de control de mercados financieros. Rafael Poch de Feliú, corresponsal en Berlín del diario La Vanguardia, nos recuerda que desde marzo de 2009, los principales índices bursátiles (Dow Jones, Nikkei, Dax) han crecido por encima del 50%. Cifras que no tienen que ver con ningún crecimiento real de producción de bienes o servicios, mayor distribución de los mismos ni mayor consumo. Pero los principales bancos de inversión (especulativa, por supuesto) repartirán 100.000 millones de dólares en gratificaciones a sus ejecutivos.

En Gran Bretaña, según el Centro para la Investigación Económica y Empresarial, en 2009 aumentan un 50% respecto a 2008 las gratificaciones de altos ejecutivos financieros. Nunca pocos han poseído tanto dinero y con tan pocas reformas, ha ironizado Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra.

Ergo, la recuperación que proclaman los medios informativos (que cada vez informan menos) no es más que especulación.

Aunque abrió la puerta de España a la contrarreforma neoliberal (iniciada en los ochenta por Reagan y Thatcher), Felipe González, ex presidente del gobierno español, ha renunciado al demoníaco neoliberalismo y hoy denuncia que la crisis fue porque el sistema económico era un casino sin reglas. Que haya reglas, entonces, si ése es el problema.

No parece posible. No en Europa. El flamante Tratado de Lisboa (que pretende ser la Constitución de la Unión Europea) prohíbe “cualquier limitación de la circulación de capital entre los estados miembros, así como entre éstos y terceros países”. Ateniéndonos al significado real de las palabras, el Tratado prohíbe cualquier  regulación de mercados financieros. Los Sarkozy, Brown, Merkel, Van Rompuy, Zapatero y compañía tendrán que explicarnos cómo saldremos de la crisis sin regular ni controlar bancos ni espacios de especulación financiera.

Acaso por eso fueron ministros de Economía del G-20 (y no de la Unión Europea) quienes pidieron al Fondo Monetario Internacional la imposición de una tasa a transacciones internacionales financieras. Y el FMI estudia alguna tasa a los bancos, pero sólo para crear un fondo de futuros rescates bancarios. Por supuesto, ha aclarado su director, no es la tasa Tobin. La tasa Tobin gravaría la especulación financiera internacional para dedicar lo conseguido a resolver los muy graves problemas del mundo (pobreza severa y hambre, por ejemplo). No, esa tasa que el FMI estudia podrían denominarse tasa de Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como.

Porque cuando banqueros, financieros y especímenes similares defienden la libertad (para oponerse a las regulaciones y controles) es la libertad del capital financiero y empresarial para acumular riqueza. A costa de lo que sea. La libertad de las personas y de los pueblos les importa un rábano.

La peor crisis de la historia y no se vislumbran normas ni control. Pero vuelve el saqueo. El profesor Juan Torres propone que los ciudadanos pongamos en marcha respuestas pacíficas, pero contundentes ante tanta injusticia y desvergüenza. Lo firmo, porque si los de abajo de la pirámide de población no nos movemos, esto no lo arregla ni dios.

Un mundo criminalmente corrupto y desigual

junio 2, 2009 Deja un comentario

Una reciente querella contra el dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, denuncia que desvió ilícitamente 27 millones de dólares para blanquearlos con la compra de seis viviendas y tres plazas de garaje en España. Un informe del Senado de Estados Unidos indica que una cuenta de Guinea Ecuatorial en el banco Riggs ascendía a 700 millones de dólares por pagos de petróleo guineano y que el banco ayudó a Obiang a crear empresas-fantasma y abrir cuentas a su nombre y colocar parte de ese dinero.

Françoise Desset, juez decana de delitos financieros de París, ha admitido una denuncia de Transparencia Internacional, organización contra la corrupción que acusa a jefes de Estado africanos de enriquecimiento ilícito, abuso de confianza y apropiación de fondos públicos. Pide que se investiguen las fortunas acumuladas en Francia por Omar Bongo, presidente de Gabón, y Denis Sassou-Nguesso, presidente de República de Congo. Un informe de la policía francesa desvela que grandes viviendas de lujo en las zonas más caras de París, así como una flota de automóviles de lujo, son propiedad de esos presidentes.

Al otro lado del océano, Álvaro Colom, presidente de Guatemala, parece implicado en el asesinato del abogado Rodrigo Rosenberg. “Si ven este vídeo significa que he sido asesinado”, grabó este abogado guatemalteco, muerto hace poco. Rosenberg  señala al presidente Colom y a otras personas como responsables de su muerte, relacionada con corrupción en el Banco de Desarrollo Agrícola, el segundo más grande de Guatemala.

En Oriente, el ex presidente surcoreano Roh Moo-hyun, implicado en una  corrupción millonaria, se ha arrojado por un precipicio cerca de su domicilio. 

