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Crisis y desigualdad

junio 25, 2009 1 Comentario

Crisis, crecimiento y desigualdad La única forma decente de luchar contra la crisis es procurar reducir la desigualdad. ¿De qué sirve una renta per capita de X dólares si una cuarta parte de la población vive en la pobreza, otra cuarta parte en la miseria y una tercera se tienta el cuerpo porque no sabe qué le sucederá? Las medidas tomadas contra la crisis acaso logren los equívocos macro-índices económicos de hace dos años, pero poco repercutirán beneficiosamente en la vida de la mayoría de las personas, que es lo que importa. No se logrará un mínimo de vida digna y sin incertidumbres socio-económicas para la mayoría de ciudadanos. Ni siquiera para una mayoría simple.

El acierto del New Deal de Roosevelt fue aplicar una reflexión keynesiana elemental: Hay más trabajadores que otras clases. Reduzcamos la desigualdad, hagamos que los trabajadores estén lo mejor posible, porque con salarios decentes, que les permitan una vida digna, todo el edificio económico funciona. El New Deal supuso acabar con legiones de desempleados e indigentes itinerantes. Fue una lucha contra la pobreza y contra la desigualdad.

Medidas contra la desigualdad son medidas efectivas contra las crisis. La actual crisis es fruto de un modo de entender la economía y la distribución de riqueza: el neoliberalismo del mal llamado ‘consenso de Washington’: Regular el gasto público en educación, salud y protección social (en realidad, reducir); reforma tributaria (disminuir impuestos a los ricos); políticas comerciales liberales (subvenciones y ayudas de los gobiernos de países ricos a sus agricultores terratenientes); patente de corso a la inversión extranjera; privatizar empresas públicas, desmontar lo público; ninguna regla ni control para el mundo financiero… El resultado ha sido un obsceno incremento de pobreza y desigualdad.

Y ahora, algunas medidas contra la crisis (sobre todo en Europa) se empecinan en el modelo de desarrollo que nos ha conducido a ésta. Ayudar con mucho dinero de todos al conglomerado industrial automovilístico, por ejemplo, es más de lo mismo. De los macro-esfuerzos del Estado para reflotar bancos sin pedirles responsabilidades anteriores ni controlarlos de modo que sientan el aliento de los gobiernos en el cogote, mejor ni hablamos. Sin voluntad de reducir la desigualdad por encima de todo, tampoco saldremos de ésta.

A propósito de la desigualdad, el ex jugador y entrenador de fútbol Johan Cruyff ha dicho sobre unos escandalosos fichajes de futbolistas por el Real Madrid: “Nadie vale lo que ha pagado el Madrid por Cristiano Ronaldo”. Fútbol aparte, nadie vale la enormidad que cobran ejecutivos y directivos de banca, sector del automóvil y empresas transnacionales; nadie rinde tanto para cobrar tales fortunas.

Y los ministros de economía del G-8 diagnostican que parece apuntar cierta estabilización en la situación económica mundial. Pero la salida de la crisis es incierta. “Aún si la producción remonta, el paro puede crecer”, han dicho. Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional, ha asegurado que el desempleo aumentará como mínimo hasta los primeros meses de 2011.

Si la salida de la crisis es incierta y se destruye empleo durante dos años o más, ¿quién se beneficia del dinero público contra la crisis? En España, por ejemplo, la banca, que ha tenido beneficios y continuará teniéndolos, mientras el gobernador del Banco Central español augura que aumentará el paro, el más alto de la Unión Europea. Pero los bancos españoles dan créditos a empresas con cuentagotas. Por cierto, la concesión cicatera de créditos genera el cierre o reajuste de empresas. Y aumenta de desempleo. ¿Esto es luchar contra la crisis?

Habrá que coincidir con el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Taibo, que “el crecimiento económico no genera cohesión social, provoca agresiones medioambientales a menudo irreversibles y propicia agotar recursos de los que no dispondrán generaciones venideras; por tanto, es urgente buscar otros horizontes”.

El último informe de Amnistía Internacional asegura que “la pobreza no es inevitable, y es causa y consecuencia de violaciones de derechos humanos. Un planteamiento para erradicar la pobreza, centrado sólo en el crecimiento económico, es insostenible e inútil. La crisis en la que vivimos ha condenado a la pobreza a 100 millones de personas más, demostrando cuan frágiles son los beneficios basados únicamente en el crecimiento económico”. Quizás ya sea tiempo de cambiar de rumbo, de dar un golpe de timón.

