La crisis se extiende como mancha de petróleo. Los gobernantes rescatan el sistema financiero, pero ya “la economía real, no financiera, tiene también una desesperada necesidad de ayuda y para proporcionarla vamos a tener que dejar de lado algunos prejuicios”. Lo dice el último Nobel de economía, Paul Krugman. Ese ‘dejar de lado ciertos prejuicios’, incluye desmantelar ese engaño colectivo de ‘todo es mercado’ y ‘el mercado se auto corrige’. ¡Ya hemos visto cómo!
Por su parte, Krugman, arremete sin dudar contra dos pilares del neoliberalismo: la rebaja de impuestos y evitar el déficit de las cuentas del Estado: “Es necesario suprimir los bajos impuestos establecidos por Bush porque son inútiles –asegura-. No hay un solo argumento racional para rebajar impuestos. Hay margen para aumentar las cargas fiscales sobre los más ricos, no para castigarlos, sino para que paguen su parte del financiamiento de las políticas públicas que el resto de la población necesita”.
Krugman nos explica que las rebajas de impuestos en EEUU (que luego en parte se copiaron en la Unión Europea) fueron elevadas por Bush a la categoría de dogma para beneficiar a los más ricos, pero dejaron al Estado con menos dinero para políticas sociales dedicadas a la mayoría. Según Krugman, “el 40% de las reducciones de impuestos de Bush han beneficiado a las personas que ganan más de 300.000 dólares anuales (unos 200.000 €), lo que representa una redistribución en beneficio de quienes están en mejores condiciones de pagar impuestos”.
Luego Krugman asegura que “las preocupaciones por el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso”, porque “ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta”.
Stiglitz remata la faena al reconocer que “la izquierda comprende que el Gobierno tiene una función vital en las infraestructuras y la educación, en el desarrollo tecnológico, e incluso como empresario”, con lo que otro premio Nobel de economía se carga otro dogma neoliberal: la impotencia e ineficacia de lo público, y recuerda que gracias al Estado se ha extendido Internet y ha habido avances biotecnológicos que cambiarán el mundo; del mismo modo que a finales del siglo XIX y principios del XX, el gobierno de EEUU financió con dinero público a las universidades para investigar y sentar las bases de los grandes cambios en la agricultura estadounidense.
La sorpresa, sin embargo, la ha proporcionado estos días turbulentos el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quien ha proclamado en el sur de Francia el regreso de la acción política a la economía, porque “la dictadura del mercado y la impotencia pública han muerto con la crisis financiera”, asegurando que “hace falta reinventar el mundo”.
Bienvenido sea Sarkozy al mundo de quienes nos oponemos a la dictadura neoliberal, al necio totalitarismo del ‘consenso de Washington’. Bien venido al movimiento de quienes creemos que otro mundo es posible, porque es necesario.
Y, para que nuestra felicidad fuera completa, deberían cumplirse los deseos de los interrogantes y cuestionamientos que plantea otro Nobel (éste de Literatura), José Saramago, sobre paraísos fiscales, ingenierías financieras delictivas, inversiones opacas y lavado de dinero negro.
“¿Tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que sacude nuestros hogares, la vida de nuestras familias, y nuestro trabajo?”, nos pregunta.
Que así sea.