En Grecia, el primer ministro conservador, Costas Karamanlis, evitó convocar elecciones anticipadas al impedir por pocos votos que se levantara la inmunidad al diputado y ex ministro de su partido, Aristóteles Pavlides, acusado de exigir comisiones para conceder un servicio de transbordadores.

En España, la Fiscalía Anticorrupción ha experimentado un incremento espectacular del 100% en investigaciones por corrupción inmobiliaria, financiación ilegal de partidos, sobornos y estafas respecto al año anterior.

En Italia, el Tribunal de Milán ha condenado al abogado David Mills a cuatro años de cárcel por corrupción. Según la sentencia, Mills mintió a los jueces para proteger a Silvio Berlusconi, y le ayudó y también a Fininvest (consorcio mediático y financiero de Berlusconi) a burlar las leyes italianas. Berlusconi sobornó con 600.000 dólares al abogado británico y éste cometió “falso testimonio” para “proporcionar impunidad a Berlusconi y al grupo Fininvest”. El Tribunal considera probado que Mills permitió a Berlusconi “mantener ingentes beneficios” en paraísos fiscales y “burlar abiertamente” las leyes italianas de medios de comunicación.

Berlusconi se ha librado -de momento- por la ley Alfano (que garantiza inmunidad a cuatro altos cargos del Estado), que se apresuró a hacer aprobar con su mayoría absoluta cuando vio las cosas mal.

Y en 2007 y 2008, nos encontramos con los millonarios escándalos Enron, World Com y otros en Estados Unidos, más Eurostat en la Unión Europea. Y en Alemania, casi todas las grandes corporaciones empresariales (Siemens, Daimler Chrysler, Volkswagen, Scherin, BMW, Henkel y Degusta…) pasan por el banquillo de los acusados por cajas ocultas, dinero negro, sobornos, engaño organizado, chanchullos y manipulaciones contables.

Según Transparencia Internacional, el 60% de los países suspende en ausencia de corrupción y casi ochenta de las 180 naciones incluidas en su informe anual puntúan menos de tres en una escala de honradez política y económica de 0 a 10.

No es una cuestión académica. Como asegura Jesús Lizcano, presidente de Transparencia Internacional en España, “se mantiene la relación entre corrupción y pobreza”. Y en el informe de Transparencia encontramos: “En los países pobres, los niveles de corrupción significan la diferencia entre la vida o la muerte, si está en juego dinero para hospitales o agua potable. (…) Los altos niveles de corrupción y pobreza en muchas sociedades del mundo son un desastre humanitario intolerable”. 

Cabe concluir que este mundo capitalista (aún neoliberal) es un mundo corrupto y criminalmente desigual. 

Habrá que hacer algo.

Lo peor de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena, decía Ghandi. Y Martin Luther King añadía: “No me duelen los actos de la gente mala; me duele la indiferencia de la gente buena”.

Un mundo organizado a beneficio de unos pocos

abril 21, 2009 Deja un comentario

La actual crisis económica demuestra el fracaso estrepitoso de la sociedad de “libre” mercado, forma elegante de denominar al centenario capitalismo. Como ha escrito Eduardo Galeano, “el mercado tendrá que pedir perdón de rodillas al mundo porque ha sido un dios implacable que nos ha conducido a la catástrofe”. Ese mercado se apoya en la calvinista cultura del éxito y en la producción del lujo como objetivo legítimo, inyecta cientos de miles de millones de dólares en los bolsillos de los zorros que esquilmaron el gallinero, pero permite que mueran de hambre o sida millones de seres humanos. Y profesa la fe de carbonero en mitos como la famosa ‘mano invisible’ que todo lo regula y controla.

 

La inamovible fe de los adoradores del mercado “libre” en el crecimiento económico constante (además de la fe en la ‘mano invisible’) como único camino de salvación va de la mano de la promoción de la opulencia y de la práctica del derroche, pues el objetivo del mercado no es satisfacer las necesidades de todos ni el crecimiento del ser humano sino crear necesidades, inventarlas si es preciso, para no parar de vender y asegurar ese crecimiento constante que arroje cada vez cuentas de resultados más abultadas, pues el mercado “libre” se inventó a partir de la codicia. No de virtudes humanas.

 

Así las cosas, la perversión llega al extremo de que, además de establecer y consagrar una economía de humo y especulación (que huele a delito), presionando hacia abajo el ‘libre’ mercado consigue que la gente viva para trabajar (cuando puede) en lugar de trabajar para vivir. Y, a pequeña escala, el capitalismo invita y empuja a las partes bajas de la pirámide (clases asalariadas y medias sin patrimonio notable) a participar en el estéril festín del consumo incesante por el consumo. No del crecimiento humano ni del bienestar interior.

 

Al final consumimos demasiado, dilapidamos, nos cargamos poco a poco el planeta y muchos se preguntan ya, ahora que le vemos las orejas al lobo, si realmente alguien se cree que esto puede crecer hasta el infinito y va hacia algún lado que merezca la pena. Por otra parte, ese mito del mercado se formula siempre como libre, pero, como se pregunta el escritor Rafael Argullol: “¿Puede ser libre una sociedad en la que la codicia, la desmedida ambición y la mentira campan a sus anchas?” Por supuesto que no.