Hay que meter el bisturí a fondo

abril 13, 2009 Deja un comentario

En medio de esa tentación de cambiar algo, pero que todo continúe en manos de los de siempre, se ha dicho y escrito que la cumbre del G20 en Londres de hace unos días ha sido tan decisiva como el encuentro de Breton Woods, cuando a mediados de los cuarenta del siglo pasado se reunieron mandatarios y expertos en unas jornadas que reordenaron el mundo (aún en guerra), planificaron liquidar los restos de la depresión del 29 y se relanzó la economía. Pero de parecido entre un encuentro y otro, nada de nada.

 

Aquellas jornadas fueron 21 días de trabajo y fueron abiertas: participaron 44 países de un mundo con menos Estados, porque aún no había empezado la descolonización en Asia y África. Además, generaron nuevas instituciones multilaterales y crearon reglas nuevas para organizar la economía mundial.

 

En cambio, este G-20 apenas parece renovar nada: Para empezar, confía en las instituciones financieras que impusieron el dogma neoliberal que nos ha llevado al desastre y fueron incapaces de oler siquiera la que se nos venía encima. Además, en el documento de conclusiones y compromisos del G 20, no aparecen una sola vez las palabras ‘desigualdad’, ‘pobreza’ o ‘hambre’, como se ha percatado el catedrático de economía Juan Torres, y eso aunque aún mueren diariamente 30.000 seres humanos por desnutrición severa. ¿Acaso esa otra crisis no es mucho más grave?

 

Tampoco hay referencia alguna a principios éticos, aunque la crisis la han causado sobre todo las prácticas sin moral ni vergüenza de los codiciosos. Y no recoge los lúcidos planteamientos que los líderes de las ocho organizaciones solidarias de la sociedad civil más importantes del mundo (Amnistía Internacional, Oxfam Internacional, Greenpeace, Save the Children, Ayuda en Acción, Plan Internacional, World Vision y Care Internacional) han escrito en una carta dirigida al G20: que la vida o muerte de cientos de millones de personas depende de lo que se haga; que la pobreza y la desigualdad aumentan; que éstas generan y alimentan tensiones,  conflictos sociales y enfrentamientos cada vez mayores; que sólo quedan 100 meses para reducir las emisiones de carbono y revertir el peligro de una catástrofe; que es urgente garantizar los derechos de subsistencia de esa mitad de la humanidad que mengua y muere entre pobreza y pobreza extrema, que es urgente proteger el medio ambiente, la Tierra (la única que tenemos)…

 

Walden Bello, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Filipinas, hace esta pregunta al G20: ¿Bastan reformas socialdemócratas para relanzar la economía o esta crisis ha de llevarnos a otro orden considerablemente diferente? También el profesor Bello propone algo que parece tener bastante más legitimidad que la selectiva reunión de ricos y quienes llevan camino de serlo que es el G20. La propuesta es que Ban Ki Mon, Secretario General de la ONU, y la Asamblea General convoquen un encuentro multilateral (no sólo 21) para afrontar la crisis y preparar un nuevo orden global. Una comisión de expertos monetarios, financieros y economistas, encabezada por el Nobel Joseph Stiglitz y nombrada por el presidente de la Asamblea General, ya ha realizado un trabajo preparatorio para esa reunión. Ésa es buena noticia.

 

Una medida eficaz y realista sería también cancelar la deuda de los países empobrecidos. Porque esas deudas han sido pagadas con creces y fueron contraídas con condiciones abusivas. La cancelación de la deuda permitiría a los países empobrecidos disponer de más recursos sin necesitar la dudosa ayuda del FMI.

 

Ante el documento final, el catedrático Juan Torres concede y remata que “las conclusiones de la cumbre podrían ser encomiables, pero los medios resultarán de poca efectividad, porque no se han explicado claramente las causas de la crisis. Y sin poner en claro las causas de la enfermedad solo un milagro puede hacer que el médico pueda curarla”.

 

Nicholas Dearden, director de Jubilee Debt Campaign (Campaña para Cancelar la Deuda), sí señala con ojo clínico lo qué ha pasado: “Ni los más enfervorizados partidarios del libre mercado defienden hoy que la globalización haya mejorado las vidas de la mayor parte de gente del planeta. Al contrario, un sistema con crisis inherentes, que ha alimentado niveles de desigualdad sin precedente, finalmente se ha colapsado”.

Por eso hay que recordar el dicho de Keynes: “La dificultad no estriba tanto en desarrollar ideas nuevas, cuanto en sacudirse las viejas”. ¿Revolución? Tal vez no tanto, pero urge meter el bisturí a fondo o esto no lo arregla ni dios.

 

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Los ciudadanos han de decir basta

abril 6, 2009 Deja un comentario

Paul Krugman, Nobel de Economía, ha escrito: “Si quieren saber el porqué de la crisis mundial, mírenlo así: es la venganza del exceso”. Porque más allá de banqueros, agentes financieros y políticos profesionales, la crisis es el resultado del exceso y del derroche, de un modelo económico que, demostrado hasta el cansancio, sólo sirve a una minoría. A costa de la mayoría.

 

Serge Latouche, profesor de Economía de la Universidad de París-Sud, rechaza también esta sociedad de excesos. Latouche es partidario del decrecimiento. Decrecimiento es  repudiar el intocable dogma del crecimiento económico como único camino, porque la historia del último medio siglo nos dice que el crecimiento no impide las crisis. Por eso Latouche opina que “la crisis es una buena noticia”, aunque teme que gobiernos y poderes económicos no ataquen las verdaderas causas del desastre. Tal vez cambien algo. Quizás para que nada cambie.

 

Mantendrán el sistema actual, un capitalismo basado en el crecimiento, los combustibles de origen fósil y la industria de automoción y la del ladrillo y cemento. Por tanto, no se trata sólo de lograr mayor regulación y control de entidades financieras y bancos, que sí. Tampoco de aumentar el gasto público, que también.

Hay que echar por la borda esas directrices, pretendidos principios científicos inmutables, que conforman el nefasto ‘consenso de Washington’: privatizarlo todo, todo es mercado, reformar impuestos (léase rebajarlos a los más ricos), liberalizar tasas de interés, nada de normas ni reglas para el capital (bancos y entidades financieras hacen los que les dé la gana)… Pero lamentablemente no se tiene noticia de que en el G20 de Londres se vaya a enterrar el ‘consenso’.

 

Estados Unidos y Reino Unido apostaban por más dinero público para estimular la economía, aunque también querían normas para los grandes fondos de inversión de riesgo (hedge funds), más capital para Banco Mundial y FMI, supervisión de los agentes y mercados financieros… Francia y Alemania exigían concretar el control del mundo financiero: lista negra de paraísos fiscales, de sanciones, supervisión de retribuciones de directivos, todos los hedge funds bajo control (no sólo los grandes)…

 

Finalmente, el G20 ha acordado crear un organismo con amplios poderes de supervisión del mundo financiero, que endurecerá las normas y lo supervisará. También han decidido aportar más dinero para el FMI, para que pueda ayudar a los países en desarrollo y empobrecidos y poner coto a los paraísos fiscales. Sin embargo, no se acordaron más ‘estímulos fiscales’, dinero público para la economía real.

 

Según los titulares, el G20 ha cumplido. Tal vez. Un gran conocedor del mundo financiero y sus recovecos más oscuros, Juan Hernández Vigueras, teme que en realidad se haga poco, “mientras se mantenga la libertad absoluta de movimiento de capitales”. Cuanto más, opina, se rebajará el volumen del “sistema financiero en la sombra”, que así denomina al oscuro mundo de los paraísos fiscales. Porque ese libérrimo movimiento de capitales no se ha tocado.

 

Cambiar algo para que en realidad nada cambie, como se lee en la novela El Gatopardo de Di Lampedusa; que no se vaya al fondo de los problemas, que todo quede en agua de borrajas. Esperemos que no, aunque, como ha escrito David Harvey, profesor del Graduate Center de Nueva York, la clave para “salir de esta crisis depende mucho de la relación de fuerzas entre clases sociales, de que gran parte de la población diga: hasta aquí hemos llegado; hay que cambiar”. Cuando Roosevelt puso en marcha su plan para salir de la Depresión, los trabajadores estaban organizados en sindicatos fuertes y formaban un movimiento obrero potente que influyó decisivamente para que los cambios fueran también en beneficio de las clases trabajadoras.

 

¿Conocen la prueba del nueve? Es una sencilla operación aritmética para comprobar si una multiplicación o una división han sido bien realizadas, si su resultado es correcto. Hay una ‘prueba de nueve’ para el G20 de Londres que pretende resolver la crisis. Es lo que significa el nombre de una plataforma que agrupa a centenar y medio de sindicatos, grupos ecologistas, y asociaciones solidarias: ‘Poned a la Gente en Primer Lugar’, se llama. Esa es la prueba que no falla: si las personas son lo primero, sus intereses y sus derechos, la solución elegida será la buena. La inmensa mayoría de ciudadanos, claro.

Qué así sea.

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