 

Y a todo esto, un informe reciente de la OCDE (la asociación de los 30 países más desarrollados del mundo) nos desvela que 1.800 millones de trabajadores del mundo (un 60% del total) no tienen contrato laboral alguno. Y en cuanto a disponer de protección social, los trabajadores de los países empobrecidos (oficialmente ‘en desarrollo’) van desde los que sólo son la mitad del total hasta los que apenas son la cuarta parte de todos.

 

¿Quieren recordar las cifras de la desigualdad y la insultante pobreza de este mundo? Apenas 130 millones de personas poseen el 90% de las riquezas del mundo, el resto a repartir entre más de 6.300 millones. Casi 450 millones de niños y niñas sufren desnutrición y en África subsahariana una persona de cada tres sufre hambre crónica. Un niño de cada cinco no tiene acceso a la educación primaria y cerca de  novecientos millones de adultos son analfabetos, de los que dos tercios son mujeres. Diariamente mueren 30.000 niños menores de 5 años por enfermedades evitables. Más de 1.000 millones de personas no tienen acceso a agua potable y 2.400 millones de personas están privadas de instalaciones sanitarias satisfactorias.

 

¿Aún hay quien crea que la sociedad capitalista, la sociedad de mercado “libre”, es el mejor sistema posible, consustancial con el progreso y el bienestar? ¡Venga, hombre!

El domínico brasileño, teólogo de la liberación, Frei Betto, nos radiografía con lucidez esta tramposa sociedad de mercado: “Allí donde el mercado pone su mano deja marca. La mano puede ser invisible, pero sus marcas no. Sobre todo cuando deja en el desamparo a millones de desempleados. La ‘mano invisible’ manipula descaradamente nuestra vida, privilegia a unos pocos y asfixia a la mayoría”

Y entonces ingenuos e inocentes decimos que lo que pasa es que este mundo está mal organizado, pero no es cierto. Como nos recuerda el analista Javier Ortiz, “el mundo está bien organizado… pero en beneficio de unos pocos”.

 

Que la crisis nos sirva para empezar a cambiarlo todo de una puñetera vez.

Hay que meter el bisturí a fondo

abril 13, 2009 Deja un comentario

En medio de esa tentación de cambiar algo, pero que todo continúe en manos de los de siempre, se ha dicho y escrito que la cumbre del G20 en Londres de hace unos días ha sido tan decisiva como el encuentro de Breton Woods, cuando a mediados de los cuarenta del siglo pasado se reunieron mandatarios y expertos en unas jornadas que reordenaron el mundo (aún en guerra), planificaron liquidar los restos de la depresión del 29 y se relanzó la economía. Pero de parecido entre un encuentro y otro, nada de nada.

 

Aquellas jornadas fueron 21 días de trabajo y fueron abiertas: participaron 44 países de un mundo con menos Estados, porque aún no había empezado la descolonización en Asia y África. Además, generaron nuevas instituciones multilaterales y crearon reglas nuevas para organizar la economía mundial.

 

En cambio, este G-20 apenas parece renovar nada: Para empezar, confía en las instituciones financieras que impusieron el dogma neoliberal que nos ha llevado al desastre y fueron incapaces de oler siquiera la que se nos venía encima. Además, en el documento de conclusiones y compromisos del G 20, no aparecen una sola vez las palabras ‘desigualdad’, ‘pobreza’ o ‘hambre’, como se ha percatado el catedrático de economía Juan Torres, y eso aunque aún mueren diariamente 30.000 seres humanos por desnutrición severa. ¿Acaso esa otra crisis no es mucho más grave?

 

Tampoco hay referencia alguna a principios éticos, aunque la crisis la han causado sobre todo las prácticas sin moral ni vergüenza de los codiciosos. Y no recoge los lúcidos planteamientos que los líderes de las ocho organizaciones solidarias de la sociedad civil más importantes del mundo (Amnistía Internacional, Oxfam Internacional, Greenpeace, Save the Children, Ayuda en Acción, Plan Internacional, World Vision y Care Internacional) han escrito en una carta dirigida al G20: que la vida o muerte de cientos de millones de personas depende de lo que se haga; que la pobreza y la desigualdad aumentan; que éstas generan y alimentan tensiones,  conflictos sociales y enfrentamientos cada vez mayores; que sólo quedan 100 meses para reducir las emisiones de carbono y revertir el peligro de una catástrofe; que es urgente garantizar los derechos de subsistencia de esa mitad de la humanidad que mengua y muere entre pobreza y pobreza extrema, que es urgente proteger el medio ambiente, la Tierra (la única que tenemos)…

 

Walden Bello, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Filipinas, hace esta pregunta al G20: ¿Bastan reformas socialdemócratas para relanzar la economía o esta crisis ha de llevarnos a otro orden considerablemente diferente? También el profesor Bello propone algo que parece tener bastante más legitimidad que la selectiva reunión de ricos y quienes llevan camino de serlo que es el G20. La propuesta es que Ban Ki Mon, Secretario General de la ONU, y la Asamblea General convoquen un encuentro multilateral (no sólo 21) para afrontar la crisis y preparar un nuevo orden global. Una comisión de expertos monetarios, financieros y economistas, encabezada por el Nobel Joseph Stiglitz y nombrada por el presidente de la Asamblea General, ya ha realizado un trabajo preparatorio para esa reunión. Ésa es buena noticia.

 

Una medida eficaz y realista sería también cancelar la deuda de los países empobrecidos. Porque esas deudas han sido pagadas con creces y fueron contraídas con condiciones abusivas. La cancelación de la deuda permitiría a los países empobrecidos disponer de más recursos sin necesitar la dudosa ayuda del FMI.

 

Ante el documento final, el catedrático Juan Torres concede y remata que “las conclusiones de la cumbre podrían ser encomiables, pero los medios resultarán de poca efectividad, porque no se han explicado claramente las causas de la crisis. Y sin poner en claro las causas de la enfermedad solo un milagro puede hacer que el médico pueda curarla”.

 

Nicholas Dearden, director de Jubilee Debt Campaign (Campaña para Cancelar la Deuda), sí señala con ojo clínico lo qué ha pasado: “Ni los más enfervorizados partidarios del libre mercado defienden hoy que la globalización haya mejorado las vidas de la mayor parte de gente del planeta. Al contrario, un sistema con crisis inherentes, que ha alimentado niveles de desigualdad sin precedente, finalmente se ha colapsado”.

Por eso hay que recordar el dicho de Keynes: “La dificultad no estriba tanto en desarrollar ideas nuevas, cuanto en sacudirse las viejas”. ¿Revolución? Tal vez no tanto, pero urge meter el bisturí a fondo o esto no lo arregla ni dios.

 

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Los ciudadanos han de decir basta

abril 6, 2009 Deja un comentario

Paul Krugman, Nobel de Economía, ha escrito: “Si quieren saber el porqué de la crisis mundial, mírenlo así: es la venganza del exceso”. Porque más allá de banqueros, agentes financieros y políticos profesionales, la crisis es el resultado del exceso y del derroche, de un modelo económico que, demostrado hasta el cansancio, sólo sirve a una minoría. A costa de la mayoría.

 

Serge Latouche, profesor de Economía de la Universidad de París-Sud, rechaza también esta sociedad de excesos. Latouche es partidario del decrecimiento. Decrecimiento es  repudiar el intocable dogma del crecimiento económico como único camino, porque la historia del último medio siglo nos dice que el crecimiento no impide las crisis. Por eso Latouche opina que “la crisis es una buena noticia”, aunque teme que gobiernos y poderes económicos no ataquen las verdaderas causas del desastre. Tal vez cambien algo. Quizás para que nada cambie.

 

Mantendrán el sistema actual, un capitalismo basado en el crecimiento, los combustibles de origen fósil y la industria de automoción y la del ladrillo y cemento. Por tanto, no se trata sólo de lograr mayor regulación y control de entidades financieras y bancos, que sí. Tampoco de aumentar el gasto público, que también.

Hay que echar por la borda esas directrices, pretendidos principios científicos inmutables, que conforman el nefasto ‘consenso de Washington’: privatizarlo todo, todo es mercado, reformar impuestos (léase rebajarlos a los más ricos), liberalizar tasas de interés, nada de normas ni reglas para el capital (bancos y entidades financieras hacen los que les dé la gana)… Pero lamentablemente no se tiene noticia de que en el G20 de Londres se vaya a enterrar el ‘consenso’.

 

Estados Unidos y Reino Unido apostaban por más dinero público para estimular la economía, aunque también querían normas para los grandes fondos de inversión de riesgo (hedge funds), más capital para Banco Mundial y FMI, supervisión de los agentes y mercados financieros… Francia y Alemania exigían concretar el control del mundo financiero: lista negra de paraísos fiscales, de sanciones, supervisión de retribuciones de directivos, todos los hedge funds bajo control (no sólo los grandes)…

 

Finalmente, el G20 ha acordado crear un organismo con amplios poderes de supervisión del mundo financiero, que endurecerá las normas y lo supervisará. También han decidido aportar más dinero para el FMI, para que pueda ayudar a los países en desarrollo y empobrecidos y poner coto a los paraísos fiscales. Sin embargo, no se acordaron más ‘estímulos fiscales’, dinero público para la economía real.

 

Según los titulares, el G20 ha cumplido. Tal vez. Un gran conocedor del mundo financiero y sus recovecos más oscuros, Juan Hernández Vigueras, teme que en realidad se haga poco, “mientras se mantenga la libertad absoluta de movimiento de capitales”. Cuanto más, opina, se rebajará el volumen del “sistema financiero en la sombra”, que así denomina al oscuro mundo de los paraísos fiscales. Porque ese libérrimo movimiento de capitales no se ha tocado.

 

Cambiar algo para que en realidad nada cambie, como se lee en la novela El Gatopardo de Di Lampedusa; que no se vaya al fondo de los problemas, que todo quede en agua de borrajas. Esperemos que no, aunque, como ha escrito David Harvey, profesor del Graduate Center de Nueva York, la clave para “salir de esta crisis depende mucho de la relación de fuerzas entre clases sociales, de que gran parte de la población diga: hasta aquí hemos llegado; hay que cambiar”. Cuando Roosevelt puso en marcha su plan para salir de la Depresión, los trabajadores estaban organizados en sindicatos fuertes y formaban un movimiento obrero potente que influyó decisivamente para que los cambios fueran también en beneficio de las clases trabajadoras.

 

¿Conocen la prueba del nueve? Es una sencilla operación aritmética para comprobar si una multiplicación o una división han sido bien realizadas, si su resultado es correcto. Hay una ‘prueba de nueve’ para el G20 de Londres que pretende resolver la crisis. Es lo que significa el nombre de una plataforma que agrupa a centenar y medio de sindicatos, grupos ecologistas, y asociaciones solidarias: ‘Poned a la Gente en Primer Lugar’, se llama. Esa es la prueba que no falla: si las personas son lo primero, sus intereses y sus derechos, la solución elegida será la buena. La inmensa mayoría de ciudadanos, claro.

Qué así sea.

Enfrentarse a los paraísos fiscales es la muestra de que los que mandan quieren cambiar

marzo 19, 2009 Deja un comentario

Gran parte del dinero del mundo se oculta en 44 paraísos fiscales. Son un refugio de impuestos evadidos. Ocultan quiénes son dueños de fortunas. Esconden quiénes titulares de sospechosas operaciones financieras y encubren transferencias malolientes de grandes capitales.

Falta de transparencia, oscuridad, cuentas secretas, trampas contables y delitos financieros. Eso son los paraísos fiscales. Pero la crisis los ha dejado con las vergüenzas al aire y nos ha mostrado que son las cloacas del sistema, los cómplices imprescindibles del desastre.

Asociados al fraude fiscal, al blanqueo de capitales, a la delincuencia financiera y al crimen organizado, los paraísos fiscales están por fin en el punto de mira. Pero no nos engañemos. Han podido perpetrar todo lo que han hecho durante décadas porque los Estados democráticos han mirado hacia otro lado y los bancos les han permitido vivir y crecer.

Los paraísos fiscales conforman un escenario de insolidaridad, avaricia, engaño y delito y, a pesar de ello, durante años y años han gozado de completa impunidad. Carlos Jiménez Villarejo, que fue Fiscal Anticorrupción de España, nos recuerda que los Convenios europeos e internacionales contra la evasión fiscal, los delitos financieros y el crimen organizado han omitido cualquier referencia a los paraísos fiscales. Como si no existieran.

La Convención de Naciones Unidas contra el crimen organizado rechazó el secreto bancario y pidió que se investigaran los movimientos del dinero fruto del delito, pero curiosamente no hizo la menor mención de los paraísos fiscales. En 1988, un Acuerdo en Basilea (Suiza) contra la utilización del sistema bancario por el crimen organizado pedía más compromiso y diligencia de estados y bancos para impedir que el sistema financiero fuese utilizado ilícitamente. Pero nadie nombró a los paraísos fiscales. En abril de 1997 el Consejo de Europa reconocía que el crimen organizado utiliza la actividad bancaria para evasión fiscal y blanqueo de capitales. Pero nadie señaló a los paraísos fiscales como parte imprescindible de esa trama criminal. Y mucho más.

El GAFI, organismo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) para vigilar los paraísos fiscales, propuso suavizar el trato con los que cumplieran sus ‘Recomendaciones’ contra la vulnerabilidad del sistema financiero ante el blanqueo de capitales. Y desde 2001, retiró de la lista de paraísos fiscales a varios territorios que no han dejado de serlo (Caimán, Bahamas, Panamá, Liechtenstein, Dominicana, San Vicente y Granadinas…), sólo porque dijeron que seguirían las Recomendaciones del GAFI. Algo que no hicieron. ¿Qué éxito se esperaba si no se creó instrumento alguno de presión y control de los paraísos fiscales?

Ahora, con la crisis, todos están contra los paraísos fiscales. Estados Unidos diseñará un “ambicioso plan” para combatir las “prácticas tributarias dañinas”. Pero que no olviden que la mayoría de grandes empresas estadounidenses tiene divisiones o sucursales permanentes en paraísos fiscales.

La Unión Europea pretende neutralizar a los paraísos fiscales, erradicarlos y a suprimir zonas de oscuridad y falta de control en los movimientos de capitales. Pero no deben olvidar que la mayoría de grandes empresas y bancos transnacionales europeos operan en paraísos fiscales desde hace tiempo y que en territorio europeo hay ocho “paraísos”.

Ahora que parece que se quiere controlar los paraísos fiscales, en el mundo de los negocios y las finanzas aparece la propuesta de amnistía fiscal para fortunas ocultas en paraísos. Mal vamos. Pero además, Austria, Luxemburgo y Suiza (paraísos fiscales camuflados) se enrocan y forman un frente para proteger el secreto bancario y los paraísos fiscales. Y pretenden tener voz y voto en la cumbre del G-20 que decidirá el control de las finanzas. Empiezan las rebajas de los buenos propósitos de control y regulación financieros.

El despropósito de los paraísos fiscales es responsabilidad de casi todos. ¿Como explicar entonces que los medios de comunicación denominen “infiernos fiscales” a los países nórdicos de Europa (donde los impuestos a los más ricos son elevados) y “refugios fiscales” a esos paraísos donde los más ricos esconden sus fortunas para no pagar impuestos? Manipulación perversa que configura la idea miserable de que pagar impuestos es malo o de imbéciles.

Y, ante tal panorama, uno se pregunta, como lo ha hecho el presidente Sarkozy: “¿Tendremos el valor de hacer cambios profundos, modificar las reglas, condenar los paraísos fiscales y controlar los fondos de alto riesgo?” Cambiar algo para que todo permanezca igual o cambiar de verdad. O se cambia o se apuesta por el desastre seguro.

Hay que acabar con los praísos fiscales

marzo 1, 2009 1 Comentario

Los paraísos fiscales significan evasión fiscal, contagio de crisis financieras, fomento del crimen organizado y del narcotráfico e incluso sostén del terrorismo. Tan duro juicio es del FMI, OCDE y otros organismos internacionales. El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, ha incluso propuesto la vía fiscal como “dinamita para acabar con los paraísos fiscales, como se hizo con Al Capone en los años treinta”.

¡Bienvenidos a la razón y la justicia!

 

Según la OCDE, organización internacional de los treinta estados más desarrollados del mundo, los paraísos fiscales ocultan de 5 a 7 billones de dólares. Paraísos fiscales como Antillas Holandesas, Aruba, Bahamas, Bahrein, Bermudas, Islas Caimán, Islas Vírgenes, Mauricio, Samoa, Seychelles… Andorra, Chipre, Gibraltar, islas de Jersey y Man, Liechtenstein, Malta, Mónaco, San Marino y Luxemburgo. Estados de cartón-piedra sin actividad económica real.

 

No se pagan impuestos o casi nada y en ellos hay establecidos miles de bancos, entidades financieras, empresas pantalla, sociedades testaferro… Islas Vírgenes tiene registradas ¡700.000 empresas! y las Caimán manejan mil cuatrocientos billones (no billions) de dólares de activos bancarios.

 

En los paraísos fiscales hay, sobre todo, opacidad. Todo es oscuro y negro. Esa oscuridad permite ocultar datos, titulares de cuentas y toda información de operaciones financieras que en ellos o a través de ellos se realicen. Patente de corso para todo tipo de desmanes y delitos económicos. Y la crisis, ¿acaso no tienen que ver con la crisis?

 

Según Tax Justice Network, el dinero de los impuestos evadidos a través de paraísos fiscales supera los 255.000 millones de dólares anuales, quíntuplo de la cantidad necesaria para lograr los Objetivos del Milenio. El país más afectado es Estados Unidos, que ha dejado de ingresar entre 70.000 y 100.000 millones de dólares anuales. Reino Unido, 50.000 millones de dólares… Anualmente se evaden 600.000 millones de dólares hacia las decenas de paraísos fiscales. Aparecieron en los setenta, promovidos por los países más ricos, y la mitad están bajo bandera británica, pero muchos países europeos tienen su propio paraíso.

 

La OCDE recibió en el 2000 el encargo de identificar, acusar y sancionar con duras medidas los paraísos fiscales. Hasta que Bush ocupó la presidencia de Estados Unidos, la OCDE señaló 35 paraísos fiscales, 47 áreas tributarias preferenciales y 15 países que facilitan el lavado de dinero negro (entre ellos Rusia e Israel). Pero Bush canceló durante su mandato la persecución de los paraísos fiscales. Ocho años de impunidad.

 

Los siete países europeos más potentes económicamente (Alemania, Francia, Reino Unido, España, Italia, Holanda y República Checa),  ahora quieren “erradicar los paraísos fiscales”, están contra la opacidad y falta de control de los capitales y abogan por acciones definitivas contra paraísos fiscales y jurisdicciones que no colaboren contra la evasión fiscal, lavado de dinero y financiación del terrorismo. Quieren un sistema internacional de control financiero ‘sin lagunas’ e incluso amenazan con listas negras y sanciones.

Habrá que verlo. Porque desde hace años conocemos cuan perversos son los paraísos fiscales. Desde los ochenta sabemos, como denuncia José Vidal-Beneyto, que “son el arma del crimen, lugar de la abominación financiera, instrumento principal de la economía criminal, desde la evasión fiscal y blanqueo de dinero hasta el mercadeo de seres humanos, pasando por el botín de las extorsiones mafiosas, el tráfico de drogas y armas, la producción y comercialización de moneda falsa, el robo, estafas y contrabandos de todo tipo…, componentes de un volumen patrimonial que ya supera el 40% de la economía mundial legal. Dinero que no encontraría tan extraordinario acomodo para su conservación, producción y multiplicación sin los paraísos fiscales”. 

Bienvenidos los líderes europeos a la lucha contra el fraude, la evasión y el delito que se fundamentan en los paraísos fiscales. Pero si quieren que nos lo creamos, han de tomar medidas de inmediato contra los paraísos fiscales. Sin aplazamientos (hablaban del 2015). Sin amnistías fiscales (anunciaban  una “regularización fiscal progresiva”). Sin impunidad.

 

Los paraísos fiscales han sido durante años baluarte de negocios ocultos, del dinero más sucio y de un secretismo que ha protegido y protege el tráfico de drogas, personas, armas y la evasión fiscal. No podemos permitir que continúen actuando impunemente. Ahora, en la crisis, es cuando hay que acabar con ellos.

Zorros e incendiarios ante la crisis

febrero 23, 2009 1 Comentario

¿Vuelve Keynes? Así parece, vista las intervenciones estatales y el recurso al déficit público. Y, pues se cita a Keynes sin parar, recordemos que denunció la falacia de que el desempleo desciende si bajan los salarios y demostró que, cuando bajan los salarios, se reduce la demanda global, desciende la actividad económica y aumenta el paro. Pues el pleno empleo se logra con inversión, pero la inversión privada no pretende crear empleo, porque la búsqueda del enriquecimiento personal no anhela crear empleos. Busca obtener máximo beneficio en el menor tiempo y con el menor empleo posible. Por eso la inversión debe socializarse, enseñaba Keynes. Ahora, los dueños de bienes financieros y económicos necesitan dinero público en ingentes cantidades para salir del agujero que han creado. El Estado ha de salvar bancos y empresas, pero la propiedad debe quedar en sus privadas manos, pregonan. A estas alturas de la crisis, y de todas las crisis habidas, es evidente que el mercado no regula nada. Como demuestra el último siglo, el mercado es incapaz de aportar estabilidad por tiempo prolongado a la economía mundial, no solo por la feroz desigualdad que genera, sino porque desequilibra periódicamente el tejido económico-financiero. Nunca ha existido ese libre mercado proclamado, sino otro tramposo con intervención estatal a favor de la minoría rica y, cada vez con mayor frecuencia, en detrimento de la inmensa mayoría. La nefasta experiencia de gobiernos neoliberales (Reagan y Bush en EEUU, Thatcher en Reino Unido, Pinochet en Chile, la dictadura militar en Argentina, Aznar en España…) muestra a gobiernos interviniendo con descaro en beneficio de la minoría rica. Robin Hood a la inversa: quitar a los pobres para dárselo a los ricos; despojar a la mayoría para proporcionárselo a la minoría. ¿Qué otra cosa ha sido la obscena política de privatización del patrimonio público que ha empobrecido por activa o pasiva a tantos ciudadanos de muchos países en los últimos veinte años? Paul Krugman ha escrito que cuando Roosevelt preparaba su New Deal, dijo: “Hemos tenido que enfrentarnos a los tradicionales enemigos de la paz social: los monopolios empresariales y financieros, los especuladores, banqueros sin escrúpulos, los que promovieron los antagonismos, el secesionismo y quienes se enriquecieron a costa de la guerra”. Ochenta años después, esa afirmación continúa atrozmente vigente. La inmensa mayoría, que sufre la crisis, tiene enfrente a esos sujetos, esa clase reducida y privilegiada. Los zorros que depredan el gallinero, los incendiarios que han prendido esta inmensa hoguera. Y, sin embargo, incluso gobiernos que pretenden ser de izquierdas (el británico de Brown, el español de Zapatero…) lo primero que hacen es ayudar a manos llenas a los zorros y a los incendiarios. Tal vez creyéndose la amenaza de que si ellos se hunden, se hunde todo. ¿Para cuando las soluciones que tienen en cuenta a la inmensa mayoría, la formada por las machacadas clases medias, la clase obrera y el campesinado? ¿Para cuándo la intervención estatal con dinero público asumiendo el reto de conducir la economía desde lo público en beneficio de lo público? El problema de zorros e incendiarios es que que sólo pretenden salvarse ellos, y además recuperar el escandaloso privilegio detentado. Son de tal calibre que ni siquiera están dispuestos a que algo cambie para que todo permanezca igual. En última instancia la cuestión no es si hay que aplicar políticas keynesianas (que pueden tener retranca y trampa) sino al servicio real de quién son las intervenciones de los estados. Y sobre qué valores se aplican y realizan. Por fortuna, la crisis también acaba con cegueras, como ha hecho con el presidente del FMI, Strauss-Khan, quien ha convocado a acabar con la distribución de dividendos, reclamado dinamitar los paraísos fiscales y despedir a los ejecutivos de las instituciones financieras que han provocado la crisis. No todo está perdido.

Expertos, augures, agoreros y especies similares

febrero 8, 2009 1 Comentario

Crisis, crisis, crisis… ¿Acaso no hay más? En la pertinaz crisis nada es inocente. Ni siquiera su enunciado. Ni la información sobre la misma. Pero hay un juicio exacto, formulado por el Nobel de Economía Stiglitz: “Los bancos asumieron riesgos excesivos. Los empresarios se endeudaron demasiado. Los reguladores permitieron todo. Y ahora los contribuyentes han de acudir en su ayuda para limpiar toda la basura”. En Davos, en el Foro Económico Mundial, banqueros, directivos financieros, empresarios y políticos profesionales cómplices necesarios… han entonado el ‘mea culpa’ y golpeado el pecho arrepentidos. “Honestamente, no sabemos qué ocurrirá”. “Las próximas noticias serán peores”. “Riesgo de escalada proteccionista. “La crisis provocará problemas sociales”. Y, a continuación: ¡El triunfo del mercado era falso! ¡Regulación! ¡Que el Estado rescate! Están asustados, aterrados, pero no tienen el menor propósito de enmienda. Lo dijo alto y claro el especulador financiero George Soros: “El papel del Estado es ahora fundamental, pero ésta es una situación de emergencia, temporal”. Es decir, cuando la crisis se resuelva, el Estado a casita. Y la minoría rica, que mayoritariamente ha creado la crisis, a mangonear la economía. Y las primeras páginas de los periódicos y cabeceras de informativos radiofónicos y televisivos compiten en tremendismo. La actividad industrial se hunde en EEUU. La venta de coches se hunde. El euro y la inflación europea se despeñan. El fantasma de la deflación se aproxima. El paro rebasa la barrera de tantos millones. La recesión triplica suspensiones de pagos La producción industrial se desploma. Esto se hunde. Aquello se hunde y lo de más allá, también… ¿Por qué se equivocaron y equivocan tanto los presuntos expertos en economía? Ningún economista de los muchos que proliferan fue capaz de predecir la crisis un año antes. Ni siquiera meses antes. Ni semanas antes. Ni por asomo. Y son miles. De igual modo, los “expertos” de principios del siglo XX no lograron pronosticar el desastre del crack de 1929. Los cogió por sorpresa. Ni lo olieron. Pero después, cuando estalló, tampoco fueron capaces de analizar su magnitud y duración. Y continuaron metiendo la pata estrepitosamente, como muestran declaraciones de “expertos” entonces: “El final del bajón del mercado de valores sólo se hará esperar unos días. Para el futuro, las perspectivas son brillantes. La tormenta financiera amaina definitivamente. El crack apenas repercutirá en el mundo de los negocios. El año 1930 será espléndido para el empleo. El mercado sigue leyes económicas naturales y no hay razón para que la prosperidad no continúe durante años al mismo nivel, o más…” Tal vez la explicación a tanta necedad y error esté en la clasificación que John Kennet Galbraith hace de los ‘expertos’ en economía: “Los que no tenemos ni idea y los que no saben ni eso”. Aunque quizás se aproxime más a la verdad lo escrito por Sasan Fayazmanesh, profesor de economía de la Universidad estatal de California: “La economía es una disciplina científicamente subdesarrollada, desvergonzadamente dominada por la pura ideología”. La ideología de la defensa a ultranza del sagrado mercado pretendidamente libre, por supuesto. El caso es que se juntaron el hambre con las ganas de comer. Se unieron en torpe alianza los presuntos expertos con los agoreros y los augures del pesimismo. Más los torpemente interesados. Y la crisis y el temor a la crisis, el pánico por la crisis y el aprovechamiento de la crisis para ajustar cuentas y despedir masivamente, se expandieron por el mundo. Sobre todo el mundo desarrollado y rico. Y, sin embargo, los pánicos financieros y los desplomes económicos severos, las crisis, no son nada nuevo en la economía capitalista. La historia del capitalismo nos muestra una y otra vez como se repiten cansinamente crisis monetarias, financieras, económicas… Cuatro crisis serias sólo en el siglo XX y otra en el inicio mismo del XXI, más la actual. Porque lo que falla es el sistema, un capitalismo que habría que jubilar ya. Otra cosa es que no sea sencillo ni fácil. Y al final, para compendiar todo lo que pasa, conviene regresar al humor de El Roto en un oscuro chiste en el que un varón sombrío del que se vislumbra oscura silueta dice: “Asustadles con la crisis para que no reclamen”.

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